Mosquitos, muestras de agua y el rastro de ADN que estos insectos dejan en el ambiente están ayudando a entender mejor las condiciones que favorecen la presencia de los vectores de la malaria en la Amazonia. Investigadores de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Amazonia trabajan con comunidades de la región y el Laboratorio de Salud Pública Departamental del Amazonas para generar información que contribuya a fortalecer la vigilancia y el control epidemiológico de esta enfermedad.
La apuesta cobra especial relevancia en una región en la que
la malaria continúa siendo un problema de salud pública. Según datos del
Instituto Nacional de Salud (INS) citados en el estudio, en lo corrido de 2026
la malaria ha afectado a cerca del 1,94 % de la población de la región, unas
1.630 personas. Para dengue la proporción reportada es del 0,12 %, equivalente
a alrededor de 100 casos.
En Leticia, las altas temperaturas, la humedad, el
crecimiento urbano sin planificación, la acumulación de basuras y las
dificultades de acceso continuo al agua potable favorecen la presencia de
mosquitos. Aunque las comunidades realizan jornadas de limpieza y eliminan
recipientes con agua estancada como medidas complementarias a la fumigación y
los insecticidas, controlar estos vectores sigue siendo un reto.
Por eso, para los investigadores no basta con saber dónde
están los mosquitos. Entender qué ocurre en el agua donde se desarrollan, qué
microorganismos están asociados con ellos y cómo las transformaciones
ambientales de su hábitat inciden en su presencia puede aportar información
útil para su vigilancia epidemiológica.
En esa tarea trabaja la bióloga María Camila Aroca Aguilera,
estudiante de la Maestría en Estudios Amazónicos de la UNAL Sede Amazonia, cuyo
estudio forma parte de la “Alianza estratégica interdisciplinaria Leticia,
Medellín y La Paz para el estudio del microbioma de insectos vectores de
enfermedades tropicales y su relación con el cambio climático y la sociedad”,
iniciativa que entre 2022 y 2024 reunió a investigadores de distintas Sedes de
la UNAL.
El trabajo integra tres componentes: la percepción de las
comunidades frente a la enfermedad, la ecología del vector y herramientas de
biología molecular. Además, se desarrolla en dos contextos amazónicos con
características distintas: comunidades indígenas asentadas cerca de grandes
cuerpos de agua y poblaciones ubicadas en zonas de interfluvio.
El territorio también cuenta
El trabajo de campo incluye recorridos, identificación de
criaderos y observación de transformaciones ambientales relacionadas con la
presencia de estos insectos.
Este enfoque también incorpora el conocimiento de las
comunidades. En poblaciones como Wacará, sus habitantes aportaron observaciones
sobre cambios en las lluvias, temporadas secas y presencia de insectos,
información que posteriormente se contrastó con los datos obtenidos mediante
los muestreos científicos.
“Fue un proceso cercano al territorio, con participación
comunitaria e intercambio de saberes”, explica la investigadora Aroca.
La temperatura y las alteraciones en los ciclos de lluvia
también pueden modificar los ecosistemas en los que viven los vectores y, con
ello, su presencia y comportamiento. Por esta razón, la investigación busca
relacionar esas variaciones ambientales con lo que ocurre con los mosquitos en
el territorio.
“La salud humana está profundamente conectada con el
ambiente; cambios en el entorno modifican los vectores y, por tanto, las
enfermedades. Al final, la enfermedad no es una relación simple, es una
relación del cuerpo con un todo, un todo del interior y el exterior”, afirma.
Los investigadores recolectan en ambientes naturales larvas,
pupas y mosquitos adultos, además de muestras del agua en la que se
desarrollan.
El rastro genético que queda en el agua
Una de las herramientas utilizadas es el ADN ambiental
(eDNA), que permite rastrear el material genético que los organismos dejan en
su entorno mediante células, secreciones, heces o fragmentos de tejido. Así,
una muestra de agua puede aportar información sobre las especies presentes en
determinado lugar, incluso sin depender exclusivamente de la captura de los
mosquitos.
En la investigación, el ADN ambiental se relaciona con el
estudio del microbioma de Anopheles, es decir, el conjunto de microorganismos
asociados con estos mosquitos. Analizar estas comunidades permite explorar cómo
las condiciones ecológicas y ambientales se relacionan con la biología y
adaptación de los vectores.
Esta aproximación se apoya en resultados obtenidos
previamente en la Amazonia. Al estudiar las comunidades bacterianas asociadas
con dos especies de Anopheles, los investigadores encontraron que su
composición cambia según la especie y la etapa de desarrollo del mosquito.
Además, las larvas y pupas presentaron mayor diversidad bacteriana que los
adultos.
Otro estudio, esta vez con Aedes aegypti en
criaderos artificiales de Leticia, encontró relaciones entre las bacterias
presentes en el agua, las distintas etapas de desarrollo del mosquito y
características de los criaderos como la temperatura, la conductividad y los
sólidos disueltos.
Capacidad científica desde la Amazonia
El siguiente paso es que buena parte de estos análisis pueda
hacerse en la propia región. Para ello, la UNAL trabaja con el Laboratorio de
Salud Pública Departamental del Amazonas en el fortalecimiento de capacidades
de campo y laboratorio y en metodologías relacionadas con ADN ambiental y
microbiomas.
“Es la primera vez que estamos haciendo investigación desde
la región; con el Laboratorio de Salud Pública Departamental estamos ampliando
esa línea de investigación para potenciar toda la capacidad humana y técnica
que existe en el territorio para que no dependamos de externos para realizar
estos procesos”, concluye la investigadora.

























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