martes, 22 de septiembre de 2026

Tecnología ayudaría a que edificios queden habitables tras sismos

 Imagine un edificio que, en vez de dañarse cuando tiembla, tiene pequeños dispositivos metálicos –disipadores por fricción– diseñados para absorber parte de la energía del sismo. Eso es justo lo que puso a prueba una investigación de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), mediante simulación computacional: tres edificios virtuales, dos formas distintas de instalarles estos dispositivos y once sismos para evaluar su comportamiento. Ninguno presentó daños severos.

La posibilidad de que una edificación no solo permanezca en pie, sino que pueda seguir utilizándose después de un terremoto cobra especial relevancia tras lo ocurrido en Colombia el pasado 10 de agosto. Un sismo de magnitud 7,4 sacudió el país desde San José del Palmar, Chocó. Con corte al 10 de septiembre, había dejado 331 muertos, 111 desaparecidos y 4.505 heridos, según cifras de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres.

El sismo se sintió en 16 departamentos y dejó daños estructurales graves en ciudades como Quibdó, Pereira, Manizales, Cali y Armenia. Muchos edificios no colapsaron, pero tampoco quedaron en condiciones de seguir habitándose.

Ese escenario está en el centro del trabajo de la ingeniera Ángela Bernal Torres, candidata a magíster en Ingeniería – Estructuras, quien estudió cómo lograr que un edificio no solo se mantenga en pie, sino que pueda seguir utilizándose después de un sismo.

La normativa colombiana actual (NSR-10) exige que las estructuras no colapsen ante un sismo fuerte, y para eso permite que vigas y columnas se agrieten y se deformen, disipando así la energía del temblor. Esto permite proteger y salvar vidas, pero no exige ni garantiza que el edificio siga siendo habitable cuando el sismo termina, un aspecto en el que se concentra la investigación de Bernal.

“La normativa no nos exige hacer un análisis de desempeño, que es ponerle una rótula a cada viga y a cada columna para ver, paso a paso, cómo se empieza a dañar la estructura de verdad. Ese tipo de análisis va más allá de lo que pide la norma, y por eso en muy pocos casos se hace”, dice la investigadora.

Los disipadores absorben parte de la energía del sismo

Se trata de piezas metálicas que se instalan en diagonal entre dos columnas de un mismo piso, con placas apretadas entre sí en su interior. Cuando el sismo empuja el edificio con suficiente fuerza, esas placas empiezan a deslizarse y ese roce convierte parte de la energía del movimiento en calor –la misma física con la que un carro frena–, en vez de dejar que toda esa energía llegue a la estructura.

Su funcionamiento es diferente al de un aislador sísmico. Este se instala en los cimientos del edificio para aislarlo del movimiento del suelo, mientras que un disipador va instalado dentro de la estructura y permite que esta se mueva ligeramente entre pisos, absorbiendo parte de la energía del sismo y reduciendo los daños en vigas, columnas y muros.

La investigadora explica que esta tecnología ya ha sido estudiada en países como Canadá, Estados Unidos, México y Chile, e incluso ya se utiliza en Colombia, con el caso emblemático del Hospital El Tunal, en Bogotá, que la usa desde 1999. Sin embargo, en el país sigue siendo la excepción y no la regla. La norma no tiene un capítulo dedicado a ella, y diseñarla bien exige un tipo de análisis que todavía no se aplica de manera rutinaria.

Para evaluar su funcionamiento, Bernal recurrió a la simulación computacional. Modeló tres edificios de concreto reforzado –de 4, 8 y 12 pisos– con los parámetros de amenaza sísmica de Cúcuta, en SAP2000, uno de los programas de análisis más usados en el país para este tipo de estudios.

A cada edificación le instaló disipadores por fricción siguiendo dos metodologías distintas. La primera, simplificada, calcula la capacidad de cada disipador a partir de la fuerza sísmica que recibe cada piso. La segunda, más precisa, “empuja” virtualmente el edificio hasta llevarlo más allá del punto en el que empieza a ceder.

Esta segunda metodología es uno de los aspectos más novedosos del trabajo, pues es una adaptación de un método pensado originalmente para otro tipo de disipadores, llamados riostras restringidas al pandeo (BRB), que la investigadora ajustó por primera vez a los de fricción. Los BRB, más usados en Colombia, tienden a dañarse después de un sismo y generalmente deben ser reemplazados, a diferencia de los disipadores por fricción.

Todos resistieron

Para poner a prueba los seis modelos obtenidos, la ingeniera Bernal los sometió a 11 sismos sintéticos o artificiales, es decir, movimientos que no corresponden a un temblor real, sino que se generan por computador para reproducir determinadas condiciones sísmicas. Se recurre a ellos porque no siempre existen suficientes registros de sismos reales con el tipo de suelo y la ubicación exactos que un estudio necesita.

De esta manera, comparó cuánta fuerza podían resistir los edificios con y sin disipadores, llevándolos virtualmente hasta el punto en que empezaban a fallar. Por ejemplo, en el edificio de 8 pisos, las versiones con disipadores llegaron a resistir hasta un 35 % más de fuerza sísmica que la misma estructura sin ellos, con hasta un 28 % menos de desplazamiento en el punto de desempeño, que, en términos sencillos, permite establecer cómo responde la capacidad de la estructura frente a las fuerzas que produce un sismo. En el edificio de 12 pisos, el más alto y flexible de los tres, la mejora fue todavía mayor: hasta 43 % más de fuerza resistida, con hasta 26 % menos de desplazamiento.

Al revisar cuántos elementos de los edificios llegaron a tener un daño severo, el resultado fue cero en los seis modelos; es decir, ninguna edificación llegó al estado que la ingeniería llama “prevención de colapso”.

Aunque los resultados son prometedores, el estudio es un primer paso para evaluar el potencial de esta tecnología ante sismos de gran magnitud. La investigadora de la UNAL insiste en que aún se requieren simulaciones en edificaciones de otras zonas, de mayor altura, con distribuciones irregulares o construidas en acero, así como en estructuras existentes y destinadas a diferentes usos. Estos análisis también podrían aportar elementos para futuras discusiones sobre la normativa.

Finalmente, la investigadora considera que uno de los mayores potenciales de esta tecnología está en reforzar edificios ya existentes –sobre todo los más viejos, construidos antes de 1998–, más que en construcción nueva. Su aplicación con este propósito apenas comienza a evaluarse en Colombia, por lo que se requieren nuevos estudios sobre el uso de disipadores por fricción en este tipo de edificaciones.










lunes, 21 de septiembre de 2026

Agua, plantas y saberes se encuentran en la exposición “El monte en las cosas que tejemos”

 Musgos capaces de almacenar agua, una anaconda que conduce la mirada hacia la Amazonia, una ceiba que conecta la tierra con el cielo y tejidos que guardan conocimientos transmitidos por generaciones hacen parte de “El monte en las cosas que tejemos”, una exposición que propone recorrer la biodiversidad más allá de las especies y descubrir los vínculos que las comunidades han construido con sus territorios.

Las formas de vida que durante generaciones han estado ligadas al territorio también hacen parte de la conservación de los ecosistemas. Esa mirada atraviesa “El monte en las cosas que tejemos”, la nueva exposición del Museo de Historia Natural de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

La muestra es un proyecto de cocreación que reúne al Museo de Historia Natural de la UNAL, el Instituto de Ciencias Naturales (ICN), Artesanías de Colombia, guías etnobiológicas, entre otros actores, para acercar al público a las relaciones entre biodiversidad, territorio y cultura.

“Nosotros no podemos conservar los ecosistemas si no tenemos en cuenta que en estos sistemas vive el hombre”, explica la profesora Yaneth Muñoz Saba, directora del Museo.

Con esta perspectiva, la exposición plantea un recorrido que comienza en los ecosistemas de páramo y continúa hacia la Amazonia.

Los briófitos —musgos, hepáticas y antoceros— permiten acercarse al papel que cumplen estos organismos en la conservación del agua.

La profesora los describe como “un colchón de agua”, por su capacidad para absorberla y contribuir a su disponibilidad en momentos de sequía.

A medida que avanza el recorrido, la exposición establece conexiones entre los ríos, el suelo, la vegetación y las especies de la Amazonia. La anaconda conduce hacia el suelo y la arcilla; de allí, la mirada se eleva hacia la ceiba, cuyas ramas se encuentran con el cielo. “Entonces estamos uniendo el suelo, la tierra y el cielo con el pensamiento”, explica la docente.

En este entramado también aparecen los usos que diferentes comunidades indígenas hacen de plantas y materiales en sus rituales, artesanías y actividades cotidianas, así como los roles de hombres y mujeres, profundamente relacionados con los elementos de la naturaleza y los conocimientos del territorio.

De esta manera, la muestra invita a reconocer la biodiversidad no como un conjunto de especies aisladas, sino como una trama de relaciones entre naturaleza, territorio y cultura, en la que también están presentes los conocimientos y las formas de vida de las comunidades.

“El monte en las cosas que tejemos” se inauguró el 10 de septiembre en el Museo de Historia Natural, edificio 425 de la UNAL, y está abierta a la comunidad universitaria y al público general. Para los visitantes externos, el ingreso es por la calle 53.





 

 





jueves, 17 de septiembre de 2026

HUMEDALES GUARE, LA HERRADURA Y SANTA ANA PRESENTAN BAJOS NIVELES DE AGUA

CVC REALIZA SEGUIMIENTO A CUERPOS DE AGUA EN BOLÍVAR

Aunque la vegetación circundante se mantiene en buen estado y cumple su función de refugio para la fauna, la Corporación advierte sobre el impacto de la actual temporada seca en estos ecosistemas estratégicos.

Como parte de las acciones de monitoreo a los recursos naturales en el departamento, profesionales de la CVC en La Unión realizaron una visita técnica a los humedales Guare, La Herradura y Santa Ana, ubicados en la jurisdicción del municipio de Bolívar. El objetivo principal fue constatar el estado actual de estos cuerpos de agua ante la temporada seca y la incidencia del fenómeno de El Niño.

 Durante el recorrido, los funcionarios comprobaron que los tres espejos de agua se encuentran críticos, pero en el caso del humedal de Guare, en donde la CVC ha desarrollado jornadas de siembra de peces, la situación es compleja, debido a la ausencia total de espejo de agua.

A pesar del déficit hídrico superficial, la inspección ambiental permitió evidenciar que la vegetación circundante y de las áreas protectoras se mantiene en buen estado, conservando su verdor característico. Asimismo, se observó la presencia de fauna silvestre en la zona, lo que demuestra que los ecosistemas continúan cumpliendo, de manera parcial, su función como hábitat y refugio natural.

Frente a esta dinámica, la entidad ambiental aclaró que el descenso en los niveles de agua corresponde a un comportamiento normal de la época y a la relación directa que estos antiguos cauces, conocidos popularmente como madreviejas, guardan con el régimen hídrico del río Cauca. Al bajar el caudal del río principal, estos humedales reducen sus niveles de forma natural, hasta recuperar su capacidad de regulación en los ciclos de lluvias.

La CVC continuará adelantando el monitoreo permanente de los complejos cenagosos del norte del Valle para evaluar su evolución, por lo que recuerda a la comunidad la importancia de hacer un uso eficiente del recurso hídrico, especialmente en temporadas de menor precipitación, permitiendo que los ecosistemas hídricos sigan su proceso natural.





miércoles, 16 de septiembre de 2026

DESPUÉS DE AÑOS DE REHABILITACIÓN, FAUNA SILVESTRE VOLVIÓ A SU HÁBITAT

 DEBE ESTAR EN LIBERTAD

Dos perros de monte, que permanecieron durante tres años en el Centro de Atención y Valoración de Fauna Silvestre San Emigdio, y tres zarigüeyas que ingresaron a comienzos de 2026, fueron rehabilitados y posteriormente liberados en una zona de interés ambiental de la jurisdicción de la CVC Regional Pacífico Este.

Después de completar satisfactoriamente sus procesos de rehabilitación, cinco animales silvestres regresaron a su hábitat natural, en una zona de interés ambiental. 

Entre los animales liberados, se encontraban dos perros de monte, que permanecieron durante tres años bajo el cuidado de profesionales del Centro de Atención y Valoración (CAV) San Emigdio. Durante este tiempo, fueron sometidos a un proceso orientado a recuperar las condiciones necesarias para desenvolverse nuevamente en el medio natural.

Igualmente, a inicios del año 2026, luego de un rescate por parte de los funcionarios de la CVC en el municipio de Dagua, 3 zarigüeyas ingresaron al CAV, siendo todavía bebés, lo cual les impidió estar en su hábitat.

“La liberación de estos individuos representa un logro significativo para la biodiversidad de la región. El trabajo de rehabilitación no solo se centra en la atención médica, sino que busca que los animales mantengan sus instintos salvajes y la capacidad de valerse por sí mismos en la naturaleza. Devolver a estos cinco ejemplares a una zona de interés ambiental asegura la continuidad de sus funciones ecológicas en el ecosistema”, indicó Rigoberto Lasso Balanta, director territorial de la CVC Pacífico Este.

La autoridad ambiental reitera a la ciudadanía la importancia de no mantener animales de la fauna silvestre como mascotas, ni extraerlos de su entorno natural. Ante la presencia de un ejemplar que requiera atención, se recomienda hacer el reporte a través del #550 para garantizar que profesionales de la CVC atiendan el caso de manera oportuna.

 






martes, 15 de septiembre de 2026

Fenómeno atmosférico ayuda a explicar las intensas lluvias del Chocó

 Cuando pierde fuerza una corriente de viento que transporta grandes cantidades de humedad desde el océano Pacífico hacia el Chocó, las precipitaciones en esta región aumentan. Un análisis del comportamiento de los vientos, el transporte de humedad y las lluvias encontró que este cambio está relacionado con la Oscilación Madden-Julian, un fenómeno atmosférico que recorre los trópicos y, a medida que avanza, modifica la circulación de los vientos que llevan humedad hacia Colombia.

Julián Toro Arenas, magíster en Recursos Hidráulicos de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín, comparó el comportamiento de estos sistemas atmosféricos e identificó un patrón inesperado que ayudaría a comprender mejor en qué condiciones pueden intensificarse las precipitaciones en el Chocó.

El resultado cobra especial relevancia en una región vulnerable a los efectos de las lluvias intensas. Por ejemplo, a finales de agosto estas provocaron inundaciones en Quibdó y el colapso de algunas estructuras afectadas por el terremoto del 10 de agosto.

Al analizar cómo cambia el transporte de humedad hacia Colombia a medida que avanza la Oscilación Madden-Julian, encontró que sus efectos varían entre regiones. Cuando el Chorro del Chocó se fortalece, aumentan las lluvias en las regiones Andina y Caribe, mientras en el Chocó las mayores precipitaciones se presentan cuando esta corriente pierde fuerza.

La explicación estaría en que la lluvia sobre el Chocó no depende únicamente de la humedad que llega desde el Pacífico. Cuando el Chorro del Chocó se debilita, se fortalecen vientos procedentes del Caribe que transportan humedad hacia el Pacífico colombiano. A esto se suman condiciones que favorecen el ascenso del aire húmedo y la formación de nubes de lluvia.

“Lo que encontramos es que, en esas fases, se generaban condiciones ideales para que los vientos ascendieran en la atmósfera y produjeran mayores precipitaciones en la región”, explica Toro.

Un fenómeno que viaja por los trópicos

Para entender este comportamiento hay que mirar mucho más allá del Chocó. La Oscilación Madden-Julian es una gran zona de nubosidad, lluvias y cambios en los vientos que se desplaza hacia el este por la franja tropical del planeta. Su recorrido ocurre en ciclos de entre 30 y 90 días y, a medida que avanza, puede favorecer las lluvias en unas regiones y reducirlas en otras.

Aunque su mayor actividad se concentra entre los océanos Índico y Pacífico, los cambios que produce en la circulación de la atmósfera pueden alcanzar lugares muy alejados y modificar la forma como se transporta la humedad. Colombia es uno de ellos.

El otro protagonista es el Chorro del Chocó, una corriente de vientos que circula a baja altura sobre el océano Pacífico y llega al occidente colombiano cargada de humedad. Cuando ese aire húmedo encuentra la cordillera Occidental, asciende y favorece la formación de nubes y lluvias.

Así, el Chorro del Chocó funciona como una cinta transportadora de humedad desde el océano hacia el continente. Su influencia no se limita al departamento que le da su nombre. “En cierta medida también modula las precipitaciones en el país, no solo en el Chocó”, señala el experto.

Esta dinámica ayuda a entender por qué el Pacífico colombiano registra algunos de los niveles de lluvia más altos del planeta. En algunos puntos de la región se alcanzan cerca de 12.000 milímetros de precipitación al año.

Las lluvias cambian a medida que el fenómeno avanza

Para establecer cómo se relacionan ambos fenómenos, el magíster Toro analizó información atmosférica sobre vientos, humedad, nubosidad y precipitación a partir de datos de la NASA y del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio. El trabajo se concentró entre septiembre y noviembre y comparó qué ocurre a medida que la Oscilación Madden-Julian avanza por distintas zonas de los trópicos.

Los resultados mostraron dos comportamientos claramente diferenciados. En las fases 1, 2 y 8, cuando la zona de mayor actividad del fenómeno se encuentra entre el este de África, el océano Índico y el Pacífico central, el Chorro del Chocó se fortalece y transporta más humedad desde el Pacífico. En esos momentos aumentan las precipitaciones principalmente en las regiones Andina y Caribe, mientras disminuyen en el Chocó.

En las fases 4, 5 y 6 ocurre el patrón que llamó la atención del investigador. A medida que la zona de mayor actividad avanza hacia Indonesia y el Pacífico occidental, el Chorro del Chocó pierde intensidad, pero las precipitaciones aumentan sobre el Pacífico colombiano, especialmente en el Chocó.

¿De dónde proviene entonces la humedad que alimenta esas lluvias? El análisis mostró que este aumento coincide con el fortalecimiento de vientos procedentes del Caribe que transportan humedad hacia el Pacífico colombiano. A esto se suman condiciones que favorecen el ascenso del aire húmedo y la formación de nubes de lluvia.

“Identificamos que, en esas fases, se generaban condiciones ideales para que los vientos ascendieran en la atmósfera y produjeran mayores precipitaciones en la región”, explica Toro.

La nubosidad aportó otra pista. En las fases 1, 2 y 8, cuando disminuyen las lluvias sobre el Chocó, el cielo presenta menos nubes asociadas con precipitación. En las fases 4, 5 y 6 sucede lo contrario, aumenta la nubosidad sobre el Pacífico colombiano justo cuando se incrementan las lluvias.

Para el experto, comprender estos cambios puede aportar información para estudiar con mayor detalle las condiciones atmosféricas asociadas con episodios de lluvias intensas y sus posibles efectos sobre los ríos y las poblaciones cercanas.

“La Oscilación Madden-Julian está relacionada con eventos de precipitación extrema. Es importante analizar en qué fases se presentan condiciones más favorables para estos eventos, que pueden generar aumentos en los caudales de los ríos y afectar a las poblaciones”, afirma.

Los resultados también muestran que para entender cuándo y cuánto llueve en Colombia es necesario mirar más allá de El Niño y La Niña. Fenómenos atmosféricos menos conocidos, como la Oscilación Madden-Julian, actúan en periodos más cortos y pueden modificar de manera distinta las lluvias en las regiones del país.

Entender mejor estas variaciones abre además la posibilidad de identificar qué momentos del recorrido de la Oscilación Madden-Julian están asociados con condiciones más favorables para lluvias intensas en Colombia, especialmente en una región como el Chocó.







viernes, 11 de septiembre de 2026

Universidad Nacional de Colombia participa en expedición por el Pacífico colombiano que le seguirá el pulso a El Niño

 Desde la superficie hasta las profundidades del océano, 75 puntos distribuidos en el Pacífico colombiano serán monitoreados para medir cambios en la temperatura, la salinidad, el oxígeno y otras variables que permiten entender qué está ocurriendo en el mar y su relación con el fenómeno de El Niño. La Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín participa en Misión Océano Capítulo Pacífico 2026, que integra el Crucero Oceanográfico N.º 65 para el Estudio Regional del Fenómeno El Niño (ERFEN) y la campaña “Pacífico Abisal: geografías del azul profundo”.

La misión, liderada por la Comisión Colombiana del Océano y la Dirección General Marítima (Dimar), zarpó de Tumaco a bordo del buque de investigación científica marina ARC Simón Bolívar. De las 75 estaciones oceanográficas previstas, 46 están ubicadas en áreas marinas protegidas del Pacífico colombiano.

A bordo del buque, María Clara Lopera Orozco, estudiante de la Maestría en Ingeniería – Recursos Hidráulicos e integrante del Grupo Oceánicos, representará a la UNAL y participará en la medición de variables a lo largo de la columna de agua tales como temperatura, salinidad, oxígeno y otras . La información obtenida permitirá observar cómo cambian las condiciones del océano a diferentes profundidades y aportar datos para comprender su interacción con la atmósfera y el comportamiento de El Niño.

“En cada una de estas estaciones se toman mediciones de variables físicas, químicas y biológicas”, explica la profesora Yuley Cardona Orozco, de la Facultad de Minas de la UNAL Sede Medellín.

El océano guarda señales de lo que ocurre en la atmósfera

Una de las claves está en observar cómo cambia la temperatura del agua desde la superficie hacia las profundidades. Para hacerlo se utilizan instrumentos que registran el comportamiento de esta variable a distintas profundidades y permiten construir lo que los científicos denominan un perfil de temperatura.

“Queremos saber cómo son los perfiles de temperatura en el océano. Cuando digo perfiles de temperatura es que se mete un instrumento que, desde la superficie del mar hasta el fondo, va mostrando cómo está variando la temperatura”, señala el profesor Andrés Osorio Arias, de la Facultad de Minas de la UNAL Sede Medellín.

Medir lo que ocurre bajo la superficie es fundamental porque El Niño está asociado con la interacción entre el océano y la atmósfera. Los cambios en la temperatura del mar y su relación con las condiciones atmosféricas aportan información para establecer cómo evoluciona este fenómeno y comprender sus posibles efectos sobre el clima.

“La relación de la temperatura del océano y la temperatura atmosférica es la que nos dice si se activa o no se activa el fenómeno de El Niño”, menciona el profesor Osorio.

Aunque el Pacífico se monitorea mediante satélites, boyas y otros sistemas de observación, los cruceros permiten acercarse a una escala que esos instrumentos no siempre alcanzan. Las mediciones directas de la columna de agua permiten conocer qué está ocurriendo a diferentes profundidades y comparar esas condiciones entre distintos puntos del Pacífico colombiano.

“Es una foto de un instante, porque es lo que está pasando en este momento. No es una medición continua, pero al menos nos dice qué tan caliente está el océano y cómo es esa relación con la atmósfera”, agrega el investigador.

Mediciones ayudan a contrastar lo que muestran los modelos

El Crucero Oceanográfico forma parte del programa ERFEN (Estudio Regional del Fenómeno El Niño), de la Comisión permanente del Pacífico Sur, un esfuerzo regional de Colombia, Ecuador, Perú y Chile para monitorear las condiciones del Pacífico sudeste y hacer seguimiento a fenómenos de variabilidad climática como El Niño.

En Colombia, las mediciones se realizan periódicamente y permiten construir series de información sobre las condiciones océano-atmosféricas.

Además de observar las condiciones actuales, los datos recogidos permiten contrastar y validar la información obtenida mediante satélites, boyas oceanográficas y modelos matemáticos, con los cuales se ha construido un registro histórico del comportamiento del océano.

Según el profesor Osorio, estos cruceros se realizan periódicamente y permiten comparar las mediciones directas con los modelos existentes. De esta manera es posible establecer si el calentamiento se presenta de forma similar en todo el Pacífico colombiano o si existen zonas en las que las variaciones son más intensas.

La profesora Cardona anota que el ERFEN se desarrolla desde hace décadas mediante la cooperación de Chile, Ecuador, Perú y Colombia para hacer seguimiento a las condiciones del Pacífico sudeste. Aunque las campañas no necesariamente se realizan de manera simultánea entre los países, las mediciones periódicas permiten sumar información sobre un océano cuyos cambios no reconocen fronteras.

Mientras el ERFEN se concentra en el monitoreo de las condiciones océano-atmosféricas y la variabilidad climática, la campaña “Pacífico Abisal: geografías del azul profundo” busca ampliar el conocimiento sobre los ecosistemas marinos profundos y áreas de especial importancia ambiental.

Misión Océano Capítulo Pacífico 2026 articula además capacidades de la Armada de Colombia, Parques Nacionales Naturales, Fondo Acción, Invemar, Ideam, las universidades Nacional de Colombia, la Universidad de Antioquia y la Universidad del Valle, y el Instituto Oceanográfico y Antártico de la Armada del Ecuador (Inocar).




miércoles, 9 de septiembre de 2026

Uso compulsivo de redes sociales interfiere con el sueño, el estudio y las relaciones sociales

 Revisar una publicación, pasar a la siguiente y después a otra puede parecer una rutina inofensiva, hasta que han transcurrido horas frente a la pantalla. Cuando ese consumo empieza a quitarle tiempo al sueño, al estudio, al trabajo o a las relaciones con otras personas, y desconectarse produce malestar, el uso de las redes sociales puede haberse convertido en una conducta problemática que requiere atención.

El médico psiquiatra Julián Andrés Sucerquia Quintero, docente del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), advierte que la señal de alarma no está únicamente en cuánto tiempo pasa una persona frente al celular, sino en lo que deja de hacer por permanecer conectada.

“Si esto empieza a interferir en su funcionalidad como individuo, como persona que estudia, como parte de una familia o como persona que trabaja, ahí ya tenemos una de las condiciones para hablar de dependencia”, señala el especialista.

El scrolling –término derivado de la expresión inglesa scroll down, que significa desplazarse hacia abajo– describe ese movimiento continuo con el que se recorren contenidos en redes sociales y otras plataformas digitales. El problema aparece cuando resulta difícil detenerlo y la búsqueda de nuevos videos, fotografías, mensajes, reacciones o publicaciones empieza a ocupar espacios destinados a otras actividades.

El profesor Sucerquia explica que existen dos elementos particularmente importantes. El primero ocurre cuando el tiempo dedicado a la conducta interfiere con el funcionamiento cotidiano; el segundo, cuando no poder realizarla genera una respuesta emocional desagradable.

“Cuando uno está tan pendiente de la conducta que no funciona donde debe funcionar y cuando no puede realizarla se genera un malestar emocional que incrementa la interferencia”, precisa.

Un cerebro que siempre espera algo más

Parte de la explicación está en el sistema de recompensa del cerebro, un conjunto de estructuras involucradas en reforzar comportamientos asociados con experiencias placenteras o beneficiosas.

Las redes sociales pueden activar esos mecanismos mediante estímulos rápidos y repetidos. Una fotografía recibe un “me gusta”, un comentario genera una reacción o una publicación consigue aprobación casi inmediatamente. Esa gratificación puede reforzar la conducta y favorecer que la persona vuelva una y otra vez a la plataforma.

“Ponemos una foto, un reel o alguna publicación y empiezan a llegar likes, corazones o comentarios positivos. Esto hace que el cerebro diga ‘qué rico, volvámoslo a hacer’”, señala el psiquiatra.


En ese proceso interviene la dopamina, neurotransmisor relacionado, entre otras funciones, con los circuitos cerebrales de motivación y recompensa. La experiencia agradable refuerza la búsqueda de nuevas interacciones y puede aumentar progresivamente el tiempo de exposición.

Pero el enganche no depende solo de las reacciones de otras personas. Los algoritmos también aprenden qué contenidos llaman la atención del usuario y le ofrecen cada vez más publicaciones similares, prolongando su permanencia en la plataforma.

Por ejemplo, si alguien busca repetidamente videos de mascotas, viajes, deportes o cualquier otro asunto, la plataforma identifica ese interés y empieza a ofrecerle más contenido relacionado. “A mayor consumo del contenido, el algoritmo de la red social va brindando más información relacionada y termina enganchando precisamente a lo mismo”, indica el docente, adscrito al área de Psiquiatría del Hospital Universitario Nacional de Colombia (HUN).

Del celular a la cama

Una de las situaciones que el especialista encuentra en consulta aparece al preguntarles a los pacientes por sus hábitos de sueño. “Hay pacientes que dicen ‘me quedo viendo la pantalla del celular hasta que me coge el sueño’, y pueden pasar horas y horas. Son personas que en otros componentes son supremamente funcionales, pero sacrifican el sueño”, relata.

También existen señales mucho más cotidianas como por ejemplo, personas que no entran al baño sin el teléfono, familias reunidas alrededor de una mesa mientras cada integrante mira su propia pantalla o niños que solo permanecen tranquilos en un restaurante cuando tienen un dispositivo enfrente.

Para el experto, allí se observa la paradoja sobre cómo, una herramienta creada para mantener conectadas a las personas ha terminado restándole espacio al contacto presencial.

Otro aspecto que anota el académico es que la sucesión de estímulos breves puede dificultar que una persona permanezca concentrada durante periodos prolongados en una sola actividad, como estudiar, trabajar, ver una película o leer un libro.

“Si yo estoy todo el tiempo pegado al celular, mi capacidad de conectarme, fijar mi atención en el entorno, en las tareas que tengo que hacer o en lo que me están diciendo en casa va a estar alterada”, afirma.

A esto se suma la autoestima, “si lo que pongo en redes sociales es para percibir validación de desconocidos o de personas que me rodean, tiende a ser bastante superficial ese amor propio. En el momento en que no estoy generando impacto con mis publicaciones, voy empezando a limitar la percepción de mi propio valor”, advierte.

Aunque niños y adolescentes requieren especial atención, el uso problemático de las plataformas digitales puede aparecer a cualquier edad. En la infancia son claves las pautas de crianza y los límites en el tiempo de pantalla, mientras en la adolescencia la soledad, la necesidad de pertenecer a un grupo y la búsqueda de aceptación pueden favorecer el uso de las redes como refugio.

En los adultos y adultos mayores, la percepción de soledad y el menor contacto con familiares y amigos también pueden aumentar su uso. Por eso, señala el profesor Sucerquia, no se trata de eliminar el celular o abandonar las redes sociales, sino de evitar que desplacen actividades esenciales para el bienestar.

¿Puede dejar el celular a un lado?

Una primera medida consiste en observar cuánto tiempo se permanece realmente frente a la pantalla. Muchos teléfonos permiten consultar ese registro, una herramienta que ayuda a contrastar la percepción personal con el uso efectivo.

El especialista recomienda establecer franjas específicas para consultar redes, apagar o restringir las notificaciones durante la noche y mantener el teléfono apartado mientras se estudia o trabaja.

También plantea una regla sencilla: las redes no deberían quitarle tiempo al sueño, la alimentación, el estudio, el trabajo ni al encuentro presencial con otras personas.

“Podemos consumir una hora, hora y media y cerrar, es decir, desconectarnos posteriormente. Lo vital es regular el tiempo, no sacrificar el sueño, la comida, el compartir en persona, el trabajar o el estudiar por estar pendiente de las redes”, sostiene.

Otra señal merece atención es la sensación de que es imposible ignorar una vibración o una notificación. Esa respuesta automática puede trabajarse mediante intervenciones psicológicas cuando la persona ya no consigue regularla por sí misma.

Según el profesor Sucerquia, en las conductas adictivas asociadas con redes sociales la intervención es principalmente no farmacológica y la terapia cognitivo-conductual ha mostrado utilidad para modificar patrones de comportamiento y aprender nuevas formas de responder ante los estímulos que generan la necesidad de conectarse.

El acompañamiento debe considerar además las circunstancias particulares de cada persona y su entorno familiar. “Lo importante no es solamente tratar la adicción, sino tratar a la persona y educar a la familia”, enfatiza.