jueves, 16 de abril de 2026

Aunque no se puede hablar de un “Superniño”, Colombia sí tiene que prepararse

 En los últimos días se ha hablado de un posible “Superniño” (término sin respaldo científico), pero los datos actuales muestran que el Pacífico tropical —incluida la región cercana a Colombia— se mantiene en condiciones neutrales, es decir sin un evento de El Niño activo. Sin embargo, existe una alta probabilidad de que el fenómeno se desarrolle entre mayo y junio, por lo que el país se debe preparar desde ya, advierten expertos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

El Niño ocurre cuando las aguas del océano Pacífico tropical se calientan por encima de lo normal durante varios meses, lo cual altera la circulación de la atmósfera y cambia los patrones de lluvia y temperatura en distintas regiones del mundo. En Colombia esto suele traducirse en menos lluvias y más calor, lo que reduce los caudales de ríos y embalses —de los que depende una buena parte de la generación de energía hidroeléctrica—, afecta el abastecimiento de agua potable y presiona sectores como la agricultura.

“Los últimos reportes muestran que El Niño aún no está consolidado. Aunque en la región costera cercana a Perú ya se registra una anomalía de 1 °C —por encima del umbral de 0,5 °C—, estas condiciones se deben mantener durante al menos 3 meses para declarar oficialmente un evento”.

“Los modelos climáticos, tanto físicos como estadísticos, indican una transición hacia El Niño, pero aún no es posible anticipar su intensidad ni su duración, ya que estas dependen de factores como los cambios en los vientos y en la circulación atmosférica, es decir en la forma como se mueve el aire y se distribuye el calor en el sistema climático”, asegura la profesora Yuley Cardona, de la Facultad de Minas de la UNAL Sede Medellín, doctora en Ciencias de la Tierra y Atmosféricas.

Según la experta, en el corto plazo lo más probable es que continúe la neutralidad, lo que significa que el océano y la atmósfera aún no muestran señales sostenidas de calentamiento propias de El Niño. No obstante, estas condiciones podrían empezar a cambiar desde mayo, con una probabilidad creciente de consolidación hacia mitad de año.

¿Cómo debemos prepararnos?

Más allá del momento exacto en que se configure El Niño, la principal preocupación son sus impactos. En Colombia, la disminución de lluvias reduce el agua disponible en ríos y embalses, lo que afecta tanto la generación de energía como el suministro de agua potable.

En el campo, la falta de humedad en los suelos disminuye la productividad de cultivos y aumenta el riesgo de pérdidas, mientras que las altas temperaturas favorecen las sequías y los incendios forestales. Incluso en las zonas costeras del Pacífico se puede presentar un aumento temporal del nivel del mar, con posibles inundaciones.

El profesor Óscar Mesa, del Departamento de Geociencias de la Facultad de Minas de la UNAL Sede Medellín, explica que “mediante medidas de ahorro voluntario es posible disminuir la demanda en porcentajes significativos sin mayores impactos sobre el bienestar”.

Además recuerda experiencias como las de California (2000-2001) y Brasil (2001-2002), en donde se logró reducir el consumo hasta el 25 %. En Bogotá, durante crisis de abastecimiento también se evidenció que la racionalización del consumo puede generar resultados efectivos.

“Este tipo de estrategias requiere campañas bien diseñadas y difundidas, y suele ser más eficaz que las medidas punitivas. Una alternativa es ofrecer incentivos económicos a quienes reduzcan su consumo frente a periodos anteriores, de manera que el ahorro se convierta en un beneficio tanto para los usuarios como para el sistema energético”, comenta el experto.

Además, el sector eléctrico debe garantizar el suministro de gas y el mantenimiento de sus plantas térmicas, mientras que los programas de autogeneración pueden aportar energía complementaria en momentos críticos.

Impactos en salud que no se pueden ignorar

El Niño no solo impacta el agua y la energía, también tiene efectos directos sobre la salud pública. El aumento de temperaturas y los cambios en las lluvias crean condiciones favorables para la proliferación de mosquitos transmisores de enfermedades como malaria, dengue, zika y chikunguña.

El fenómeno favorece estos brotes porque las temperaturas más altas aceleran el ciclo de vida del parásito dentro del mosquito y aumentan la frecuencia de su picadura, mientras que la reducción de lluvias genera criaderos en aguas estancadas. Es decir, no se trata de eventos impredecibles sino de patrones conocidos que se podrían anticipar y usar como sistemas de alerta temprana para prevenir epidemias.

“A pesar de contar con décadas de investigación, modelos de predicción y sistemas de información, el país sigue reaccionando de forma tardía”, afirma el experto.

Integrar los pronósticos climáticos con la planificación en salud pública permitiría activar medidas preventivas como campañas de control vectorial, distribución de mosquiteros, provisión de medicamentos y comunicación temprana con comunidades en riesgo. 

Los expertos coinciden en que el reto no es la falta de conocimiento sino la capacidad institucional para actuar de manera anticipada.

Una realidad que no da espera

En esa misma línea, el profesor José Daniel Pabón advierte que el océano Pacífico ya muestra una transición clara hacia condiciones cálidas. Tras el periodo de La Niña, entre finales de 2025 y comienzos de 2026, los sistemas de monitoreo evidenciaron un calentamiento progresivo que se podría consolidar en un evento de El Niño hacia mediados de este año, y extenderse hasta inicios de 2027. 

Sin embargo, insiste en que más allá de la intensidad que pueda alcanzar el fenómeno, lo fundamental es prepararse desde los territorios —municipios y departamentos— y desde los sectores productivos. El llamado no es a especular sobre si será catastrófico o no, sino a anticipar sus efectos.

Por ahora los centros de predicción climática no se han aventurado a definir su magnitud, debido a la complejidad de los procesos involucrados. Por ello la recomendación es seguir de cerca los reportes oficiales del Comité Nacional para el Estudio del Fenómeno de El Niño.







martes, 14 de abril de 2026

Modelos de inteligencia artificial detectarían partículas desconocidas en el universo

 Con el uso de técnicas de aprendizaje profundo, o deep learning, una física de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) evaluó un modelo computacional capaz de analizar interacciones entre las partículas más pequeñas del universo, como cuarks o bosones —los “legos” fundamentales del cosmos—, con un nivel de detalle mayor al alcanzado hasta ahora. Su desarrollo ayuda a identificar con mayor precisión qué partícula dio origen a otro, incluso en escenarios en los que antes era difícil distinguirlas en medio de grandes volúmenes de datos.

Como si se tratara de reconstruir una escena invisible a partir de sus huellas, en aceleradores como el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), ubicado entre Suiza y Francia, se producen millones de colisiones de protones cada segundo. Este flujo masivo de información genera un entorno saturado, en el que múltiples interacciones ocurren casi al mismo tiempo.

En lugar de observar partículas individuales, los detectores registran grupos de fragmentos que se desplazan juntos, conocidos como jets. Estos surgen cuando partículas fundamentales, como los cuarks, se transforman rápidamente en múltiples partículas más estables. Identificar qué originó cada uno de estos jets es uno de los mayores desafíos actuales.

El reto en este campo siempre ha sido determinar qué partícula dio origen a ese “chorro” de información. Algunas, como el cuark sima (quark top en inglés) —una de las más pesadas y efímeras conocidas—, desaparecen casi de inmediato, por lo que solo se pueden estudiar a partir de las partículas que generan al desintegrarse. Es como intentar adivinar qué objeto se rompió observando solo los fragmentos que quedaron en el suelo.

Para abordar este problema, la investigadora Diana Catalina Riaño Reyes, magíster en Estadística de la UNAL, junto al grupo de Partículas FENYX-UN, implementó y evaluó un modelo de aprendizaje profundo basado en arquitecturas tipo transformer, considerado como uno de los enfoques más avanzados en este campo. A diferencia de métodos anteriores, que analizaban las partículas individualmente o en estructuras rígidas, este modelo interpreta el conjunto completo como un sistema, entendiendo cómo se relacionan entre sí las partículas dentro de un mismo jet.

En lugar de ver los datos como una lista ordenada, el modelo analiza todas las partículas al mismo tiempo y reconoce cuáles son más relevantes para entender el evento. Así logra identificar patrones que antes pasaban desapercibidos, incluso en entornos con gran cantidad de información superpuesta.

Dicho cambio de enfoque permite capturar mejor características físicas como la energía de las partículas, su distribución en el espacio y la forma en que se agrupan. En otras palabras, el modelo no solo analiza fragmentos aislados, sino que además “aprende” a interpretar la estructura interna del jet, lo que mejora significativamente la identificación de su origen.

Enseñándole al modelo sobre el universo

Antes de reconocer estos patrones, el modelo tuvo que ser entrenado con millones de ejemplos. Para ello no se utilizaron directamente datos de experimentos en tiempo real sino simulaciones basadas en las leyes conocidas de la física, en las cuales los científicos pueden recrear colisiones y conocer con exactitud qué partícula originó cada evento.

Estas simulaciones, construidas a partir de bases de datos especializadas como JetClass, permiten entrenar el modelo en un entorno controlado, en donde cada caso tiene una respuesta correcta. Así, el sistema aprende a distinguir entre distintos tipos de partículas antes de enfrentarse a datos reales.

En total se analizaron cerca de 100 millones de jets correspondientes a diferentes tipos de partículas, entre ellas cuarks, gluones y bosones como el W, el Z y el Higgs. Esta diversidad es fundamental, ya que el verdadero reto no es solo identificar una partícula, sino no confundirla con otras que producen señales similares.

“El objetivo es aumentar la precisión con la que identificamos qué partícula origina un jet, lo que permite separar con mayor claridad los procesos conocidos del ruido de fondo y facilitar la búsqueda de fenómenos nuevos”, explica la investigadora Riaño, cuyo trabajo fue dirigido por el profesor Carlos Eduardo Sandoval Usme, del Departamento de Física de la UNAL.

Los resultados muestran que el modelo alcanza niveles de precisión superiores al 98 % en la clasificación de estos eventos. Más que una cifra aislada, esto significa que es capaz de reducir de manera importante los errores y distinguir con mayor claridad las señales relevantes dentro de grandes volúmenes de datos.

Además, el estudio evidenció que no solo importa la cantidad de datos, sino también la calidad de la información que se le proporciona al modelo. Incorporar mejor las características físicas de las partículas puede ser tan importante como aumentar el tamaño de los datos utilizados.

Aunque estos avances no reemplazan los sensores de los detectores actuales, que funcionan en espacios como el LHC, pero sí potencia su capacidad. En lugar de construir nuevos instrumentos, permite aprovechar mejor la información que ya se recoge, identificando patrones que antes pasaban desapercibidos.

Gracias a esto, los científicos podrían detectar con mayor facilidad eventos extremadamente raros, aquellos que ocurren muy pocas veces y que estarían relacionados con nuevas partículas o fenómenos aún desconocidos.

En un campo donde lo más importante ocurre en escalas invisibles y en instantes fugaces, mejorar la forma de interpretar los datos puede marcar la diferencia entre confirmar lo que ya se sabe o descubrir algo completamente nuevo.







viernes, 10 de abril de 2026

Crean plástico que “recuerda” su forma original con calor

 ¿Un material que se deforma y luego vuelve a su forma original con calor? Aunque suene a ciencia ficción, ya es una realidad. Combinando dos tipos de plástico, un investigador de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) desarrolló un material capaz de recuperar su forma tras ser comprimido, un avance con potencial en sectores como la medicina y la industria aeroespacial.

El desarrollo de este tipo de materiales evoca las tecnologías que hasta ahora parecían sacadas de la ciencia ficción, como trajes o dispositivos que cambian de forma por sí solos, pero que ya empieza a tener aplicaciones que serían reales a corto plazo. Se le llama impresión 4D, pues aunque el objeto se fabrica en 3D está diseñado para cambiar con el tiempo cuando recibe una señal externa como el calor. Es decir, la impresora crea la forma, pero el material es el que está programado para transformarse después.

En medicina, el material permitiría fabricar implantes que se introducen en el cuerpo en tamaño reducido y luego se expanden con el cambio de temperatura, haciendo los procedimientos menos invasivos y aprovechando el calor natural del cuerpo como señal de activación.

En escenarios como la robótica o la industria aeroespacial se podrían fabricar estructuras que se despliegan automáticamente sin motores, en las que los cambios de temperatura del entorno cumplen esa función, con la ventaja de que el mecanismo está en el propio material.

Así lo explica el ingeniero químico Cristian Felipe Otálora Roa, magíster en Ingeniería de Materiales y Procesos de la UNAL, quien desde que ingresó a la academia se interesó por la ciencia y la tecnología de materiales, un campo poco conocido en la vida cotidiana pero con aplicaciones que van desde la seguridad laboral hasta el diseño de nuevos dispositivos.

Un gran paso para la industria

Así, en el Laboratorio de Fundición y Pulvimetalurgia de la UNAL, el investigador ensayó mezclar un plástico duro con uno flexible intentando encontrar el punto exacto entre una cuchara rígida y un resorte que mejore su capacidad de movimiento. La apuesta era lograr un material que no se rompiera al doblarlo, pero que tampoco se quedara “flojo” sin recuperar su forma.

Para lograrlo, combinó dos polímeros o plásticos comunes: el PLA, rígido y usado en impresión 3D, y el TPU, flexible como el caucho que se usa en suelas o fundas.

El proceso fue como ajustar una receta: cambiar proporciones, repetir, fallar, volver a intentar. Después de varios intentos el investigador encontró el equilibrio perfecto, una combinación en la que el material se podía deformar pero también “recordar” cómo volver a su forma inicial.

Con esa mezcla lista, el siguiente paso fue transformarla en algo usable. Para eso, el material se calentó, se fundió y se convirtió en un filamento —un hilo plástico— que se usa en las impresoras 3D. Es decir, no solo creó el material, sino que además lo adaptó para que se pudiera fabricar con tecnología relativamente asequible en el país.

“Luego vino la forma. En vez de imprimir bloques sólidos diseñé estructuras con forma de panal, como las de una colmena. Esta geometría no es casual, sino que, así como un panal puede ser liviano pero resistente, también permite que el material se deforme de manera más controlada, casi como un acordeón que se comprime y se expande”, explica el investigador.

Así, las piezas se deforman mediante equipos de ensayo mecánico, similares a prensas controladas que aplican fuerza de manera precisa sin romper el material, y luego se calientan en cámaras con temperaturas previamente definidas.

Es entonces cuando ocurre un fenómeno fundamental: el calor hace que el material se vuelva más flexible en su estructura interna, lo que le permite regresar a su forma original actuando como si tuviera memoria y recuperando progresivamente su geometría inicial. El proceso no es inmediato ni automático, pero sí visible a simple vista.

Las pruebas mostraron que el diseño se comporta mejor a 85 °C, ya que el material recupera más del 70 % de su forma original y el calor se convierte en una señal que “despierta” su memoria interna. A temperaturas más bajas también hay recuperación, pero menos eficiente. Además, la combinación ideal de los materiales fue de 90 % de PLA y 10 % de TPU.

Pensarlo en términos simples ayuda a entender su importancia: es como tener un objeto que puede viajar doblado, ocupar menos espacio, y luego, cuando recibe la señal correcta (en este caso calor), volver por sí solo a su forma útil. Esta capacidad puede marcar una diferencia significativa en campos donde cada gramo cuenta, como la industria aeroespacial, o en donde los procedimientos deben ser menos invasivos, como en la medicina.

El investigador resalta el apoyo y la dirección de la profesora Liz Karen Herrera y del docente Luis Alejandro Boyacá, ambos de la Facultad de Ingeniería de la UNAL; también del Aula STEAM de la Universidad, un espacio en donde estudiantes e investigadores se pueden acercar a la impresión 3D y al desarrollo de materiales y procesos.

Durante décadas los ingenieros diseñaron objetos que permanecen iguales desde que se fabrican hasta que se desechan. Hoy la apuesta es por materiales capaces de transformarse con el tiempo y de responder a su entorno, como ocurre con los desarrollos en impresión 4D.






martes, 7 de abril de 2026

Consumo de ultraprocesados mantiene alto el exceso de peso en Colombia

 Más del 50 % de los adultos colombianos tienen exceso de peso, una condición que sigue estrechamente ligada al consumo de alimentos ultraprocesados, cuyo uso se ha expandido en el país impulsado por cambios en los estilos de vida, estrategias de mercadeo y una mayor disponibilidad en la dieta diaria.

Los alimentos ultraprocesados son productos elaborados a partir de múltiples ingredientes y aditivos como colorantes, conservantes y edulcorantes, diseñados para mejorar su sabor, apariencia y duración. Se caracterizan por su alto contenido de azúcares, sodio y grasas, así como por su bajo valor nutricional, lo que los convierte en una opción frecuente pero poco saludable en la dieta diaria.

“Estos productos implican un mayor grado de modificación industrial y suelen diseñarse para ser intensamente atractivos al gusto, pero esta formulación no responde a criterios nutricionales sino a la aceptación del consumidor”, explica Tania Yadira Martínez, profesora del Departamento de Nutrición Humana de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), entre 2000 y 2013 las ventas de estos productos en América Latina crecieron 26,7 %, lo que evidencia un cambio sostenido en los patrones de alimentación.

Además, datos del ANIF - Centro de Pensamiento Económico muestran que en Colombia de los 2,2 billones de pesos recaudados por impuestos saludables, 1,9 billones provienen de productos ultraprocesados, lo que da cuenta de su peso en la economía, y sobre todo en el consumo cotidiano. Frente a este panorama, expertos insisten en la necesidad de comprender mejor sus características y efectos en la salud.

Este fenómeno no es reciente. La Encuesta Nacional de Situación Nutricional de 2015 ya mostraba que más del 50 % de la población adulta presentaba exceso de peso, una condición asociada con enfermedades como obesidad, diabetes tipo 2, afecciones cardiovasculares, hipertensión arterial e incluso algunos tipos de cáncer, y frente a la cual los avances han sido limitados.

Estrategias de mercadeo y transformación de la dieta

El marketing es una de las principales herramientas utilizadas para promover el consumo de estos productos. La industria emplea estrategias como publicidad en televisión y redes sociales, uso de influenciadores, promociones y empaques llamativos, lo que aumenta su visibilidad y refuerza su presencia en la vida cotidiana.

En este contexto, la población infantil se ha convertido en uno de los principales públicos objetivo. Estudios académicos señalan que las bebidas azucaradas, las golosinas, los helados y cereales para el desayuno concentran gran parte de la promoción en el mercado. La OPS advierte que la exposición temprana a esta publicidad influye en las preferencias alimentarias y se asocia con el aumento del sobrepeso y la obesidad.

En el mundo más de 390 millones de niños y adolescentes presentan exceso de peso. En Colombia el 24,4 % de los niños entre 5 y 12 años y el 17,9 % de los adolescentes presentan sobrepeso, según la ENSIN 2015, lo que evidencia que este problema también afecta significativamente a la población infantil del país.

“Antes estábamos más en los campos y ahora hay un efecto de urbanización. Eso hace que los estilos de vida sean más rápidos y se necesiten alimentos más sencillos para el consumo”, señala la profesora Martínez.

Este cambio ha reducido el tiempo destinado a la preparación de alimentos y ha favorecido la elección de productos listos para consumir, desplazando prácticas tradicionales como cocinar en casa y transformando progresivamente la dieta hacia opciones más prácticas y de fácil acceso.

Medidas en marcha para reducir el consumo de ultraprocesados

Como respuesta a este fenómeno, en Colombia la Ley 2277 de 2022 introdujo los llamados impuestos saludables, vigentes desde noviembre de 2023, que gravan bebidas azucaradas y productos ultraprocesados con alto contenido de azúcares, sodio o grasas saturadas. Esta medida busca desincentivar su consumo y reducir su impacto en la salud pública.

La normativa también establece la implementación de etiquetado frontal de advertencia en los empaques. Estos sellos, generalmente de color negro, indican si un producto contiene exceso de azúcares, sodio, grasas saturadas o edulcorantes, y le permiten al consumidor identificar rápidamente su composición nutricional.

“Tenemos estrategias como el etiquetado frontal. Cuando una persona va a comprar un producto, puede ver los sellos que indican si tiene exceso de azúcares, sodio o grasas, lo que facilita tomar decisiones frente al consumo”, señala la profesora Martínez, quien fue invitada por la Facultad de Medicina de la UNAL para abordar estos temas en el espacio que se emite por Radio UNAL.









lunes, 6 de abril de 2026

Guía de la UNAL para conocer y proteger a los mamíferos rolos

 Desde zarigüeyas, zorros y comadrejas hasta murciélagos, venados y ratones se encuentran reseñados en el libro Mamíferos rolos: Una guía para conocerlos y conservarlos, documento realizado por una bióloga de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) que resalta la riqueza e importancia de más de 57 especies que habitan en Bogotá, pues muchas veces las personas desconocemos su presencia e importancia en el ecosistema que nos rodea.

“Por ejemplo las musarañas —unos animales pequeños y casi ciegos asociados con los bosques y las zonas de hojarascas y troncos—, aunque muchas veces ni las percibimos, cumplen un papel fundamental en los ecosistemas, pues cuando escarban la tierra para encontrar lombrices e insectos airean el suelo”, asegura la bióloga de la UNAL Alexandra Castañeda Murillo.

Su investigación reunió curiosidad, entrega y compromiso por divulgar la diversidad que nos rodea en humedales, parques y demás zonas verdes o rurales de Bogotá, ciudad que concentra el 10,4 % de las especies de mamíferos del país, trabajo dirigido y apoyado por la profesora Yaneth Muñoz, del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la UNAL.

En este panorama se destacan 25 especies de ratones y 24 de murciélagos que componen el 86 % de las especies capitalinas. “Incluso en medio del concreto los mamíferos cumplen funciones ecológicas cruciales como la dispersión de semillas, la polinización, el control biológico de insectos que pueden ser plagas o la aireación del suelo, proceso referido al intercambio gaseoso que suministra oxígeno a las plantas y macroorganismos”, afirma la bióloga.

Los mamíferos comparten características como la presencia de glándulas mamarias que producen leche para alimentar a las crías; la presencia de pelo en algún momento del desarrollo, y dientes especializados.

Un mapa de los mamíferos bogotanos

Mediante la revisión de bases de datos y bibliografía de la Secretaría Distrital de Ambiente y de la Oficina de Gestión Ambiental de la UNAL, además de especímenes de las colecciones del ICN y del Instituto Humboldt, la investigadora Castañeda construyó un mapa con la presencia y ubicación frecuente de cada mamífero, así como el último registro que se tenía hasta el momento; lo interesante es que algunas especies se registraron hace 30 años, por lo que el trabajo fue una oportunidad para actualizar y clasificar mucha información.

La Guía incluye fichas con una foto de cada especie e información como familia a la que pertenece, tipo de mamífero (volador o terrestre), nombres comunes y denominación científica, estado de conservación y hábitat, así como una escala de tamaño comparado con el ser humano y una reseña sobre su historia natural con datos sobre dieta, comportamiento, reproducción, refugios y un rasgo característico de su función ecológica.

Por ejemplo la zarigüeya —también llamada fara, chucha o runcho— forma parte de la familia Didelphidae,su cuerpo es robusto con pelaje dorsal largo y las hembras tienen una bolsa abdominal llamada marsupio que funciona como incubadora para las crías. Se distribuye por localidades como Usme, San Cristóbal, Rafael Uribe Uribe o Santa Fe.

Otro caso es el murciélago de cola libre, con un peso de entre 7 y 12 gramos, pelaje de color marrón oscuro oliva y cola gruesa y larga. Su dieta consiste en insectos voladores como cigarras, grillos, moscas, polillas y especialmente escarabajos. Se puede apreciar en localidades como Usaquén o Santa Fe.

“Aunque estas especies ofrecen una riqueza sin igual, en la ciudad aún hay factores que los ponen en riesgo, como el cambio de uso del suelo con las construcciones, pues afectan los humedales y los árboles se derriban para poner edificios. Los animales ya no tienen donde vivir, comer y alimentarse; por ejemplo los murciélagos ya no encuentran todo el año las frutas de árboles que comen”.

“Las personas desconocen a los mamíferos y les tienen miedo, por ejemplo en encuentros furtivos con las zarigüeyas. A veces incluso las atropellan por accidente sin pensar en el control de poblaciones de insectos que ofrecen estos mamíferos”, señala la investigadora.

La Guía está organizada por categorías: mamíferos pequeños y medianos, y mamíferos grandes como el zorro cangrejero, el tigrillo nebuloso, el zorrillo, la taira o la comadreja, entre otros animales distribuidos por todas las localidades de la ciudad.

El documento está en proceso de edición pues los investigadores están realizando actualizaciones e incluyendo información, pero se espera que para el segundo semestre del año la publicación pueda circular con acceso libre.



jueves, 26 de marzo de 2026

Calendario indígena revela desajuste en los ciclos del río Amazonas

 Las señales que marcan el año en la Amazonia —como la subida y bajada del río, la migración de los peces o la caída de frutos— dejaron de ocurrir de forma sincronizada con el río, lo cual afecta la pesca, la alimentación y la vida cotidiana en estos humedales amazónicos cercanos a Leticia. Este hallazgo se evidenció mediante un calendario construido por la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Amazonia, la Universidad Internacional de Florida y pescadores indígenas.

Para entender la magnitud de este hallazgo primero debemos viajar a los lagos de Yahuarcaca. Este lugar es un complejo y vital sistema de humedales de 500 hectáreas, ubicado muy cerca del casco urbano de Leticia, en el que conviven siete comunidades indígenas, entre ellas La Milagrosa, Castañal, San Antonio y San Pedro. Para estos pobladores, la vida diaria, la alimentación y la cultura están dictadas por los ritmos del agua.

Sin embargo, para registrar cómo está cambiando esa dinámica, los investigadores no usaron herramientas de medición convencionales, sino que acudieron a un calendario estacional construido con el conocimiento de 25 sabedores locales, quienes han observado durante décadas el comportamiento del río, los peces y el bosque. Más que un almanaque, esta herramienta organiza el año según los ciclos del agua y su relación con la vida en el territorio.

Se trata de un mapa detallado que dibuja los cuatro ciclos hídricos del año —aguas altas, descenso, aguas bajas (no verano) y aguas en ascenso— y los cruza con eventos biológicos clave. Por ejemplo allí se registra cuándo caen los frutos que alimentan a los peces, en qué momento ocurren las migraciones o “subiendas” y cuándo llegan los friajes que bajan la temperatura.

Al reunir estos elementos, el calendario permite comparar cómo funcionaba el ecosistema según la memoria de las comunidades y cómo está respondiendo hoy frente a las variaciones del clima.

UNAL, puente entre saberes y monitoreo del territorio

El papel de la UNAL Sede Amazonia fue determinante para lograr que la articulación de saberes se diera sin imponer una visión externa. A través del Laboratorio Manejo y Gestión de Humedales, del Instituto Amazónico de Investigaciones (Imani), liderado por el profesor Santiago Duque, experto en ecosistemas acuáticos, la Universidad aportó su conocimiento en el estudio del agua y los peces, fundamentales para entender el funcionamiento del sistema de lagos.

Sin embargo, su mayor contribución fue actuar como un puente de confianza. Gracias a años de trabajo previo en procesos de educación ambiental y manejo del territorio con la Asociación de Pescadores de los los Lagos de Yahuarcaca (TIKA) se generaron las condiciones para que el conocimiento de los abuelos fuera el eje del proceso.

A través de entrevistas, talleres y recorridos por el territorio, los sabedores reconstruyeron colectivamente los ciclos del agua, las rutas de los peces y los cambios observados en las últimas décadas, convirtiendo su experiencia en una herramienta de monitoreo ambiental. En todos los encuentros surgió una misma alerta: “ya no es como antes”.

La antropóloga Lulu Victoria-Lacy, investigadora de la Universidad Internacional de Florida y autora principal del estudio, explica que el calendario se convirtió en una línea base que muestra cómo se comportaba el ecosistema hace más de 20 años, cuando las subidas y bajadas del río predecían los tiempos de reproducción de los peces, la caída de frutos y los periodos de pesca.

Al contrastar esa memoria con la situación actual, el estudio identificó un desajuste entre las señales de la naturaleza y los ciclos del río. Fenómenos que antes ocurrían de forma sincronizada —como ciertos eventos reproductivos de los peces— ahora se presentan de manera irregular, lo que altera la disponibilidad de alimento y dificulta la pesca.

Además, la investigación evidencia que estos cambios tienen efectos directos en la seguridad alimentaria y en las prácticas culturales, pues en la Amazonia los peces no solo son base de la dieta sino también el eje de la planificación de las actividades comunitarias, ya que en la Amazonia los ciclos del agua determinan cuándo sembrar, cuándo pescar y cómo organizar la vida cotidiana.

La investigadora Victoria-Lacy destaca que, más que traducir estos saberes a términos científicos, el propósito del estudio fue fortalecer su propia forma de entender y leer el entorno, demostrando así que el conocimiento de las comunidades es un sistema riguroso para observar los cambios ambientales.

Visualmente el calendario es un gran lienzo donde el río, pintado de verde en el centro, representa a la “Boa Madre”, la figura guardiana del agua que simboliza la interconectividad del ecosistema. A su alrededor, la obra documenta los indicadores que las comunidades reconocen para identificar los ciclos del agua, como las aguas altas (Narü bai) o aguas bajas (Eané Tipa).

Este esfuerzo trasciende la academia, ya que el calendario funcionará como una herramienta para fortalecer la educación ambiental en las comunidades y transmitir este conocimiento a las nuevas generaciones. También abre la puerta para que los sistemas de monitoreo ambiental incorporen estas lecturas del territorio, en lugar de reemplazarlas.






viernes, 20 de marzo de 2026

Fuertes lluvias se registran en Chile en medio de temporadas como la de uva de mesa

Los fenómenos climáticos extremos o en fechas inusuales se han convertido en una constante con la que los agricultores han debido aprender a convivir. Esta situación se vivió hace algunos días en el centro-sur de Chile con el registro de fuertes lluvias y donde se encuentran en plena cosecha algunos frutales. 

En ese contexto, Portalfruticola.com  conversó con el presidente de la Federación Gremial Nacional de Productores de Frutas (Fedefruta), Víctor Catán, quien entregó un primer balance marcado por la heterogeneidad de las precipitaciones y sus efectos en distintos cultivos.

Explicó que en la Región de O’Higgins se han registrado diferencias importantes en los niveles de agua caída. “Tenemos zonas donde llovieron hasta 36 milímetros, como San Vicente, mientras que en otras comunas prácticamente no se registraron precipitaciones. Esto genera impactos disímiles, pero igualmente relevantes”, indicó.

Catán detalló que lluvias de entre 30 y 36 milímetros provocan afectaciones directas en la fruta, especialmente por la acumulación de humedad. “La fruta se moja externamente e internamente, lo que aumenta el riesgo de enfermedades y reduce su vida comercial. Aunque se apliquen medidas preventivas o curativas, siempre hay algún grado de daño”, afirmó.

Entre los cultivos afectados, destacó la fruta de secado, como la ciruela, donde incluso el uso de cobertores plásticos no fue suficiente frente a precipitaciones mayores a las previstas. 

Otras frutas afectadas han sido las manzanas. Particularmente en zonas más al sur del país, ya se observan fisuras en algunas variedades, lo que podría traducirse en pérdidas de fruta exportable.

Afectación de las lluvias en uva de mesa 

Respecto a la uva de mesa, Catán explicó que la situación depende en gran medida de la variedad y del estado de avance de la cosecha. “Hay variedades más resistentes que otras. La recomendación es no prolongar la guarda y avanzar rápidamente en el embalaje y comercialización”.

El dirigente también advirtió que la industria ha debido adaptar sus calendarios productivos en los últimos años, concentrando la oferta hacia el final del verano para competir en mejores condiciones en los mercados internacionales, lo que incrementa la exposición a eventos climáticos como los actuales.

Desde el mundo productivo, el presidente de Uvanova, Rafael Rodríguez, señaló a Portalfruticola.com que la afectación en la Región Metropolitana ha sido acotada, debido a la menor superficie cultivada. No obstante, en la Región de O’Higgins, especialmente en la provincia de Colchagua, incluyendo zonas como San Vicente y áreas cercanas a Rapel, se estima que cerca del 50% del territorio habría recibido lluvias con distintos niveles de impacto.

Rodríguez explicó que aún no es posible cuantificar con precisión las pérdidas, considerando que millones de cajas de uva aún estaban pendientes de embalaje al momento de las precipitaciones. “No está claro todavía si se perderán cientos de miles o millones de cajas”, indicó.

En términos técnicos, el presidente de Uvanova, señaló que los principales riesgos en los parrones incluyen partiduras en las bayas y el desarrollo de pudriciones, fenómenos que obligan a los productores a detener temporalmente las labores y evaluar la evolución de la fruta antes de retomar la cosecha. 

“En muchos casos, esto implica descartar volúmenes que no cumplen con los estándares de exportación”, acotó Rodríguez.

Entre las variedades más expuestas se encuentran algunas tradicionales como Crimson, así como otras aún en proceso de cosecha tardía. Rodríguez añadió que “frente a este escenario, los productores han reforzado la aplicación de fungicidas y el manejo de ventilación en los huertos, buscando contener la aparición de enfermedades”.

Por su parte, Ignacio Caballero, director ejecutivo del Comité de Uva de Mesa de Frutas de Chile, explicó que se encuentran en pleno proceso de levantamiento de información y “el lunes (23 de marzo) deberíamos tener un número más realista y responsable”.

Caballero comentó que las lluvias tuvieron un carácter “muy fuerte y muy focalizado”, lo que provocó impactos significativos en algunos predios, pero en otros se registraron afectaciones menores o nulas.

Nuevas lluvias en el horizonte 

En cuanto a un nuevo sistema frontal pronosticado para los próximos días, el presidente de Fedefruta señaló que las proyecciones se han moderado, aunque el sector se mantiene en alerta. 

“Estamos evaluando las estrategias semana a semana, porque cualquier lluvia en este periodo puede generar complicaciones adicionales”, dijo Caballero.

El director ejecutivo del Comité de Uva de Mesa de Frutas de Chile subrayó que la temporada continúa su curso normal en gran parte del país, con cosechas en muchas zonas. “La industria no está paralizada”, dijo. 

Sobre las próximas lluvias, Caballero dijo que los productores ya cuentan con experiencia y protocolos para enfrentar este tipo de eventos, ajustando cosechas y aplicando medidas preventivas según corresponda.

En la misma línea, Víctor Catán reiteró el llamado a los productores a priorizar medidas preventivas, como aplicaciones fungicidas y manejo adecuado de los cultivos. “Es clave mantener ventilación en los parrones y evitar condiciones que favorezcan enfermedades. La prevención siempre será más efectiva que las acciones correctivas”.

Por su parte, Rodríguez señaló que los productores son responsables: “Lo que no tenga las condiciones no se va a embalar. Hay lecciones aprendidas de años anteriores”.