miércoles, 6 de mayo de 2026

Reparar hornos industriales sin demolerlos reduciría hasta 140 toneladas de residuos

 Una alternativa desarrollada en laboratorio permitiría reparar solo las zonas desgastadas de los hornos industriales usados para producir acero, cemento y vidrio, evitando desmontar por completo sus recubrimientos internos. La técnica reduciría costos de mantenimiento, tiempos de parada y hasta 140 toneladas de residuos refractarios por intervención, un proceso que hoy puede costar cerca de 1.200 millones de pesos.

La propuesta parte de una pregunta concreta: ¿es posible extender la vida útil de estos hornos sin tener que demoler todo el material que los protege?

Así lo desarrolló Jessica Natalia Tocarruncho Aguirre, magíster en Ingeniería de Materiales y Procesos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien trabajó en una técnica para lograr que el material nuevo de reparación se adhiera de forma segura al recubrimiento que ya está en servicio.

Los hornos utilizados en la producción de acero y cemento son esenciales para la industria, ya que en su interior se transforman materias primas como roca caliza, minerales metálicos y arena mediante calor extremo en materiales fundamentales para la construcción y la manufactura. Debido a estas condiciones, los hornos operan continuamente a temperaturas que se pueden acercar a los 2.000 °C.

Para soportar ese entorno, su interior está protegido por materiales refractarios, una especie de armadura cerámica elaborada principalmente con óxidos de aluminio y silicio, diseñada para resistir calor extremo, desgaste y ataques químicos.

Con el tiempo, las altas temperaturas, los cambios bruscos, la abrasión y los ambientes corrosivos terminan generando grietas, pérdida de espesor y fallas que afectan su capacidad de protección.

Cuando eso ocurre, la práctica tradicional en la industria consiste en detener la operación, demoler el recubrimiento y reconstruirlo desde cero.

Ese procedimiento implica no solo altos costos económicos, sino que además genera una gran cantidad de residuos. Dependiendo del equipo, una sola intervención puede requerir la demolición de entre 40 y 140 toneladas de material refractario que casi siempre termina en escombreras, después de semanas de parada industrial.

Un laboratorio de acero

Allí, con pequeñas piezas de concreto refractario de alta alúmina —similares a las que recubren estos hornos— de alrededor de 9 pulgadas de largo y 2 de ancho, como rectángulos perfectos, se diseñó un experimento controlado. Algunas muestras se dejaron tal como estaban, mientras que otras se modificaron para crear pequeños relieves en su superficie, creando una textura rugosa.

Esos relieves, muy perceptibles a simple vista, ofrecen puntos de agarre para el material nuevo. Luego, sobre esa superficie preparada se aplicó silica coloidal, un material líquido que contiene partículas microscópicas de dióxido de silicio. Al distribuirse y secarse, estas forman una red que actúa como un puente invisible entre el material viejo y el nuevo, el “pegamento” perfecto.

“En conjunto, ambos mecanismos —el anclaje físico y la unión química— buscan evitar que la interfaz, esa delgada línea entre lo antiguo y lo reciente, se convierta en el punto débil”, explica la experta Tocarruncho, quien lleva más de ocho años trabajando en el sector de la cerámica y los materiales refractarios.

Por otro lado, en laboratorio, para comprobar si lo lograban, las muestras se sometieron a una prueba de módulo de ruptura en la que se aplica fuerza hasta provocar la ruptura. No solo importaba cuánto resistían, sino dónde se rompían.

Las muestras con superficies lisas fallaron en la unión, incluso cuando se utilizó el “pegamento” microscópico, y no alcanzaron los 12 megapascales mínimos exigidos por la norma que rige estos materiales. En cambio, aquellas que combinaban los relieves con la silica coloidal superaron ese umbral sin ningún problema.

Eso significa que la unión dejó de ser el punto débil, y el material nuevo y el viejo comenzaron a comportarse como una sola pieza.

Además de las pruebas mecánicas, el equipo también realizó análisis detallados de las superficies, incluyendo observaciones con microscopía electrónica de barrido que permitieron ver cómo interactúan los materiales a escalas muy pequeñas.

También se evaluaron distintas concentraciones de silica coloidal, y se encontró que algunas ofrecen mejores resultados que otras, lo que abre la puerta a optimizar aún más la técnica según cada aplicación.

Para su estudio la ingeniera Tocarruncho contó con la dirección y el apoyo de la profesora Mónica Johanna Monsalve, de la Facultad de Ingeniería, y del investigador Carlos Mario Mesa Toro, de la empresa Erecos, dedicada al sector de los materiales refractarios.

Aunque los resultados aún corresponden a condiciones de laboratorio, representan un avance importante hacia métodos de reparación más sostenibles y menos costosos para industrias que dependen de hornos de operación continua.

Además de reducir costos, reparar en lugar de demoler también permitiría disminuir residuos, aprovechar mejor los materiales existentes y reducir el impacto ambiental de procesos que hasta ahora se asumían como inevitables.






martes, 5 de mayo de 2026

Gorgona, laboratorio colombiano que ayuda a descifrar a Marte


 Rocas volcánicas formadas a altísimas temperaturas, ricas en hierro y magnesio —como basaltos y komatiitas—, que en la Tierra solo se conservan en pocos lugares, resultaron tener una composición geoquímica muy similar a las de Syrtis Major, una de las regiones más estudiadas de Marte. Ese es el hallazgo que sitúa a la Isla Gorgona, en el Pacífico colombiano, como un laboratorio natural para entender cómo se formaron las lavas del planeta rojo y cómo evolucionó su interior.

A unos 30 km de la costa del Pacífico colombiano, la Isla Gorgona esconde algo más que biodiversidad. A diferencia de otras regiones donde dichas rocas tienen miles de millones de años, allí se formaron hace cerca de 90 millones de años, siendo las komatitas más jóvenes de la Tierra, lo que permite estudiar procesos volcánicos comparables con los que habrían ocurrido en Marte.

Para el estudio, liderado por investigadores del Grupo de Ciencias Planetarias y Astrobiología (GCPA) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), el equipo integró datos de sensores orbitales, análisis de meteoritos marcianos y estudios geológicos previos, y los sometió a nuevas metodologías estadísticas que permiten comparar con precisión la composición de distintos cuerpos planetarios.

“Nos preguntamos si en Colombia había lugares comparables con escenarios como Hawái o Islandia. Al revisar la información, encontramos que las rocas de Gorgona, especialmente las komatitas, podían ser un buen análogo para Marte”, afirma David Tovar, candidato a doctor en Ciencias - Geociencias de la UNAL y de Investigación Espacial y Astrobiología de la Universidad de Alcalá de Henares (España).

El resultado no solo confirma esa afinidad geoquímica, sino que además abre la puerta a usar este territorio como referencia directa para estudiar Marte desde la Tierra.

“Las aplicaciones son muchísimas, sobre todo porque ya tenemos otro lugar aquí en la Tierra, pero particularmente en nuestro país, que permitirá desarrollar proyectos de investigación enfocados en geología planetaria y astrobiología, y que podremos empezar a liderar desde Colombia”, señala el investigador.

Un parecido que no es coincidencia

Esta comparación no se basa en similitudes superficiales sino en la “firma química” de las rocas, que permite rastrear procesos del interior de los planetas; esto se refiere a la proporción de óxidos como hierro, magnesio, aluminio o titanio que las componen, y revela las condiciones de temperatura, presión y origen del magma que las formó.

“Aplicamos metaanálisis de datos previamente publicados, es decir, una revisión sistemática y comparativa de estudios existentes, junto con “figuras de mérito composicionales”, una metodología que permiten medir qué tan parecido es un material con otro. Con eso encontramos que las rocas de Gorgona, particularmente las komatitas y los basaltos, sí son muy similares a las de Syrtis Major en Marte”, detalla el investigador.

Para llegar a esa comparación, el análisis integró dos fuentes fundamentales de información sobre Marte; por un lado, datos de sensores remotos instalados en satélites que orbitan el planeta —como espectrómetros que analizan la radiación reflejada por la superficie y permiten inferir su composición mineralógica—; y por otro, meteoritos marcianos recuperados en la Tierra, fragmentos de la corteza de Marte que han viajado millones de kilómetros y que se pueden analizar en laboratorio con alta precisión para determinar su composición geoquímica.

Con esa base, el equipo analizó la composición de las rocas en términos de sus óxidos principales y aplicó herramientas estadísticas que permiten establecer distancias y cercanías entre materiales, es decir, cuantificar qué tan similares son desde el punto de vista químico.

El resultado: no todas las rocas coinciden, pero sí aquellas más relevantes para entender procesos volcánicos, como los basaltos y las komatitas, que muestran una afinidad clara con las formaciones de Syrtis Major.

Más allá del hallazgo, el estudio tiene aplicaciones concretas en la exploración planetaria. “Los análogos geoquímicos permiten calibrar instrumentos. Si llevamos instrumentos a Marte primero debemos probarlos con materiales conocidos aquí en la Tierra, y esos materiales son precisamente las komatitas y los basaltos de Gorgona”, explica el experto.

El investigador subraya que este tipo de avances también abren la puerta a una mayor participación del país en proyectos internacionales. “Podremos contribuir con misiones espaciales que lleven instrumentos a Marte y que tengan como referencia el material rocoso de Gorgona. Eso es algo extraordinario”, afirma.

El estudio posiciona a Colombia en un campo estratégico de la ciencia contemporánea. La Isla Gorgona se suma así a un grupo muy reducido de territorios en el mundo que sirven como análogos naturales de Marte.

“Con esta primera aproximación podemos hacer una contribución enorme para entender la evolución geológica de Marte, a partir de un análogo terrestre que está en Colombia”, concluye el geólogo Tovar.

Los resultados del estudio se publicaron en la revista científica Iracus; en él participaron, entre otros investigadores, la bióloga María Angélica Leal, candidata a doctora en Ciencias - Biología de la UNAL y en Investigación Espacial y Astrobiología de la Universidad Alcalá de Henares (España), las profesoras Nadejda Tchegliakova, del Departamento de Geociencias, y Argenis Bonilla y Jimena Sánchez, del Departamento de Biología de la Facultad de Ciencias de la UNAL.













lunes, 4 de mayo de 2026

Más de 23.000 personas en riesgo por deterioro del Complejo Cenagoso de Cascaloa

 Dicho sistema, conformado por más de 60 ciénagas y fundamental para la regulación hídrica de la Depresión Momposina, enfrenta un deterioro que ya impacta la seguridad alimentaria y los medios de vida de más de 23.000 personas en Bolívar. Hoy, la desconexión entre las ciénagas, la presión sobre la pesca y los conflictos por el agua evidencian la urgencia de diseñar políticas públicas más efectivas para el territorio.

Así se analiza en el libro Gestión territorial de las políticas públicas para la transición de los sistemas alimentarios en América Latina, escrito por más de 20 expertos con la coordinación de los profesores Juan Patricio Molina Ochoa, de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNAL, y Delta Argelia Torres Rivera, de la Universidad Autónoma Comunal de Oaxaca (México)

La obra, presentada por la Editorial de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) en la FILBo 2026, propone repensar la forma en que se diseñan e implementan las políticas públicas en los territorios, haciendo énfasis en la participación de comunidades, gobiernos locales y actores productivos.

“El gran aprendizaje del libro es que necesitamos una nueva institucionalidad, una forma distinta de relacionar al Estado con los territorios y sus actores. No se trata solo de diseñar políticas, sino de construirlas con quienes habitan esos territorios”, explica el profesor Molina.

En el caso del Complejo Cenagoso de Cascaloa esto se traduce en dificultades para articular a las comunidades, las instituciones y los sectores productivos en torno a la restauración ecológica.

“Problemas como este muestran que no basta con intervenir, sino que además se deben viabilizar relaciones reales entre comunidades, ecosistemas y políticas públicas”, añade el académico.

El deterioro del Complejo se muestra en la pérdida de conectividad hídrica, la presión sobre la pesca y los conflictos por el uso del agua, factores que afectan el equilibrio del ecosistema y los medios de vida de más de 23.000 personas en la Depresión Momposina.

El territorio define el resultado

Los autores también señalan en el libro que una misma política puede generar resultados opuestos según el territorio donde se implemente, lo que obliga a abandonar enfoques homogéneos.

“Venimos de una narrativa muy marcada por modelos neoliberales que desconocen las diferencias territoriales. Hoy el reto es construir respuestas diferenciadas, con incidencia política desde lo local”, señala el profesor Molina.

La obra también resalta la agroecología como una alternativa concreta: “no es solo un enfoque productivo, es una apuesta política y social que reconoce los saberes locales y permite construir sistemas sostenibles desde las particularidades de cada territorio”, añade el profesor Yesid Aranda, de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNAL, coautor de uno de los capítulos, quien estuvo presente en la presentación del libro.

El docente resalta además que “la obra recoge 20 capítulos que dialogan entre sí sobre un mismo eje: el territorio como espacio de disputa. El territorio no es neutro, es un escenario en donde interactúan actores con intereses distintos y con capacidad de incidir en las decisiones. Entender eso es clave para cualquier política pública”, señala.

“Uno de los principales retos sigue siendo la comprensión de esas dinámicas. Todavía hay vacíos en cómo entendemos quiénes intervienen en los territorios y cómo lo hacen. Por eso el libro insiste en el diálogo de saberes, en el encuentro entre la academia y la experiencia de las comunidades”, advierte.

Además del caso de Cascaloa, el libro analiza experiencias agroecológicas en regiones como el Catatumbo (Norte de Santander), Sumapaz (Cundinamarca), Guayabal (Tolima) y Villa de Leyva (Boyacá), así como en México y Brasil, lo que permite comparar realidades y propuestas desde distintos contextos latinoamericanos.













miércoles, 29 de abril de 2026

Si no se cambia la mirada sobre el páramo no habrá solución climática

 En medio de la crisis climática, un libro presentado por la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) en la FILBo 2026 propone que la solución no está solo en la tecnología, sino también en cambiar la forma en que entendemos la naturaleza. La obra El límite de una nube: Hacia un principio metantrópico cruza arte, botánica y pensamiento ecológico para replantear nuestra relación con los frailejones del páramo, plantas fundamentales en la regulación del agua para millones de personas.

“Es la primera vez que escribo una carta dirigida a un frailejón. Decidí escribirla porque ahora te alojas en un libro cuyas hojas me piden que deje una huella alfabética…”. Así empieza su obra la artista e investigadora Eulalia de Valdenebro, profesora de la Facultad de Artes de la UNAL, oriunda de Popayán y doctora en Estética y Tecnología del Arte de la Universidad de París.

En su libro aparece la idea de la “intrusión de Gaia” con la que la filósofa belga Isabelle Stengers describe la crisis climática como una reacción del planeta frente a la presión humana. Para la profesora de Valdenebro el problema no es solo cuánto sabemos de los ecosistemas o cómo los clasificamos, sino la mirada con la que los entendemos, muchas veces centrada únicamente en lo humano.

Dicha discusión aterriza en el territorio concreto de los páramos, que en Colombia son sistemas indispensables: solo pensar en el de Sumapaz, Chingaza o Guasca nos permite ver que los frailejones cumplen la función vital de capturar agua de la niebla y la lluvia, la retienen y la liberan lentamente regulando el suministro hídrico de millones de personas. Es un sistema del que dependemos todos los días, aunque rara vez pensemos en él.

“No conocemos realmente a las plantas, y desde nuestra mirada antropocéntrica nos creemos sus dueños; por eso los invito a repensar esta relación que, lejos de traer beneficios, sigue abriendo la herida que tiene la naturaleza a causa de nuestra acción egoísta”, señala la profesora.

En artículos como “Cuerpopermeable”, desarrollado en el páramo de Guasca, la artista pone su cuerpo en diálogo con las plantas, las mide, las dibuja a escala, busca proporciones comunes. No es solo un gesto artístico sino una forma de entender que no estamos por fuera del ecosistema, sino dentro de él.

Nombrar lo que no tiene nombre

De ahí surge el principio metantrópico, un término que, aunque suene complejo, apunta a una idea muy cercana: dejar de ver al ser humano como el centro, pero sin borrarlo del todo. En el páramo esto es evidente, pues el agua, la niebla, el suelo y las plantas funcionan como un solo sistema, no como piezas separadas.

Esa forma de ver también cambia la manera como entendemos el cambio climático. Muchas respuestas actuales se enfocan en intervenir, es decir reducir emisiones, capturar carbono y ajustar procesos, acciones importantes pero que se quedan cortas si no se cambia la lógica de fondo. La propuesta del libro es aprender a entender a profundidad cómo funcionan los sistemas vivos antes de intentar controlarlos, casi que con una arista espiritual y poética que armonice con la botánica y la ecología.

En ese camino apareció otra pregunta para la autora: ¿cómo hemos conocido a las plantas? Por ello, hace un recorrido para ver cómo, desde José Celestino Mutis, la botánica se ha basado en observar, clasificar y archivar. Los herbarios permitieron estudiarlas, pero también ayudaron a verlas como objetos separados de su entorno, y esa forma de conocimiento es la que arrastra una herencia colonial que las reduce a recursos.

Su apuesta no rompe con la ciencia, la amplía; usa la ilustración, la medición y el archivo, pero los lleva al cuerpo. Medirse con un frailejón, habitar el páramo durante años, afinar los sentidos. Conocer no es solo mirar, también es tocar, sentir y estar.

El páramo deja entonces de ser solo un ecosistema frágil para convertirse en fuente de aprendizaje. No porque tenga respuestas mágicas, sino porque muestra algo básico: la vida funciona en unión, en equilibrio, y en procesos sin bordes o límites claros, pero que necesitan comprensión para entender una crisis que no da espera y con la que la humanidad ya está perdiendo la batalla.

Disponible en el estand de la UNAL en la FILBo 2026, El límite de una nube: Hacia un principio metantrópico, presentado en coedición con la Universidad de los Andes,es sin duda alguna un cambio de mirada: no mirar por encima del hombro sino observar detenidamente en el espejo de la naturaleza las respuestas al cambio climático.

De hecho el libro ya ha dado frutos con la creación de la Escuela de Plantas en la UNAL, un espacio que la profesora de Valdenebro tiene junto a algunos estudiantes de Facultad de Artes para pensar la crisis climática en función de nuestra relación con las plantas.






lunes, 27 de abril de 2026

Más de 10 libros infantiles de la UNAL acercan la ciencia y la literatura a nuevos lectores en la FILBo 2026

 Ilustraciones, relatos y ciencia explicada de forma sencilla forman parte de la apuesta de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) para atraer a niños y jóvenes en la FILBo 2026 con una oferta editorial que conecta el conocimiento académico con nuevas formas de lectura. Entre los títulos se encuentran Mi primer libro del Sol, Mi primer libro sobre terremotos, y La minga: Alegría de la gente de los lagos de Yahuarcaca.

A esta propuesta se suman obras emblemáticas que conectan a los más jóvenes con grandes relatos de la humanidad, como Lucy, la primera mujer, que narra la vida de uno de los ancestros humanos más antiguos; La Divina Comedia: El primer paso en la selva oscura, una versión ilustrada de este clásico universal; y Una sombra sobre toda la tierra: Una lectura sobre La vorágine, publicada en el marco de los 100 años de la obra de José Eustasio Rivera.

También hay títulos que acercan la ciencia hecha en el país, como El firmamento sobre Colombia, una guía para observar el cielo, y Mujeres en la ciencia: 20 pioneras colombianas y latinoamericanas, que resalta el papel de científicas como Ángela Camacho, primera doctora en Física del país.

En esta línea, dos obras abordan la diversidad cultural del país desde las comunidades indígenas: Saakhelu: Renacimiento de la tradición nasa, y La minga: Alegría de la gente de los lagos de Yahuarcaca, que invita a recorrer la Amazonia colombiana y sus saberes.

Un primer libro para toda la vida

La profesora Clemencia Gómez, del Departamento de Geociencias de la UNAL, asegura que la Colección “Mi primer libro de…” nació en 2019 a partir de la inquietud de un grupo de profesores por llevar temas científicos complejos a los niños, acercando el conocimiento a quienes tienen más preguntas sobre el mundo y su funcionamiento.

“Esta entrega fue un éxito durante la Feria, por lo que después conseguimos recursos con la Asociación Colombiana de Geólogos y Geofísicos del Petróleo para sacar un segundo tomo de la Colección, más específico sobre el mundo de las rocas”, comenta la docente.

Además, gracias a la gestión de recursos, en la FILBo 2025 se lanzó  Mi primer libro sobre terremoto,  un tema fundamental para el país por su ubicación en una región sísmica asociada con el Cinturón de Fuego del Pacífico, en donde interactúan placas tectónicas y se han registrado terremotos de gran magnitud a lo largo de la historia.

“De la mano de los niños aprenderán los grandes… detrás de un niño siempre estará un adulto acompañándolo a leer”, indica la profesora Gómez, quien también destaca el papel de ilustradores, editores, correctores de estilo y de todo el equipo que hace posible la Colección. Dentro de esta oferta también se destacan temas como la historia de las rocas y la historia del planeta.

Por su parte, el profesor Santiago Vargas, astrofísico del Observatorio Astronómico Nacional de Colombia de la UNAL, se refiere a la entrega de Mi primer libro del Sol como “un recorrido por el astro rey, en el que se explora la ciencia que lo rodea y su importancia para la historia humana. Aquí aprenderemos por qué el Sol tiene esa forma y ese tamaño, su edad, y de qué está hecho. Además, el libro viene acompañado de realidad aumentada, con lo que podemos visualizar todo lo que abordamos, y la sorpresa final es que incluye unas gafas para observar el Sol de forma segura”

Historias del ayer y del mañana

Además, la UNAL llega con nuevas versiones de libros tan icónicos como La Divina Comedia o La vorágine, con ilustraciones, narraciones y formas de contar para los más pequeños; así como Lucy, la primera mujer, del autor italiano Daniele Aristarco, que narra la historia del famoso fósil de un Australopithecus afarensis hallado en 1974, de 3,2 millones de años, explorando su vida, su bipedalismo y su entorno.

Este autor también es el artífice de La Divina Comedia: El primer paso en la selva oscura, un recorrido que se fusiona con las ilustraciones de Marco Somà, ofreciendo una nueva mirada a la obra de Dante Alighieri y a un viaje que comenzó hace 700 años.

Por otro lado, Una sombra sobre la tierra: Una lectura sobre La vorágine es el resultado de una coedición entre la Editorial Babel, el Centro Editorial y la Decanatura de la Facultad de Ciencias Humanas de la UNAL, como conmemoración de los 100 años de la publicación de la novela del escritor huilense José Eustasio Rivera. Se trata de una mirada que combina la dureza de la obra con una interpretación visual contemporánea.

Libros como Mujeres en la ciencia: 20 pioneras colombianas y latinoamericanas son fundamentales para entender que en Colombia la ciencia ha contado con grandes personajes femeninos como Carmenza Duque Beltrán, profesora de la UNAL y referente en química; y Susana Fiorentino Gómez, de la Pontificia Universidad Javeriana, quien ha investigado posibles tratamientos contra el cáncer a partir de plantas medicinales.

Por último, la novedad infantil de esta FILBo es La minga: Alegría de la gente de los lagos de Yahuarcaca, una obra que recorre ecosistemas de la cuenca del río Amazonas y les permite a los lectores acercarse al significado de la minga en estas comunidades.

“La limpieza del lago es la limpieza de la comunidad…”, señala una de sus páginas, y en la contraportada se lee: “La que motiva el viaje es una minga de abundancia y de regreso se unen a una minga de limpieza de los lagos”.

Aquí una pequeña conversación entre los protagonistas del libro, que son una abuela y sus dos nietos:

—¡Qué lindo navegar en este lago! (niña)

—¿Saben que son varios y son muy importantes para nosotros? (abuela)

—¿Por qué? (niña)

—Nos brindan el pescado y son parte de nuestra historia, pero debemos cuidarlos. (abuela)

—¿Qué les pasa? (niño).

—Que si se pesca en exceso se agotan los peces, por eso vamos a hacer un ritual de abundancia en la maloca (abuela).

Todos estos libros infantiles están disponibles en el estand de la UNAL en la FILBo: 102 del Pabellón 3, nivel 2 de Corferias; y también en la página web de la Editorial UNAL.










miércoles, 22 de abril de 2026

Modelo permite anticipar fallas eléctricas ante eventos climáticos extremos

 Tormentas intensas, inundaciones o sequías prolongadas —como las que se anuncian con la llegada del fenómeno de El Niño— están poniendo a prueba la capacidad de los sistemas eléctricos para responder a condiciones cada vez más exigentes. Frente a este escenario, una investigación de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) propone nuevas herramientas que permiten anticipar con mayor precisión cuándo, cómo, y qué tan graves pueden ser las fallas en el suministro de energía.

El trabajo fue desarrollado por el profesor Camilo Younes Velosa, de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura de la UNAL Sede Manizales, durante su año sabático en la Universidad Estatal de Pensilvania (Estados Unidos), en donde diseñó métodos de análisis de confiabilidad que incorporan variables poco consideradas hasta ahora, como la duración y la severidad de los eventos, así como su posible ocurrencia simultánea.

En Colombia estos análisis resultan especialmente relevantes, ya que gran parte de la generación eléctrica depende del recurso hídrico. “El agua y la energía siempre han estado atadas, por lo que fenómenos como sequías o lluvias intensas pueden afectar directamente la disponibilidad de electricidad”, explica el experto.

Por ejemplo, eventos climáticos como el fenómeno de El Niño pueden reducir los niveles de los embalses y poner en tensión el sistema. “Tendremos altas probabilidades de que el sistema entre en mucho estrés, lo que evidencia la necesidad de contar con herramientas que permitan anticipar estos escenarios”, advierte el docente.

Más allá de cuántas veces falla el sistema

Las consecuencias una interrupción eléctrica —lo que técnicamente se conoce como una salida del sistema— pueden ir desde molestias temporales hasta afectaciones críticas como la suspensión de servicios hospitalarios o la paralización de procesos industriales. Sin embargo, los modelos tradicionales no siempre reflejan la magnitud real de estos eventos.

El profesor Younes señala que “muchas métricas actuales se concentran en medir la frecuencia de las fallas, pero dejan de lado aspectos clave como su duración o su intensidad; no basta con saber cuántas veces ocurre una salida del sistema, también es necesario entender qué tan severa es”.

Uno de los indicadores más utilizados es el Loss of Load Expectation (LOLE), que estima la frecuencia con la que el sistema podría no atender la demanda. Sin embargo, este tipo de mediciones no permite ver el impacto completo de una interrupción prolongada o de varios eventos que ocurren al mismo tiempo.

Por ejemplo, un apagón de pocos minutos suele resolverse sin mayores efectos, pero una interrupción de varias horas puede afectar el transporte, el almacenamiento de alimentos o el suministro de agua, que en muchas ciudades depende de la energía eléctrica.

Eventos simultáneos, el reto que no se estaba midiendo

Otro de los aportes del estudio fue evidenciar que las fallas no ocurren de manera aislada. En la práctica, un sistema eléctrico puede enfrentar varios eventos al mismo tiempo que se potencian entre sí.

Por ejemplo durante una tormenta se pueden caer árboles sobre las redes, inundarse subestaciones y presentarse descargas eléctricas que dañan los equipos. Analizar estos eventos por separado puede llevar a subestimar el impacto real sobre el sistema.

En un contexto de cambio climático, este fenómeno se vuelve más crítico. “Antes teníamos un clima más predecible, pero ahora los eventos pueden ser más intensos y durar más tiempo”, explica el docente.

Durante su trabajo en la Universidad de Pensilvania, el investigador desarrolló un enfoque que permite analizar de manera conjunta múltiples fuentes de riesgo, incorporando variables como la duración, la intensidad y la coincidencia de eventos extremos.

Este modelo se articula con el concepto de “suficiencia de recursos”, el cual evalúa si el sistema realmente cuenta con la capacidad necesaria para atender la demanda en condiciones críticas.

“La pregunta es si tenemos suficientes recursos en generación, transmisión y distribución para responder en un momento dado”, explica. Esto implica no solo disponer de energía, sino garantizar que esta se pueda transportar hasta los usuarios, incluso en escenarios de alta presión sobre la infraestructura.

Aporte para la planificación energética

Los resultados de esta investigación proponen una forma más realista de evaluar la confiabilidad de los sistemas eléctricos, al incorporar múltiples indicadores que permiten entender mejor su comportamiento bajo condiciones de estrés prolongado.

En vez de centrarse solo en la frecuencia de las fallas, el enfoque plantea analizar también su duración, su severidad y la interacción entre distintos eventos, lo que ofrece una base más sólida para tomar decisiones en la planificación energética.

Por último, el profesor Younes subraya que “entender estas dinámicas es clave para anticipar escenarios críticos. Debemos medir no solo la frecuencia de los eventos sino también su intensidad, su severidad, y los efectos que tienen sobre el sistema eléctrico”, concluye.









viernes, 17 de abril de 2026

Microplásticos ya están en gusanos marinos y en sedimentos del Caribe y el Pacífico colombiano

 En el Caribe, la presencia de hasta 296 partículas plásticas microscópicas por kilogramo de sedimento del fondo marino evidencian el avance de esta contaminación en ecosistemas del país; muchas de ellas son fibras azules y rojas, asociadas con el desgaste de ropa sintética, las redes de pesca y los residuos domésticos. Estas también se hallaron en organismos como gusanos marinos en el Caribe y el Pacífico, según un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede de La Paz publicado en la revista científica Hydrobiologia.

El trabajo se desarrolló en dos ecosistemas con dinámicas muy distintas: la bahía de Buenaventura, en donde desembocan ríos como el Dagua y el Anchicayá, y el golfo de Salamanca, una zona del Caribe cercana a ciudades, puertos y actividades turísticas.

Los estudiantes Alishon Yuliana Estrada Stabilito, del programa de Biología; Karen Yicelth Morales Duarte, de Ingeniería Biológica, y Carlos David Rodríguez Amaranto, de Gestión Cultural y Comunicativa, autores de trabajo, señalan que compararlas les permitió entender cómo estas diferencias influyen en la presencia de estas partículas en el mar.

En total se recolectaron 24 muestras del fondo marino en diferentes épocas del año. En laboratorio, los jóvenes investigadores separaron los microplásticos del sedimento mediante soluciones salinas, los observaron al microscopio y los clasificaron según su forma, color y tamaño.

Además analizaron 231 organismos recolectados en el fondo del mar —principalmente gusanos, pero también moluscos y crustáceos— para determinar si habían ingerido estas partículas, revisando directamente el contenido de su sistema digestivo.

Los resultados muestran que el Caribe presenta una mayor carga de microplásticos, con promedios cercanos a 296 partículas por kilogramo de sedimento, frente a 165 en el Pacífico colombiano.

“La mayoría de estos residuos eran fibras, principalmente azules y rojas, de menos de 2 mm, asociadas con el desgaste de ropa sintética, las redes de pesca y otros plásticos de uso cotidiano”, destaca el estudiante Rodríguez.

También se encontró que los suelos más finos del fondo marino —como los que parecen barro o lodo— retienen más restos invisibles de plástico que los gruesos, porque sus partículas pequeñas los atrapan con mayor facilidad.

Microplásticos ya están en los organismos

Uno de los hallazgos más relevantes es que el 22 % de los organismos analizados en el Caribe y el 3 % en el Pacífico tenían microplásticos en su interior.

Los más afectados fueron los gusanos marinos conocidos como poliquetos, que viven enterrados y se alimentan del sedimento, por lo que terminan ingiriendo estas partículas junto con su alimento.

“Encontramos que estos organismos, por su forma de alimentarse, son especialmente sensibles a la contaminación por este tipo de materiales, lo que los convierte en indicadores clave del estado del ecosistema”, señala la estudiante Morales.

También se detectaron en menor medida fragmentos diminutos de plástico en moluscos y otros invertebrados, lo que indica que esta contaminación no está aislada, sino que empieza a moverse entre distintas especies del ecosistema marino.

Aunque los niveles encontrados en Colombia son más bajos que en zonas altamente urbanizadas como la bahía de Tokio, donde la ingestión de estas partículas alcanza el 90 %, el estudio de la UNAL Sede de La Paz muestra que el problema ya está presente en los ecosistemas marinos del país.

En el Caribe colombiano se registró una ingestión del 22 % en organismos como gusanos, moluscos y pequeños crustáceos, mientras que en el Pacífico fue del 3 %, lo que evidencia diferencias entre regiones, pero confirma que esta contaminación ya circula en ambas costas.

“Estos microplásticos no solo afectan a los organismos que los ingieren, alterando su alimentación y desarrollo, sino que también pueden transportar sustancias tóxicas y pasar de una especie a otra, con posibles efectos en toda la cadena alimentaria”, anota la estudiante Estrada.

Los resultados también evidencian que factores como la cercanía a ciudades, el turismo y la actividad portuaria influyen en la cantidad de microplásticos que llegan al mar, lo que pone el foco en la gestión de residuos en las zonas costeras.