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viernes, 17 de abril de 2026

Microplásticos ya están en gusanos marinos y en sedimentos del Caribe y el Pacífico colombiano

 En el Caribe, la presencia de hasta 296 partículas plásticas microscópicas por kilogramo de sedimento del fondo marino evidencian el avance de esta contaminación en ecosistemas del país; muchas de ellas son fibras azules y rojas, asociadas con el desgaste de ropa sintética, las redes de pesca y los residuos domésticos. Estas también se hallaron en organismos como gusanos marinos en el Caribe y el Pacífico, según un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede de La Paz publicado en la revista científica Hydrobiologia.

El trabajo se desarrolló en dos ecosistemas con dinámicas muy distintas: la bahía de Buenaventura, en donde desembocan ríos como el Dagua y el Anchicayá, y el golfo de Salamanca, una zona del Caribe cercana a ciudades, puertos y actividades turísticas.

Los estudiantes Alishon Yuliana Estrada Stabilito, del programa de Biología; Karen Yicelth Morales Duarte, de Ingeniería Biológica, y Carlos David Rodríguez Amaranto, de Gestión Cultural y Comunicativa, autores de trabajo, señalan que compararlas les permitió entender cómo estas diferencias influyen en la presencia de estas partículas en el mar.

En total se recolectaron 24 muestras del fondo marino en diferentes épocas del año. En laboratorio, los jóvenes investigadores separaron los microplásticos del sedimento mediante soluciones salinas, los observaron al microscopio y los clasificaron según su forma, color y tamaño.

Además analizaron 231 organismos recolectados en el fondo del mar —principalmente gusanos, pero también moluscos y crustáceos— para determinar si habían ingerido estas partículas, revisando directamente el contenido de su sistema digestivo.

Los resultados muestran que el Caribe presenta una mayor carga de microplásticos, con promedios cercanos a 296 partículas por kilogramo de sedimento, frente a 165 en el Pacífico colombiano.

“La mayoría de estos residuos eran fibras, principalmente azules y rojas, de menos de 2 mm, asociadas con el desgaste de ropa sintética, las redes de pesca y otros plásticos de uso cotidiano”, destaca el estudiante Rodríguez.

También se encontró que los suelos más finos del fondo marino —como los que parecen barro o lodo— retienen más restos invisibles de plástico que los gruesos, porque sus partículas pequeñas los atrapan con mayor facilidad.

Microplásticos ya están en los organismos

Uno de los hallazgos más relevantes es que el 22 % de los organismos analizados en el Caribe y el 3 % en el Pacífico tenían microplásticos en su interior.

Los más afectados fueron los gusanos marinos conocidos como poliquetos, que viven enterrados y se alimentan del sedimento, por lo que terminan ingiriendo estas partículas junto con su alimento.

“Encontramos que estos organismos, por su forma de alimentarse, son especialmente sensibles a la contaminación por este tipo de materiales, lo que los convierte en indicadores clave del estado del ecosistema”, señala la estudiante Morales.

También se detectaron en menor medida fragmentos diminutos de plástico en moluscos y otros invertebrados, lo que indica que esta contaminación no está aislada, sino que empieza a moverse entre distintas especies del ecosistema marino.

Aunque los niveles encontrados en Colombia son más bajos que en zonas altamente urbanizadas como la bahía de Tokio, donde la ingestión de estas partículas alcanza el 90 %, el estudio de la UNAL Sede de La Paz muestra que el problema ya está presente en los ecosistemas marinos del país.

En el Caribe colombiano se registró una ingestión del 22 % en organismos como gusanos, moluscos y pequeños crustáceos, mientras que en el Pacífico fue del 3 %, lo que evidencia diferencias entre regiones, pero confirma que esta contaminación ya circula en ambas costas.

“Estos microplásticos no solo afectan a los organismos que los ingieren, alterando su alimentación y desarrollo, sino que también pueden transportar sustancias tóxicas y pasar de una especie a otra, con posibles efectos en toda la cadena alimentaria”, anota la estudiante Estrada.

Los resultados también evidencian que factores como la cercanía a ciudades, el turismo y la actividad portuaria influyen en la cantidad de microplásticos que llegan al mar, lo que pone el foco en la gestión de residuos en las zonas costeras.





viernes, 6 de febrero de 2026

Manglares, memoria del mar y una alerta para el Caribe colombiano

 Durante los últimos 5.000 años se han registrado en los manglares los avances y retrocesos del mar, y ellos han protegido la línea costera frente a cambios climáticos extremos. Hoy ese archivo natural y esa barrera viva están desapareciendo a un ritmo acelerado, lo que pone en riesgo tanto los ecosistemas y asentamientos costeros como la estabilidad del litoral colombiano. Su importancia se evidencia tras las afectaciones registradas en días recientes en Bolívar, Atlántico, Magdalena y Sucre, y ante una nueva alerta por frente frío prevista para este fin de semana, con fuertes vientos y oleaje elevado.

Eventos como los advertidos por el Ideam y la Dirección General Marítima (Dimar) recuerdan que los manglares cumplen un papel fundamental al retener sedimentos, reducir la energía de las olas y contribuir a la estabilidad de la línea de costa. Comprender cómo han funcionado estos ecosistemas a lo largo del tiempo es justamente el propósito de las investigaciones desarrolladas por los profesores Orlando Rangel Churio y Alexis Jaramillo Justinico, del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y que alertan sobre la urgencia de tomar decisiones.

“Durante el Holoceno –la época geológica actual– el Caribe colombiano ha vivido eventos repetidos de transgresión y regresión marina, y esa transformación de paisajes, ecosistemas y formas de vida ha quedado registrada bajo tierra”, afirman los académicos del grupo de investigación en Biodiversidad y Conservación.

El profesor Jaramillo explica que “la regresión marina ocurre cuando el mar se retira de la línea de costa actual, mientras que la transgresión marina se produce cuando vuelve a avanzar sobre territorios continentales. Estos movimientos han estado ligados tanto a los ciclos de glaciaciones –cuando grandes volúmenes de agua quedan retenidos en el hielo y el nivel del mar desciende– como a los periodos de deshielo, cuando el nivel del mar vuelve a aumentar, cambios que afectan la vegetación y la biota asociadas, y cuyas evidencias quedan registradas en los sedimentos y en el territorio aledaño a la costa”.

El archivo natural del litoral

A partir de perforaciones realizadas en zonas como la Ciénaga Grande de Santa Marta, la Caimanera (Coveñas), el Parque Nacional Natural Tayrona y otros sectores costeros del Caribe colombiano, los investigadores y sus estudiantes llevan varios años analizando capas de sedimento mediante técnicas geológicas como la estratigrafía, que permiten una resolución excepcional: cada centímetro de sedimento funciona como un registro del tiempo y puede contener entre 20 y 60 años de historia ambiental.

“En las columnas de sedimento extraídas durante las perforaciones se observan variaciones de arena, limo, turbas y materia orgánica, y luego, al microscopio, dominios de diferentes componentes que funcionan como marcadores de cambios ambientales”, explica el geólogo Jaramillo.

El biólogo Rangel agrega que “reconstruir esa historia implica entender el litoral como un sistema vivo en donde interactúan el agua dulce y el mar. En los estuarios (zonas donde los ríos desembocan en el mar) y deltas (regiones en donde los ríos se dividen antes de llegar a la costa) esa interacción define qué organismos se pueden establecer, y el factor que marca esa frontera ecológica es la salinidad”.

Además, el análisis de polen, semillas y restos vegetales permite identificar qué tipo de vegetación –y por extensión qué ecosistema– predominaba en cada periodo y cómo respondía a la salinidad, el agua dulce y las variaciones del nivel del mar.

Así, el análisis parte de cómo se ordena la vegetación costera en franjas desde el mar hacia tierra firme. “En el frente más expuesto al mar suele dominar el mangle rojo Rhizophora mangle, y más hacia zonas con mayor influencia de agua dulce aparecen otras especies como Avicennia germinans”.

“Cuando este avanza o retrocede, esa ‘frontera’ vegetal se mueve, y ese movimiento queda guardado en el polen y los restos. Por eso desde hace cerca de 15 años en el grupo de investigación de Biodiversidad y Conservación del ICN hemos fortalecido el trabajo interdisciplinar con geólogos para leer en paralelo el mensaje del sedimento y el de la vegetación”.

“Interpretar un sedimento es comparable a leer un análisis de sangre: en un sedimento tomado a determinada profundidad, aparece un conjunto de señales —un ‘espectro’— que permite ver qué especies están presentes, cuáles dominan y cómo se relacionan entre sí”, indica el académico.

Ese “diagnóstico” ecológico se construye a partir de la autoecología de las especies y de la forma como se organizan en comunidad, y a partir de esa lectura el indicador biológico es el más sólido para interpretar los cambios ambientales registrados en el litoral.

Gracias a este tipo de análisis, los investigadores han podido reconstruir la historia ambiental del Caribe colombiano a escalas de miles de años. En los últimos 5.000 años las perforaciones han mostrado transiciones marcadas entre una transgresión y una regresión marina en un periodo de 1.900 a 2.100 años, con cambios en las formaciones vegetales asociadas.

Los investigadores advierten que en la Ciénaga Grande de Santa Marta han llegado a información de hasta 8 m de profundidad, en columnas de sedimento que aún no alcanzan el fondo, lo que sugiere que hay más historia enterrada y posibilidades futuras de ampliar la reconstrucción ambiental.

Barrera natural frente al aumento del mar

Los estudios muestran que cuando el manglar se establece y se mantiene, la línea de costa gana estabilidad. Estos ecosistemas retienen sedimentos y materia orgánica, lo que favorece la acumulación progresiva de material que eleva el terreno con el paso del tiempo y contribuye a proteger la costa frente a la erosión, las tormentas y el avance del mar (acreción).

“Cuando el manglar se expande y se mantiene, el suelo aumenta su nivel precisamente por esa capacidad de retener material, un proceso que fortalece la protección natural del litoral. Esta evidencia permite trazar con claridad el papel fundamental del manglar como protección de la costa frente a la erosión y al avance del mar”, explica el profesor Rangel.

Según los análisis realizados por el equipo investigador, en algunas zonas del Caribe los registros muestran aumentos del nivel del suelo asociados con manglares y turbas (acumulaciones de materia vegetal formadas en ambientes húmedos) entre 5,2 y 11,4 mm/año por año, mientras que en áreas con material detrítico arcilloso (sedimentos finos transportados y depositados por ríos y corrientes como en las ciénagas continentales) las tasas de sedimentación pueden alcanzar valores entre 0,5 y 1,2 mm/año. Esta evidencia permite trazar con claridad el papel fundamental del manglar como protección de la costa frente a la erosión y al avance del mar.

El problema es que esa protección natural se está perdiendo a un ritmo alarmante. Según los datos presentados por los expertos, Colombia ha perdido más del 80 % de los manglares del Caribe. De una extensión histórica cercana a los 4.500 km2 hoy quedarían apenas unos pocos cientos, con una tasa de desaparición cercana a los 8,5 km2 por año en las últimas décadas.

Añaden que la discusión sobre el nivel del mar también empieza a mirar escenarios de cambios súbitos, como tsunamis y maremotos, una hipótesis que ha sido motivo de preocupación en investigaciones internacionales.

“La evidencia científica es suficiente y el debate ya no debería centrarse en seguir diagnosticando el problema, sino en tomar decisiones. La solución no es construir muros de concreto, sino recuperar las áreas donde históricamente existieron manglares. Eso protege la costa, genera empleo y restaura ecosistemas, y ya existe tecnología para su recuperación”, señala el profesor Rangel.

Los investigadores advierten además sobre la ocupación y titulación de nuevas tierras formadas por procesos naturales en zonas litorales, que deberían ser protegidas por el Estado debido a su fragilidad y valor ecológico. El profesor Jaramillo alerta que, a partir de imágenes aéreas y satelitales, se han identificado nuevas áreas formadas por la sedimentación de ríos como el Sinú y el Turbo, que ya aparecen tituladas a particulares.

“Son tierras de nueva generación, producto de la dinámica natural de los ríos y del mar, que se deberían conservar y contar con protección estatal, ya que su ocupación puede afectar procesos ecológicos y geomorfológicos fundamentales del litoral”, explica.

También alertan sobre la alta vulnerabilidad del litoral Pacífico, una región donde la información científica aún es escasa pese a los riesgos crecientes. El profesor Rangel advierte que, aunque el Caribe colombiano cuenta con estudios paleoambientales y sedimentológicos relativamente detallados, en el Pacífico todavía existen vacíos importantes de investigación sobre la dinámica costera y los cambios del nivel del mar.

En palabras del investigador, “mientras el Caribe está bien documentado, el Pacífico resulta aún más preocupante y su vulnerabilidad puede ser mucho mayor, en parte porque la falta de registros científicos continuos dificulta dimensionar con precisión los impactos de componentes o tensionantes (factores) involucrados en el cambio climático (deforestación, fluctuaciones del nivel del mar), así como la expresión máxima de estos eventos en esa región”.

Reconstruir la historia ambiental del Caribe colombiano no es un ejercicio académico aislado, sino que permite anticipar escenarios, comprender los límites de los ecosistemas y orientar políticas públicas frente al cambio climático y el aumento del nivel del mar.

“La UNAL ya hizo su parte: producir conocimiento sólido. Ahora necesitamos que ese conocimiento sea escuchado”, concluyen los investigadores, quienes compartieron estos hallazgos en el programa Naturalmente, emitido por Radio UNAL.

 







jueves, 14 de agosto de 2025

Al final del siglo el Caribe perdería uno de sus peces más importantes por el cambio climático

 La cojinúa negra (Caranx crysos), pez de entre 20 y 50 cm de largo, es uno de los protagonistas de la pesca artesanal de las costas Caribe y Atlántica colombianas; sin embargo, el aumento de las emisiones de dióxido de carbono (CO2), gas de efecto invernadero, estaría acidificando el agua en la que vive, dificultando la supervivencia de otros animales de los que se alimenta (peces más pequeños, algas, moluscos o crustáceos), poniendo en riesgo su presencia en el país hacia 2090 o 2100. Así lo determinó una bióloga que simuló computacionalmente distintas condiciones ambientales en los próximos años.

Daniela García Montes, investigadora y bióloga de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), se interesó por descifrar cuál es el estado actual de la cojinúa negra y cuál será su distribución en las décadas de 2050 a 2060, y de 2090 a 2100, trabajo acompañado por el profesor Camilo García, del Departamento de Biología. El estudio es pionero en la búsqueda de respuestas sobre el impacto que tendrá el cambio climático, más específicamente el CO2, en la vida marina futura.

Recordemos que en pequeñas cantidades el CO2 es muy importante para las plantas, pues les permite hacer la fotosíntesis, pero en grandes proporciones ocasiona el calentamiento el planeta, ya que la luz que llega del Sol se concentra en un “manto” que retiene el calor, y cada vez que se queman combustibles fósiles (como en el motor de los carros que usan gasolina o las fábricas), este se hace más grueso y la temperatura aumenta en toda la Tierra.

Este fenómeno provoca cambios en los mares y océanos, debido a que el calor y el CO2 también se concentran allí, alterando la dinámica marina y poniendo en riesgo el balance de la vida de peces como la cojinúa negra.

Por eso el objetivo de la investigadora García fue simular estos cambios usando registros geográficos del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras José Benito Vives de Andréis, especialmente de 2010 y 2012, pues de esos años es la información más reciente que se tiene sobre esta especie. También empleó información de la base de datos Bio-ORACLE, sobre la temperatura, el pH, la salinidad y la productividad (cantidad de alimento disponible) de los lugares que habita el pez.

Con estos datos usó el software especializado MaxEnt, que le permitió determinar cómo está hoy la cojinúa negra y cuáles son las condiciones ambientales que prefiere, creando un modelo con el que comparó cómo fluctuarán aquellas preferencias a causa del calentamiento global.

“Las simulaciones se pueden realizar gracias a los modelos climáticos (CMIP6) de libre acceso, creados por el Programa Mundial de Investigaciones Climáticas, con mapas estimados de distintos escenarios en el planeta según el aumento de la temperatura”, explica la investigadora.

Así, el programa MaxEnt comparó lo conocido hoy sobre la cojinúa negra con tres escenarios: optimista (aumento inferior a 1,5 °C), intermedio (entre 2 y 3 °C) y peor (más de 4 °C).

Encontró que en los próximos años el pez seguirá resistiendo y adaptándose al aumento de la temperatura, porque tiende a moverse por aguas cálidas; no obstante, al llegar a 2090 y 2100 la situación cambiará, pues en el peor escenario el pH del Caribe sería mucho más ácido, y por ende no sería ideal para los animales de los cuales se alimenta en la actualidad.

De esta manera, la cojinúa negra parece preferir un rango de pH muy estrecho, entre 8,03 y 8,05, lo que la hace sensible a cambios en la acidez del mar. La temperatura también es indispensable: el pez se siente más cómodo en aguas que superan los 30,5 °C, y la probabilidad de su presencia se estabiliza en torno a los 31,2 °C. En comparación, variables como la salinidad y la productividad parecen influir menos.

Entre 2013 y 2021 la cojinúa negra representó el 11,9 % de los desembarques pesqueros en el Caribe y el Atlántico colombianos, lo que evidencian su importancia para la pesca artesanal. Según la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (Aunap), en el país existen unos 120.000 pescadores artesanales, 100.000 de ellos con esta actividad como permanente, y de ella dependen familias de 5 personas en promedio.

“Por la presión pesquera cada vez es más difícil ver este tipo de peces en general, o es muy común encontrar ejemplares cada vez más pequeños. Aunque aún no está en peligro, eso cambiaría en las siguientes décadas si no se toman medidas pronto”, explica la bióloga García.

“Por la presión pesquera cada vez es más difícil ver este tipo de peces en general, o es muy común encontrar ejemplares cada vez más pequeños. Aunque aún no está en peligro, eso cambiaría en las siguientes décadas si no se toman medidas pronto”, explica la bióloga García.

La investigación demuestra que si las emisiones y el calentamiento global siguen el camino más negativo, para finales de siglo el Caribe colombiano no tendría ninguna zona con las condiciones ideales que este pez necesita para vivir. La razón principal sería la combinación de temperaturas extremas y cambios en el pH por la acidificación del océano. En cambio, si se logra reducir el impacto climático, algunas áreas se volverían incluso más favorables que ahora, aunque los peces podrían desplazarse mar adentro, lejos de la costa.

La investigadora también advierte que el modelo tiene limitaciones, como la resolución espacial de los datos (cada celda equivale a unos 5,5 km), que impide ver detalles muy pequeños, como bahías o arrecifes locales que serían refugios importantes. Tampoco se incluyeron factores como los depredadores, la competencia con otras especies o la capacidad de las larvas de llegar a nuevas zonas.

Por eso, aunque el mapa proyecta el potencial ambiental, no garantiza que el pez realmente pueda ocupar esas áreas en el futuro. “Es necesario seguir estudiando el fenómeno y encontrando qué pasa en su totalidad, este fue un primer paso para tomar acciones reales y concientizar sobre un problema concreto para la cojinúa negra, pero el reto continúa”, concluye la bióloga.








sábado, 26 de julio de 2025

Céspedes que crecen en el fondo del mar colonizan arrecifes del Caribe, una beca busca entender por qué

 En los arrecifes del Caribe colombiano, una comunidad similar a un césped terrestre está compitiendo contra los corales masivos, debilitando su recuperación y transformando el paisaje submarino. Se trata de los céspedes algales, comunidades de algas filamentosas que colonizan los espacios antes ocupados por corales vivos. Comprender esta dinámica es el propósito de la investigación de María Helena Benavides Marchena, estudiante de la Maestría en Ciencias – Biología Marina de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Caribe, ganadora de una de las 5 becas Colombia Biodiversa 2025.

En la convocatoria I-2025 participaron 101 propuestas de estudiantes de pregrado y maestría provenientes de 41 universidades colombianas. El jurado seleccionó solo 5 trabajos, que por su pertinencia, claridad, impacto y rigurosidad recibirán apoyo económico para culminar sus investigaciones. Entre ellos fue escogido el proyecto de la estudiante Benavides, quien se convirtió en la segunda persona de la UNAL Sede Caribe en obtener esta distinción, sumando así 25 galardonados de la Universidad a lo largo de los años.

El estudio se desarrolla en los arrecifes oceánicos del Archipiélago de San Andrés y Providencia, dentro de la Reserva de la Biósfera Seaflower. Allí, los corales masivos, estructuras que por siglos han sostenido la vida marina, enfrentan un enemigo silencioso: los céspedes algales, una “alfombra vegetal” que crece en el fondo del mar.

“Estos céspedes no solo impiden el crecimiento del coral, sino que además lo desplazan lentamente y afectan su recuperación después de que perturbaciones exacerbadas por el calentamiento global o la contaminación generan pérdida de tejido vivo del coral”, explica la investigadora.

Cómo se estudia esta competencia submarina

Durante expediciones científicas Seaflower Albuquerque (2018), Bajo Nuevo (2021), y Cayo Bolívar (2022) se recolectaron más de 230 muestras en núcleos de coral para analizar las interacciones entre céspedes algales y corales masivos.

En laboratorio, la estudiante Benavides ha empezado a analizar la composición de estas comunidades, sus variables estructurales y signos de competencia, mediante microscopía óptica y con el apoyo de expertos. El objetivo es entender cómo influyen en esta competencia ecológica factores como la profundidad, el tipo de coral o la ubicación.

La investigación se desarrolló en tres atolones de la Reserva, en donde se tomaron fotos y se extrajeron núcleos de ~4,5 cm de diámetro de la interacción coral-césped. Para ello se tomaron muestras en las distintas unidades geomorfológicas del atolón y en diferentes especies de coral, lo que le permitirá identificar patrones de competencia entre algas y corales.

Además se registraron datos tanto cualitativos –sobre la exposición al oleaje– como cuantitativos, entre ellos la profundidad y la sedimentación. Estos datos ayudarán a entender cómo influyen los factores del entorno en el avance de este fenómeno.

Relevancia para la conservación de los arrecifes

La investigación no solo aporta al conocimiento científico sobre biodiversidad marina, sino que también ofrece pistas para entender las dinámicas de perturbación en los arrecifes. En palabras de la becaria: “los céspedes algales están colonizando espacios antes ocupados por corales constructores de arrecifes. Entender cómo se estructuran y en qué condiciones ganan la competencia contra los corales (espacio) es fundamental para saber que está ocurriendo en los arrecifes”.

Los resultados apoyarían decisiones en planificación ambiental y en futuras estrategias de restauración coralina, al identificar condiciones ecológicas que favorecen o dificultan la recuperación coralina. Además funcionan como bioindicadores de cambios ecosistémicos y de estrés ambiental, esenciales para entender la resiliencia de los arrecifes en el contexto del cambio climático.

Desde la UNAL Sede Caribe, esta investigación refleja el compromiso con el conocimiento situado, la protección de ecosistemas únicos y la formación de jóvenes investigadoras que aportan a los desafíos ambientales del país. A través del Fondo Colombia Biodiversa, la Fundación Alejandro Ángel Escobar ha apoyado por 20 años a estudiantes de todo el país para impulsar tesis sobre biodiversidad y sostenibilidad. Hoy María Helena Benavides forma parte de ese legado.









jueves, 24 de julio de 2025

El potencial eólico del Caribe colombiano se ha debilitado en los últimos 40 años

 Entre 1981 y 2020 la potencia del viento en el Caribe colombiano se ha reducido un 15 %, fenómeno que se relacionaría con un ciclo natural del Chorro de Bajo Nivel del Caribe, una corriente atmosférica determinante para el régimen de vientos en la región. Un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) documenta por primera vez cómo ha cambiado su comportamiento a lo largo del tiempo, con implicaciones directas para el desarrollo de proyectos de energía eólica en departamentos como La Guajira.

El Chorro de Bajo Nivel del Caribe funciona como una autopista aérea que cruza el sur del mar Caribe, a la altura del norte colombiano. Esta gran corriente de viento se forma por las diferencias de presión atmosférica y temperatura superficial entre el océano Atlántico tropical, el mar Caribe y el Pacífico oriental. Al llegar a la Región Caribe, especialmente a La Guajira, el viento se encuentra con las montañas de la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá generando un efecto embudo que lo acelera y lo vuelve más constante.

Ese aire en movimiento, invisible pero potente, es el que hace girar las turbinas de los parques eólicos y que convierte a esta región en una de las más prometedoras del país para generar energía con el viento; sin este Chorro, La Guajira no tendría su reconocido potencial energético. Sin embargo, en los últimos 30 años ha perdido potencia, y una de las posibles razones es la variabilidad climática natural en la región, como la fase cálida de la Oscilación Multidecadal Atlántica, un ciclo climático que hace que las aguas del océano Atlántico se calienten o se enfríen durante periodos de entre 20 y 40 años.

Es como si el océano tuviera su propio ritmo: una “respiración térmica” de largo plazo que sube y baja la temperatura superficial del mar.

Cuando el Atlántico entra en una fase cálida, el agua libera más calor hacia la atmósfera, alterando los patrones de lluvia, de huracanes y de viento en todo el Caribe. Este fenómeno afecta directamente a Colombia porque puede fortalecer o debilitar el Chorro de Bajo Nivel del Caribe, esa corriente de viento clave para generar energía en regiones como La Guajira.

Esto fue lo que encontró el investigador David Garzón Casas, magíster en Meteorología de la UNAL, quien revisó los datos de viento en 25 estaciones meteorológicas del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) y de la Dirección General Marítima (Dimar), ubicadas alrededor de la Región Caribe de Colombia, para analizar cuál ha sido el comportamiento del viento, además de otros datos in situ y de información de reanálisis climáticos históricos.

“En el norte del Magdalena, a unos 10 km del mar Caribe, hay una corriente de viento importante que aún no ha sido estudiada a fondo, pero que se convertiría en un fenómeno relevante para el futuro energético del país”, asegura el experto.

Qué pasará con el viento de Colombia

Además de analizar cómo ha cambiado el viento en las últimas décadas, el investigador Garzón también quiso mirar hacia el futuro. Para ello utilizó los resultados de múltiples simulaciones del sistema climático terrestre incluidas en el proyecto internacional CMIP6, que reúne modelos numéricos para entender los efectos del cambio climático bajo distintos escenarios: unos más optimistas, en los que la humanidad logra reducir las emisiones de gases de efecto invernadero mediante políticas sostenibles, y otros más pesimistas, en los que persiste la dependencia de combustibles fósiles y las emisiones contaminantes aumentan.

Con base en estos escenarios, analizó cómo se comportaría el viento en la Región Caribe durante los próximos 100 años. En el caso más optimista, el viento se mantendría estable, sin grandes variaciones. Pero en el peor escenario, es decir, uno en el que la temperatura media del planeta aumentara hasta 5 °C y los niveles de dióxido de carbono crecieran drásticamente, la potencia del viento aumentaría hasta 128 vatios/m2 más, lo que implicaría mayor energía disponible para mover turbinas eólicas, aunque a costa de un planeta mucho más alterado y vulnerable.

Recordemos que el cambio climático puede aumentar la potencia del viento, ya que, al calentar más la Tierra, también intensifica las diferencias de temperatura y presión entre regiones. Y son justamente esas diferencias las que ponen en movimiento el aire: cuanto mayor contraste, más fuerte soplará el viento. Es como si la atmósfera se sobrecalentará y empujará el aire con más fuerza para intentar equilibrarse, generando así corrientes más rápidas y con mayor energía.

“En el peor escenario posible de cambio climático, en el que las concentraciones de CO2 pasen de 400 partes por millón (ppm) en 2025 a 1.100 ppm en 2100, Colombia mantendría un gran potencial para aprovechar la energía eólica y reducir los riesgos asociados con su alta dependencia de la energía hidráulica, como las represas”, explica el magíster.

Colombia tiene viento, pero no tiene cómo aprovecharlo

Aunque el país cuenta con uno de los mejores recursos eólicos del continente, especialmente en La Guajira, aún no ha logrado aprovecharlo como debería. Hoy menos del 1 % de la electricidad nacional proviene del viento, a pesar de que estudios estiman que solo en La Guajira se generaría más energía de la que consume Bogotá.

Uno de los principales obstáculos es la falta de infraestructura. Para que la energía eólica llegue desde el norte hasta los grandes centros de consumo, se necesitan redes eléctricas robustas, que en muchos casos aún están en construcción o ni siquiera existen. Sin estas conexiones, los parques eólicos no pueden enviar la energía que producen.

También persiste una deuda con las comunidades indígenas, pues muchos proyectos se han planeado sin una participación adecuada del pueblo wayúu. La ausencia de consulta previa y de beneficios claros para la población local ha generado bloqueos, tensiones y retrasos. A esto se suman las trabas burocráticas como conseguir permisos, licencias ambientales y aprobaciones oficiales que puede tomar años, y los procesos no siempre están adaptados a las particularidades de la energía eólica. Todo esto retrasa los proyectos y ahuyenta a los posibles inversionistas.

La investigación del magíster Garzón, dirigida por el profesor José Franklyn Ruiz, de la Facultad de Ciencias de la UNAL, contribuye a entender el comportamiento del viento en Colombia, un tema poco estudiado y que, según afirma el magíster, presentaría menos incertidumbre que fenómenos  como la lluvia, de la cual depende en gran parte la matriz energética del país. Esta última se verá afectada por eventos climáticos extremos, lo que hace necesarias alternativas más estables, como la energía eólica.

 

 







lunes, 21 de abril de 2025

Aplicación móvil colombiana predice muerte masiva de peces en el Caribe

 La Ciénaga Grande de Santa Marta, un vasto complejo lagunar considerado como uno de los ecosistemas más importantes del Caribe colombiano, ha sido el escenario de la muerte masiva de peces, lo que afecta a miles de familias de la región que dependen de la pesca. Para atender este fenómeno –provocado por el crecimiento descontrolado de algas tóxicas y el aumento de la temperatura–, un equipo científico logró validar y poner en funcionamiento una herramienta predictiva capaz de anticipar con precisión cuándo las condiciones del agua afectarían la vida marina.

La muerte masiva de peces como róbalo, lisa, tilapia, mojarra y pargo en la Ciénaga Grande de Santa Marta se relaciona con los florecimientos algales nocivos (FAN), un fenómeno natural que se vuelve más frecuente y peligroso por el cambio climático y la contaminación que llevan las aguas residuales agrícolas o humanas, con fertilizantes o detergentes ricos en fósforo.

Cuando microalgas como Anabaenopsis encuentran un exceso de nutrientes –entre ellos el fósforo– proliferan descontroladamente. Este “brote” de algas consume el oxígeno disuelto en el agua generando hipoxia (bajo oxígeno) o anoxia (ausencia total de oxígeno), lo que provoca la asfixia de peces y otros organismos acuáticos.

Estos eventos tienen consecuencias no solo ecológicas, sino también sociales y económicas: los pescadores pierden su sustento, se afectan los ecosistemas costeros, y si no se actúa a tiempo se pueden generar impactos sobre la salud pública. Según Parques Nacionales Naturales, más de 30.000 habitantes dependen de los recursos pesqueros del complejo lagunar de esta región.

Una aplicación para actuar a tiempo

A mediados de la década de 1990 científicos colombianos propusieron una idea visionaria: crear una herramienta que permitiera anticipar estas crisis, y así nació el indicador de riesgo de muerte de aerobios (IRMA), diseñado para alertar sobre el riesgo de mortandad masiva de peces a partir del monitoreo de tres variables esenciales del agua: fosfato (PO₄), clorofila (CLA) y oxígeno disuelto (OD).

Sin embargo en ese entonces el IRMA no se pudo validar con suficientes datos y su uso se descontinuó hasta ahora, cuando un equipo de trabajo lo retomó y actualizó utilizando 5.778 registros históricos recolectados entre 1993 y 2019 en 71 Estaciones de Monitoreo de la Ciénaga Grande de Santa Marta, información que se consolidó gracias a la cooperación del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (Invemar).

También incluyó una base de datos única construida con 26 años de noticias y reportes sobre mortandad de peces en la región, gracias al trabajo de investigadores y medios de comunicación. En este caso se contó con la información del “Proyecto de cooperación técnica colombo alemán:

rehabilitación de la Ciénaga Grande de Santa Marta” (Pro-Ciénaga), dirigido por el doctor Horst Salzwedel, biólogo marino de la Universidad de Kiel (Alemania).

El resultado es una versión validada, precisa y operativa del IRMA, y, aún más importante, un sistema de alerta temprana listo para ser utilizado por autoridades ambientales, pescadores y cualquier persona interesada en proteger este ecosistema vital, con una precisión del 78 % para predecir la mortandad de estos peces.

El proyecto no se quedó en el laboratorio, sino que con el apoyo de desarrolladores de Nova Transmedia, el equipo creó una aplicación móvil gratuita que ya está disponible en App Store (https://apps.apple.com/es/app/florecimientos-algales-nocivos/id1602753063), que pone el IRMA directamente en la palma de la mano.

La app les permite a los usuarios ingresar valores de fósforo, clorofila y oxígeno disuelto obtenidos con sensores básicos o estaciones de monitoreo, y el sistema calcula automáticamente el nivel de riesgo de mortandad de peces en una escala que va de “poco riesgo” a “muy alto riesgo”.

También ofrece un tablero gráfico interactivo, mapas de riesgo geoespacial y un módulo educativo virtual que enseña a identificar microalgas tóxicas, realizar muestreo de campo y entender los ciclos ecológicos de la Ciénaga.

El estadístico Luis Felipe Santos Becerra, magíster en Biología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), trabajó en la investigación con los profesores José Ernesto Mancera, del Departamento de Biología, y Liliana López Kleine, del Departamento de Estadística. El estudio contó con toda la rigurosidad científica necesaria, pues se utilizaron modelos estadísticos avanzados como análisis multivariados, aprendizaje automático (machine learning) –a través de bosques aleatorios utilizados para predicción–, y modelado geoestadístico (Kriging).

Además contiene datos históricos valiosos, que integran más de dos décadas de monitoreo ambiental y noticias que permiten observar patrones a largo plazo que antes eran invisibles; y una aplicabilidad real, ya que la herramienta se diseñó no solo para investigadores sino también para pescadores, educadores, estudiantes, y autoridades que necesitan actuar con rapidez.

Un problema que se extiende

Este problema sigue latente, pues en 2019 el Invemar señaló que más de 2 toneladas de peces en la Ciénaga Grande de Santa Marta (desembocaduras de los ríos Fundación y Aracataca) murieron por el fenómeno de disminución de oxígeno con varias causas, entre ellas el aumento de la temperatura por el fenómeno de El Niño, un evento asociado con el incremento de algas tóxicas como las cianobacterias.

De hecho en medio del mar ya hay zonas llamadas como “muertas”, que son como grandes bolsas sin oxígeno, y por ende sin vida. Un estudio de 2018 publicado en la revista Science mostró que desde mediados del siglo XX estas zonas se han cuadruplicado en los océanos, mientras que cerca de las costas se han multiplicado por 10. Estas condiciones se dan por el aumento de calor de la Tierra, que es la base para que las cianobacterias se sigan reproduciendo; se estima que en los próximos 5 años la temperatura aumentaría 1,5 °C de más.

Según la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (Aunap), en Colombia hay más de 300.000 pescadores y solo en 2021 la pesca y la acuicultura alcanzaron una producción de más de 300.000 toneladas, en especial de tilapia, cachama, trucha y camarón. Sumado a esto, el consumo per cápita de pescado pasó de 6,9 kg en 2018 a 9,6 kg en 2022, datos que evidencian la importancia de este sector no solo para esta región costera sino para todo el país.

Por eso la investigación del magíster Santos se convierte en un salvavidas, pues permite tener herramientas que generen sistemas de alerta temprana frente a la mortandad de peces, un problema que incide directamente en la economía no solo del Caribe sino del país, y de la cual dependen miles de familias.



 



lunes, 31 de marzo de 2025

Mapean zonas de amenaza por movimientos en masa submarinos en el Caribe colombiano

 Bajo las aguas de la cuenca Sinú Offshore, o en ultramar –ubicada entre Cartagena y Arboletes (Antioquia)–, se encuentran cables de fibra óptica que garantizan la conectividad de millones de personas, tuberías que transportan gas y petróleo, y plataformas que sostienen la producción energética del país. Un estudio identificó que en esta importante región para la infraestructura submarina los espacios con susceptibilidad media y alta de movimientos de masa se localizan en el occidente y noroccidente, donde la actividad geológica es más intensa.

La cuenca Sinú Offshore también es una de las áreas más complejas porque se encuentra justo en el cruce de tres placas tectónicas: la del Caribe, la de Nazca y la Sudamericana, que provocan un sistema de fallas que hace que el terreno submarino pierda estabilidad, y por ende que sea más propenso a los deslizamientos.

Los estudios sobre los deslizamientos submarinos son relativamente nuevos en el país, y por eso David Styman Rodríguez Contador, magíster en Ingeniería Civil - Geotecnia de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), le apostó a realizar este estudio pionero en esta cuenca, mapeando las áreas de susceptibilidad alta, media y baja que ayudarían a identificar escenarios para mitigar y prevenir estos eventos.

“Hasta ahora los estudios se han enfocado más en la morfología marina, por eso consideramos importante analizar los posibles estadios de amenaza para tener un primer acercamiento a escala 1:50.000 y así poder plantear escenarios de riesgo mediante un estudio de vulnerabilidad”, aclara el investigador en su estudio determinó las siguientes zonas:


  • Alta amenaza: zonas del oriente y nororiente de la cuenca que tienen pendientes inclinadas cercanas a fallas geológicas y colinas con suelos antiguos (del Pleistoceno), propensas a inestabilidad del terreno. También predominan los flujos de detritos, que son residuos generados por la descomposición de materia orgánica, así como los deslizamientos complejos.
  • Amenaza media: en el corredor central se identificaron las terrazas y los cañones submarinos, volcanes de lodo y laderas poco inclinadas, donde los deslizamientos combinados son los más frecuentes. También se evidenciaron flujos de detritos y algunos movimientos rotacionales. Aunque la inestabilidad es menor que en los escenarios de amenaza alta, con el tiempo estos procesos pueden modificar el relieve submarino.
  • Baja amenaza: se situó hacia el occidente y corresponden a las áreas profundas y alejadas de fallas, con fondos planos y estables. En ellas no hay presencia de deslizamientos significativos, y solo se observan algunos flujos de material suelto en menor medida. En general, estas zonas moldean condiciones más seguras y con poca alteración del lecho marino.

  • “Los datos que obtuvimos muestran que la actividad geológica es más intensa en geoformas más pronunciadas que en otras. Por eso uno de los retos es poder usar estos y otros resultados como herramientas que ayuden a tomar decisiones o que den origen a otros estudios”, precisa el magíster de la UNAL.

    La “radiografía” del fondo marino

    Para llegar a esos resultados, el ingeniero Rodríguez recopiló información batimétrica, es decir la topografía del lecho marino, y datos ya interpretados de reflexiones y tomografías sísmicas, que evidenciaron cuerpos de deslizamientos. También usó registros de campañas de exploración realizadas previamente en la zona.

    Aclara que, “esta información fue la que nos permitió ver cómo estaba moldeado el terreno submarino a través de modelos de elevación digital (DEM) y de patrones geomorfológicos. Lo que se puede deducir es qué tan profundo y qué geoformas tallan el terreno”.

    Con estos insumos y estudios científicos, realizados previamente en este sitio, propuso un mapa geomorfológico y uno geológico a escala 1:50.000 (significa que un centímetro en el mapa representa 50.000 cm, o 500 m en el suelo), para comprender mejor el entorno submarino de la cuenca Sinú Offshore.

  • “Estructuralmente, la cuenca esta esculpida por sierras homoclinales caracterizadas por capas de rocas que se inclinan en una misma dirección, por valles de morfología cóncava (que se curva hacia adentro) y alargadas, moldeadas por deformaciones tectónicas, volcanes de lodo y una extensa llanura plana o abisal hacia el fondo, estos elementos fueron indispensables para determinar la susceptibilidad a deslizamientos”, dice el magíster.

    Luego propuso una forma de clasificar la susceptibilidad por eventos de remoción en masa, combinando las variables mismas del terreno como la geología, la geomorfología, las pendientes, la densidad de fallas, la elevación y hasta la orientación de las pendientes del fondo marino. Según comenta, para hacerlo utilizó dos modelos estadísticos llamados “método peso de evidencia” y “método de valor de la información”, que le ayudaron a identificar las áreas con mayor probabilidad de presentar deslizamientos.

    Aunque estos son los primeros resultados generados hasta el momento, el ingeniero tiene claro que aún queda mucho por hacer. En la revisión de la literatura, que fue el punto de partida de su estudio, identificó que faltaban muchos datos, especialmente sobre las propiedades y características del suelo y las rocas, que son importantes para entender el comportamiento del mismo suelo en estos ambientes.

    “Este estudio es un punto de partida, pero la idea es que otras investigaciones lo complementen y profundicen en los factores que influyen en estos deslizamientos”, concluye el investigador Rodríguez.


miércoles, 10 de enero de 2024

¿Qué clase de corales se adaptan mejor en el Caribe?

 Estos maravillosos seres milenarios habitan los mares del mundo y sirven como ingenieros de estos ecosistemas, por ser el hogar de diversas especies; sin embargo, cuando compiten por nutrientes y luz con organismos como los céspedes algales, algunas especies se debilitan más rápido. Una bióloga encontró los tipos de coral que se adaptan mejor en esta situación, agudizada cada vez más por el incipiente cambio climático.

Según el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, entre el 70 y 80 % de los arrecifes coralinos del país se han blanqueado, lo que quiere decir que las pequeñas algas que viven en los corales –llamadas zooxantelas– están muriendo, y por ende ya no pueden aportarles nutrientes a estos animales, los cuales van adquiriendo un tono blanco y poco a poco van perdiendo toda su fuerza.

Esto es sumamente alarmante porque los informes muestran que el aumento de solo 1 °C en la temperatura del mar puede ocasionar la pérdida de las zooxantelas, que le entregan a los corales el 90 % de la energía para sobrevivir, y además, cuando pierden su huésped más funcional, los céspedes los “atacan”, o les ganan más fácilmente.

Imagine que esto es una carrera, y el que llega primero se lleva todo lo necesario para crecer de manera sana y saludable en las costas y márgenes de los mares; si el coral no tiene “combustible” quedará relegado, y el césped tendrá el primer puesto. No obstante, en algunos escenarios gana el coral, o incluso pueden vivir juntos sin ningún problema, algo así como un empate.

Precisamente aquí es donde aparece la habilidad y el conocimiento de Sarha Marcela Rodríguez García, bióloga de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien como parte del proyecto “Arrecifes coralinos del Parque Nacional Natural Tayrona (PNNT), Santa Marta, Caribe colombiano: configuración, interacciones bióticas y relaciones con la sociedad”, se interesó por encontrar los tipos y especies de coral que estaban resistiendo mejor a esta competencia por el sustrato.

Para ello analizó los corales de dos playas de este importante parque: Chengue y Granate, esta última mucho más cerca de Santa Marta y con mayor exposición a la contaminación de la ciudad y a los residuos de todo tipo que terminan sedimentando la zona e impactando a diversas especies de animales, entre ellos los corales. Esto también se debe a que la primera playa está restringida al público general y solo pueden entrar investigadores.

“Para el estudio tomamos muchas fotos de los corales de esa zona, en una especie de cuadrante recomendado por la Red Mundial de Monitoreo de Arrecifes de Coral y que será la clave para analizarlas en el software de libre acceso ImageJ, en el cual se evalúan fácil y claramente características como área, perímetro y cobertura de los corales”.


“Encontramos que en las playas de Granate los corales tienen estrategias más generales ante estas interacciones con los céspedes, que de hecho son los más frecuentes en la zona, lo que quiere  decir que tienen la posibilidad de adaptarse a más condiciones. Los de tipo colonial, que son los más conocidos por su forma de cerebro, tienen más chances de ganar esta competencia, pues pueden crecer y adquirir una mayor altura”, asegura la investigadora Rodríguez.

Dichos corales tienen 3 formas que presentan estrategias diferentes: los meandroides, que tienen series o caminos múltiples; los plocoides, que comparten una pared común, aunque esta no es muy exitosa frente a los céspedes algales; y los ceroides, que son corales yuxtapuestos y que tienen resultados neutros cuando se presenta esta interacción.

“Hicimos un gran mapa de todo lo que hay alrededor de los arrecifes coralinos, y en cerca de 100 puntos analizados por cada foto, el software identifica lo más importante para ver cómo se adapta y comporta cada coral, teniendo como factores principales la frecuencia y ocurrencia cuando se enfrentan a esta interacción”.

“Cuando el coral pierde las algas ya no tienen tejido, pues las células que lo componen mueren y el césped recubre al coral y se apropia de su zona; esta situación ha aumentado por el cambio climático, un evento que no da tregua y que pone en jaque a tal vez uno de los seres más importantes de los mares del Caribe”, indica la investigadora, cuyo trabajo fue dirigido por el profesor Sven Zea, líder del proyecto y uno de los biólogos más reconocidos del país por su conocimiento sobre este tema.

La investigación es un aporte a la tesis del Doctorado en Biología de Catalina Gómez Cubillos, quien planteaba una hipótesis similar a lo que se encontró. Por otro lado, este importante proyecto se ha realizado de la mano con las Universidades del Magdalena, Jorge Tadeo Lozano y de Giessen (Alemania), además del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras José Benito Vives de Andréis y la Corporación Centro de Excelencia en Ciencias Marinas.







martes, 6 de junio de 2023

Antártida: disminución del hielo afecta aguas del Pacífico y Caribe colombianos

 En febrero de 2023 el hielo antártico registró su menor proporción en 45 años, al llegar a un 34 % menos de la media habitual. La problemática, que se agudiza cada vez más, ha motivado a investigadores de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) a evaluar factores como temperatura, intensidad de los vientos y cobertura de hielo marino en estas zonas, por las cuales fluyen las corrientes de agua que llegan no solo al Pacífico y al Caribe colombiano, sino a todo el mundo.

El alto precio de los rayos de Sol lo están pagando de manera inmediata los polos de la Tierra, y en especial lugares como la Antártida, que alberga no solo el 90 % del hielo terrestre sino también el 77 % del agua dulce del planeta, por lo que no es de extrañar que su importancia sea de grandes dimensiones para la vida en la Tierra.

Sin embargo, el iceberg de calor que se está formando tiene en jaque a estas zonas –hogar de pingüinos, focas y gaviotas, entre especies marinas– y que son el punto de partida para que el agua calentada, que empieza a comportarse como una sopa, se impulse con los intensos vientos hacia otras zonas marinas.

La geóloga Valentina Sandoval Pinilla, integrante del grupo de Investigación en Oceanología (CENIT) de la UNAL, se interesó por evaluar el oeste de la península Antártica, que, según los reportes de los últimos años, es una de las más afectadas por el calor inminente que viene de los rayos solares y que se ha intensificado con el debilitamiento de las capas atmosféricas que protegen la Tierra.

“Encontramos que entre 2012 y 2021 el aumento de la temperatura de las aguas superficiales del mar ha sido muy alto en esta zona, y ha dependido de las estaciones: en febrero y marzo, cuando termina el verano y empieza el otoño, el calor es mayor, mientras que en agosto y septiembre ocurre lo contrario”, asegura.

Añade que, “esto es importante porque la intensidad del viento, que de su valor esperado ha aumentado entre 0,7 y 0,8 m/s, arrastra las aguas superficiales y las lleva más hacia el fondo, concentrando el calor en otras zonas marinas e intensificando con su velocidad y fuerza la disminución de la cobertura de hielo marina”.

Según la oceanóloga Nancy Liliana Villegas, profesora de la Facultad de Ciencias de la UNAL, “lo que ocurre en el Pacífico y Caribe colombiano tiene un impacto en la Antártica y viceversa: los sistemas de agua están directamente relacionados, y el aumento de la temperatura en esos lugares que parecen lejanos está más cerca de lo que parece”.

Estos análisis ayudan a entender las teleconexiones, que son los vínculos climáticos entre distintas regiones geográficas y tienen distintos tipos de rutas de circulación de anomalías climáticas como aumentos del calor en aguas marinas por el globo terráqueo, por ejemplo, la oscilación del sur (SO), que se da por la zona del Pacífico occidental y oriental, o la oscilación antártica (OAA), que se mueve desde la Antártica hacia el norte o sur según la época.

En 2018 el informe del Grupo Intergubernamental de Expertos Sobre el Cambio Climático (IPCC) alertó sobre las consecuencias de un posible aumento de 1,5 °C en la temperatura de la Antártida, señalando que el oeste de la región se está calentando más rápidamente que el este, y además que el oeste tiene una mayor productividad ambiental, ya que alberga especies marinas de animales y plantas esenciales para los ecosistemas.

“El permafrost, que es la cobertura polar o de hielo marino, está disminuyendo debido a que el flujo de aire frío, que debería estar llegando desde los casquetes polares y neutraliza el calor, ya no es el mismo y su consecuencia directa es la concentración de altas temperaturas en aguas superficiales, que luego serán empujadas a otras profundidades y circularán por zonas como el Pacífico o el Caribe”, indica la profesora Villegas.

Para la investigación se usó la base de datos Copernicus Climate Change Service, que es de acceso libre y gratuito y que desde hace más de 80 años reúne información sobre los cambios en temperatura, vientos y cobertura marina del mundo.

Con la información de cada mes desde 2012 hasta 2021, que era el intervalo que le interesaba a la geóloga por la expansión del calentamiento global, y sobre todo en el deshielo del oeste de la península Antártica, puso a prueba algunos softwares de análisis y visualización como NOAA-PMEL/ Ferret, especializado para oceanógrafos y meteorólogos.

“Se tuvieron en cuenta 4 puntos de interés de esta zona de la Antártica, que están en latitudes desde los 77° oeste con 71° sur, hasta los 59° oeste con 61° sur, luego el mapa de estas zonas de la Antártica se dividía en transectos, que son pequeñas partes, para ver cómo evolucionaba el fenómeno de aumento de temperatura desde 2012 hasta el 2021, intensidad de vientos y cobertura de hielo”, señala la investigadora Sandoval.