lunes, 27 de abril de 2026

Más de 10 libros infantiles de la UNAL acercan la ciencia y la literatura a nuevos lectores en la FILBo 2026

 Ilustraciones, relatos y ciencia explicada de forma sencilla forman parte de la apuesta de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) para atraer a niños y jóvenes en la FILBo 2026 con una oferta editorial que conecta el conocimiento académico con nuevas formas de lectura. Entre los títulos se encuentran Mi primer libro del Sol, Mi primer libro sobre terremotos, y La minga: Alegría de la gente de los lagos de Yahuarcaca.

A esta propuesta se suman obras emblemáticas que conectan a los más jóvenes con grandes relatos de la humanidad, como Lucy, la primera mujer, que narra la vida de uno de los ancestros humanos más antiguos; La Divina Comedia: El primer paso en la selva oscura, una versión ilustrada de este clásico universal; y Una sombra sobre toda la tierra: Una lectura sobre La vorágine, publicada en el marco de los 100 años de la obra de José Eustasio Rivera.

También hay títulos que acercan la ciencia hecha en el país, como El firmamento sobre Colombia, una guía para observar el cielo, y Mujeres en la ciencia: 20 pioneras colombianas y latinoamericanas, que resalta el papel de científicas como Ángela Camacho, primera doctora en Física del país.

En esta línea, dos obras abordan la diversidad cultural del país desde las comunidades indígenas: Saakhelu: Renacimiento de la tradición nasa, y La minga: Alegría de la gente de los lagos de Yahuarcaca, que invita a recorrer la Amazonia colombiana y sus saberes.

Un primer libro para toda la vida

La profesora Clemencia Gómez, del Departamento de Geociencias de la UNAL, asegura que la Colección “Mi primer libro de…” nació en 2019 a partir de la inquietud de un grupo de profesores por llevar temas científicos complejos a los niños, acercando el conocimiento a quienes tienen más preguntas sobre el mundo y su funcionamiento.

“Esta entrega fue un éxito durante la Feria, por lo que después conseguimos recursos con la Asociación Colombiana de Geólogos y Geofísicos del Petróleo para sacar un segundo tomo de la Colección, más específico sobre el mundo de las rocas”, comenta la docente.

Además, gracias a la gestión de recursos, en la FILBo 2025 se lanzó  Mi primer libro sobre terremoto,  un tema fundamental para el país por su ubicación en una región sísmica asociada con el Cinturón de Fuego del Pacífico, en donde interactúan placas tectónicas y se han registrado terremotos de gran magnitud a lo largo de la historia.

“De la mano de los niños aprenderán los grandes… detrás de un niño siempre estará un adulto acompañándolo a leer”, indica la profesora Gómez, quien también destaca el papel de ilustradores, editores, correctores de estilo y de todo el equipo que hace posible la Colección. Dentro de esta oferta también se destacan temas como la historia de las rocas y la historia del planeta.

Por su parte, el profesor Santiago Vargas, astrofísico del Observatorio Astronómico Nacional de Colombia de la UNAL, se refiere a la entrega de Mi primer libro del Sol como “un recorrido por el astro rey, en el que se explora la ciencia que lo rodea y su importancia para la historia humana. Aquí aprenderemos por qué el Sol tiene esa forma y ese tamaño, su edad, y de qué está hecho. Además, el libro viene acompañado de realidad aumentada, con lo que podemos visualizar todo lo que abordamos, y la sorpresa final es que incluye unas gafas para observar el Sol de forma segura”

Historias del ayer y del mañana

Además, la UNAL llega con nuevas versiones de libros tan icónicos como La Divina Comedia o La vorágine, con ilustraciones, narraciones y formas de contar para los más pequeños; así como Lucy, la primera mujer, del autor italiano Daniele Aristarco, que narra la historia del famoso fósil de un Australopithecus afarensis hallado en 1974, de 3,2 millones de años, explorando su vida, su bipedalismo y su entorno.

Este autor también es el artífice de La Divina Comedia: El primer paso en la selva oscura, un recorrido que se fusiona con las ilustraciones de Marco Somà, ofreciendo una nueva mirada a la obra de Dante Alighieri y a un viaje que comenzó hace 700 años.

Por otro lado, Una sombra sobre la tierra: Una lectura sobre La vorágine es el resultado de una coedición entre la Editorial Babel, el Centro Editorial y la Decanatura de la Facultad de Ciencias Humanas de la UNAL, como conmemoración de los 100 años de la publicación de la novela del escritor huilense José Eustasio Rivera. Se trata de una mirada que combina la dureza de la obra con una interpretación visual contemporánea.

Libros como Mujeres en la ciencia: 20 pioneras colombianas y latinoamericanas son fundamentales para entender que en Colombia la ciencia ha contado con grandes personajes femeninos como Carmenza Duque Beltrán, profesora de la UNAL y referente en química; y Susana Fiorentino Gómez, de la Pontificia Universidad Javeriana, quien ha investigado posibles tratamientos contra el cáncer a partir de plantas medicinales.

Por último, la novedad infantil de esta FILBo es La minga: Alegría de la gente de los lagos de Yahuarcaca, una obra que recorre ecosistemas de la cuenca del río Amazonas y les permite a los lectores acercarse al significado de la minga en estas comunidades.

“La limpieza del lago es la limpieza de la comunidad…”, señala una de sus páginas, y en la contraportada se lee: “La que motiva el viaje es una minga de abundancia y de regreso se unen a una minga de limpieza de los lagos”.

Aquí una pequeña conversación entre los protagonistas del libro, que son una abuela y sus dos nietos:

—¡Qué lindo navegar en este lago! (niña)

—¿Saben que son varios y son muy importantes para nosotros? (abuela)

—¿Por qué? (niña)

—Nos brindan el pescado y son parte de nuestra historia, pero debemos cuidarlos. (abuela)

—¿Qué les pasa? (niño).

—Que si se pesca en exceso se agotan los peces, por eso vamos a hacer un ritual de abundancia en la maloca (abuela).

Todos estos libros infantiles están disponibles en el estand de la UNAL en la FILBo: 102 del Pabellón 3, nivel 2 de Corferias; y también en la página web de la Editorial UNAL.










miércoles, 22 de abril de 2026

Modelo permite anticipar fallas eléctricas ante eventos climáticos extremos

 Tormentas intensas, inundaciones o sequías prolongadas —como las que se anuncian con la llegada del fenómeno de El Niño— están poniendo a prueba la capacidad de los sistemas eléctricos para responder a condiciones cada vez más exigentes. Frente a este escenario, una investigación de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) propone nuevas herramientas que permiten anticipar con mayor precisión cuándo, cómo, y qué tan graves pueden ser las fallas en el suministro de energía.

El trabajo fue desarrollado por el profesor Camilo Younes Velosa, de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura de la UNAL Sede Manizales, durante su año sabático en la Universidad Estatal de Pensilvania (Estados Unidos), en donde diseñó métodos de análisis de confiabilidad que incorporan variables poco consideradas hasta ahora, como la duración y la severidad de los eventos, así como su posible ocurrencia simultánea.

En Colombia estos análisis resultan especialmente relevantes, ya que gran parte de la generación eléctrica depende del recurso hídrico. “El agua y la energía siempre han estado atadas, por lo que fenómenos como sequías o lluvias intensas pueden afectar directamente la disponibilidad de electricidad”, explica el experto.

Por ejemplo, eventos climáticos como el fenómeno de El Niño pueden reducir los niveles de los embalses y poner en tensión el sistema. “Tendremos altas probabilidades de que el sistema entre en mucho estrés, lo que evidencia la necesidad de contar con herramientas que permitan anticipar estos escenarios”, advierte el docente.

Más allá de cuántas veces falla el sistema

Las consecuencias una interrupción eléctrica —lo que técnicamente se conoce como una salida del sistema— pueden ir desde molestias temporales hasta afectaciones críticas como la suspensión de servicios hospitalarios o la paralización de procesos industriales. Sin embargo, los modelos tradicionales no siempre reflejan la magnitud real de estos eventos.

El profesor Younes señala que “muchas métricas actuales se concentran en medir la frecuencia de las fallas, pero dejan de lado aspectos clave como su duración o su intensidad; no basta con saber cuántas veces ocurre una salida del sistema, también es necesario entender qué tan severa es”.

Uno de los indicadores más utilizados es el Loss of Load Expectation (LOLE), que estima la frecuencia con la que el sistema podría no atender la demanda. Sin embargo, este tipo de mediciones no permite ver el impacto completo de una interrupción prolongada o de varios eventos que ocurren al mismo tiempo.

Por ejemplo, un apagón de pocos minutos suele resolverse sin mayores efectos, pero una interrupción de varias horas puede afectar el transporte, el almacenamiento de alimentos o el suministro de agua, que en muchas ciudades depende de la energía eléctrica.

Eventos simultáneos, el reto que no se estaba midiendo

Otro de los aportes del estudio fue evidenciar que las fallas no ocurren de manera aislada. En la práctica, un sistema eléctrico puede enfrentar varios eventos al mismo tiempo que se potencian entre sí.

Por ejemplo durante una tormenta se pueden caer árboles sobre las redes, inundarse subestaciones y presentarse descargas eléctricas que dañan los equipos. Analizar estos eventos por separado puede llevar a subestimar el impacto real sobre el sistema.

En un contexto de cambio climático, este fenómeno se vuelve más crítico. “Antes teníamos un clima más predecible, pero ahora los eventos pueden ser más intensos y durar más tiempo”, explica el docente.

Durante su trabajo en la Universidad de Pensilvania, el investigador desarrolló un enfoque que permite analizar de manera conjunta múltiples fuentes de riesgo, incorporando variables como la duración, la intensidad y la coincidencia de eventos extremos.

Este modelo se articula con el concepto de “suficiencia de recursos”, el cual evalúa si el sistema realmente cuenta con la capacidad necesaria para atender la demanda en condiciones críticas.

“La pregunta es si tenemos suficientes recursos en generación, transmisión y distribución para responder en un momento dado”, explica. Esto implica no solo disponer de energía, sino garantizar que esta se pueda transportar hasta los usuarios, incluso en escenarios de alta presión sobre la infraestructura.

Aporte para la planificación energética

Los resultados de esta investigación proponen una forma más realista de evaluar la confiabilidad de los sistemas eléctricos, al incorporar múltiples indicadores que permiten entender mejor su comportamiento bajo condiciones de estrés prolongado.

En vez de centrarse solo en la frecuencia de las fallas, el enfoque plantea analizar también su duración, su severidad y la interacción entre distintos eventos, lo que ofrece una base más sólida para tomar decisiones en la planificación energética.

Por último, el profesor Younes subraya que “entender estas dinámicas es clave para anticipar escenarios críticos. Debemos medir no solo la frecuencia de los eventos sino también su intensidad, su severidad, y los efectos que tienen sobre el sistema eléctrico”, concluye.









viernes, 17 de abril de 2026

Microplásticos ya están en gusanos marinos y en sedimentos del Caribe y el Pacífico colombiano

 En el Caribe, la presencia de hasta 296 partículas plásticas microscópicas por kilogramo de sedimento del fondo marino evidencian el avance de esta contaminación en ecosistemas del país; muchas de ellas son fibras azules y rojas, asociadas con el desgaste de ropa sintética, las redes de pesca y los residuos domésticos. Estas también se hallaron en organismos como gusanos marinos en el Caribe y el Pacífico, según un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede de La Paz publicado en la revista científica Hydrobiologia.

El trabajo se desarrolló en dos ecosistemas con dinámicas muy distintas: la bahía de Buenaventura, en donde desembocan ríos como el Dagua y el Anchicayá, y el golfo de Salamanca, una zona del Caribe cercana a ciudades, puertos y actividades turísticas.

Los estudiantes Alishon Yuliana Estrada Stabilito, del programa de Biología; Karen Yicelth Morales Duarte, de Ingeniería Biológica, y Carlos David Rodríguez Amaranto, de Gestión Cultural y Comunicativa, autores de trabajo, señalan que compararlas les permitió entender cómo estas diferencias influyen en la presencia de estas partículas en el mar.

En total se recolectaron 24 muestras del fondo marino en diferentes épocas del año. En laboratorio, los jóvenes investigadores separaron los microplásticos del sedimento mediante soluciones salinas, los observaron al microscopio y los clasificaron según su forma, color y tamaño.

Además analizaron 231 organismos recolectados en el fondo del mar —principalmente gusanos, pero también moluscos y crustáceos— para determinar si habían ingerido estas partículas, revisando directamente el contenido de su sistema digestivo.

Los resultados muestran que el Caribe presenta una mayor carga de microplásticos, con promedios cercanos a 296 partículas por kilogramo de sedimento, frente a 165 en el Pacífico colombiano.

“La mayoría de estos residuos eran fibras, principalmente azules y rojas, de menos de 2 mm, asociadas con el desgaste de ropa sintética, las redes de pesca y otros plásticos de uso cotidiano”, destaca el estudiante Rodríguez.

También se encontró que los suelos más finos del fondo marino —como los que parecen barro o lodo— retienen más restos invisibles de plástico que los gruesos, porque sus partículas pequeñas los atrapan con mayor facilidad.

Microplásticos ya están en los organismos

Uno de los hallazgos más relevantes es que el 22 % de los organismos analizados en el Caribe y el 3 % en el Pacífico tenían microplásticos en su interior.

Los más afectados fueron los gusanos marinos conocidos como poliquetos, que viven enterrados y se alimentan del sedimento, por lo que terminan ingiriendo estas partículas junto con su alimento.

“Encontramos que estos organismos, por su forma de alimentarse, son especialmente sensibles a la contaminación por este tipo de materiales, lo que los convierte en indicadores clave del estado del ecosistema”, señala la estudiante Morales.

También se detectaron en menor medida fragmentos diminutos de plástico en moluscos y otros invertebrados, lo que indica que esta contaminación no está aislada, sino que empieza a moverse entre distintas especies del ecosistema marino.

Aunque los niveles encontrados en Colombia son más bajos que en zonas altamente urbanizadas como la bahía de Tokio, donde la ingestión de estas partículas alcanza el 90 %, el estudio de la UNAL Sede de La Paz muestra que el problema ya está presente en los ecosistemas marinos del país.

En el Caribe colombiano se registró una ingestión del 22 % en organismos como gusanos, moluscos y pequeños crustáceos, mientras que en el Pacífico fue del 3 %, lo que evidencia diferencias entre regiones, pero confirma que esta contaminación ya circula en ambas costas.

“Estos microplásticos no solo afectan a los organismos que los ingieren, alterando su alimentación y desarrollo, sino que también pueden transportar sustancias tóxicas y pasar de una especie a otra, con posibles efectos en toda la cadena alimentaria”, anota la estudiante Estrada.

Los resultados también evidencian que factores como la cercanía a ciudades, el turismo y la actividad portuaria influyen en la cantidad de microplásticos que llegan al mar, lo que pone el foco en la gestión de residuos en las zonas costeras.





jueves, 16 de abril de 2026

Aunque no se puede hablar de un “Superniño”, Colombia sí tiene que prepararse

 En los últimos días se ha hablado de un posible “Superniño” (término sin respaldo científico), pero los datos actuales muestran que el Pacífico tropical —incluida la región cercana a Colombia— se mantiene en condiciones neutrales, es decir sin un evento de El Niño activo. Sin embargo, existe una alta probabilidad de que el fenómeno se desarrolle entre mayo y junio, por lo que el país se debe preparar desde ya, advierten expertos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

El Niño ocurre cuando las aguas del océano Pacífico tropical se calientan por encima de lo normal durante varios meses, lo cual altera la circulación de la atmósfera y cambia los patrones de lluvia y temperatura en distintas regiones del mundo. En Colombia esto suele traducirse en menos lluvias y más calor, lo que reduce los caudales de ríos y embalses —de los que depende una buena parte de la generación de energía hidroeléctrica—, afecta el abastecimiento de agua potable y presiona sectores como la agricultura.

“Los últimos reportes muestran que El Niño aún no está consolidado. Aunque en la región costera cercana a Perú ya se registra una anomalía de 1 °C —por encima del umbral de 0,5 °C—, estas condiciones se deben mantener durante al menos 3 meses para declarar oficialmente un evento”.

“Los modelos climáticos, tanto físicos como estadísticos, indican una transición hacia El Niño, pero aún no es posible anticipar su intensidad ni su duración, ya que estas dependen de factores como los cambios en los vientos y en la circulación atmosférica, es decir en la forma como se mueve el aire y se distribuye el calor en el sistema climático”, asegura la profesora Yuley Cardona, de la Facultad de Minas de la UNAL Sede Medellín, doctora en Ciencias de la Tierra y Atmosféricas.

Según la experta, en el corto plazo lo más probable es que continúe la neutralidad, lo que significa que el océano y la atmósfera aún no muestran señales sostenidas de calentamiento propias de El Niño. No obstante, estas condiciones podrían empezar a cambiar desde mayo, con una probabilidad creciente de consolidación hacia mitad de año.

¿Cómo debemos prepararnos?

Más allá del momento exacto en que se configure El Niño, la principal preocupación son sus impactos. En Colombia, la disminución de lluvias reduce el agua disponible en ríos y embalses, lo que afecta tanto la generación de energía como el suministro de agua potable.

En el campo, la falta de humedad en los suelos disminuye la productividad de cultivos y aumenta el riesgo de pérdidas, mientras que las altas temperaturas favorecen las sequías y los incendios forestales. Incluso en las zonas costeras del Pacífico se puede presentar un aumento temporal del nivel del mar, con posibles inundaciones.

El profesor Óscar Mesa, del Departamento de Geociencias de la Facultad de Minas de la UNAL Sede Medellín, explica que “mediante medidas de ahorro voluntario es posible disminuir la demanda en porcentajes significativos sin mayores impactos sobre el bienestar”.

Además recuerda experiencias como las de California (2000-2001) y Brasil (2001-2002), en donde se logró reducir el consumo hasta el 25 %. En Bogotá, durante crisis de abastecimiento también se evidenció que la racionalización del consumo puede generar resultados efectivos.

“Este tipo de estrategias requiere campañas bien diseñadas y difundidas, y suele ser más eficaz que las medidas punitivas. Una alternativa es ofrecer incentivos económicos a quienes reduzcan su consumo frente a periodos anteriores, de manera que el ahorro se convierta en un beneficio tanto para los usuarios como para el sistema energético”, comenta el experto.

Además, el sector eléctrico debe garantizar el suministro de gas y el mantenimiento de sus plantas térmicas, mientras que los programas de autogeneración pueden aportar energía complementaria en momentos críticos.

Impactos en salud que no se pueden ignorar

El Niño no solo impacta el agua y la energía, también tiene efectos directos sobre la salud pública. El aumento de temperaturas y los cambios en las lluvias crean condiciones favorables para la proliferación de mosquitos transmisores de enfermedades como malaria, dengue, zika y chikunguña.

El fenómeno favorece estos brotes porque las temperaturas más altas aceleran el ciclo de vida del parásito dentro del mosquito y aumentan la frecuencia de su picadura, mientras que la reducción de lluvias genera criaderos en aguas estancadas. Es decir, no se trata de eventos impredecibles sino de patrones conocidos que se podrían anticipar y usar como sistemas de alerta temprana para prevenir epidemias.

“A pesar de contar con décadas de investigación, modelos de predicción y sistemas de información, el país sigue reaccionando de forma tardía”, afirma el experto.

Integrar los pronósticos climáticos con la planificación en salud pública permitiría activar medidas preventivas como campañas de control vectorial, distribución de mosquiteros, provisión de medicamentos y comunicación temprana con comunidades en riesgo. 

Los expertos coinciden en que el reto no es la falta de conocimiento sino la capacidad institucional para actuar de manera anticipada.

Una realidad que no da espera

En esa misma línea, el profesor José Daniel Pabón advierte que el océano Pacífico ya muestra una transición clara hacia condiciones cálidas. Tras el periodo de La Niña, entre finales de 2025 y comienzos de 2026, los sistemas de monitoreo evidenciaron un calentamiento progresivo que se podría consolidar en un evento de El Niño hacia mediados de este año, y extenderse hasta inicios de 2027. 

Sin embargo, insiste en que más allá de la intensidad que pueda alcanzar el fenómeno, lo fundamental es prepararse desde los territorios —municipios y departamentos— y desde los sectores productivos. El llamado no es a especular sobre si será catastrófico o no, sino a anticipar sus efectos.

Por ahora los centros de predicción climática no se han aventurado a definir su magnitud, debido a la complejidad de los procesos involucrados. Por ello la recomendación es seguir de cerca los reportes oficiales del Comité Nacional para el Estudio del Fenómeno de El Niño.







martes, 14 de abril de 2026

Modelos de inteligencia artificial detectarían partículas desconocidas en el universo

 Con el uso de técnicas de aprendizaje profundo, o deep learning, una física de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) evaluó un modelo computacional capaz de analizar interacciones entre las partículas más pequeñas del universo, como cuarks o bosones —los “legos” fundamentales del cosmos—, con un nivel de detalle mayor al alcanzado hasta ahora. Su desarrollo ayuda a identificar con mayor precisión qué partícula dio origen a otro, incluso en escenarios en los que antes era difícil distinguirlas en medio de grandes volúmenes de datos.

Como si se tratara de reconstruir una escena invisible a partir de sus huellas, en aceleradores como el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), ubicado entre Suiza y Francia, se producen millones de colisiones de protones cada segundo. Este flujo masivo de información genera un entorno saturado, en el que múltiples interacciones ocurren casi al mismo tiempo.

En lugar de observar partículas individuales, los detectores registran grupos de fragmentos que se desplazan juntos, conocidos como jets. Estos surgen cuando partículas fundamentales, como los cuarks, se transforman rápidamente en múltiples partículas más estables. Identificar qué originó cada uno de estos jets es uno de los mayores desafíos actuales.

El reto en este campo siempre ha sido determinar qué partícula dio origen a ese “chorro” de información. Algunas, como el cuark sima (quark top en inglés) —una de las más pesadas y efímeras conocidas—, desaparecen casi de inmediato, por lo que solo se pueden estudiar a partir de las partículas que generan al desintegrarse. Es como intentar adivinar qué objeto se rompió observando solo los fragmentos que quedaron en el suelo.

Para abordar este problema, la investigadora Diana Catalina Riaño Reyes, magíster en Estadística de la UNAL, junto al grupo de Partículas FENYX-UN, implementó y evaluó un modelo de aprendizaje profundo basado en arquitecturas tipo transformer, considerado como uno de los enfoques más avanzados en este campo. A diferencia de métodos anteriores, que analizaban las partículas individualmente o en estructuras rígidas, este modelo interpreta el conjunto completo como un sistema, entendiendo cómo se relacionan entre sí las partículas dentro de un mismo jet.

En lugar de ver los datos como una lista ordenada, el modelo analiza todas las partículas al mismo tiempo y reconoce cuáles son más relevantes para entender el evento. Así logra identificar patrones que antes pasaban desapercibidos, incluso en entornos con gran cantidad de información superpuesta.

Dicho cambio de enfoque permite capturar mejor características físicas como la energía de las partículas, su distribución en el espacio y la forma en que se agrupan. En otras palabras, el modelo no solo analiza fragmentos aislados, sino que además “aprende” a interpretar la estructura interna del jet, lo que mejora significativamente la identificación de su origen.

Enseñándole al modelo sobre el universo

Antes de reconocer estos patrones, el modelo tuvo que ser entrenado con millones de ejemplos. Para ello no se utilizaron directamente datos de experimentos en tiempo real sino simulaciones basadas en las leyes conocidas de la física, en las cuales los científicos pueden recrear colisiones y conocer con exactitud qué partícula originó cada evento.

Estas simulaciones, construidas a partir de bases de datos especializadas como JetClass, permiten entrenar el modelo en un entorno controlado, en donde cada caso tiene una respuesta correcta. Así, el sistema aprende a distinguir entre distintos tipos de partículas antes de enfrentarse a datos reales.

En total se analizaron cerca de 100 millones de jets correspondientes a diferentes tipos de partículas, entre ellas cuarks, gluones y bosones como el W, el Z y el Higgs. Esta diversidad es fundamental, ya que el verdadero reto no es solo identificar una partícula, sino no confundirla con otras que producen señales similares.

“El objetivo es aumentar la precisión con la que identificamos qué partícula origina un jet, lo que permite separar con mayor claridad los procesos conocidos del ruido de fondo y facilitar la búsqueda de fenómenos nuevos”, explica la investigadora Riaño, cuyo trabajo fue dirigido por el profesor Carlos Eduardo Sandoval Usme, del Departamento de Física de la UNAL.

Los resultados muestran que el modelo alcanza niveles de precisión superiores al 98 % en la clasificación de estos eventos. Más que una cifra aislada, esto significa que es capaz de reducir de manera importante los errores y distinguir con mayor claridad las señales relevantes dentro de grandes volúmenes de datos.

Además, el estudio evidenció que no solo importa la cantidad de datos, sino también la calidad de la información que se le proporciona al modelo. Incorporar mejor las características físicas de las partículas puede ser tan importante como aumentar el tamaño de los datos utilizados.

Aunque estos avances no reemplazan los sensores de los detectores actuales, que funcionan en espacios como el LHC, pero sí potencia su capacidad. En lugar de construir nuevos instrumentos, permite aprovechar mejor la información que ya se recoge, identificando patrones que antes pasaban desapercibidos.

Gracias a esto, los científicos podrían detectar con mayor facilidad eventos extremadamente raros, aquellos que ocurren muy pocas veces y que estarían relacionados con nuevas partículas o fenómenos aún desconocidos.

En un campo donde lo más importante ocurre en escalas invisibles y en instantes fugaces, mejorar la forma de interpretar los datos puede marcar la diferencia entre confirmar lo que ya se sabe o descubrir algo completamente nuevo.







viernes, 10 de abril de 2026

Crean plástico que “recuerda” su forma original con calor

 ¿Un material que se deforma y luego vuelve a su forma original con calor? Aunque suene a ciencia ficción, ya es una realidad. Combinando dos tipos de plástico, un investigador de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) desarrolló un material capaz de recuperar su forma tras ser comprimido, un avance con potencial en sectores como la medicina y la industria aeroespacial.

El desarrollo de este tipo de materiales evoca las tecnologías que hasta ahora parecían sacadas de la ciencia ficción, como trajes o dispositivos que cambian de forma por sí solos, pero que ya empieza a tener aplicaciones que serían reales a corto plazo. Se le llama impresión 4D, pues aunque el objeto se fabrica en 3D está diseñado para cambiar con el tiempo cuando recibe una señal externa como el calor. Es decir, la impresora crea la forma, pero el material es el que está programado para transformarse después.

En medicina, el material permitiría fabricar implantes que se introducen en el cuerpo en tamaño reducido y luego se expanden con el cambio de temperatura, haciendo los procedimientos menos invasivos y aprovechando el calor natural del cuerpo como señal de activación.

En escenarios como la robótica o la industria aeroespacial se podrían fabricar estructuras que se despliegan automáticamente sin motores, en las que los cambios de temperatura del entorno cumplen esa función, con la ventaja de que el mecanismo está en el propio material.

Así lo explica el ingeniero químico Cristian Felipe Otálora Roa, magíster en Ingeniería de Materiales y Procesos de la UNAL, quien desde que ingresó a la academia se interesó por la ciencia y la tecnología de materiales, un campo poco conocido en la vida cotidiana pero con aplicaciones que van desde la seguridad laboral hasta el diseño de nuevos dispositivos.

Un gran paso para la industria

Así, en el Laboratorio de Fundición y Pulvimetalurgia de la UNAL, el investigador ensayó mezclar un plástico duro con uno flexible intentando encontrar el punto exacto entre una cuchara rígida y un resorte que mejore su capacidad de movimiento. La apuesta era lograr un material que no se rompiera al doblarlo, pero que tampoco se quedara “flojo” sin recuperar su forma.

Para lograrlo, combinó dos polímeros o plásticos comunes: el PLA, rígido y usado en impresión 3D, y el TPU, flexible como el caucho que se usa en suelas o fundas.

El proceso fue como ajustar una receta: cambiar proporciones, repetir, fallar, volver a intentar. Después de varios intentos el investigador encontró el equilibrio perfecto, una combinación en la que el material se podía deformar pero también “recordar” cómo volver a su forma inicial.

Con esa mezcla lista, el siguiente paso fue transformarla en algo usable. Para eso, el material se calentó, se fundió y se convirtió en un filamento —un hilo plástico— que se usa en las impresoras 3D. Es decir, no solo creó el material, sino que además lo adaptó para que se pudiera fabricar con tecnología relativamente asequible en el país.

“Luego vino la forma. En vez de imprimir bloques sólidos diseñé estructuras con forma de panal, como las de una colmena. Esta geometría no es casual, sino que, así como un panal puede ser liviano pero resistente, también permite que el material se deforme de manera más controlada, casi como un acordeón que se comprime y se expande”, explica el investigador.

Así, las piezas se deforman mediante equipos de ensayo mecánico, similares a prensas controladas que aplican fuerza de manera precisa sin romper el material, y luego se calientan en cámaras con temperaturas previamente definidas.

Es entonces cuando ocurre un fenómeno fundamental: el calor hace que el material se vuelva más flexible en su estructura interna, lo que le permite regresar a su forma original actuando como si tuviera memoria y recuperando progresivamente su geometría inicial. El proceso no es inmediato ni automático, pero sí visible a simple vista.

Las pruebas mostraron que el diseño se comporta mejor a 85 °C, ya que el material recupera más del 70 % de su forma original y el calor se convierte en una señal que “despierta” su memoria interna. A temperaturas más bajas también hay recuperación, pero menos eficiente. Además, la combinación ideal de los materiales fue de 90 % de PLA y 10 % de TPU.

Pensarlo en términos simples ayuda a entender su importancia: es como tener un objeto que puede viajar doblado, ocupar menos espacio, y luego, cuando recibe la señal correcta (en este caso calor), volver por sí solo a su forma útil. Esta capacidad puede marcar una diferencia significativa en campos donde cada gramo cuenta, como la industria aeroespacial, o en donde los procedimientos deben ser menos invasivos, como en la medicina.

El investigador resalta el apoyo y la dirección de la profesora Liz Karen Herrera y del docente Luis Alejandro Boyacá, ambos de la Facultad de Ingeniería de la UNAL; también del Aula STEAM de la Universidad, un espacio en donde estudiantes e investigadores se pueden acercar a la impresión 3D y al desarrollo de materiales y procesos.

Durante décadas los ingenieros diseñaron objetos que permanecen iguales desde que se fabrican hasta que se desechan. Hoy la apuesta es por materiales capaces de transformarse con el tiempo y de responder a su entorno, como ocurre con los desarrollos en impresión 4D.






martes, 7 de abril de 2026

Consumo de ultraprocesados mantiene alto el exceso de peso en Colombia

 Más del 50 % de los adultos colombianos tienen exceso de peso, una condición que sigue estrechamente ligada al consumo de alimentos ultraprocesados, cuyo uso se ha expandido en el país impulsado por cambios en los estilos de vida, estrategias de mercadeo y una mayor disponibilidad en la dieta diaria.

Los alimentos ultraprocesados son productos elaborados a partir de múltiples ingredientes y aditivos como colorantes, conservantes y edulcorantes, diseñados para mejorar su sabor, apariencia y duración. Se caracterizan por su alto contenido de azúcares, sodio y grasas, así como por su bajo valor nutricional, lo que los convierte en una opción frecuente pero poco saludable en la dieta diaria.

“Estos productos implican un mayor grado de modificación industrial y suelen diseñarse para ser intensamente atractivos al gusto, pero esta formulación no responde a criterios nutricionales sino a la aceptación del consumidor”, explica Tania Yadira Martínez, profesora del Departamento de Nutrición Humana de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), entre 2000 y 2013 las ventas de estos productos en América Latina crecieron 26,7 %, lo que evidencia un cambio sostenido en los patrones de alimentación.

Además, datos del ANIF - Centro de Pensamiento Económico muestran que en Colombia de los 2,2 billones de pesos recaudados por impuestos saludables, 1,9 billones provienen de productos ultraprocesados, lo que da cuenta de su peso en la economía, y sobre todo en el consumo cotidiano. Frente a este panorama, expertos insisten en la necesidad de comprender mejor sus características y efectos en la salud.

Este fenómeno no es reciente. La Encuesta Nacional de Situación Nutricional de 2015 ya mostraba que más del 50 % de la población adulta presentaba exceso de peso, una condición asociada con enfermedades como obesidad, diabetes tipo 2, afecciones cardiovasculares, hipertensión arterial e incluso algunos tipos de cáncer, y frente a la cual los avances han sido limitados.

Estrategias de mercadeo y transformación de la dieta

El marketing es una de las principales herramientas utilizadas para promover el consumo de estos productos. La industria emplea estrategias como publicidad en televisión y redes sociales, uso de influenciadores, promociones y empaques llamativos, lo que aumenta su visibilidad y refuerza su presencia en la vida cotidiana.

En este contexto, la población infantil se ha convertido en uno de los principales públicos objetivo. Estudios académicos señalan que las bebidas azucaradas, las golosinas, los helados y cereales para el desayuno concentran gran parte de la promoción en el mercado. La OPS advierte que la exposición temprana a esta publicidad influye en las preferencias alimentarias y se asocia con el aumento del sobrepeso y la obesidad.

En el mundo más de 390 millones de niños y adolescentes presentan exceso de peso. En Colombia el 24,4 % de los niños entre 5 y 12 años y el 17,9 % de los adolescentes presentan sobrepeso, según la ENSIN 2015, lo que evidencia que este problema también afecta significativamente a la población infantil del país.

“Antes estábamos más en los campos y ahora hay un efecto de urbanización. Eso hace que los estilos de vida sean más rápidos y se necesiten alimentos más sencillos para el consumo”, señala la profesora Martínez.

Este cambio ha reducido el tiempo destinado a la preparación de alimentos y ha favorecido la elección de productos listos para consumir, desplazando prácticas tradicionales como cocinar en casa y transformando progresivamente la dieta hacia opciones más prácticas y de fácil acceso.

Medidas en marcha para reducir el consumo de ultraprocesados

Como respuesta a este fenómeno, en Colombia la Ley 2277 de 2022 introdujo los llamados impuestos saludables, vigentes desde noviembre de 2023, que gravan bebidas azucaradas y productos ultraprocesados con alto contenido de azúcares, sodio o grasas saturadas. Esta medida busca desincentivar su consumo y reducir su impacto en la salud pública.

La normativa también establece la implementación de etiquetado frontal de advertencia en los empaques. Estos sellos, generalmente de color negro, indican si un producto contiene exceso de azúcares, sodio, grasas saturadas o edulcorantes, y le permiten al consumidor identificar rápidamente su composición nutricional.

“Tenemos estrategias como el etiquetado frontal. Cuando una persona va a comprar un producto, puede ver los sellos que indican si tiene exceso de azúcares, sodio o grasas, lo que facilita tomar decisiones frente al consumo”, señala la profesora Martínez, quien fue invitada por la Facultad de Medicina de la UNAL para abordar estos temas en el espacio que se emite por Radio UNAL.