viernes, 13 de febrero de 2026

La industria del arándano de Florida enfrenta grandes pérdidas tras una helada histórica

 

Durante el fin de semana del 31 de enero y 1 de febrero, el centro y norte de Florida —regiones donde se cultiva la mayor parte del arándano del estado— fueron golpeados por el clima más frío en décadas.

En Miami, las temperaturas descendieron a 35 grados Fahrenheit (1,6 °C) el domingo por la mañana, el nivel más bajo desde 2010. En Melbourne, Florida, los termómetros cayeron a 25 grados (–3,8 °C), la temperatura más baja registrada en febrero desde 1967. Partes del estado, incluyendo Tampa, Jacksonville, Melbourne y Tallahassee, incluso vieron nieve.

Los productores de arándanos del norte y centro de Florida suelen experimentar temperaturas cercanas a los 20 grados Fahrenheit (entre –6 y –2 °C) en enero, por lo que, tras recibir el aviso de clima helado, los agricultores se prepararon como de costumbre. Sin embargo, este no era un frente frío común.

Los momentos previos a la tormenta

Austin Sigety, dueño de Frogmore Fresh, una finca de arándanos con sede en Tampa, comentó a Portalfruticola.com. que los productores de Florida siempre han lidiado con desastres climáticos y plagas. Aun así, las temperaturas gélidas los tomaron por sorpresa, dejándolos sin un plan claro para proteger adecuadamente su producción.

Tan pronto como Sigety escuchó el pronóstico, envió a su equipo a los campos para una inspección detallada antes de activar cualquier medida de protección contra heladas. El agricultor proviene de una familia de productores y cree que la mejor manera de enfrentar estos desastres es tomar decisiones informadas.

“Quería hacer un censo muy preciso de lo que teníamos y en qué etapa estaba cada cosa en términos porcentuales, ya que hay ciencia e investigación que indican que un brote en etapa tres muy compacto puede soportar temperaturas de hasta los 10 grados Fahrenheit (–12 °C) en las condiciones adecuadas”, explicó.


Con base en el recorrido por el campo y una estimación de 22 grados Fahrenheit (–5,5 °C) y vientos de 15 millas por hora (24 km/h), el equipo decidió proteger contra heladas el 30% del campo: las zonas donde el pronóstico apuntaba a una pérdida total del cultivo. La decisión se tomó apostando a que, si la proyección de temperatura estaba desviada por tan solo tres grados, gran parte del cultivo podría salvarse.

Pero seguía siendo una apuesta arriesgada. Porque, por el contrario, si el pronóstico era correcto o peor, la protección contra heladas podría resultar contraproducente.

“Sabía que el riesgo era que, si hacía tanto frío como decían —o incluso más—, la protección iba a fallar y yo terminaría causando un daño físico bastante severo a los cultivos que intenté proteger”, dijo Sigety a nuestro medio.

La protección contra heladas consiste en rociar continuamente agua sobre las hileras del cultivo para crear una capa de hielo termo-protectora que mantiene la temperatura de la planta y del fruto por encima del punto de congelación. Este proceso es muy meticuloso y normalmente funciona —a menos que el aire se enfríe demasiado. Si el termómetro cae por debajo de 25 grados Fahrenheit (–3,8 °C), el peso del hielo puede romper hojas y ramas, e incluso derribar plantas completas. Esto fue exactamente lo que ocurrió en Florida ese fin de semana.

Las consecuencias para el sector del arándano

Lamentablemente, el clima resultó ser incluso más severo de lo que anticipaba el pronóstico, y el domingo por la mañana Sigety y su equipo enfrentaron la dura realidad.

“Terminamos con temperaturas de entre 19 y 20 grados Fahrenheit (–7 y –6,6 °C), y cuando comenzamos a aplicar agua, se formó hielo de inmediato, con vientos de 10 a 15 millas por hora (16–24 km/h) y ráfagas de 20 millas por hora (32 km/h) o más”.


Los informes preliminares indican la pérdida de más del 30% de los arbustos de Sigety, una cifra que, admitió, podría aumentar con el tiempo. Esta es una pérdida significativa para el productor de arándanos, ya que las plantas son perennes y se espera que produzcan durante muchos años.

Sin embargo, a pesar del golpe devastador, Sigety indicó que está entre los afortunados que aún conservan parte de su cosecha y tienen una oportunidad de recuperarse financieramente este año.

Conozco a otros agricultores que perdieron el 100%. Aplicaron protección contra heladas y ahora sus campos están completamente aplastados, y es posible que no tengan temporada en 2027”, acotó.

Los productores de arándanos de Florida han sobrevivido huracanes y clima extremo, dijo Sigety, pero este tipo de helada nunca estaba en sus planes.

“Aprendimos mucho en la última semana, no solo sobre el clima, sino sobre cómo necesitamos cambiar —tal vez— nuestra forma de pensar sobre cómo hacemos algunas de estas cosas”, comentó. “De repente, este vórtice polar nos dio matrices de decisión que antes no teníamos”.

Sigety se mantiene optimista sobre el futuro de la industria y planea seguir cultivando arándanos. Como muchos agricultores, es resiliente y cree que logrará recuperarse y adaptarse.

“No estoy para nada desanimado ni abatido por esto —es solo algo que hay que superar”, concluye. “Y si eres inteligente al respecto y aprovechas los recursos que existen, dentro de dos o tres años creo al 100% que la finca estará mejor de lo que está hoy”.


Inteligencia artificial anticipa el clima hora por hora para mejorar la generación de energía solar

 Un día soleado que se vuelve nublado en pocas horas, lluvias inesperadas en zonas de montaña o cambios bruscos de temperatura entre la mañana y la tarde son ejemplos de la variabilidad climática que dificulta prever cuánta energía solar se podrá producir en un momento específico. Para anticipar estos cambios con mayor precisión, un modelo de inteligencia artificial (IA) predice la temperatura y la radiación solar hora por hora, lo que permitiría planificar mejor la generación de energía y reducir pérdidas en sistemas eléctricos y edificios.

Uno de los mayores desafíos en la transición hacia energías renovables es gestionar la incertidumbre climática que afecta la generación eléctrica. La irradiación solar (cantidad de energía proveniente del Sol que llega a una superficie) y la temperatura influyen directamente en la eficiencia de paneles solares, redes eléctricas y sistemas de climatización. Cuando estas variables cambian inesperadamente se reduce la eficiencia energética y aumenta la dependencia de fuentes convencionales como los combustibles fósiles.

La innovación de Mónica Moreno Revelo, estudiante del Doctorado en Ingeniería - Automática de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Manizales, consiste en el desarrollo de un modelo que predice estas variables climáticas de manera independiente para cada hora del día, en vez de usar un único modelo general para toda la jornada, como suele hacerse actualmente.

Este enfoque permite capturar mejor los cambios rápidos del clima en regiones con alta variabilidad atmosférica como Nariño, en donde los registros meteorológicos pueden presentar discontinuidades y condiciones tropicales complejas que dificultan la predicción de variables como la irradiancia solar y la temperatura, un reto que el modelo busca enfrentar mediante aprendizaje a partir de datos históricos.

En las zonas andinas la topografía y la nubosidad generan microclimas que pueden cambiar en cuestión de horas, lo que vuelve más complejo el pronóstico meteorológico y la planificación de sistemas energéticos basados en el Sol.

Así se entrena la IA para anticipar el clima

El sistema funciona analizando datos climáticos registrados en días anteriores —especialmente temperatura e irradiancia solar— organizados hora por hora. A partir de estos datos históricos el modelo identifica patrones temporales y estima lo que ocurrirá en cada franja horaria del día siguiente, incluyendo un indicador de incertidumbre que muestra qué tan confiable es la predicción.

Para evaluar su desempeño, los investigadores compararon tres enfoques de IA utilizados en la predicción de series de tiempo. Dos de ellos, Long Short-Term Memory (LSTM) y Gated Recurrent Unit (GRU), son redes neuronales diseñadas para aprender patrones en datos que cambian con el tiempo, como el clima. El tercero, el modelo probabilístico Sparse Gaussian Process Regressor (SGPR), permite no solo estimar el valor esperado de la temperatura o la radiación solar, sino también calcular el margen de incertidumbre de la predicción.

“Este modelo no solo nos dice cuál será temperatura o cuánta radiación solar habrá, sino que además nos muestra el nivel de incertidumbre de esa predicción, es decir, indica qué tan confiable es el resultado y en qué momentos puede variar, una información fundamental para tomar decisiones basadas en el clima”, explica la estudiante Moreno.

El análisis se realizó con datos provenientes de tres fuentes. La primera es Jena, una ciudad de Alemania en donde el Instituto Max Planck opera una estación meteorológica con registros continuos de variables climáticas durante varios años. La segunda es Solcast, una plataforma internacional especializada en datos para energía solar. La tercera corresponde a estaciones del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) ubicadas en el departamento de Nariño.

“La elección de estos lugares responde a la necesidad de probar el modelo en escenarios complejos. Mientras en regiones como Nariño la variabilidad climática y los vacíos en los datos representan un reto para la predicción, los registros continuos de Alemania permiten evaluar el sistema en condiciones más estables y controladas”, señala la investigadora Moreno.

Predicción más precisa para sistemas energéticos

En la predicción de temperatura, el margen de error se redujo a alrededor de 0,53 °C en promedio, un resultado comparable o superior al reportado en la literatura científica.

“Aunque medio grado puede parecer poco, en sistemas energéticos esa diferencia es muy importante. Una predicción más precisa permite planificar mejor el uso de la energía y reducir pérdidas”, anota la investigadora Moreno.

Los resultados mostraron que el modelo SGPR con predicción horaria obtuvo el mejor desempeño frente a otros enfoques, alcanzando niveles de precisión muy altos (R² cercano a 0,99) y menos errores de predicción.

El estudio también evidenció un desafío importante para Colombia: la falta de continuidad en algunos registros meteorológicos. “La IA depende directamente de la calidad de los datos; cuando hay vacíos aumenta la incertidumbre”, enfatiza.

Como proyección, el equipo busca mejorar el manejo de datos incompletos y aplicar este enfoque en otras regiones del país con alta variabilidad climática, con el objetivo de fortalecer la planificación energética basada en fuentes renovables y apoyar estrategias de mitigación del cambio climático.

El estudio de la estudiante Moreno ha contado con el apoyo de su director de tesis, el profesor Juan Bernardo Gómez Mendoza, de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura de la UNAL Sede Manizales.






miércoles, 11 de febrero de 2026

LA MADREVIEJA LA MARINA SE CONVIERTE EN EPICENTRO DE CONSERVACIÓN Y VIDA, EN EL MES DE LOS HUMEDALES

 La madrevieja La Marina amaneció reluciente y el agua se llenó de movimiento, con la liberación de 3.000 alevinos de bocachico, especie íctica nativa que vuelve a darle fuerza a este ecosistema único del Valle del Cauca. La jornada, organizada por el Comité Interinstitucional del DRMI laguna de Sonso, conformado por la CVC, la Gobernación del Valle, la Alcaldía de Buga, ingenios azucareros, ONG y comunidades locales, fue mucho más que una repoblación; toda una celebración de conservación.

Este humedal, asociado al complejo de la laguna de Sonso, es un verdadero tesoro natural, vital para la biodiversidad, el avistamiento de aves y el ecoturismo, y forma parte del sistema de humedales del alto río Cauca, reconocido internacionalmente bajo la Convención Ramsar. 

“Su ubicación estratégica, en la zona rural de Buga, lo convierte en un refugio natural para cerca de 150 especies de aves y flora representativa como los mantecos, espino de mono y burilicos, especies insignias de los ecosistemas lóticos e indicadores de su salud ecosistémica”, indicó el administrador ambiental Hugo Alejandro Girón, de la CVC.

La Policía Ambiental y la comunidad se sumaron como invitados especiales, reforzando el compromiso colectivo con la recuperación ambiental y el apoyo a los pescadores artesanales. 

La CVC recordó que este espacio, declarado reserva de recursos naturales e integrado al Distrito Regional de Manejo Integrado Laguna de Sonso, es también un aula viva en donde las visitas guiadas por la comunidad permiten aprender sobre los saberes ancestrales de la pesca y la relación histórica de las comunidades con el río.

Con cada bocachico liberado, la madrevieja La Marina se consolida como un sendero acuático de vida, cultura y esperanza para el Valle del Cauca.





Detectan microplásticos en el agua que abastece a comunidades de Leticia

 En el sistema lagunar de Yahuarcaca se identificó un microplásticos por cada litro de agua, y aunque la concentración es menor que la reportada en otros puntos del río Amazonas, el hallazgo alerta sobre la acumulación de residuos plásticos en la principal fuente hídrica de Leticia y de siete comunidades indígenas, un ecosistema del que dependen más de 500 personas para su consumo de agua y para la pesca.

Alimentado en gran parte por el río Amazonas y ubicado a unos 2 km de Leticia, el sistema lagunar Yahuarcaca está conformado por 21 lagos interconectados. Este complejo hídrico rodea la capital del departamento y constituye uno de los principales ecosistemas acuáticos de la zona, fundamental para la vida cotidiana de las comunidades indígenas Tikuna o Tikà asentadas en sus orillas.

En este contexto, el proyecto de investigación liderado por la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y financiado por el Foro Económico Mundial identificó la presencia de microplásticos en el agua. Los resultados señalan que estos fragmentos están asociados principalmente con fibras de poliéster, botellas plásticas y materiales de construcción como tuberías.

“Aunque las concentraciones detectadas son similares a las reportadas en agua potable de otros países, existe preocupación por su acumulación en el tiempo. La exposición prolongada facilitaría la entrada de estos materiales a la cadena alimentaria mediante actividades cotidianas como la pesca, el riego agrícola o la preparación de alimentos con agua del sistema lagunar tratada”, señalan los investigadores.

El estudio combinó colectas de agua en los sectores de Largo y Zapatero, la quebrada San Antonio y la bocatoma del acueducto de Leticia, todas dentro del sistema de Yahuarcaca. Las muestras se procesaron en el Laboratorio de Microplásticos de la Universidad del Atlántico, en donde se confirmó la presencia de estas partículas.

“El problema no es el plástico en sí mismo, ya que es un material estéril; el riesgo está en los aditivos químicos usados para fabricar los productos —como plastificantes, colorantes o retardantes de llama—, los cuales se pueden liberar en el agua y afectar el sistema hormonal, la fertilidad y la salud a largo plazo”, explica la docente de Biología María Isabel Criales Hernández, directora del proyecto de investigación.

Percepción de las comunidades

El estudio también incluyó la percepción de las comunidades La Milagrosa, El Castañal, San Sebastián, San Pedro, La Playa y San Juan, mediante entrevistas a 200 personas.

El 79,4 % de los participantes (159 personas) manifestaron que en los últimos años ha aumentado la presencia de residuos plásticos en su territorio, mientras que el 20,6 % (41) consideraron que no ha habido cambios.

Las comunidades identifican este problema especialmente durante el periodo de aguas bajas o estiaje, cuando disminuye el nivel de los ríos y la basura acumulada en las orillas vuelve a hacerse visible. Este periodo ocurre principalmente entre agosto y octubre y forma parte del ciclo natural amazónico, cuando algunas quebradas se secan parcialmente, la pesca se dificulta y los residuos arrastrados por el río quedan expuestos en las orillas.

Según la profesora Criales, también se reportan peces atrapados en redes abandonadas, aves enredadas en plásticos y nidos construidos con residuos sintéticos, situaciones que antes no eran frecuentes.

El material recolectado por el servicio de aseo termina en el Relleno Sanitario El Jaguar, ubicado en el kilómetro 17,2 de la vía Leticia-Tarapacá, operado por la Unidad de Servicios Públicos Domiciliarios de Leticia.

Este relleno sanitario recibe entre 29 y 30 toneladas de residuos sólidos al día y enfrenta problemas de capacidad y manejo ambiental, lo que ha generado preocupación sobre su vida útil y sobre el impacto en fuentes hídricas cercanas.

En un informe publicado en 2025, el Instituto Sinchi advierte que en Leticia la gestión de residuos sólidos presenta dificultades persistentes, entre ellas la descarga de lixiviados a la quebrada La Beatriz, la falta de infraestructura adecuada y el aumento constante de residuos por el crecimiento urbano.

La docente señala que en otros sectores del río Amazonas se han reportado densidades mucho mayores de microplásticos, con registros de hasta 14 microplásticos por litro en zonas cercanas a grandes ciudades, lo que evidencia la relación entre contaminación plástica, urbanización y actividad industrial.

Además de los residuos domésticos, otra fuente importante de contaminación son las artes de pesca abandonadas, es decir las redes, cuerdas y trampas elaboradas con nylon u otros polímeros sintéticos. Cuando quedan en el agua se convierten en “redes fantasmas”, capaces de atrapar peces, aves y otros organismos durante años.

Por eso la investigación adelantada por la UNAL contempla una segunda fase enfocada en el análisis alimentario, que evaluará la presencia de microplásticos en peces de consumo local como la sardina pechona y el dormilón o pez perro.

Dimensión cultural y reciclaje

Según la profesora Criales, el problema del plástico en territorios como Leticia no es solo técnico. Aunque Colombia cuenta con normativas como la Ley 2232 de 2022 –que busca reducir progresivamente los plásticos de un solo uso–, aún persisten factores culturales asociados con el consumo y la disposición de residuos.

“Los factores que agravan la situación de los plásticos en el país son la densidad poblacional, el consumismo y la forma en que las personas gestionan los residuos que generan”, explica la investigadora, subrayando que, en regiones apartadas como la Amazonia, la recolección y el transporte de residuos es limitada, lo que favorece la acumulación de basura y el retorno de los desechos al sistema hídrico, especialmente durante las temporadas de lluvias y crecientes del río Amazonas.

Según el DANE, en 2015 Leticia tenía cerca de 42.600 habitantes mientras que en 2025 supera los 53.000, es decir un aumento de más de 10.000 personas en 10 años, lo que ha significado mayor consumo de bienes empacados en plástico y una presión creciente sobre los sistemas de recolección y disposición de residuos.

A este crecimiento se suma un proceso de urbanización acelerada en la región Amazónica, que ha incrementado el consumo de productos plásticos de un solo uso y la generación de residuos sólidos en una ciudad donde la infraestructura ambiental es limitada. Investigaciones sobre planificación territorial en Leticia señalan que el crecimiento urbano ha sido más rápido que la capacidad de los servicios públicos para gestionar los desechos.

Frente a la contaminación por plásticos, actualmente el reciclaje es la alternativa con mayor impacto real para mitigar el problema, aunque no sea una solución definitiva. Un estudio global reciente publicado en la revista Nature encontró que menos del 10 % del plástico producido en el mundo en 2022 provino de material reciclado, mientras que la mayoría termina en vertederos o incineradores.

En este sentido, la docente señala que el reciclaje permitiría mejorar la situación en aproximadamente un 10 %, mientras que otras opciones, como el reemplazo por materiales biodegradables o biocompuestos, apenas alcanzarían una reducción cercana al 2 %.

“En este momento la única solución que mejoraría un poco el panorama es reciclar; aunque el plástico no desaparecerá, sí ayuda. Estas acciones solo pueden ser efectivas si van acompañadas de cambios culturales en la forma en que se consumen y se disponen los residuos”, señala la bióloga.

Por último, anota que los lagos de Yahuarcaca siguen siendo un ecosistema funcional pero vulnerable, y que la evidencia científica permite anticiparse a un escenario más crítico si no se toman decisiones oportunas.







lunes, 9 de febrero de 2026

Río Bogotá concentra bacterias resistentes y parásitos asociados con el riego agrícola

 Investigaciones del grupo Resiliencia y Saneamiento Ambiental (RESA) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) han documentado que el río Bogotá no solo concentra contaminación química y microbiológica, sino que además actúa como reservorio de bacterias resistentes a antibióticos y de parásitos que pueden llegar a los cultivos irrigados en la Sabana occidental, lo que representa un riesgo persistente para la salud pública y ambiental.

Aunque Colombia se cuenta entre los países con mayor disponibilidad de agua en el mundo, el deterioro de los ecosistemas asociados con el ciclo hídrico ha afectado la calidad y disponibilidad de este recurso en diferentes regiones del país. El río Bogotá, eje ambiental y social de la Sabana y de Cundinamarca, refleja con claridad estas tensiones entre riqueza hídrica y presión humana.

Con origen en el páramo de Guacheneque, en el municipio de Villapinzón (Cundinamarca), este afluente recorre cerca de 380 km a través de 47 municipios del departamento antes de desembocar en el río Magdalena. En Bogotá atraviesa el occidente de la ciudad por localidades como Suba, Engativá, Fontibón, Kennedy y Bosa, y resulta fundamental para el abastecimiento, la agricultura y la industria regional.

A lo largo de su recorrido se distinguen tres tramos principales: la cuenca alta, que comprende municipios como Villapinzón, Chocontá, Tocancipá, Cajicá y Chía; la cuenca media, que incluye la zona urbana de Bogotá y municipios como Cota, Funza, Mosquera y Soacha, en donde se concentra la mayor carga contaminante, y la cuenca baja, que se extiende desde Alicachín, en Sibaté, hasta Girardot, donde el río desemboca en el Magdalena.

En dicho sistema hídrico se concentran actividades económicas y productivas de gran escala, así como procesos urbanos y agrícolas que han transformado el territorio durante el último siglo. Estos cambios en el uso del suelo, junto con la descarga de aguas residuales domésticas e industriales, han contribuido al deterioro de este cuerpo de agua, uno de más estudiados del país.

Las investigaciones científicas han seguido de cerca sus transformaciones, desde los cambios en la microbiología del agua —es decir en los microorganismos que habitan el río y responden a la contaminación— hasta la presencia de metales, fármacos y microorganismos resistentes a antibióticos.

Actualmente el río Bogotá es una compleja mezcla de contaminación tradicional y emergente. Estudios realizados en su cuenca alta —en municipios como Villapinzón— ya habían documentado los efectos de las actividades humanas sobre las propiedades fisicoquímicas y microbiológicas del agua, así como la presencia de contaminantes específicos como el cromo.

Más abajo, en la cuenca media —donde los cambios en el uso del suelo son más intensos—, estudios realizados entre 2007 y 2019 para comparar la evolución de la calidad del agua confirmaron la presencia constante de coliformes totales y Escherichia coli —bacterias que se utilizan como indicadores de contaminación por aguas residuales—, mientras afluentes como el río Tunjuelo reflejan la misma tendencia de baja calidad del agua.

Durante más de dos décadas el grupo RESA de la Facultad de Ingeniería de la UNAL, dirigido por la profesora Martha Bustos López, ha investigado la relación entre contaminación hídrica, saneamiento y salud ambiental en la cuenca del río Bogotá, evidenciando un deterioro sostenido en la calidad del agua y en los sedimentos asociados con sistemas de riego agrícola.

La Ramada, punto crítico de la contaminación

En ensayos de toxicidad aguda y crónica realizados en 2020 en sedimentos de los canales de riego del distrito de La Ramada, en la cuenca media, los resultados mostraron la persistencia de la contaminación. Esto demuestra que los contaminantes no solo están presentes en el agua, sino que también se acumulan en el lecho del ecosistema, manteniendo activa la fuente de riesgo incluso cuando las condiciones del flujo hídrico cambian.

En ese mismo sistema de riego agrícola, investigaciones posteriores comprobaron la presencia de bacterias resistentes a antibióticos betalactámicos —como la amoxicilina— en aguas utilizadas para riego.

Este resultado indica que el río Bogotá no es solo un receptor de contaminantes, sino también un espacio en donde los microorganismos pueden desarrollar y compartir mecanismos de resistencia antimicrobiana, fenómeno reconocido como una de las principales amenazas globales para la salud pública.


También se han evaluado los efectos de la actualización del Plan de Ordenación y Manejo de la Cuenca Hidrográfica (POMCA) sobre la calidad del agua en municipios como Funza y Mosquera, con el fin de analizar si las estrategias actuales de gestión ambiental están logrando mitigar la contaminación en zonas de alta afectación.

Además, en 2022 se confirmó la presencia de parásitos de interés sanitario, como Giardia y Cryptosporidium, tanto en aguas de riego como en hortalizas cultivadas en la Sabana occidental de Cundinamarca.

La presencia de estos organismos en cultivos de consumo humano evidencia que la contaminación hídrica se puede trasladar desde el río hasta los alimentos, ampliando así el alcance del riesgo sanitario más allá del ecosistema acuático.

Estudios recientes basados en análisis metagenómicos —técnicas que permiten estudiar el ADN de comunidades completas de microorganismos presentes en el agua— han mostrado, además, una alta presencia de genes asociados con resistencia antimicrobiana y cambios significativos en las comunidades microbianas del río.

Los investigadores del grupo RESA consideran que el río funciona como un “reactor biológico” en el que los microorganismos intercambian información genética que les permite sobrevivir a antibióticos y contaminantes presentes en el ambiente.

Los estudios desarrollados ofrecen una visión integrada del problema, que conecta la contaminación del río Bogotá con la agricultura de la Sabana y con riesgos directos para la salud humana, lo que refuerza la necesidad de fortalecer la gestión del agua, el saneamiento y el monitoreo ambiental en la cuenca.

 


viernes, 6 de febrero de 2026

Manglares, memoria del mar y una alerta para el Caribe colombiano

 Durante los últimos 5.000 años se han registrado en los manglares los avances y retrocesos del mar, y ellos han protegido la línea costera frente a cambios climáticos extremos. Hoy ese archivo natural y esa barrera viva están desapareciendo a un ritmo acelerado, lo que pone en riesgo tanto los ecosistemas y asentamientos costeros como la estabilidad del litoral colombiano. Su importancia se evidencia tras las afectaciones registradas en días recientes en Bolívar, Atlántico, Magdalena y Sucre, y ante una nueva alerta por frente frío prevista para este fin de semana, con fuertes vientos y oleaje elevado.

Eventos como los advertidos por el Ideam y la Dirección General Marítima (Dimar) recuerdan que los manglares cumplen un papel fundamental al retener sedimentos, reducir la energía de las olas y contribuir a la estabilidad de la línea de costa. Comprender cómo han funcionado estos ecosistemas a lo largo del tiempo es justamente el propósito de las investigaciones desarrolladas por los profesores Orlando Rangel Churio y Alexis Jaramillo Justinico, del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y que alertan sobre la urgencia de tomar decisiones.

“Durante el Holoceno –la época geológica actual– el Caribe colombiano ha vivido eventos repetidos de transgresión y regresión marina, y esa transformación de paisajes, ecosistemas y formas de vida ha quedado registrada bajo tierra”, afirman los académicos del grupo de investigación en Biodiversidad y Conservación.

El profesor Jaramillo explica que “la regresión marina ocurre cuando el mar se retira de la línea de costa actual, mientras que la transgresión marina se produce cuando vuelve a avanzar sobre territorios continentales. Estos movimientos han estado ligados tanto a los ciclos de glaciaciones –cuando grandes volúmenes de agua quedan retenidos en el hielo y el nivel del mar desciende– como a los periodos de deshielo, cuando el nivel del mar vuelve a aumentar, cambios que afectan la vegetación y la biota asociadas, y cuyas evidencias quedan registradas en los sedimentos y en el territorio aledaño a la costa”.

El archivo natural del litoral

A partir de perforaciones realizadas en zonas como la Ciénaga Grande de Santa Marta, la Caimanera (Coveñas), el Parque Nacional Natural Tayrona y otros sectores costeros del Caribe colombiano, los investigadores y sus estudiantes llevan varios años analizando capas de sedimento mediante técnicas geológicas como la estratigrafía, que permiten una resolución excepcional: cada centímetro de sedimento funciona como un registro del tiempo y puede contener entre 20 y 60 años de historia ambiental.

“En las columnas de sedimento extraídas durante las perforaciones se observan variaciones de arena, limo, turbas y materia orgánica, y luego, al microscopio, dominios de diferentes componentes que funcionan como marcadores de cambios ambientales”, explica el geólogo Jaramillo.

El biólogo Rangel agrega que “reconstruir esa historia implica entender el litoral como un sistema vivo en donde interactúan el agua dulce y el mar. En los estuarios (zonas donde los ríos desembocan en el mar) y deltas (regiones en donde los ríos se dividen antes de llegar a la costa) esa interacción define qué organismos se pueden establecer, y el factor que marca esa frontera ecológica es la salinidad”.

Además, el análisis de polen, semillas y restos vegetales permite identificar qué tipo de vegetación –y por extensión qué ecosistema– predominaba en cada periodo y cómo respondía a la salinidad, el agua dulce y las variaciones del nivel del mar.

Así, el análisis parte de cómo se ordena la vegetación costera en franjas desde el mar hacia tierra firme. “En el frente más expuesto al mar suele dominar el mangle rojo Rhizophora mangle, y más hacia zonas con mayor influencia de agua dulce aparecen otras especies como Avicennia germinans”.

“Cuando este avanza o retrocede, esa ‘frontera’ vegetal se mueve, y ese movimiento queda guardado en el polen y los restos. Por eso desde hace cerca de 15 años en el grupo de investigación de Biodiversidad y Conservación del ICN hemos fortalecido el trabajo interdisciplinar con geólogos para leer en paralelo el mensaje del sedimento y el de la vegetación”.

“Interpretar un sedimento es comparable a leer un análisis de sangre: en un sedimento tomado a determinada profundidad, aparece un conjunto de señales —un ‘espectro’— que permite ver qué especies están presentes, cuáles dominan y cómo se relacionan entre sí”, indica el académico.

Ese “diagnóstico” ecológico se construye a partir de la autoecología de las especies y de la forma como se organizan en comunidad, y a partir de esa lectura el indicador biológico es el más sólido para interpretar los cambios ambientales registrados en el litoral.

Gracias a este tipo de análisis, los investigadores han podido reconstruir la historia ambiental del Caribe colombiano a escalas de miles de años. En los últimos 5.000 años las perforaciones han mostrado transiciones marcadas entre una transgresión y una regresión marina en un periodo de 1.900 a 2.100 años, con cambios en las formaciones vegetales asociadas.

Los investigadores advierten que en la Ciénaga Grande de Santa Marta han llegado a información de hasta 8 m de profundidad, en columnas de sedimento que aún no alcanzan el fondo, lo que sugiere que hay más historia enterrada y posibilidades futuras de ampliar la reconstrucción ambiental.

Barrera natural frente al aumento del mar

Los estudios muestran que cuando el manglar se establece y se mantiene, la línea de costa gana estabilidad. Estos ecosistemas retienen sedimentos y materia orgánica, lo que favorece la acumulación progresiva de material que eleva el terreno con el paso del tiempo y contribuye a proteger la costa frente a la erosión, las tormentas y el avance del mar (acreción).

“Cuando el manglar se expande y se mantiene, el suelo aumenta su nivel precisamente por esa capacidad de retener material, un proceso que fortalece la protección natural del litoral. Esta evidencia permite trazar con claridad el papel fundamental del manglar como protección de la costa frente a la erosión y al avance del mar”, explica el profesor Rangel.

Según los análisis realizados por el equipo investigador, en algunas zonas del Caribe los registros muestran aumentos del nivel del suelo asociados con manglares y turbas (acumulaciones de materia vegetal formadas en ambientes húmedos) entre 5,2 y 11,4 mm/año por año, mientras que en áreas con material detrítico arcilloso (sedimentos finos transportados y depositados por ríos y corrientes como en las ciénagas continentales) las tasas de sedimentación pueden alcanzar valores entre 0,5 y 1,2 mm/año. Esta evidencia permite trazar con claridad el papel fundamental del manglar como protección de la costa frente a la erosión y al avance del mar.

El problema es que esa protección natural se está perdiendo a un ritmo alarmante. Según los datos presentados por los expertos, Colombia ha perdido más del 80 % de los manglares del Caribe. De una extensión histórica cercana a los 4.500 km2 hoy quedarían apenas unos pocos cientos, con una tasa de desaparición cercana a los 8,5 km2 por año en las últimas décadas.

Añaden que la discusión sobre el nivel del mar también empieza a mirar escenarios de cambios súbitos, como tsunamis y maremotos, una hipótesis que ha sido motivo de preocupación en investigaciones internacionales.

“La evidencia científica es suficiente y el debate ya no debería centrarse en seguir diagnosticando el problema, sino en tomar decisiones. La solución no es construir muros de concreto, sino recuperar las áreas donde históricamente existieron manglares. Eso protege la costa, genera empleo y restaura ecosistemas, y ya existe tecnología para su recuperación”, señala el profesor Rangel.

Los investigadores advierten además sobre la ocupación y titulación de nuevas tierras formadas por procesos naturales en zonas litorales, que deberían ser protegidas por el Estado debido a su fragilidad y valor ecológico. El profesor Jaramillo alerta que, a partir de imágenes aéreas y satelitales, se han identificado nuevas áreas formadas por la sedimentación de ríos como el Sinú y el Turbo, que ya aparecen tituladas a particulares.

“Son tierras de nueva generación, producto de la dinámica natural de los ríos y del mar, que se deberían conservar y contar con protección estatal, ya que su ocupación puede afectar procesos ecológicos y geomorfológicos fundamentales del litoral”, explica.

También alertan sobre la alta vulnerabilidad del litoral Pacífico, una región donde la información científica aún es escasa pese a los riesgos crecientes. El profesor Rangel advierte que, aunque el Caribe colombiano cuenta con estudios paleoambientales y sedimentológicos relativamente detallados, en el Pacífico todavía existen vacíos importantes de investigación sobre la dinámica costera y los cambios del nivel del mar.

En palabras del investigador, “mientras el Caribe está bien documentado, el Pacífico resulta aún más preocupante y su vulnerabilidad puede ser mucho mayor, en parte porque la falta de registros científicos continuos dificulta dimensionar con precisión los impactos de componentes o tensionantes (factores) involucrados en el cambio climático (deforestación, fluctuaciones del nivel del mar), así como la expresión máxima de estos eventos en esa región”.

Reconstruir la historia ambiental del Caribe colombiano no es un ejercicio académico aislado, sino que permite anticipar escenarios, comprender los límites de los ecosistemas y orientar políticas públicas frente al cambio climático y el aumento del nivel del mar.

“La UNAL ya hizo su parte: producir conocimiento sólido. Ahora necesitamos que ese conocimiento sea escuchado”, concluyen los investigadores, quienes compartieron estos hallazgos en el programa Naturalmente, emitido por Radio UNAL.

 







miércoles, 4 de febrero de 2026

Pilotes mejor diseñados reducirían el riesgo de deslizamientos en Colombia

 Debajo de muchos edificios y puentes hay grandes columnas de concreto –o pilotes– escondidas bajo tierra, como piernas gigantes que sostienen todo para que no se caiga. Sin embargo, simulaciones geotécnicas revelaron que cuando estas columnas se instalan demasiado separadas, el suelo se puede desplazar hasta 59 % más, aumentando así el riesgo de deslizamientos en laderas y carreteras del país, mientras que distancias más cortas mejoran la estabilidad significativamente.

Tras las intensas lluvias registradas en 2025, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) alertó que el 40,8 % de los municipios de Colombia se encuentra en riesgo de deslizamiento, con especial preocupación en departamentos como Antioquia, Cundinamarca, Boyacá, Santander y el Eje Cafetero. A esto se suma el impacto económico, pues datos del Servicio Geológico Colombiano evidencian que desde 1995,estos eventos le han costado al país más de 100 millones de dólares en daños a infraestructura, viviendas y vías.

Más allá de las cifras, los deslizamientos siguen cobrando vidas y afectando comunidades asentadas en laderas cercanas a carreteras, puentes y zonas urbanas, en donde la estabilidad del terreno depende de obras de contención que no siempre se diseñan con criterios ajustados a las condiciones reales del suelo. Uno de los casos más recientes ocurrió en junio de 2025 en el municipio de Bello (Antioquia), en donde un deslizamiento asociado al desbordamiento de una quebrada arrasó varias viviendas y causó la muerte de 16 personas.

En este contexto, la investigadora Leydy Tatiana Bernal, magíster en Ingeniería - Geotecnia de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), se propuso analizar el desempeño real de los pilotes utilizados como estructuras de contención en laderas, y encontró que aunque estos elementos se emplean desde hace años en el país, su diseño suele enfocarse en evitar un colapso inmediato de la estructura, pero no en controlar los desplazamientos progresivos del terreno durante eventos de lluvia intensa, sobre todo en zonas rurales y de alta pendiente.

Las normas vigentes, como el Reglamento Colombiano de Construcción Sismo Resistente y el Código Colombiano de Puentes, evalúan si los pilotes resisten el peso del suelo y las cargas externas, pero no analizan con suficiente detalle cómo interactúan con el terreno ni cuánto se pueden desplazar este con el tiempo. Así, una ladera puede no colapsar de forma súbita, pero sí moverse lentamente generando grietas en vías, viviendas o redes de servicios hasta volverse insegura.

“Uno de los aspectos más críticos y menos estudiados es la distancia entre estas columnas de concreto. Si están demasiado separadas, el suelo puede ‘escaparse’ entre ellas; si están muy juntas, la obra se encarece sin que necesariamente mejore su desempeño”, explica la investigadora.

Simular la montaña antes de construir

Para responder a este vacío técnico, la magíster recurrió a modelos computacionales tridimensionales mediante el software MIDAS GTS NX, una herramienta que permite recrear virtualmente lo que ocurre bajo la superficie antes de construir. Las simulaciones evaluaron cómo varían los movimientos del suelo según la pendiente del terreno, el tipo de material —más arcilloso o más arenoso—, la presencia de agua subterránea y la separación entre los pilotes.

Los modelos representaron pendientes con alturas entre 10 y 20 m, con excavaciones de hasta 6 m para instalar pilotes de gran diámetro, separados entre sí a distancias equivalentes a dos, tres y cuatro veces su diámetro. Estos escenarios reproducen condiciones comunes en carreteras, taludes intervenidos y zonas montañosas del país.

Para simular el efecto de las lluvias se incorporó el aumento del nivel de agua dentro del suelo. Los resultados mostraron que cuando el terreno se satura no solo pierde resistencia, sino que además cambia su interacción con los pilotes: en separaciones amplias, el suelo tiende a desplazarse entre las columnas, reduciendo así la capacidad del sistema para contener la ladera.

En cambio, cuando los pilotes se ubican a distancias de entre dos y tres veces su diámetro, trabajan de manera conjunta, redistribuyen los esfuerzos y limitan el desplazamiento del terreno incluso en pendientes pronunciadas y con presencia de agua subterránea.

En términos cuantitativos, los pilotes separados a cuatro veces su diámetro registraron hasta un 59 % más de desplazamiento horizontal en comparación con separaciones menores, lo que incrementa significativamente el riesgo de movimientos de tierra en zonas habitadas o de infraestructura vial.

A partir de estos hallazgos, la investigación sugiere que los diseños no se deberían basar únicamente en que la estructura “no se caiga”, sino también en cuánto se mueve el suelo con el tiempo, y además que se deben evaluar conjuntamente variables como la pendiente del terreno, el diámetro y la separación de los pilotes, así como la presencia de agua subterránea.

“Este trabajo muestra la necesidad de revisar con mayor rigor los criterios de diseño de pilotes usados como estructuras de contención, para que las obras no solo cumplan con factores de seguridad, sino que realmente reduzcan el riesgo de deslizamientos”, señala la magíster Bernal, cuyo trabajo fue dirigido por el profesor Guillermo Eduardo Ávila y da continuidad a estudios previos desarrollados en la UNAL.






martes, 3 de febrero de 2026

Mamá Dominga, el humedal que respira dentro del campus UNAL Sede Bogotá

 No todos los humedales están lejos de la ciudad ni escondidos tras rejas, algunos sobreviven dentro de los campus universitarios. Entre senderos, plantas nativas, semillas, aves y rituales simbólicos, el humedal Mamá Dominga, ubicado en la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Bogotá, fue recorrido como parte de la conmemoración del Día Mundial de los Humedales. La actividad, liderada por el Museo de Historia Natural, abrió un mes de reflexiones y acciones pedagógicas para reconocer el valor ecológico y cultural de estos ecosistemas urbanos.

Los humedales son espacios en donde el agua sostiene la vida y en donde plantas, aves, insectos y otras especies encuentran refugio, alimento y rutas de paso, incluso en medio de la ciudad. Bogotá cuenta con alrededor de 15 humedales reconocidos oficialmente, 11 de los cuales forman parte del complejo urbano incluido en la Lista Ramsar, la máxima distinción ambiental internacional. Entre ellos están humedales emblemáticos como La Conejera, Juan Amarillo (también llamado Tibabuyes), Córdoba, Jaboque, El Burro y La Vaca, lugares que guardan historias, biodiversidad y memoria en distintos rincones de la capital.

A pesar de su importancia para la biodiversidad de la Sabana de Bogotá y para el equilibrio ecológico urbano, su presencia en entornos citadinos suele pasar inadvertida o ser subvalorada. Con frecuencia son vistos como “caños” o zonas residuales, cuando en realidad cumplen un papel vital en el equilibrio de la ciudad.

La conservación de dichos ecosistemas no depende solo de la buena intención, sino del conocimiento. La profesora Yaneth Muñoz Saba, directora del Museo de Historia Natural, afirma que “conservar no es sembrar plantas sin contexto. Cuando no sabemos si una especie es propia de la región o de la Sabana de Bogotá podemos introducir plantas invasoras que causan más daño que beneficio”.

Fauna asociada con el humedal Mamá Dominga, fundamental para el equilibrio del ecosistema.

La corteza de los árboles registra su crecimiento y adaptación al entorno.


Semilla de nogal, árbol nativo de los Andes y especie emblemática de Bogotá


El aprendizaje directo fortalece el cuidado del territorio

Acompañantes del recorrido orientan los procesos de educación ambiental.

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La profesora Yaneth Muñoz Saba, directora del Museo de Historia Natural de la UNAL, durante el recorrido



Pequeñas miradas que ayudan a construir futuros más verdes.



Durante el recorrido se reconocieron especies comestibles como la uchuva.



Semillas de chocho, asociadas con la mejora de la calidad del suelo.



Cultivos experimentales desarrollados por estudiantes en el entorno del humedal.



El árbol loco es una especie de girasol que contribuye a regular el ciclo del agua



Descubrimiento y reconocimiento de especies durante el recorrido ambiental.



Ingreso al humedal Mamá Dominga, un ecosistema vivo dentro del campus.



La conexión con la naturaleza como base de la educación ambiental.



Charlas que explican la importancia ecológica del humedal Mamá Dominga.



Ritual simbólico que refuerza el respeto y la conexión con el humedal.



Aprender del entorno a partir de la experiencia directa.

Desde el Museo, la apuesta es ampliar la conmemoración más allá de una fecha simbólica y convertir febrero en un espacio de encuentro entre ciencia, educación ambiental y saberes territoriales. A través de distintas miradas y experiencias de las comunidades que conviven con estos ecosistemas en la Sabana de Bogotá, se busca fortalecer el vínculo entre ciudad, naturaleza y territorio.