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lunes, 8 de octubre de 2018

Lentejilla de agua

Lentejilla de agua, alimento rentable para cachama blanca



Una dieta constituida por 50 % de concentrado comercial y 50 % de plantas acuáticas Lemna minor –una especie de lentejilla de agua– logró un aumento de 4 g en el peso promedio de cada pez, después de casi cuatro meses.

Como la unidad de producción básica de las cachamas blancas es de alrededor de 5.000 individuos, la mejora se traduciría en 20 kg de carne adicional para la venta a esa escala, explica Karen Viviana Perdomo Delgado, zootecnista de la Universidad Nacional de Colombia (U.N.) Sede Palmira. 

La profesional sostiene que además de una mejor producción, el principal atributo de la lentejilla de agua radica en la disminución de costos, si se tiene en cuenta que para alimentar durante cuatro o cinco meses a 5.000 peces se requerirían cerca de 45 bultos de concentrado comercial, cada uno de los cuales cuesta alrededor de 90.000 pesos. Al incluir en la dieta la lentejilla de agua se podría prescindir hasta de la mitad de los bultos comerciales, con lo cual se alcanzaría un ahorro cercano a los 2 millones de pesos. 

“Esto teniendo en cuenta que la lentejilla de agua se puede extraer de lagos, humedales y fuentes hídricas de poco movimiento, en los que suele abundar en grandes cantidades. Una vez obtenida la planta fresca y sin dañar las raíces, se puede cultivar con abono orgánico de los desechos de producción agropecuaria”, destaca la investigadora. 

Según su experiencia, la importancia de esta alternativa radica en la falta de producción de materias primas en Colombia para elaborar alimentos destinados a la piscicultura y al sector pecuario. “En el país nos vemos obligados a importar los concentrados, lo cual aumenta los costos y afecta especialmente a los pequeños productores”, agrega.

Cultivos en Puerto Asís

En las instalaciones del Laboratorio Granja Mario González Aranda, de la U.N. Sede Palmira, se dispuso de dos estanques almacenadores de agua lluvia de 720 m3, en los que se cultivaron las plantas de lentejilla de agua aplicando una pequeña porción de abono orgánico rico en nitrógeno, cuyo costo es cercano a los 2.000 pesos. 

“Estas plantas tienen un índice de proteína del 31 % y crecen vertiginosamente aprovechando los nutrientes existentes en el agua, lo que me permitió sacar entre 15 y 20 kg de lentejilla fresca cada siete días”, detalla la investigadora. 

Durante dos días, las plantas extraídas se secaban bajo el sol para después molerlas y empacarlas. Teniendo en cuenta la pérdida de peso del insumo en la deshidratación, se produjeron 30 kg de alimento para peces. 
El material fue llevado por la zootecnista hasta el municipio de Puerto Asís, que cuenta con una importante producción de cachama blanca gracias a las condiciones climáticas y a la disponibilidad de fuentes hídricas. 

Allí se trabajó con 405 peces para probar tres tratamientos: uno con un 25 % de lentejilla y 75 % de concentrado comercial; otro 50-50, y el tercero, que sirvió como testigo, solo a base de concentrado. 
Para cada tratamiento se destinaron tres tanques, para nueve en total. Después de 112 días del suministro de los alimentos se realizó un muestreo al azar de más del 11 % de los individuos, que fueron pesados y medidos. Los resultados arrojaron que el mejor tratamiento fue el de 50-50, en el cual los peces pesaron en promedio 125 g, frente a los 121 g alcanzados con el concentrado comercial. 

Según la zootecnista, otra ventaja de la lentejilla está en el sabor de los peces, pues cuando se alimentan con solo concentrado tienen un ligero sabor a barro al consumirlos, debido a que el concentrado se acumula en el fondo de los estanques y ellos deben “rasparlo” para comer, ingiriendo algo del material adherido.

“Con el crecimiento de la actividad piscícola que vemos en el país aumenta también la demanda de insumos para la producción. Por esta razón es tan importante encontrar alternativas de alimentación rentables”, concluye.

Fuente : http://www.palmira.unal.edu.co/

sábado, 2 de junio de 2018

En Nariño, con semillas ancestrales afrontan retos del clima


En Nariño, con semillas ancestrales afrontan retos del clima




En Cumbal, el Centro de Conservación de Cultivos Andinos Nativos (CANA) cuenta con una colección de 245 variedades entre raíces, tubérculos, granos y frutales. Desde allí, con el aporte de los custodios de semillas, se protege la diversidad agrícola y se estudian alternativas nutricionales para Colombia en el contexto del cambio climático.

En las faldas del volcán Cumbal, uno de los más altos del país (3.050 msnm), donde se erige el municipio del mismo nombre, una red de intercambio de semillas ha permitido que se consolide la agrobiodiversidad en torno al cultivo de productos tradicionales como papa nativa, oca, olluco, majua, maíz, quinua, chocho, fríjol y frutales andinos.

Allí, al suroccidente de Nariño, habitan los custodios de semillas, encargados de guardar las mejores simientes para las próximas siembras e incluso compartirlas con otros agricultores.
Hasta esa región llegó el grupo de investigación en Recursos Fitogenéticos Neotropicales de la Universidad Nacional de Colombia (U.N.) Sede Palmira, interesado en indagar acerca del potencial genético de la biodiversidad agrícola nativa y del papel que han jugado los custodios de semillas en su conservación.
En 2007, gracias a una alianza entre la U.N. Sede Palmira, la Organización Indígena para la Investigación Tierra y Vida (ORII), y los resguardos de la zona, se creó el CANA, con recursos de la U.N.
Su coordinadora, Deisy Rosero Alpala, afirma que “empezamos con 58 variedades de raíces y tubérculos, 32 de granos y ocho de frutales. A medida que fuimos trabajando e intercambiando semillas con los custodios la colección llegó a 245 variedades, que ahora están cultivadas en un área que alcanza ya la media hectárea de extensión”.

Uno de los primeros trabajos de investigación adelantados fue el de María Gladis Rosero Alpala, magíster en Ciencias Agrarias de la U.N. Sede Palmira, quien identificó 18 variedades del tubérculo oca cultivadas por comunidades indígenas en ocho municipios de Nariño. Según dice, los diferentes pigmentos en la pulpa de los tubérculos analizados representan un indicador de potencial nutricional.
La magíster destaca que una de las apuestas del CANA es preservar los cultivos para garantizar la seguridad alimentaria de los pobladores de la región. “La idea es que las personas puedan decidir qué comer y de qué manera. Sus cultivos ancestrales les aseguran alimentación constante, a diferencia de la agricultura convencional, en la que dependen de factores como la demanda del mercado o el ataque de las plagas”.
El CANA se diferencia de experiencias similares en tres aspectos: el papel participativo de la comunidad, el trabajo realizado en el territorio, y el estudio de parientes silvestres de los cultivos (aquellos que crecen libremente).

La U.N. Sede Palmira publicó una cartilla en la que reúne todos los cultivos, con la caracterización y descripción de la colección de papa, oca, olluco, majua, maíz, quinua, chocho, fríjol y frutales andinos.

Versatilidad y resistencia

Según explica la coordinadora Rosero, la dependencia de un cultivo a compuestos químicos, para resistir condiciones ambientales y plagas, limita su capacidad genética de adaptarse a factores externos, que cada día resultan más irregulares por el cambio climático.
“Los custodios nos piden que no ‘malacostumbremos’ las semillas. Nosotros consideramos que en este material genético, que ha sido domesticado en menor grado, se encuentran respuestas para adaptarnos al cambio climático”, asegura.
Para las investigadoras, cultivos ancestrales en sistemas de producción autóctonos como las chagras, con varios tipos de plantas asociadas entre sí, permiten un mejor aprovechamiento del agua, generan ambientes de humedad y son más resistentes a las heladas o a las plagas. “Algunas especies de papa nativa con tallos oscuros, púrpuras o morados son tolerantes a la polilla guatemalteca, una plaga cuya proliferación ha venido aumentando de la mano con el incremento de la temperatura”, explica la magíster Rosero.

El Instituto Colombiano Agropecuario advierte que el cambio climático ha generado el crecimiento de poblaciones de plagas como ácaros –que afectan los cultivos de cítricos– mota blanca –en perjuicio de la guayaba– y mosca blanca de espiral, que ocasiona pérdidas en los cultivos de plátano.
Por otro lado, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) calcula que el 75 % de la diversidad agrícola mundial se perdió en el siglo XX, por lo que advierte que la diversidad genética descubierta y por descubrir es necesaria para combatir el riesgo de inseguridad alimentaria originado en las condiciones del cambio climático.

En esa línea, las expertas sostienen que, por ejemplo, la especie de papa silvestre que se conserva no tiene problema alguno con la gota o tizón tardío, enfermedad que más afecta al cultivo en todo el mundo.

Fuente: http://agenciadenoticias.unal.edu.co/