Durante los últimos 5.000 años se han registrado en los manglares los avances y retrocesos del mar, y ellos han protegido la línea costera frente a cambios climáticos extremos. Hoy ese archivo natural y esa barrera viva están desapareciendo a un ritmo acelerado, lo que pone en riesgo tanto los ecosistemas y asentamientos costeros como la estabilidad del litoral colombiano. Su importancia se evidencia tras las afectaciones registradas en días recientes en Bolívar, Atlántico, Magdalena y Sucre, y ante una nueva alerta por frente frío prevista para este fin de semana, con fuertes vientos y oleaje elevado.
Eventos como los advertidos por el Ideam y la Dirección
General Marítima (Dimar) recuerdan que los manglares cumplen un papel
fundamental al retener sedimentos, reducir la energía de las olas y contribuir
a la estabilidad de la línea de costa. Comprender cómo han funcionado estos
ecosistemas a lo largo del tiempo es justamente el propósito de las
investigaciones desarrolladas por los profesores Orlando Rangel Churio y Alexis
Jaramillo Justinico, del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la Universidad
Nacional de Colombia (UNAL) y que alertan sobre la urgencia de tomar
decisiones.
“Durante el Holoceno –la época geológica actual– el Caribe
colombiano ha vivido eventos repetidos de transgresión y regresión marina, y
esa transformación de paisajes, ecosistemas y formas de vida ha quedado
registrada bajo tierra”, afirman los académicos del grupo de investigación en
Biodiversidad y Conservación.
El profesor Jaramillo explica que “la regresión marina
ocurre cuando el mar se retira de la línea de costa actual, mientras que la
transgresión marina se produce cuando vuelve a avanzar sobre territorios
continentales. Estos movimientos han estado ligados tanto a los ciclos de
glaciaciones –cuando grandes volúmenes de agua quedan retenidos en el hielo y
el nivel del mar desciende– como a los periodos de deshielo, cuando el nivel
del mar vuelve a aumentar, cambios que afectan la vegetación y la biota asociadas,
y cuyas evidencias quedan registradas en los sedimentos y en el territorio
aledaño a la costa”.
El archivo natural del litoral
A partir de perforaciones realizadas en zonas como la
Ciénaga Grande de Santa Marta, la Caimanera (Coveñas), el Parque Nacional
Natural Tayrona y otros sectores costeros del Caribe colombiano, los
investigadores y sus estudiantes llevan varios años analizando capas de
sedimento mediante técnicas geológicas como la estratigrafía, que permiten una
resolución excepcional: cada centímetro de sedimento funciona como un registro
del tiempo y puede contener entre 20 y 60 años de historia ambiental.
“En las columnas de sedimento extraídas durante las
perforaciones se observan variaciones de arena, limo, turbas y materia
orgánica, y luego, al microscopio, dominios de diferentes componentes que
funcionan como marcadores de cambios ambientales”, explica el geólogo
Jaramillo.
El biólogo Rangel agrega que “reconstruir esa historia
implica entender el litoral como un sistema vivo en donde interactúan el agua
dulce y el mar. En los estuarios (zonas donde los ríos desembocan en el mar) y
deltas (regiones en donde los ríos se dividen antes de llegar a la costa) esa
interacción define qué organismos se pueden establecer, y el factor que marca
esa frontera ecológica es la salinidad”.
Además, el análisis de polen, semillas y restos vegetales
permite identificar qué tipo de vegetación –y por extensión qué ecosistema–
predominaba en cada periodo y cómo respondía a la salinidad, el agua dulce y
las variaciones del nivel del mar.
Así, el análisis parte de cómo se ordena la vegetación
costera en franjas desde el mar hacia tierra firme. “En el frente más expuesto
al mar suele dominar el mangle rojo Rhizophora mangle, y más hacia
zonas con mayor influencia de agua dulce aparecen otras especies como
Avicennia germinans”.
“Cuando este avanza o retrocede, esa ‘frontera’ vegetal se
mueve, y ese movimiento queda guardado en el polen y los restos. Por eso desde
hace cerca de 15 años en el grupo de investigación de Biodiversidad y
Conservación del ICN hemos fortalecido el trabajo interdisciplinar con geólogos
para leer en paralelo el mensaje del sedimento y el de la vegetación”.
“Interpretar un sedimento es comparable a leer un análisis
de sangre: en un sedimento tomado a determinada profundidad, aparece un
conjunto de señales —un ‘espectro’— que permite ver qué especies están
presentes, cuáles dominan y cómo se relacionan entre sí”, indica el académico.
Ese “diagnóstico” ecológico se construye a partir de la
autoecología de las especies y de la forma como se organizan en comunidad, y a
partir de esa lectura el indicador biológico es el más sólido para interpretar
los cambios ambientales registrados en el litoral.
Gracias a este tipo de análisis, los investigadores han
podido reconstruir la historia ambiental del Caribe colombiano a escalas de
miles de años. En los últimos 5.000 años las perforaciones han mostrado
transiciones marcadas entre una transgresión y una regresión marina en un
periodo de 1.900 a 2.100 años, con cambios en las formaciones vegetales
asociadas.
Los investigadores advierten que en la Ciénaga Grande de
Santa Marta han llegado a información de hasta 8 m de profundidad, en
columnas de sedimento que aún no alcanzan el fondo, lo que sugiere que hay más
historia enterrada y posibilidades futuras de ampliar la reconstrucción
ambiental.
Barrera natural frente al aumento del mar
Los estudios muestran que cuando el manglar se establece y
se mantiene, la línea de costa gana estabilidad. Estos ecosistemas retienen
sedimentos y materia orgánica, lo que favorece la acumulación progresiva de
material que eleva el terreno con el paso del tiempo y contribuye a proteger la
costa frente a la erosión, las tormentas y el avance del mar (acreción).
“Cuando el manglar se expande y se mantiene, el suelo
aumenta su nivel precisamente por esa capacidad de retener material, un proceso
que fortalece la protección natural del litoral. Esta evidencia permite trazar
con claridad el papel fundamental del manglar como protección de la costa
frente a la erosión y al avance del mar”, explica el profesor Rangel.
Según los análisis realizados por el equipo investigador, en
algunas zonas del Caribe los registros muestran aumentos del nivel del suelo
asociados con manglares y turbas (acumulaciones de materia vegetal formadas en
ambientes húmedos) entre 5,2 y 11,4 mm/año por año, mientras que en áreas
con material detrítico arcilloso (sedimentos finos transportados y depositados
por ríos y corrientes como en las ciénagas continentales) las tasas de
sedimentación pueden alcanzar valores entre 0,5 y 1,2 mm/año. Esta evidencia
permite trazar con claridad el papel fundamental del manglar como protección de
la costa frente a la erosión y al avance del mar.
El problema es que esa protección natural se está perdiendo
a un ritmo alarmante. Según los datos presentados por los expertos, Colombia ha
perdido más del 80 % de los manglares del Caribe. De una extensión
histórica cercana a los 4.500 km2 hoy quedarían apenas
unos pocos cientos, con una tasa de desaparición cercana a los 8,5 km2 por
año en las últimas décadas.
Añaden que la discusión sobre el nivel del mar también
empieza a mirar escenarios de cambios súbitos, como tsunamis y maremotos, una
hipótesis que ha sido motivo de preocupación en investigaciones
internacionales.
“La evidencia científica es suficiente y el debate ya no
debería centrarse en seguir diagnosticando el problema, sino en tomar
decisiones. La solución no es construir muros de concreto, sino recuperar las
áreas donde históricamente existieron manglares. Eso protege la costa, genera
empleo y restaura ecosistemas, y ya existe tecnología para su recuperación”,
señala el profesor Rangel.
Los investigadores advierten además sobre la ocupación y
titulación de nuevas tierras formadas por procesos naturales en zonas
litorales, que deberían ser protegidas por el Estado debido a su fragilidad y
valor ecológico. El profesor Jaramillo alerta que, a partir de imágenes aéreas
y satelitales, se han identificado nuevas áreas formadas por la sedimentación
de ríos como el Sinú y el Turbo, que ya aparecen tituladas a particulares.
“Son tierras de nueva generación, producto de la dinámica
natural de los ríos y del mar, que se deberían conservar y contar con
protección estatal, ya que su ocupación puede afectar procesos ecológicos y
geomorfológicos fundamentales del litoral”, explica.
También alertan sobre la alta vulnerabilidad del litoral
Pacífico, una región donde la información científica aún es escasa pese a los
riesgos crecientes. El profesor Rangel advierte que, aunque el Caribe
colombiano cuenta con estudios paleoambientales y sedimentológicos
relativamente detallados, en el Pacífico todavía existen vacíos importantes de
investigación sobre la dinámica costera y los cambios del nivel del mar.
En palabras del investigador, “mientras el Caribe está bien
documentado, el Pacífico resulta aún más preocupante y su vulnerabilidad puede
ser mucho mayor, en parte porque la falta de registros científicos continuos
dificulta dimensionar con precisión los impactos de componentes o tensionantes
(factores) involucrados en el cambio climático (deforestación, fluctuaciones
del nivel del mar), así como la expresión máxima de estos eventos en esa
región”.
Reconstruir la historia ambiental del Caribe colombiano no
es un ejercicio académico aislado, sino que permite anticipar escenarios,
comprender los límites de los ecosistemas y orientar políticas públicas frente
al cambio climático y el aumento del nivel del mar.
“La UNAL ya hizo su parte: producir conocimiento sólido.
Ahora necesitamos que ese conocimiento sea escuchado”, concluyen los
investigadores, quienes compartieron estos hallazgos en el programa Naturalmente, emitido por Radio UNAL.












































