viernes, 11 de septiembre de 2026

Universidad Nacional de Colombia participa en expedición por el Pacífico colombiano que le seguirá el pulso a El Niño

 Desde la superficie hasta las profundidades del océano, 75 puntos distribuidos en el Pacífico colombiano serán monitoreados para medir cambios en la temperatura, la salinidad, el oxígeno y otras variables que permiten entender qué está ocurriendo en el mar y su relación con el fenómeno de El Niño. La Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín participa en Misión Océano Capítulo Pacífico 2026, que integra el Crucero Oceanográfico N.º 65 para el Estudio Regional del Fenómeno El Niño (ERFEN) y la campaña “Pacífico Abisal: geografías del azul profundo”.

La misión, liderada por la Comisión Colombiana del Océano y la Dirección General Marítima (Dimar), zarpó de Tumaco a bordo del buque de investigación científica marina ARC Simón Bolívar. De las 75 estaciones oceanográficas previstas, 46 están ubicadas en áreas marinas protegidas del Pacífico colombiano.

A bordo del buque, María Clara Lopera Orozco, estudiante de la Maestría en Ingeniería – Recursos Hidráulicos e integrante del Grupo Oceánicos, representará a la UNAL y participará en la medición de variables a lo largo de la columna de agua tales como temperatura, salinidad, oxígeno y otras . La información obtenida permitirá observar cómo cambian las condiciones del océano a diferentes profundidades y aportar datos para comprender su interacción con la atmósfera y el comportamiento de El Niño.

“En cada una de estas estaciones se toman mediciones de variables físicas, químicas y biológicas”, explica la profesora Yuley Cardona Orozco, de la Facultad de Minas de la UNAL Sede Medellín.

El océano guarda señales de lo que ocurre en la atmósfera

Una de las claves está en observar cómo cambia la temperatura del agua desde la superficie hacia las profundidades. Para hacerlo se utilizan instrumentos que registran el comportamiento de esta variable a distintas profundidades y permiten construir lo que los científicos denominan un perfil de temperatura.

“Queremos saber cómo son los perfiles de temperatura en el océano. Cuando digo perfiles de temperatura es que se mete un instrumento que, desde la superficie del mar hasta el fondo, va mostrando cómo está variando la temperatura”, señala el profesor Andrés Osorio Arias, de la Facultad de Minas de la UNAL Sede Medellín.

Medir lo que ocurre bajo la superficie es fundamental porque El Niño está asociado con la interacción entre el océano y la atmósfera. Los cambios en la temperatura del mar y su relación con las condiciones atmosféricas aportan información para establecer cómo evoluciona este fenómeno y comprender sus posibles efectos sobre el clima.

“La relación de la temperatura del océano y la temperatura atmosférica es la que nos dice si se activa o no se activa el fenómeno de El Niño”, menciona el profesor Osorio.

Aunque el Pacífico se monitorea mediante satélites, boyas y otros sistemas de observación, los cruceros permiten acercarse a una escala que esos instrumentos no siempre alcanzan. Las mediciones directas de la columna de agua permiten conocer qué está ocurriendo a diferentes profundidades y comparar esas condiciones entre distintos puntos del Pacífico colombiano.

“Es una foto de un instante, porque es lo que está pasando en este momento. No es una medición continua, pero al menos nos dice qué tan caliente está el océano y cómo es esa relación con la atmósfera”, agrega el investigador.

Mediciones ayudan a contrastar lo que muestran los modelos

El Crucero Oceanográfico forma parte del programa ERFEN (Estudio Regional del Fenómeno El Niño), de la Comisión permanente del Pacífico Sur, un esfuerzo regional de Colombia, Ecuador, Perú y Chile para monitorear las condiciones del Pacífico sudeste y hacer seguimiento a fenómenos de variabilidad climática como El Niño.

En Colombia, las mediciones se realizan periódicamente y permiten construir series de información sobre las condiciones océano-atmosféricas.

Además de observar las condiciones actuales, los datos recogidos permiten contrastar y validar la información obtenida mediante satélites, boyas oceanográficas y modelos matemáticos, con los cuales se ha construido un registro histórico del comportamiento del océano.

Según el profesor Osorio, estos cruceros se realizan periódicamente y permiten comparar las mediciones directas con los modelos existentes. De esta manera es posible establecer si el calentamiento se presenta de forma similar en todo el Pacífico colombiano o si existen zonas en las que las variaciones son más intensas.

La profesora Cardona anota que el ERFEN se desarrolla desde hace décadas mediante la cooperación de Chile, Ecuador, Perú y Colombia para hacer seguimiento a las condiciones del Pacífico sudeste. Aunque las campañas no necesariamente se realizan de manera simultánea entre los países, las mediciones periódicas permiten sumar información sobre un océano cuyos cambios no reconocen fronteras.

Mientras el ERFEN se concentra en el monitoreo de las condiciones océano-atmosféricas y la variabilidad climática, la campaña “Pacífico Abisal: geografías del azul profundo” busca ampliar el conocimiento sobre los ecosistemas marinos profundos y áreas de especial importancia ambiental.

Misión Océano Capítulo Pacífico 2026 articula además capacidades de la Armada de Colombia, Parques Nacionales Naturales, Fondo Acción, Invemar, Ideam, las universidades Nacional de Colombia, la Universidad de Antioquia y la Universidad del Valle, y el Instituto Oceanográfico y Antártico de la Armada del Ecuador (Inocar).




miércoles, 9 de septiembre de 2026

Uso compulsivo de redes sociales interfiere con el sueño, el estudio y las relaciones sociales

 Revisar una publicación, pasar a la siguiente y después a otra puede parecer una rutina inofensiva, hasta que han transcurrido horas frente a la pantalla. Cuando ese consumo empieza a quitarle tiempo al sueño, al estudio, al trabajo o a las relaciones con otras personas, y desconectarse produce malestar, el uso de las redes sociales puede haberse convertido en una conducta problemática que requiere atención.

El médico psiquiatra Julián Andrés Sucerquia Quintero, docente del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), advierte que la señal de alarma no está únicamente en cuánto tiempo pasa una persona frente al celular, sino en lo que deja de hacer por permanecer conectada.

“Si esto empieza a interferir en su funcionalidad como individuo, como persona que estudia, como parte de una familia o como persona que trabaja, ahí ya tenemos una de las condiciones para hablar de dependencia”, señala el especialista.

El scrolling –término derivado de la expresión inglesa scroll down, que significa desplazarse hacia abajo– describe ese movimiento continuo con el que se recorren contenidos en redes sociales y otras plataformas digitales. El problema aparece cuando resulta difícil detenerlo y la búsqueda de nuevos videos, fotografías, mensajes, reacciones o publicaciones empieza a ocupar espacios destinados a otras actividades.

El profesor Sucerquia explica que existen dos elementos particularmente importantes. El primero ocurre cuando el tiempo dedicado a la conducta interfiere con el funcionamiento cotidiano; el segundo, cuando no poder realizarla genera una respuesta emocional desagradable.

“Cuando uno está tan pendiente de la conducta que no funciona donde debe funcionar y cuando no puede realizarla se genera un malestar emocional que incrementa la interferencia”, precisa.

Un cerebro que siempre espera algo más

Parte de la explicación está en el sistema de recompensa del cerebro, un conjunto de estructuras involucradas en reforzar comportamientos asociados con experiencias placenteras o beneficiosas.

Las redes sociales pueden activar esos mecanismos mediante estímulos rápidos y repetidos. Una fotografía recibe un “me gusta”, un comentario genera una reacción o una publicación consigue aprobación casi inmediatamente. Esa gratificación puede reforzar la conducta y favorecer que la persona vuelva una y otra vez a la plataforma.

“Ponemos una foto, un reel o alguna publicación y empiezan a llegar likes, corazones o comentarios positivos. Esto hace que el cerebro diga ‘qué rico, volvámoslo a hacer’”, señala el psiquiatra.


En ese proceso interviene la dopamina, neurotransmisor relacionado, entre otras funciones, con los circuitos cerebrales de motivación y recompensa. La experiencia agradable refuerza la búsqueda de nuevas interacciones y puede aumentar progresivamente el tiempo de exposición.

Pero el enganche no depende solo de las reacciones de otras personas. Los algoritmos también aprenden qué contenidos llaman la atención del usuario y le ofrecen cada vez más publicaciones similares, prolongando su permanencia en la plataforma.

Por ejemplo, si alguien busca repetidamente videos de mascotas, viajes, deportes o cualquier otro asunto, la plataforma identifica ese interés y empieza a ofrecerle más contenido relacionado. “A mayor consumo del contenido, el algoritmo de la red social va brindando más información relacionada y termina enganchando precisamente a lo mismo”, indica el docente, adscrito al área de Psiquiatría del Hospital Universitario Nacional de Colombia (HUN).

Del celular a la cama

Una de las situaciones que el especialista encuentra en consulta aparece al preguntarles a los pacientes por sus hábitos de sueño. “Hay pacientes que dicen ‘me quedo viendo la pantalla del celular hasta que me coge el sueño’, y pueden pasar horas y horas. Son personas que en otros componentes son supremamente funcionales, pero sacrifican el sueño”, relata.

También existen señales mucho más cotidianas como por ejemplo, personas que no entran al baño sin el teléfono, familias reunidas alrededor de una mesa mientras cada integrante mira su propia pantalla o niños que solo permanecen tranquilos en un restaurante cuando tienen un dispositivo enfrente.

Para el experto, allí se observa la paradoja sobre cómo, una herramienta creada para mantener conectadas a las personas ha terminado restándole espacio al contacto presencial.

Otro aspecto que anota el académico es que la sucesión de estímulos breves puede dificultar que una persona permanezca concentrada durante periodos prolongados en una sola actividad, como estudiar, trabajar, ver una película o leer un libro.

“Si yo estoy todo el tiempo pegado al celular, mi capacidad de conectarme, fijar mi atención en el entorno, en las tareas que tengo que hacer o en lo que me están diciendo en casa va a estar alterada”, afirma.

A esto se suma la autoestima, “si lo que pongo en redes sociales es para percibir validación de desconocidos o de personas que me rodean, tiende a ser bastante superficial ese amor propio. En el momento en que no estoy generando impacto con mis publicaciones, voy empezando a limitar la percepción de mi propio valor”, advierte.

Aunque niños y adolescentes requieren especial atención, el uso problemático de las plataformas digitales puede aparecer a cualquier edad. En la infancia son claves las pautas de crianza y los límites en el tiempo de pantalla, mientras en la adolescencia la soledad, la necesidad de pertenecer a un grupo y la búsqueda de aceptación pueden favorecer el uso de las redes como refugio.

En los adultos y adultos mayores, la percepción de soledad y el menor contacto con familiares y amigos también pueden aumentar su uso. Por eso, señala el profesor Sucerquia, no se trata de eliminar el celular o abandonar las redes sociales, sino de evitar que desplacen actividades esenciales para el bienestar.

¿Puede dejar el celular a un lado?

Una primera medida consiste en observar cuánto tiempo se permanece realmente frente a la pantalla. Muchos teléfonos permiten consultar ese registro, una herramienta que ayuda a contrastar la percepción personal con el uso efectivo.

El especialista recomienda establecer franjas específicas para consultar redes, apagar o restringir las notificaciones durante la noche y mantener el teléfono apartado mientras se estudia o trabaja.

También plantea una regla sencilla: las redes no deberían quitarle tiempo al sueño, la alimentación, el estudio, el trabajo ni al encuentro presencial con otras personas.

“Podemos consumir una hora, hora y media y cerrar, es decir, desconectarnos posteriormente. Lo vital es regular el tiempo, no sacrificar el sueño, la comida, el compartir en persona, el trabajar o el estudiar por estar pendiente de las redes”, sostiene.

Otra señal merece atención es la sensación de que es imposible ignorar una vibración o una notificación. Esa respuesta automática puede trabajarse mediante intervenciones psicológicas cuando la persona ya no consigue regularla por sí misma.

Según el profesor Sucerquia, en las conductas adictivas asociadas con redes sociales la intervención es principalmente no farmacológica y la terapia cognitivo-conductual ha mostrado utilidad para modificar patrones de comportamiento y aprender nuevas formas de responder ante los estímulos que generan la necesidad de conectarse.

El acompañamiento debe considerar además las circunstancias particulares de cada persona y su entorno familiar. “Lo importante no es solamente tratar la adicción, sino tratar a la persona y educar a la familia”, enfatiza.

 




martes, 8 de septiembre de 2026

Universidad Nacional de Colombia acompañó liberación de 21 caimanes llaneros en reserva natural del Casanare

 Un grupo de 21 caimanes llaneros fue liberado en la reserva natural Corozito ubicada en el municipio de Maní (Casanare), luego de un proceso de adaptación para fortalecer los ecosistemas acuáticos de la región.

Para aprobar la liberación de los caimanes llaneros, los animales debían medir, como mínimo, entre 1,20 metros y 1,50 metros y pesar entre 10 y 18 kilogramos, así como contar con una prueba de hematología.

Al evento, que contó con la participación del ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible (Minambiente), Fabio Arjona Hincapié, asistió el Rector de la Universidad Nacional de Colombia, José Ismael Peña, y la profesora Lucy Gabriela Delgado Murcia, decana de la Facultad de Ciencias en compañía de autoridades ambientales.

“Para nosotros es muy importante el trabajo que hacemos junto al Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, la Fundación Palmarito Casanare y Corporinoquía para la protección de esta especie. Desde la academia apoyamos en la concientización sobre la protección de una especie, que se encuentra en vía de extinción, y su incorporación en la vida cotidiana de la sociedad civil”, dijo el profesor Peña.

A su turno, la senadora por el Partido Verde, Andrea Padilla, resaltó los procesos de conservación que se han adelantado desde la Institución en favor del caimán llanero desde la Estación de Biología Tropical Roberto Franco. “Seguimos participando en la mesa de seguimiento dentro de la Procuraduría para garantizar que este programa de conservación llegué a buen puerto”, señaló.

Y resaltó la importancia del acompañamiento realizado por la Universidad, ya que se viene “insistiendo en la liberación de los animales que están en la Estación de Biología Tropical Roberto Franco”.

Durante la liberación también se contó con la asistencia de Hernando García, director del Instituto Humboldt; Natalia Arango, directora del Fondo Acción; María del Pardo, directora de Gestión Ambiental; Sandra Bessudo, directora de Parques Nacionales Naturales de Colombia; David Olarte, viceministro de Minambiente; Gustavo Guerrero, viceministro de Minambientee; Juliana Hurtado, directora de Bosques, Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos del Minambiente.

Otros avales

Catalina Gutiérrez, directora de WCS Colombia, reconoció la importancia de recuperar el hábitat del caimán llanero. “Hemos trabajado con diferentes actores, incluyendo la Universidad Nacional de Colombia, apoyando su programa de reproducción y muy importante con Parques Nacionales hemos adelantado la ruta para liberar caimanes”.

En ese sentido, la directora del Fondo de Acción, Natalia Arango, destacó que las actividades de manejo de especies amenazadas deben contar con fuentes de financiación sostenibles de largo plazo.

Estos recursos son utilizados para adelantar “actividades de monitoreo, trabajo con la comunidad, de control. La financiación sostenible significa que haya una fuente permanente de recursos, que financien las actividades básicas que garanticen la sostenibilidad de esfuerzos como este”, aportó Arango.

Lo que se debe saber sobre el caimán llanero

En 1997 el caimán llanero fue declarado como “especie en peligro critico de extinción” en Colombia. Durante décadas su conservación ha involucrado a entidades nacionales, corporaciones ambientales y centros de investigación.

Desde hace más de 50 años la Estación de Biología Tropical Roberto Franco, adscrita a la Facultad de Ciencias de la UNAL, ha desempeñado un papel histórico en la reproducción y conservación de la especie, aportando conocimiento científico y manteniendo núcleos reproductivos.

La Estación alberga muchos ejemplares que superan los 10 años de edad. Según la Facultad de Ciencias, los protocolos de conservación establecen que los animales deberían ser reintroducidos en etapas más tempranas de su desarrollo para favorecer su adaptación a los ecosistemas naturales.

Las alternativas planteadas recientemente incluyen: trasladar los ejemplares a espacios con mejores condiciones para su conservación, como Wisirare (con el apoyo de Corporinoquia); regularizar a los animales que permanecen en otros predios, y actualizar el Programa Nacional de Conservación del Caimán Llanero.


Según la documentación revisada por la Facultad de Ciencias, a finales de 2025 el Ministerio de Ambiente le solicitó a Cormacarena adoptar un plan de manejo para los ejemplares vivos de la especie, incluyendo medidas relacionadas con su mantenimiento, traslado y reintroducción. La Universidad afirma que dicho instrumento es clave para avanzar en una solución de largo plazo.

El Programa Nacional para la Conservación del Caimán Llanero es un instrumento técnico-programático de conservación; no es una norma superior ni un acto capaz de reasignar o extinguir competencias legales de las autoridades ambientales.

 






 




lunes, 7 de septiembre de 2026

ADN de mosquitos ayudaría a fortalecer la vigilancia de la malaria en la Amazonia

 Mosquitos, muestras de agua y el rastro de ADN que estos insectos dejan en el ambiente están ayudando a entender mejor las condiciones que favorecen la presencia de los vectores de la malaria en la Amazonia. Investigadores de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Amazonia trabajan con comunidades de la región y el Laboratorio de Salud Pública Departamental del Amazonas para generar información que contribuya a fortalecer la vigilancia y el control epidemiológico de esta enfermedad.

La apuesta cobra especial relevancia en una región en la que la malaria continúa siendo un problema de salud pública. Según datos del Instituto Nacional de Salud (INS) citados en el estudio, en lo corrido de 2026 la malaria ha afectado a cerca del 1,94 % de la población de la región, unas 1.630 personas. Para dengue la proporción reportada es del 0,12 %, equivalente a alrededor de 100 casos.

En Leticia, las altas temperaturas, la humedad, el crecimiento urbano sin planificación, la acumulación de basuras y las dificultades de acceso continuo al agua potable favorecen la presencia de mosquitos. Aunque las comunidades realizan jornadas de limpieza y eliminan recipientes con agua estancada como medidas complementarias a la fumigación y los insecticidas, controlar estos vectores sigue siendo un reto.

Por eso, para los investigadores no basta con saber dónde están los mosquitos. Entender qué ocurre en el agua donde se desarrollan, qué microorganismos están asociados con ellos y cómo las transformaciones ambientales de su hábitat inciden en su presencia puede aportar información útil para su vigilancia epidemiológica.

En esa tarea trabaja la bióloga María Camila Aroca Aguilera, estudiante de la Maestría en Estudios Amazónicos de la UNAL Sede Amazonia, cuyo estudio forma parte de la “Alianza estratégica interdisciplinaria Leticia, Medellín y La Paz para el estudio del microbioma de insectos vectores de enfermedades tropicales y su relación con el cambio climático y la sociedad”, iniciativa que entre 2022 y 2024 reunió a investigadores de distintas Sedes de la UNAL.

El trabajo integra tres componentes: la percepción de las comunidades frente a la enfermedad, la ecología del vector y herramientas de biología molecular. Además, se desarrolla en dos contextos amazónicos con características distintas: comunidades indígenas asentadas cerca de grandes cuerpos de agua y poblaciones ubicadas en zonas de interfluvio.

El territorio también cuenta

El trabajo de campo incluye recorridos, identificación de criaderos y observación de transformaciones ambientales relacionadas con la presencia de estos insectos.

Este enfoque también incorpora el conocimiento de las comunidades. En poblaciones como Wacará, sus habitantes aportaron observaciones sobre cambios en las lluvias, temporadas secas y presencia de insectos, información que posteriormente se contrastó con los datos obtenidos mediante los muestreos científicos.

“Fue un proceso cercano al territorio, con participación comunitaria e intercambio de saberes”, explica la investigadora Aroca.

La temperatura y las alteraciones en los ciclos de lluvia también pueden modificar los ecosistemas en los que viven los vectores y, con ello, su presencia y comportamiento. Por esta razón, la investigación busca relacionar esas variaciones ambientales con lo que ocurre con los mosquitos en el territorio.

“La salud humana está profundamente conectada con el ambiente; cambios en el entorno modifican los vectores y, por tanto, las enfermedades. Al final, la enfermedad no es una relación simple, es una relación del cuerpo con un todo, un todo del interior y el exterior”, afirma.

Los investigadores recolectan en ambientes naturales larvas, pupas y mosquitos adultos, además de muestras del agua en la que se desarrollan.

El rastro genético que queda en el agua

Una de las herramientas utilizadas es el ADN ambiental (eDNA), que permite rastrear el material genético que los organismos dejan en su entorno mediante células, secreciones, heces o fragmentos de tejido. Así, una muestra de agua puede aportar información sobre las especies presentes en determinado lugar, incluso sin depender exclusivamente de la captura de los mosquitos.

En la investigación, el ADN ambiental se relaciona con el estudio del microbioma de Anopheles, es decir, el conjunto de microorganismos asociados con estos mosquitos. Analizar estas comunidades permite explorar cómo las condiciones ecológicas y ambientales se relacionan con la biología y adaptación de los vectores.

Esta aproximación se apoya en resultados obtenidos previamente en la Amazonia. Al estudiar las comunidades bacterianas asociadas con dos especies de Anopheles, los investigadores encontraron que su composición cambia según la especie y la etapa de desarrollo del mosquito. Además, las larvas y pupas presentaron mayor diversidad bacteriana que los adultos.

Otro estudio, esta vez con Aedes aegypti en criaderos artificiales de Leticia, encontró relaciones entre las bacterias presentes en el agua, las distintas etapas de desarrollo del mosquito y características de los criaderos como la temperatura, la conductividad y los sólidos disueltos.

Capacidad científica desde la Amazonia

El siguiente paso es que buena parte de estos análisis pueda hacerse en la propia región. Para ello, la UNAL trabaja con el Laboratorio de Salud Pública Departamental del Amazonas en el fortalecimiento de capacidades de campo y laboratorio y en metodologías relacionadas con ADN ambiental y microbiomas.

“Es la primera vez que estamos haciendo investigación desde la región; con el Laboratorio de Salud Pública Departamental estamos ampliando esa línea de investigación para potenciar toda la capacidad humana y técnica que existe en el territorio para que no dependamos de externos para realizar estos procesos”, concluye la investigadora.





viernes, 4 de septiembre de 2026

LA CVC PIDE DENUNCIAR QUEMAS EN EL VALLE DEL CAUCA

 La CVC invita a la comunidad a reportar cualquier quema o incendio que se presente en las zonas rurales del Valle del Cauca y especial en Jamundí donde se han presentado hechos notorios  y recuerda que actualmente existe una medida que suspende las quemas abiertas controladas para la preparación de suelos o cosechas en actividades agrícolas en todo el Valle del Cauca.

Ante las múltiples quejas recibidas desde el municipio de Jamundí relacionadas con quemas en cultivos, la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca – CVC, aclara que las quemas abiertas controladas en áreas rurales destinadas a actividades agrícolas se encuentran actualmente suspendidas en todo el departamento del Valle del Cauca.

La medida obedece a las condiciones climáticas asociadas al fenómeno de El Niño y fue comunicada por la CVC a la Asociación de Cultivadores de Caña de Azúcar de Colombia –ASOCAÑA, en cumplimiento de lo establecido por el Gobierno Nacional a través de la Resolución 1070 del 21 de agosto de 2026. 

 La suspensión comprende las quemas abiertas controladas en áreas rurales destinadas a la preparación del suelo para el desarrollo de actividades agrícolas, por lo que no se limita al cultivo de caña de azúcar, sino que aplica también a las actividades de preparación de suelos para otros cultivos. De esta manera, mientras permanezca vigente la medida, no pueden realizarse este tipo de quemas en el departamento. 

SE VERIFICARÁN LAS CIRCUNSTANCIAS Y SE EJERCERÁN LAS ACCIONES DE CONTROL CORRESPONDIENTES

“La CVC aclara que los incendios reportados recientemente por la comunidad en Jamundí no corresponden a quemas abiertas controladas autorizadas, teniendo en cuenta que la actividad se encuentra suspendida. La Corporación adelantará las acciones de seguimiento y control necesarias para verificar el cumplimiento de la medida y establecer las circunstancias en las que se presentan estos eventos”, dijo Henry Trujillo, coordinador de la cuenca Jamundí de la Regional Suroccidente de la CVC. 

 De esta manera, la CVC hace un llamado a los habitantes de Jamundí y de los demás municipios del Valle del Cauca para que, ante la presencia de humo, fuego o cualquier quema en zonas rurales, realicen el reporte de manera inmediata a las autoridades, aportando, en lo posible, información sobre la ubicación exacta del sitio y las circunstancias del hecho.

Los reportes pueden realizarse a través de los canales institucionales de la CVC, entre ellos el #550, así como ante la Policía Nacional, a través de la línea 123 y en el link de Peticiones, Quejas, Reclamos y Denuncias de la página Web de la Unidad Nacional para la Gestión de Riesgo de Desastres. 

 “La información oportuna de la ciudadanía es fundamental para facilitar la atención de estos eventos, fortalecer las acciones de control y prevenir afectaciones sobre la calidad del aire, los ecosistemas, los cultivos y las comunidades ubicadas en las zonas rurales”, destacó el coordinador de la CVC. 



miércoles, 2 de septiembre de 2026

El fenómeno climático que podría intensificar las sequías durante El Niño

 Mientras Colombia se prepara para atravesar un Súper Niño, otro fenómeno atmosférico podría influir en qué tan intensas sean las condiciones secas. Se trata de la Oscilación Madden-Julian, que recorre los trópicos cada 30 a 90 días y puede alterar las lluvias a su paso. Una investigación encontró que, cuando coincide con El Niño en determinadas fases, la probabilidad de lluvia puede caer por debajo del 30 % en algunas regiones del país, reforzando las condiciones de sequía.

El hallazgo cobra relevancia ante la posibilidad de que, en un planeta más cálido, los episodios extremos asociados con El Niño se intensifiquen. El término “Súper Niño” se utiliza para describir eventos excepcionalmente fuertes de este fenómeno, caracterizados por un calentamiento muy pronunciado de las aguas del Pacífico ecuatorial y capaces de alterar con mayor intensidad los patrones de lluvia y temperatura en distintas regiones del planeta.

Para Colombia, el problema no está solamente en cuánto pueda intensificarse El Niño, sino en la manera como interactúa con otros fenómenos atmosféricos que pueden aumentar o disminuir sus efectos sobre las lluvias, uno de ellos es precisamente la Oscilación Madden-Julian.

A diferencia de El Niño, que puede permanecer durante varios meses, la Oscilación Madden-Julian es una perturbación atmosférica que se desplaza de oeste a este por la franja tropical, desde el océano Índico hacia el Pacífico.


y condiciones más secas. Aunque se origina a miles de kilómetros de Colombia, sus efectos sobre la circulación atmosférica pueden modificar la cantidad de humedad y precipitación que llega al país.

La investigación de Juan Daniel González Caldera, magíster en Ingeniería-Recursos Hidráulicos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín, muestra que cuando la Oscilación Madden-Julian se encuentra en sus fases 4 y 5 —es decir, cuando su zona de mayor actividad atmosférica se ubica sobre determinadas áreas del océano Índico y el Pacífico— y coincide con El Niño, la probabilidad de lluvia puede caer por debajo del 30 % en sectores del país, especialmente de la región Andina.

Mientras la Oscilación Madden-Julian completa su recorrido aproximadamente cada 30 a 90 días, El Niño y La Niña forman parte de un ciclo mucho más largo, que varía en escalas de entre 2 y 7 años.

“Puede intensificar las sequías al disminuir las lluvias, o incluso ayudar a mitigar los impactos cuando se encuentra en su fase convectiva”, explica el magíster González.

Según el experto, lo importante radica en dónde se encuentra la zona activa de esta oscilación. Cuando favorece el ascenso de aire húmedo y la formación de nubes puede aumentar las precipitaciones; cuando ocurre lo contrario, puede reforzar temporalmente las condiciones secas.

Esa capacidad de aumentar o reducir las lluvias también aparece durante La Niña. La investigación encontró que, cuando la Oscilación Madden-Julian se encuentra en las fases 8 y 1, la probabilidad de condiciones lluviosas puede alcanzar entre el 70 y el 80 %, con efectos especialmente notorios sobre la región Andina y sectores del Escudo Guayanés.

Por eso, conocer en qué fase se encuentra la oscilación podría aportar información adicional para anticipar periodos particularmente secos o lluviosos dentro de fenómenos de mayor duración como El Niño y La Niña.

Cambio climático podría reforzar los periodos secos y húmedos

Para explorar qué podría ocurrir en un clima más cálido, el magíster González sometió el modelo desarrollado en la investigación a una especie de “prueba de estrés”: aumentó de manera controlada la intensidad de El Niño-La Niña y de la Oscilación Madden-Julian, tomando como referencia un escenario de altas emisiones de gases de efecto invernadero. El propósito no fue predecir exactamente cómo será el clima futuro, sino observar cómo responderían los patrones de lluvia del país si estos fenómenos se fortalecen.

Los resultados mostraron que, bajo condiciones de El Niño, algunos de los estados más secos de precipitación podrían aumentar su frecuencia entre un 5 y cerca de un 10 %. Con La Niña ocurre lo contrario: se refuerzan los estados húmedos. Sin embargo, la Oscilación Madden-Julian puede moderar parcialmente esos efectos, introduciendo episodios húmedos durante El Niño o atenuando algunos cambios durante La Niña.

“Lo que encontramos es que serían períodos más intensos. El ENSO puede ser más fuerte por la disminución de la precipitación, por ejemplo”, añade el investigador.

Sin embargo, los resultados también muestran que la Oscilación Madden-Julian no actúa siempre en la misma dirección: dependiendo de su fase puede reforzar las condiciones impuestas por El Niño o La Niña, pero también contrarrestarlas parcialmente. Esa variabilidad es justamente una de las razones por las que incorporarla a los análisis climáticos puede mejorar la comprensión de lo que ocurre dentro de una temporada seca o lluviosa.

Para llegar a estos resultados, el investigador analizó registros de precipitación de más de 1.000 estaciones del Ideam y los complementó con información atmosférica global sobre viento, humedad y movimiento vertical del aire. A partir de estos datos identificó distintos patrones de lluvia en Colombia y evaluó cómo cambia la probabilidad de pasar de un estado seco a uno húmedo —o viceversa— según la fase de El Niño, La Niña y la Oscilación Madden-Julian.

Para ello utilizó un modelo estadístico conocido como modelo oculto de Markov no homogéneo, que permite reconocer patrones que no son evidentes directamente en los datos y estimar la probabilidad de transición entre distintos estados de precipitación. Después sometió ese modelo a cambios controlados en la intensidad de El Niño-La Niña y la Oscilación Madden-Julian para explorar su comportamiento bajo condiciones compatibles con escenarios de cambio climático.

Más que reemplazar los pronósticos existentes, los resultados muestran que incorporar la interacción entre estos fenómenos puede ayudar a comprender mejor por qué, dentro de un mismo episodio de El Niño o La Niña, las condiciones de lluvia pueden cambiar en cuestión de semanas.

“Se deben generar estrategias de planeación para mitigar impactos; entender la Oscilación Madden-Julian es crucial para ello”, concluye González.

 


martes, 1 de septiembre de 2026

Eclipse lunar cubrió el 96 % de la Luna y tiñó de rojo el cielo bogotano

 Durante varias horas de la noche del 27 de agosto, la sombra de la Tierra cubrió cerca del 96 % de la Luna y le dio una tonalidad rojiza que pudo apreciarse desde Bogotá. Aunque técnicamente fue un eclipse parcial, la magnitud del fenómeno hizo que su apariencia fuera muy cercana a la de uno total. Desde el Observatorio Astronómico Nacional de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), cientos de personas se reunieron para observarlo y comprender qué estaba ocurriendo en el cielo.

Mientras casi toda la superficie lunar quedó cubierta por la sombra terrestre, cerca del 4 % permaneció fuera de ella, iluminado y conservó su color habitual. El resultado fue una Luna que combinó, durante unas horas, el blanco de su superficie iluminada con los tonos rojizos de la zona eclipsada.

El evento comenzó a las 8:23 p. m., cuando el satélite ingresó en la zona más tenue de la sombra de la Tierra, y alcanzó su mayor intensidad alrededor de las 11:20 p. m. En ese momento, los asistentes pudieron observar el eclipse a través de los diferentes telescopios dispuestos por el Observatorio.

Después de esa hora, la Luna recuperó progresivamente su brillo habitual, dejando atrás ese aspecto rojizo que simulaba un atardecer en medio de la noche. Este efecto se produce porque la luz del Sol atraviesa la atmósfera terrestre antes de llegar a la Luna.

En ese recorrido, los tonos rojizos y anaranjados alcanzan la superficie lunar, produciendo el característico color que se observa durante estos fenómenos.

“Lo que nosotros vemos en un eclipse de luna es prácticamente un atardecer o un amanecer en cualquier otro lado de nuestro planeta, sino que gracias nuevamente a la dispersión de Rayleigh, de la dispersión de la luz sobre la atmósfera de la Tierra, es que se dan esos tonos rojizos o anaranjados sobre la superficie y eso es lo bonito de observar”, explicó Juan Diego Rodríguez, estudiante de la Maestría en Astronomía y becario del Observatorio Astronómico Nacional.

El cielo también se convirtió en aula

El fenómeno pudo observarse a simple vista, sin necesidad de equipos especiales, lo que permitió seguir el avance de la sombra de la Tierra sobre el disco lunar y apreciar las variaciones de color que acompañaron el eclipse.

La observación también estuvo acompañada por una programación de divulgación científica en el Observatorio Astronómico Nacional. La Universidad abrió sus puertas a la ciudadanía y dispuso telescopios, charlas y actividades en el domo planetario.

Las actividades comenzaron desde la tarde y se extendieron durante la noche. Estudiantes de la Maestría y el Doctorado en Astronomía participaron como divulgadores y abordaron temas relacionados con los eclipses, su origen, su importancia histórica y otros fenómenos observables en el cielo.

La intención fue que la experiencia no se limitara a mirar por un telescopio. Las charlas combinaron explicaciones teóricas y actividades didácticas para acercar la astronomía a personas que no necesariamente tenían conocimientos previos sobre esta ciencia.

La jornada coincidió además con los 223 años de historia del Observatorio, espacio dedicado a la observación y formación científica. Durante la celebración, la comunidad universitaria recordó la trayectoria de este lugar y su aporte al desarrollo de la astronomía en Colombia.

La programación incluyó también una mirada histórica sobre los eclipses y la relación que distintas sociedades han construido con estos fenómenos. De esta manera, la jornada permitió acercarse al cielo desde la ciencia, pero también desde la historia y la cultura.

Además, el eclipse ofreció una oportunidad para mirar más allá de la Luna. En lugares alejados de la contaminación lumínica, la disminución de su brillo permitió observar estrellas que normalmente quedan ocultas por la intensidad de la Luna llena.

Así, durante unas horas, la sombra de la Tierra convirtió a la Luna en el principal punto de atención del cielo. Pero la jornada en la Universidad dejó una mirada más amplia: detrás del espectáculo había movimientos orbitales, fenómenos físicos y siglos de preguntas humanas sobre el universo.

El eclipse terminó durante la madrugada, cuando la Luna recuperó gradualmente su brillo habitual y abandonó la sombra terrestre. La noche cerró como había comenzado: con la mirada puesta en el cielo de Bogotá y una comunidad reunida no solo para observarlo, sino también para comprenderlo.