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viernes, 15 de mayo de 2026

Agricultura y seguridad alimentaria. Protegiendo los cultivos de banano contra enfermedades con tecnología y cooperación regional

 Un esfuerzo regional está ayudando a proteger los cultivos de banano y plátano frente a una de las enfermedades vegetales más destructivas del mundo.


  • El banano y el plátano son fundamentales para la seguridad alimentaria y los medios de vida de alrededor de 12 millones de personas en América Latina y el Caribe y 400 millones de personas en el mundo.
  • La enfermedad del Fusarium R4T representa una amenaza "invisible" que puede devastar plantaciones enteras y economías rurales.  
  • El proyecto VigiMusa apoyado por el BID ha logrado unificar a siete países de la región en una red de vigilancia digital y científica para fortalecer la prevención y la respuesta a esta plaga.  

Cada vez que disfrutamos de un banano al desayuno o un plátano frito en la cena, rara vez pensamos en la compleja red de protección que permite que esa fruta llegue a nuestra mesa. O en las amenazas que este alimento enfrenta, como las plagas del Fusarium R4T, el llamado "COVID de las plantas", un hongo altamente agresivo que vive en el suelo, marchita la fruta, se propaga rápidamente y no puede controlarse con productos químicos.

La experiencia regional muestra que anticiparse al Fusarium R4T mediante inversión en vigilancia, innovación y cooperación es clave para proteger la seguridad alimentaria y los medios de vida rurales.

Por eso, en el marco del Día Internacional de la Sanidad Vegetal, te contamos el impacto del proyecto VigiMusa, impulsado desde 2021 por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Organismo Internacional Regional de Sanidad Agropecuaria (OIRSA), en la mejora de la detección, prevención y respuesta a esta plaga y que ha permitido crear una red regional de vigilancia digital y científica. 

Fortalecer la vigilancia fitosanitaria en América Latina y el Caribe

En América Latina y el Caribe, las musáceas (el nombre técnico que agrupa al banano y al plátano) son fundamentales para la seguridad alimentaria y los medios de vida de alrededor de 12 millones de personas.  

El banano es el cuarto cultivo alimentario más importante del mundo, después del arroz, el trigo y el maíz, por su valor bruto de producción. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por su singlas en inglés), nuestra región produce el 26% del banano y plátano del mundo, y concentra el 69% de las exportaciones globales de estos cultivos.

El objetivo de VigiMusa es evitar que plagas como el Fusarium R4T —que ya ha sido detectado en países vecinos como Colombia, Perú y Ecuador— crucen fronteras y destruyan el patrimonio agrícola de Centroamérica.  

El proyecto apoya a siete países beneficiarios: Belize, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Panamá y República Dominicana, con tres tecnologías clave para detectar y contener el Fusarium R4T:

  • Tecnología de última generación en la mano del técnico: se desarrolló una plataforma electrónica y una aplicación móvil que permite a los técnicos reportar cualquier planta sospechosa en tiempo real, usando GPS y fotografías para que los expertos puedan analizar el riesgo de inmediato.  
  • Laboratorios con "ojos de águila": gracias al proyecto, se entregaron kits de diagnóstico molecular a los laboratorios oficiales. Esto permite realizar pruebas avanzadas (como la técnica LAMP, que es un método de detección muy preciso) para identificar la enfermedad de manera confiable.  
  • Realidad virtual para la emergencia: se implementó una sala de simulación virtual en la que los equipos técnicos pueden "entrenar" en escenarios de brotes ficticios para saber exactamente cómo actuar sin poner en riesgo una sola planta real.  

Drones, sensores y diagnóstico rápido: innovación para proteger los cultivos de banano

Una de las innovaciones que el proyecto ha llevado al campo funciona de forma parecida a una prueba de embarazo rápida, pero diseñada para los tejidos vegetales. Este dispositivo es conocido como inmunotiras de flujo lateral. Al extraer un poco de tejido del tallo de una planta sospechosa y mezclarlo con una solución especial, los técnicos pueden obtener un resultado preliminar en apenas cinco a 10 minutos directamente en la plantación. Esto agiliza enormemente la toma de decisiones, permitiendo priorizar el aislamiento de un área afectada sin tener que esperar largos periodos.

Pero la vigilancia no se limita a lo que el ojo humano puede ver a nivel del suelo. VigiMusa ha incorporado "ojos en el cielo" mediante la transferencia de tecnologías de teledetección. A través del uso de drones y el análisis de imágenes satelitales, el proyecto permite monitorear "fincas centinelas" desde el aire. Esta tecnología ayuda a detectar anomalías a gran escala, identificando posibles focos de infección mucho antes de que la marchitez sea evidente a simple vista.

Para dar sentido a toda esta información, el proyecto ha desarrollado una obra de "inteligencia fitosanitaria" al crear mapas de riesgo epidemiológico. Utilizando modelos matemáticos y sistemas geográficos, los expertos cruzan datos de clima, topografía y rutas comerciales para predecir por dónde podría entrar y propagarse el hongo. Con esta información, los países han dividido sus territorios en "cuadrantes sanitarios", lo que les permite concentrar estratégicamente sus esfuerzos de inspección en las zonas más vulnerables.  

Más allá de los satélites y las aplicaciones, el corazón de esta estrategia sigue siendo el factor humano. Para asegurar que los equipos técnicos estuvieran verdaderamente preparados, VigiMusa organizó "escuelas de campo" en territorios donde la enfermedad ya está presente, como en Colombia. Allí, los especialistas centroamericanos y caribeños pudieron observar la marchitez de primera mano, aprendiendo en un entorno real las estrictas medidas de bioseguridad necesarias para desinfectar calzado, herramientas y vehículos, evitando convertirse ellos mismos en transmisores de la plaga.  

Todo este conocimiento adquirido se pone a prueba constantemente mediante simulacros de emergencia, tal como se hace en las ciudades para prepararse ante un sismo. Durante estos ejercicios, las autoridades despliegan los "kits de accionabilidad" —herramientas, trajes y equipos de bioseguridad entregados por el proyecto— para establecer cercos sanitarios y practicar la erradicación segura de plantas enfermas en escenarios controlados. 

Capacitación, simulacros y vigilancia regional

El proyecto permitió fortalecer las capacidades de vigilancia y diagnóstico de las organizaciones nacionales y regionales de protección fitosanitaria, así como también capacitó a productores en el impacto del hongo y prácticas de bioseguridad. Las siguientes cifras muestran el alcance del proyecto:

  • Cerca de 8.000 personas han participado en más de 40 eventos de formación, comunicación del riesgo y divulgación tecnológica.  
  • Nueve simulacros de emergencia realizados (superando la meta inicial de siete) en toda la región para asegurar que los protocolos funcionen bajo presión.
  • Más de 1.200 estudiantes de 19 países se inscribieron en el curso virtual avanzado sobre prevención y manejo de brotes epidémicos.  

Invertir antes de la emergencia: claves para fortalecer la sanidad vegetal

La sanidad vegetal puede parecer un tema exclusivo de agricultores o científicos, pero es un pilar de la estabilidad social y económica de la región. Si el banano y el plátano se ven afectados por enfermedades, se podrían generar presiones sobre los precios en el mercado local, afectar los empleos vinculados a estas cadenas, debilitar la capacidad exportadora y aumentar los riesgos para la seguridad alimentaria de los sectores más vulnerables de la población. La magnitud de estos efectos puede variar según el país, la escala del brote, el peso del cultivo en la economía local y la capacidad institucional para prevenir, contener y responder a la emergencia fitosanitaria.

Proyectos como VigiMusa muestran que la protección de cultivos estratégicos como el banano y el plátano requiere inversiones anticipadas para prevenir emergencias fitosanitarias. Fortalecer las capacidades técnicas, modernizar los sistemas de vigilancia, preparar a las instituciones mediante protocolos, simulacros y herramientas de diagnóstico, y promover la cooperación regional son elementos clave para anticipar, detectar y responder de manera oportuna a riesgos fitosanitarios.


viernes, 11 de julio de 2025

DEL CAMPO A LA MESA: CVC IMPULSA LA SOSTENIBILIDAD ALIMENTARIA EN VIJES

 

Hace dos años, la vida de Norby y Eduardo, propietarios de la finca La Cabaña, ubicada en el corregimiento La Fresneda, municipio de Vijes, tomó un nuevo rumbo. Ellos fueron beneficiarios del programa "Por un campo más sostenible" de la CVC, recibiendo semillas y árboles frutales. Hoy, su tierra es un testimonio de abundancia.

La CVC lo constató en una visita de seguimiento a la finca, encontrando naranjas jugosas, plátanos, maíz, entre otros frutos que la tierra les regala. Gracias a estas cosechas, gran parte de los alimentos que consume la familia provienen directamente de su tierra, consolidando a La Cabaña como una finca autosostenible.

“El predio La Cabaña es un claro ejemplo del impacto positivo de nuestra iniciativa agroecológica, que ha beneficiado a más de 6.000 familias rurales en todo el Valle del Cauca, contribuyendo a mejorar su calidad de vida y fomentar prácticas agrícolas más amigables con el medio ambiente”, comentó Daniela Navia García, técnica operativa de la CVC regional Pacífico Este.

La historia Norby y Eduardo es un faro de esperanza para nuestra región, un claro ejemplo de cómo la inversión en la sostenibilidad ambiental no solo protege nuestros recursos naturales, sino que también empodera a nuestras comunidades”, añadió la funcionaria.

 Definitivamente, el programa "Por un campo más sostenible” entrega insumos para sembrar una semilla de futuro en el Valle del Cauca.


miércoles, 24 de julio de 2024

Conflicto e intermediarios, retos para la seguridad alimentaria en el Meta

 La presencia de grupos armados y la falta de acceso al mercado se identificaron como los principales obstáculos para desarrollar la agricultura y garantizar la seguridad alimentaria en el Meta, un departamento con abundante biodiversidad y recursos agrícolas.

La abogada Liliana Marcela Baquero Torres, estudiante de la Maestría en Administración de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Manizales, centró su trabajo de investigación en identificar y analizar los factores determinantes que afectan la comercialización de los productos agrícolas en el Meta.

Su estudio se fundamenta en los datos de 405 pequeños agricultores –junto con sus 30 asociaciones y sus 30 unidades productivas en la región–, recopilados con dos propósitos: identificar las condiciones actuales que ellos enfrentan, y proponer estrategias y soluciones que mejoren su situación económica y fortalezcan su seguridad alimentaria.

La inseguridad

Durante décadas el Meta ha sido severamente afectado por la violencia en el país, especialmente su población rural. Según la Defensoría del Pueblo (2024), entre 2018 y 2023 se emitieron 11 alertas tempranas para la región. La más reciente, en febrero de 2023, cobijó a los municipios de Cubarral, El Castillo y Lejanías, debido a la presencia de grupos identificados como disidencias de las FARC (frentes 40 y 53) que provocan terror y control territorial, especialmente en zonas rurales montañosas.

Al indagar sobre la vulnerabilidad de los campesinos, 150 agricultores decidieron no informar sobre sus condiciones en ese sentido, como una muestra del inconformismo por el abandono y la inseguridad en el campo. De los que respondieron, 125 no presentan condiciones de vulnerabilidad, 32 se identificaron como madres o padres cabeza de familia, y había 1 persona en condición de discapacidad.

Los resultados arrojaron que del 40 % de los campesinos agricultores han sido afectados directamente por la violencia; de estos, el 10 % son desplazados, el 2 % desmovilizados, y el 88 % víctimas directas del conflicto mediante amenazas, atentados, desplazamiento forzado, minas antipersona, violación, tortura, desaparición forzada, homicidio, masacre, secuestro, despojo y abandono.

El estudio abarca el periodo 2013-2014, y se desarrolló en los municipios de Villavicencio, Granada, Cubarral, El Dorado, Fuente de Oro, San Juan de Arama, Lejanías y Acacías, “elegidos tanto por la relevancia de los datos sobre el conflicto armado y las alertas tempranas reportadas por la Defensoría del Pueblo, como por su representatividad en el contexto de la investigación sobre la vulnerabilidad y el fortalecimiento emocional de los campesinos en el departamento”, comenta la investigadora.

Relación desigual con los intermediarios

Los principales productos agrícolas cultivados en los municipios estudiados, y su participación, son: café (36 %), plátano (20 %), cacao (16 %), guayaba pera (6 %), mandarina arrayana (5 %), aguacate lorena (5 %), naranja tangelo (5 %), naranja Valencia (3 %), maracuyá (2 %) y yuca (2 %); estos representan la base agrícola predominante en la región analizada.

El estudio destaca el impacto negativo de los intermediarios en el sector agrícola del departamento, ya que estos aprovechan que los campesinos no tienen acceso directo a los mercados para comprarles sus productos a precios muy bajos. Esta práctica reduce significativamente los márgenes de ganancia de los productores y los deja en una posición económica vulnerable.

“La seguridad alimentaria garantiza que todos, tanto en áreas urbanas como rurales, tengan acceso a alimentos suficientes y nutritivos para desayuno, almuerzo y comida. Los campesinos desempeñan un papel crucial en la producción de estos alimentos”, afirma la investigadora. Sin embargo, la falta de transparencia en las transacciones y la escasa información sobre precios y costos de transporte dificultan una negociación justa, lo que afecta los ingresos de los agricultores, y por ende su capacidad de satisfacer sus necesidades básicas.

Los factores determinantes identificados en este estudio ofrecen un marco integral para que los campesinos y el Meta fortalezcan la gestión agrícola y mejoren el proceso de comercialización. Desde el fortalecimiento de la asociatividad y la integración hasta la transformación y generación de valor agregado, cada factor aborda específicamente las falencias encontradas en el sistema actual, como la alta intermediación y las dificultades para adaptarse a las demandas del mercado.

Implementar estas propuestas no solo empoderará a los agricultores, sino que además promoverá más justicia económica, fortalecerá la economía local y contribuirá significativamente a la seguridad alimentaria regional.

Es crucial destacar que la capacitación en tecnología, sostenibilidad y gestión emocional, junto con la consolidación de políticas público-privadas orientadas a infraestructura y apoyo financiero, son elementos clave para asegurar el éxito de estas iniciativas. Estas medidas no solo mejorarán las condiciones de vida de los campesinos, sino que también fomentarán la resiliencia frente a los desafíos climáticos y socioeconómicos, posicionando la agricultura campesina como un pilar fundamental para el desarrollo sostenible y la seguridad alimentaria en la región del Meta.







sábado, 8 de julio de 2023

Proyecto “Territorio, Comida y Vida” atiende inseguridad alimentaria en el sur de Colombia

 Como parte de esta iniciativa en la que participa la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), más de 300 personas de las comunidades indígenas misak, ambaló y pastos, además de líderes campesinos, se congregaron en Cumbal (Nariño), en un encuentro regional en donde intercambiaron experiencias, saberes y semillas, la base para consolidar sistemas alimentarios sostenibles en Cauca y Nariño.

Juan Pablo Ulchur Pillimue llegó del municipio de Silvia (Cauca) a Cumbal, ubicado a 3.000 msnm, para participar en el Encuentro Regional Territorio, Comida y Vida para conocer de cerca la experiencia organizativa del resguardo Panán y también para compartir con los asistentes cómo ha sido el proceso de recuperación de tierras de su pueblo.

Otras experiencias relatadas por los participantes fueron el valor cultural de la producción de papa y la historia de la Asociación de Madres Emprendedoras de la Aldea de María del Contadero, y también se intercambiaron alimentos y semillas.

El encuentro se dio en el marco del proyecto “Territorio, Comida y Vida”, el cual busca –a partir de un trabajo conjunto con las comunidades indígenas y campesinas en Cauca y Nariño– “superar la inseguridad alimentaria que viven 8 de cada 10 familias indígenas en el país”, según afirma la profesora Teresa Mosquera Vásquez, de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Bogotá, coordinadora general de la iniciativa financiada por el Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (IDRC), de Canadá.

En su territorio, Juan Pablo percibe la inseguridad alimentaria tanto en el incremento de los monocultivos de papa, fresa, brócoli y maíz como en la ganadería extensiva y en la reducción de los cultivos de yatul o del uso de huerta caseras. “Dichas transformaciones se ven en lo que comemos: nuestros alimentos ya no son diversos, y además ya no producimos algunos de ellos y empezamos a depender”, menciona.

Precisamente la inseguridad alimentaria en la zona se traduce en la falta de acceso físico o económico a la comida, en la escasa diversidad de alimentos que se ingieren y en el desconocimiento de la población sobre lo que es una alimentación sana, aspectos relacionados con factores como la pobreza que afrontan las comunidades en estas regiones.

Rutas de transición y guías alimentarias

Para hacer la transición hacia sistemas alimentarios territoriales sustentables, el proyecto apuesta por el diseño de acciones que configuren las rutas de transición que recojan los acuerdos e iniciativas alcanzados entre las comunidades y otros actores del territorio.

“Estas acciones se articulan y logran sinergias con las iniciativas que adelantan las comunidades como es el caso de las universidades indígenas que se están creando en los territorios; además se promoverán las alianzas territoriales para intercambiar saberes y semillas y rescatar las culturas alimentarias para incidir en el buen vivir” anota la profesora Mosquera.

La profesora de la UNAL Sara Eloísa del Castillo, coordinadora del proyecto en Nariño y líder de la línea de soberanía y seguridad alimentaria, asegura que “los sistemas alimentarios actuales no satisfacen adecuadamente las necesidades alimentarias de la población indígena y campesina en estos territorios ni garantizan el derecho humano a la alimentación”.

“Mediante la metodología de cocreación y coconstrucción con las comunidades estamos identificando los alimentos locales y tradicionales para fomentar prácticas sostenibles de producción y consumo con guías alimentarias que se elaborarán por cada departamento”.

Por su parte el profesor Yesid Aranda Camacho, del Departamento de Desarrollo Rural y Agroalimentario de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNAL, encargado del componente de inclusión y gobernanza del proyecto, agregó que “la complejidad de los sistemas alimentarios radica en la manera como algunos actores han adquirido poder de mercado en detrimento de otros, situación que ha afectado a las comunidades indígenas y campesinas en estas regiones”.

Destacó además la diversidad de pisos térmicos y los recursos agrícolas con los que cuentan Cauca y Nariño, y espera que estas prácticas se escalen a otros territorios en Colombia.

En el proyecto “Territorio, Comida y Vida” participan académicos y estudiantes de la Facultad de Ciencias Agrarias, Ciencias Humanas y Medicina de la UNAL Sede Bogotá y de la Universidad del Cauca.








viernes, 10 de junio de 2022

Serranía del Perijá, despensa alimentaria del Cesar que se debe conservar

 La riqueza natural, ambiental y biológica de la Serranía del Perijá es innegable: a lo largo de sus 310 kilómetros de extensión se encuentra una importante variedad de especies animales, árboles, plantas, cultivos y cuerpos de agua que la han convertido en una gran despensa agrícola e hidrográfica.

Este imponente sistema montañoso, ubicado en la parte más septentrional de la cordillera Oriental, abarca varios municipios de los departamentos del Cesar, La Guajira y Norte de Santander, y también una zona del estado Zulia en Venezuela.

En el Cesar recorre 17 de sus 25 municipios, muchos de los cuales fueron visitados por las profesoras Claudia Mosquera Rosero Labbé y Lucía Eufemia Meneses Lucumí, en el marco del proyecto Laboratorio de Paz Territorial, de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede de La Paz.

Ellas estuvieron en veredas, corregimientos, fincas y caseríos, evidenciando todo lo que brinda la Serranía a la población rural y al planeta a través de su gran producción hídrica, la biodiversidad y los diversos climas que la convierten en un importante patrimonio para el país.

Durante sus recorridos se encontraron con campesinos, emprendedores, ganaderos, artistas, indígenas, docentes y empresarios del turismo, que fueron considerados como personajes emblemáticos del departamento del Cesar y cuyas historias forman parte del Laboratorio de Paz Territorial.

Para las docentes fue maravilloso encontrar relatos de superación, de lucha y de fortaleza, pero, sobre todo, muy humanos, en los que los protagonistas destacan todo lo que brinda la Serranía del Perijá tanto a sus vidas como al medioambiente.

En este territorio, considerado como una gran fábrica de agua, junto a la Sierra Nevada de Santa Marta, apreciaron cultivos de café, cacao, árboles frutales, hortalizas, ganadería, minería, y sobre todo bellos paisajes que invitan a disfrutarlos.

Para las investigadoras fue muy importante conocer proyectos productivos resilientes de personas que sufrieron el conflicto armado y las acciones de los grupos violentos, pero que han decidido vivir en esperanza, sacando adelante sus iniciativas familiares y grupales, con las cuales están aportando a la economía de la región.

La Serranía del Perijá abarca una gran variedad de climas, desde el húmedo que se presenta en el sur hasta el seco en el norte, pasando por los cálidos, fríos, templados y el páramo, todos aptos para su desarrollo agrícola y que las docentes recorrieron durante su investigación

También conocieron el sistema hidrográfico de la Serranía, compuesto por caños, fuentes, ríos y quebradas que alimentan el complejo cenagoso de la Zapatosa y que llegan al río Magdalena.

Dentro de los hallazgos registrados por las investigadoras está la importante producción de alimentos que se da en estos territorios, donde se cultiva gran parte de lo que se consume tanto en el Cesar como en los departamentos vecinos.

“Hemos encontrado flujos comerciales que se dan a través de diferentes iniciativas de mercados campesinos, asociaciones y organizaciones empoderadas, a las cuales creemos que hay que apoyar porque se han convertido en agentes económicos territoriales y muchos productos agrícolas que son susceptibles de ser investigados y de desarrollar cadenas productivas”, afirma la profesora Mosquera.

Muchos de los entrevistados que formarán parte de las más de 100 semblanzas que saldrán como resultado del proyecto, habitan en la Serranía del Perijá y han sido consideradas como emblemáticas a nivel microlocal, por lo que en un libro se destacarán sus valores, sus actividades, sus experiencias y sus proyectos.







lunes, 22 de febrero de 2021

Participación comunitaria aumentaría seguridad alimentaria

 Incluir a las comunidades en la discusión y construcción de las políticas públicas de seguridad alimentaria en los distintos territorios del país es clave para que se orienten los programas y metas en esta dirección.

Así lo plantea Alejandra Álvarez, nutricionista dietista con grado de honor de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), en su investigación sobre economía feminista, pos-neoliberalismo y seguridad alimentaria, que forma parte de la lista de tesis meritorias del Bicentenario, publicada en forma de libro por la Editorial UNAL.

“Este libro resulta de dos intereses fundamentales: los procesos de lo alimentario y las diferentes formas de entenderlo desde lo institucional, desde enfoques comunitarios y sociales como el concepto de soberanía alimentaria; y segundo, los procesos de participación ciudadana en la construcción de políticas públicas”, puntualiza.

Desde 2008 Colombia cuenta con una política pública de seguridad alimentaria y nutricional que se espera afianzar en los territorios adaptándola a los planes territoriales de cada municipio, en los que se debe hacer inclusión efectiva de la ciudadanía.

La nutricionista Álvarez cuenta que “empezamos a indagar si eso pasa efectivamente y encontramos que el caso del Plan Decenal 2010-2019 de Nariño es emblemático, pues ese departamento, además de contar con un plan, involucra un enfoque innovador en el país de la soberanía alimentaria”.

La investigación advierte que en el documento técnico de Nariño se estableció un proceso participativo y se evaluó la situación a través del estudio de caso, entrevistas y revisión de documentos que permitieran reconstruir el proceso de formulación de la política. Por ello, una de las conclusiones del estudio es que es necesario sistematizar este tipo de ejercicios para hacer un mejor análisis.

El estudio identificó que efectivamente el proceso de la política se dio en el marco de la participación y que además involucró un gran espectro de actores desde los territorios.

Otra de las conclusiones es que, si bien hubo un proceso de participación mediado por la institucionalidad y no en todos los momentos los actores comunitarios pudieron tener incidencia, si se dio una construcción social. “Esto es importante porque gran parte de lo que se puede encontrar en el libro es un viaje por el concepto de participación, y una gran conclusión es pensar que aunque puede tener algunos apellidos, los procesos alimentarios son una de las mejores formas para hablar de participación comunitaria”, subraya la investigadora Álvarez.

Recomendaciones para la política pública

El trabajo, que surge del Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico Sociales Gerardo Molina de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la UNAL, recalca que el proceso de participación es constante, de esfuerzo, es un reto político, pero que cada vez más se han abierto puertas desde ejercicios de organización, resistencia y legitimación de las comunidades en el país.

Otro punto que indica la nutricionista Álvarez, quien pertenece al Grupo de Investigación de Seguridad Alimentaria y Nutricional del Observatorio de Soberanía y Seguridad Alimentaria de la UNAL, es que el ejemplo de Nariño muestra que, aunque es de largo aliento, es realizable, que la puerta a la participación está abierta y se pueden construir procesos más cercanos a los territorios, involucrar nuevas formas de entender procesos como la alimentación y nuevas formas de política pública.

Por último, la investigadora recalca que para la participación es necesaria una tríada entre territorio, reconocimiento de sujetos y la construcción de representación. “Estos procesos se deben dar desde el reconocimiento de un territorio que da espacio a una comunidad y a la construcción de una identidad y que, unido a los sujetos que habitan el territorio y empiezan a construir el discurso, llega la construcción de la representatividad positiva, legítima, que permita ejercicios de participación cada vez más cercanos”.







martes, 22 de septiembre de 2020

Colombia y la COVID-19: ¿crisis u oportunidad?

 

Como país de ingreso medio ubicado en el trópico, Colombia no es el primer país en el que muchos piensan cuando se habla de problemas de seguridad alimentaria. Colombia ocupa el puesto 43 de 113 países en el Índice Global de Seguridad Alimentaria, y su situación es igual o mejor que la de muchos de sus vecinos sudamericanos. Por otro lado, existen grandes desigualdades en Colombia y el país actualmente acoge a muchos de los refugiados que están huyendo de la crisis humanitaria en Venezuela. Estas y otras cuestiones hacen que la situación en cuanto a seguridad alimentaria esté intrínsecamente vinculada con un sistema alimentario funcional.

¿Cómo le está yendo entonces al sistema alimentario colombiano (y a su seguridad alimentaria) ante la pandemia mundial actual? En otras palabras, la COVID-19 ha afectado a todos de alguna manera. En todo el mundo, países ricos y pobres están sufriendo el impacto del virus, se están recuperando o aún esperando que venga lo peor. En el ámbito mundial, una de las señales tempranas del potencial de las repercusiones a largo plazo de la covid se hizo evidente por el casi inmediato impacto sobre los sistemas alimentarios. En muchas partes del mundo, las personas deben hacer largas colas en los supermercados solo para encontrar estanterías vacías y escasez general de productos básicos.

Desafortunadamente, los sistemas alimentarios de muchos países de ingreso bajo o medio se vieron afectados de manera desproporcionada. Aquí en Colombia, por ejemplo, los mercados se abarrotaron apresuradamente y se vaciaron parcialmente. Con una movilización altamente regulada, como parte de unas estrictas medidas cuarentenarias, había poca oportunidad de reabastecerse y, sin regularidad en el trabajo, el poder adquisitivo de muchos colombianos se redujo rápidamente.

Colombia es uno de los países con las medidas de confinamiento más largas. Comenzaron el 21 de marzo y actualmente todavía se encuentran en vigencia (20 semanas consecutivas) y, por varias semanas, solo un miembro de la familia tenía permitido salir dos veces por semana por provisiones (a comprar alimentos o medicinas). Lamentablemente, a pesar del estricto confinamiento, el número de casos y de muertes relacionadas con la COVID-19 sigue en aumento. De acuerdo con el Ministerio de Salud y Protección Social de Colombia, hoy en día hay cerca de 400.000 casos registrados y más de 13 mil muertes atribuidas al virus. En la actualidad, Colombia ocupa el cuarto puesto en cuanto a número de casos en América del Sur (después de Brasil, México y Perú—al 11 de agosto de 2020, según datos de la Universidad de Johns Hopkins).

El confinamiento afectó y sigue afectando en mayor proporción a la población urbana en situación de pobreza. Este segmento de la población no solo enfrenta dificultades para movilizarse y abastecerse de alimento, sino, como el sistema de transporte se suspendió, no han podido trabajar. En resumen, entre más pobre sea uno en Colombia, más probabilidades tiene de sufrir inseguridad alimentaria.

Lo anterior describe la fragilidad de los sistemas alimentarios y la función que desempeñan características socioeconómicas particulares (p. ej., riqueza) en minimizar o agravar los desafíos relacionados con las fallas de los sistemas alimentarios. Con la creciente urbanización acaecida en los últimos años y una economía cada vez más diversificada, la importancia de los vínculos entre las áreas urbanas y rurales, sobre todo en lo concerniente a la resiliencia nacional en tiempos de crisis, se ha posicionado en primer plano.

Ello ocurre especialmente cuando se examina el sistema alimentario y actualmente en Colombia existe voluntad de convocar a un “pacto intersectorial” diseñado para proveer nuevas condiciones de conectividad e infraestructura en las áreas rurales donde se origina gran parte del suministro de alimentos. Los sistemas alimentarios vinculan lo rural con lo urbano, al rico con el pobre, y esto significa un desarrollo positivo para todos.

A un nivel más comunitario, las “escuelas rurales alternativas” están surgiendo en muchas áreas críticas para el proceso de paz en curso en Colombia. Dichas organizaciones se han esforzado para fomentar el establecimiento de huertos familiares que en gran medida son orgánicos y que sustentan dietas saludables incluso cuando los cultivos básicos se ven afectados por sequías u otras dificultades. Los huertos familiares también han promovido la creación de redes comunitarias resilientes donde las personas intercambian vegetales y se brindan apoyo mutuo.

Los complejos desafíos de Colombia no han pasado desapercibidos en el ámbito mundial. A comienzos del periodo de cuarentena, la Oficina de las Naciones Unidas de Coordinación de Asuntos Humanitarios (UN OCHA, sus siglas en inglés) determinó que la escasez de alimentos derivada de la pandemia se vería agravada por el acaparamiento, el aumento de los precios y la escasez de mano de obra. A finales de abril, el Programa Mundial de Alimentos, ya muy activo en Colombia brindando apoyo a refugiados venezolanos altamente vulnerables, reportó más de 900.000 solicitudes directas de apoyo de parte de personas que se esforzaban por hacer frente a la COVID-19. Desafortunadamente, la crisis solo ha seguido creciendo y, a mediados de junio, había cerca de 50.000 casos más de los que se reportaban a finales de abril. En una reciente actualización de UN OCHA, la organización humanitaria estimaba que se necesita algo más de US$300 millones para ayudar a Colombia en su lucha contra la pandemia. De esos recursos, más de la mitad son necesarios para abordar necesidades básicas en materia de cohesión social, seguridad alimentaria y estrategias de medios de subsistencia.

De hecho, como ya se mencionara anteriormente, una parte significativa del problema que afecta al país radica en que hay muchas personas empleadas en el sector informal. En todo Colombia, los gobiernos subnacionales y municipalidades locales reconocieron la necesidad de intervenciones tempranas para apoyar a personas cuyos medios de subsistencia dependían completamente de su capacidad de circular en el ámbito de los empleos informales. En Cali, por ejemplo, a finales de marzo, el gobierno municipal movilizó una masiva red de apoyo para facilitar que llegara alimento a personas que normalmente participaban en la economía informal. El gobierno municipal reorientó COP60 millones (aproximadamente US$16 millones)  para brindar apoyo a un programa de distribución de alimentos que llega a la partes más afectadas de la ciudad.

Ejemplos como las escuelas rurales alternativas y la acción temprana del gobierno municipal de Cali ilustran un nivel de comprensión e intuición a nivel local/municipal, con respecto a los problemas que se les presentan. Muchos en Colombia se preguntan a sí mismos de qué manera puede aprender Colombia de la presente crisis y transformarse para adquirir mayor resiliencia. El replanteamiento de la función de los sistemas alimentarios en relación con la economía colombiana ya dio inicio, con el reconocimiento de que el país cuenta con los recursos para producir una proporción de alimento mayor de lo que consume.

¿Puede Colombia transformar esta crisis en una oportunidad? Hasta ahora, las respuestas nacionales y locales han logrado evitar los peores resultados potenciales. Muchos ven esto como una oportunidad para que la gente sopese, redefina el sistema alimentario y replantee cuán importantes son los alimentos cultivados localmente, sobre todo en tiempo de necesidad. ¿Qué opina usted?

CIAT- comunicaciones   


lunes, 1 de agosto de 2016

" 2016 ENCUENTRO CON LA NATURALEZA"

El Informe Anual CIAT 2015–2016 ya está disponible en español

Sentamos las bases de la seguridad alimentaria futura

El planeta nunca ha producido o consumido tantos alimentos como hasta ahora.
Sin embargo, no podemos ignorar la presión que la producción alimentaria está ejerciendo en el medio ambiente y los servicios ecosistémicos de los que todos dependemos. Tampoco podemos ignorar la amenaza sin precedentes que representa el cambio climático para la agricultura – y la necesidad apremiante de adaptarnos. Asimismo, debemos asegurarnos que los sistemas de producción y distribución de alimentos brinden a los agricultores en los países en desarrollo – agricultores y agricultoras por igual – un trato justo, y a los consumidores alrededor del mundo, acceso adecuado a alimentos variados, asequibles y nutritivos.
En este Informe Anual, que cubre el período entre abril de 2015 y marzo de 2016, el CIAT brinda un panorama dinámico de nuestra contribución para enfrentar estos retos y forjar bases sólidas para la sostenibilidad alimentaria futura.
En colaboración con cientos de socios, estamos ayudando a conservar la integridad de servicios ecosistémicos vitales en paisajes rurales de América Latina, África y Asia, generando a su vez mayores beneficios sociales y económicos. Inspirados por nuestra experiencia con elMinisterio de Agricultura y Desarrollo Rural de Colombia para proteger de una mejor manera importantes cadenas de valor frente a la variabilidad climática, estamos extendiendo nuestro apoyo a Perú y Honduras. Los catorce perfiles nacionales de agricultura climáticamente inteligente (CSA, por sus siglas en inglés) que se han producido hasta ahora contribuyen además para que formuladores de políticas e inversionistas puedan, de una manera fácil y rápida, revisar las oportunidades para la priorización de la CSA a nivel nacional.
Como uno de los pioneros de Big Data (inteligencia y minería de datos) en la ciencia agrícola, el CIAT emplea grandes conjuntos de datos sin depurar del mundo real y analítica de alta tecnología para filtrar los datos y producir recomendaciones confiables y específicas por sitio. Las actividades de Big Data del CIAT han producido descubrimientos revolucionarios para la industria arrocera colombiana – soluciones que se pueden escalar fácilmente y extender para incluir otros cultivos. Para impulsar el poder explicativo, los científicos están buscando incorporar datos de suelos, plagas y enfermedades, así como otros factores.
De las 169 metas que conforman los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, más de 60 se relacionan de alguna forma con el sistema alimentario. Al conservar variedades de fríjol, yuca y forrajes tropicales y sus parientes silvestres en nuestro banco de germoplasma, acelerar la ganancia genética, difundir prácticas agronómicas sensatas y promocionar modelos empresariales que brinden a los agricultores y al medio ambiente un mejor trato, el CIAT y nuestros múltiples socios contribuyen activamente para lograr un futuro sostenible.
Se requieren más inversiones y esfuerzos en la investigación agrícola para el desarrollo. Con 21 oficinas y más de 1.000 colaboradores estratégicamente ubicados en los trópicos, gozamos de una posición única para lograr la sostenibilidad alimentaria futura para la agricultura tropical en colaboración con nuestros socios, incluidos formuladores de políticas y el sector privado.
Este Informe Anual está dedicado a agricultores, empresas, gobiernos y todos nuestros otros socios con quienes trabajamos en equipo para lograr que la agricultura sea más nutritiva, competitiva y sostenible.


martes, 10 de noviembre de 2015

" 2015 ENCUENTRO CON LA NATURALEZA "



Cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas designa un tema como eje de un año internacional, generalmente es una señal tácita de que la gente en todo el mundo tiende a dar por sentado ese tema, aunque no deberían.
El Año Internacional de las Legumbres (IYP 2016) – que será lanzado formalmente el 10 de noviembre en la sede principal de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en Roma – no es la excepción. A pesar de las virtudes nutricionales y de otra índole de las legumbres, y su enorme potencial para ayudar a enfrentar los desafíos alimentarios y ambientales más abrumadores de nuestra era, a menudo se pasan por alto esfuerzos vitales para mejorar y promover estas leguminosas de grano alimenticias.


Sin embargo, ese no ha sido el caso en el CIAT y otros centros de CGIAR. A pesar de que los tres principales cereales – arroz, trigo y maíz – continúan teniendo un lugar de honor en la investigación mundial de cultivos que lleva a cabo CGIAR, sus “mandatos” también dan prioridad a las seis legumbres más importantes: fríjol común, garbanzo, caupí, habas, lentejas y guandul. Además, en los últimos 4 años, nuestro compromiso de larga data de mejorar estos cultivos ha sido reforzado por el programa global de investigación de CGIAR enleguminosas de grano.
Para nosotros, el IYP 2016 nos brinda una oportunidad para celebrar los importantes impactos que nuestra investigación ha registrado hasta el momento, y también para convocar a donantes y socios a renovar su apoyo. Este compromiso es fundamental para traducir los extraordinarios logros de años recientes en nuevos ciclos de mejoramiento global de las legumbres, y en la seguridad alimentaria y nutricional de las aproximadamente 300 millones de personas que dependen de estos cultivos.
De modo que nuestros lectores pueden prepararse para múltiples artículos en nuestros blogs, publicaciones, imágenes, tweets y otros productos CIAT durante el próximo año – todos ellos destacando al fríjol común (Phaseolus vulgaris). Cada mes, les traeremos un tipo de fríjol único, un científico experto en el tema, un país productor, una receta de fríjol y datos interesantes.
El fríjol común es el más importante de las seis legumbres mandato de CGIAR, en términos de producción mundial y área sembrada, y la inversión de los donantes en este cultivo ha obtenido retornos especialmente altos. Según un estudio de 2008, el mejoramiento del fríjol tuvo un valor económico estimado de US$200 millones – más de 12 veces su costo.

Los descubrimientos recientes en la investigación en fríjol llevada a cabo por el CIAT responden a una de las mayores fortalezas del cultivo – el valor nutricional superior – y también a una de sus principales debilidades – rendimiento deficiente en condiciones de estrés en comparación con otras legumbres.
Algunas veces referidos como la “carne de los pobres”, los fríjoles brindan una fuente de proteína de bajo costo, carbohidratos complejos y micronutrientes valiosos. No obstante, incluso un alimento casi perfecto también puede tener espacio para mejorar. Para ello, investigadores del CIAT y sus socios nacionales emplearon una técnica de mejoramiento llamada “biofortificación” de cultivos – bajo el liderazgo delPrograma HarvestPlus de CGIAR – para desarrollar variedades de fríjol que procesaran niveles mucho mayores de hierro. Los fríjoles biofortificados, que brindan una solución práctica a las deficiencias generalizadas de este micronutriente clave para mujeres y niños, han sido adoptados por más de medio millón de hogares rurales en la República Democrática del Congo y Ruanda.
Además de sus rasgos nutricionales, el fríjol posee unos antecedentes evolutivos privilegiados, lo cual desafortunadamente ha dado pie a un serio defecto hereditario. El cultivo fue domesticado en un ambiente de bosque de mediana altitud en América tropical, caracterizado por temperaturas moderadas y suelos orgánicos ricos en nutrientes. Por consiguiente, realmente no está hecho para los suelos deficientes de clima cálido y seco de las zonas de América Latina y África oriental, central y sur en donde el fríjol se siembra ampliamente.
Sin embargo, a través de años de mejoramiento genético, los científicos del CIAT han logrado hacer que el fríjol sea mucho más resiliente frente a la sequía, cambiando el hábito ancestral de la planta de demorar la producción de semilla cuando enfrenta una escasez de agua. Dos claves para el éxito fueron la alta diversidad genética de los fríjoles salvaguardados en el banco de germoplasma del CIAT, y la hábil explotación de ciertos rasgos de raíz y brotes que contribuyen a la tolerancia a la sequía.
Actualmente, los mejoradores de fríjol del Centro están tratando de “cruzar” una mayor tolerancia a la sequía con los rasgos del fríjol asociados con un rendimiento superior en suelos de baja fertilidad, otro limitante importante de la producción. La idea es crear una nueva generación de variedades de fríjol altamente robustas en condiciones que sean normales para la producción de pequeña escala.
Hace algunos años, nuestros investigadores descubrieron que muchas líneas resilientes a la sequía ofrecen el valor agregado de tolerancia a temperaturas 4 grados Celsius por encima de la “zona de comodidad” normal del cultivo. La mayoría de estos fríjoles que pueden vencer el calor se obtuvieron de cruces realizados hace casi una década entre fríjol común y fríjol tepario. Este último es una especie “hermana” menos conocida – otro de los activos de alto valor bien guardados en nuestro banco de germoplasma – que fue domesticada en el clima árido del suroccidente de Estados Unidos y el norte de México, y es más tolerante al calor que cualquier otra leguminosa de grano.
En una feliz coincidencia del mejoramiento del fríjol, resulta que algunas de las variedades que vencen el calor además han sido biofortificadas para darles mayor contenido de hierro.
Incluso antes de estos avances recientes, las variedades modernas de fríjol con mayores rendimientos y resistencia a enfermedades ya habían sido adoptadas ampliamente en América Latina y África subsahariana. Tan solo en esta última región – gracias a los esfuerzos a los programas nacionales que forman parte de la Alianza Panafricana de Investigación en Fríjol (PABRA), coordinada por el CIAT – las nuevas variedades han llegado a más de
5 millones de hogares rurales durante la década pasada. No solamente han ayudado a los agricultores a fortalecer la seguridad alimentaria y nutricional, sino también a mejorar los ingresos familiares mediante la venta de los excedentes de grano.
El trabajo preliminar ya está dispuesto para lograr una poderosa respuesta con base en el fríjol frente a dos desafíos estrechamente entrelazados que muchos países en desarrollo confrontan en la actualidad. Estos son los impactos del cambio climático (incluidas temperaturas más altas y sequías más frecuentes), y un triple desafío nutricional que incluye (1) prevalencia continuada del hambre crónica, (2) el flagelo mayor pero más sutil de desnutrición por falta de micronutrientes y (3), una creciente incidencia de comer en exceso y las enfermedades relacionadas con la alimentación, como la diabetes y el cáncer.
Para movilizar a la ciencia del fríjol contra estos desafíos, se requiere un impulso importante para consolidar la investigación que ha hecho posible los descubrimientos recientes en el mejoramiento del fríjol y además acelerar la diseminación de nuevas variedades mediante esfuerzos más concertados para fortalecer los sistemas de semilla, como se está haciendo en Etiopía, Kenia y Ruanda. Durante el IYP 2016, resaltaremos los avances en esos y otros países.



Los descubrimientos recientes en la investigación en fríjol llevada a cabo por el CIAT responden a una de las mayores fortalezas del cultivo – el valor nutricional superior – y también a una de sus principales debilidades – rendimiento deficiente en condiciones de estrés en comparación con otras legumbres.
Algunas veces referidos como la “carne de los pobres”, los fríjoles brindan una fuente de proteína de bajo costo, carbohidratos complejos y micronutrientes valiosos. No obstante, incluso un alimento casi perfecto también puede tener espacio para mejorar. Para ello, investigadores del CIAT y sus socios nacionales emplearon una técnica de mejoramiento llamada “biofortificación” de cultivos – bajo el liderazgo delPrograma HarvestPlus de CGIAR – para desarrollar variedades de fríjol que procesaran niveles mucho mayores de hierro. Los fríjoles biofortificados, que brindan una solución práctica a las deficiencias generalizadas de este micronutriente clave para mujeres y niños, han sido adoptados por más de medio millón de hogares rurales en la República Democrática del Congo y Ruanda.
Además de sus rasgos nutricionales, el fríjol posee unos antecedentes evolutivos privilegiados, lo cual desafortunadamente ha dado pie a un serio defecto hereditario. El cultivo fue domesticado en un ambiente de bosque de mediana altitud en América tropical, caracterizado por temperaturas moderadas y suelos orgánicos ricos en nutrientes. Por consiguiente, realmente no está hecho para los suelos deficientes de clima cálido y seco de las zonas de América Latina y África oriental, central y sur en donde el fríjol se siembra ampliamente.
Sin embargo, a través de años de mejoramiento genético, los científicos del CIAT han logrado hacer que el fríjol sea mucho más resiliente frente a la sequía, cambiando el hábito ancestral de la planta de demorar la producción de semilla cuando enfrenta una escasez de agua. Dos claves para el éxito fueron la alta diversidad genética de los fríjoles salvaguardados en el banco de germoplasma del CIAT, y la hábil explotación de ciertos rasgos de raíz y brotes que contribuyen a la tolerancia a la sequía.
Actualmente, los mejoradores de fríjol del Centro están tratando de “cruzar” una mayor tolerancia a la sequía con los rasgos del fríjol asociados con un rendimiento superior en suelos de baja fertilidad, otro limitante importante de la producción. La idea es crear una nueva generación de variedades de fríjol altamente robustas en condiciones que sean normales para la producción de pequeña escala.
Hace algunos años, nuestros investigadores descubrieron que muchas líneas resilientes a la sequía ofrecen el valor agregado de tolerancia a temperaturas 4 grados Celsius por encima de la “zona de comodidad” normal del cultivo. La mayoría de estos fríjoles que pueden vencer el calor se obtuvieron de cruces realizados hace casi una década entre fríjol común y fríjol tepario. Este último es una especie “hermana” menos conocida – otro de los activos de alto valor bien guardados en nuestro banco de germoplasma – que fue domesticada en el clima árido del suroccidente de Estados Unidos y el norte de México, y es más tolerante al calor que cualquier otra leguminosa de grano.
En una feliz coincidencia del mejoramiento del fríjol, resulta que algunas de las variedades que vencen el calor además han sido biofortificadas para darles mayor contenido de hierro.
Incluso antes de estos avances recientes, las variedades modernas de fríjol con mayores rendimientos y resistencia a enfermedades ya habían sido adoptadas ampliamente en América Latina y África subsahariana. Tan solo en esta última región – gracias a los esfuerzos a los programas nacionales que forman parte de la Alianza Panafricana de Investigación en Fríjol (PABRA), coordinada por el CIAT – las nuevas variedades han llegado a más de
5 millones de hogares rurales durante la década pasada. No solamente han ayudado a los agricultores a fortalecer la seguridad alimentaria y nutricional, sino también a mejorar los ingresos familiares mediante la venta de los excedentes de grano.
El trabajo preliminar ya está dispuesto para lograr una poderosa respuesta con base en el fríjol frente a dos desafíos estrechamente entrelazados que muchos países en desarrollo confrontan en la actualidad. Estos son los impactos del cambio climático (incluidas temperaturas más altas y sequías más frecuentes), y un triple desafío nutricional que incluye (1) prevalencia continuada del hambre crónica, (2) el flagelo mayor pero más sutil de desnutrición por falta de micronutrientes y (3), una creciente incidencia de comer en exceso y las enfermedades relacionadas con la alimentación, como la diabetes y el cáncer.
Para movilizar a la ciencia del fríjol contra estos desafíos, se requiere un impulso importante para consolidar la investigación que ha hecho posible los descubrimientos recientes en el mejoramiento del fríjol y además acelerar la diseminación de nuevas variedades mediante esfuerzos más concertados para fortalecer los sistemas de semilla, como se está haciendo en Etiopía, Kenia y Ruanda. Durante el IYP 2016, resaltaremos los avances en esos y otros países.

viernes, 27 de marzo de 2015

"2015 ENCUENTRO CON LA NATURALEZA"



FRÍJOLES QUE PUEDEN VENCER EL CALOR

En respuesta a los temores de que la producción de fríjol sufrirá un gran impacto por el calentamiento global, científicos del CIAT han identificado alrededor de 30 líneas “élite” que muestran tolerancia a temperaturas 4 grados centígrados por encima de la “zona de comodidad” normal del cultivo. La investigación sobre estos fríjoles, financiada por el Fondo de CGIAR y documentada en un informe reciente de CGIAR, representa una importante contribución a los Programas de Investigación de CGIAR sobre Leguminosas de Grano y sobre Cambio Climático, Agricultura y Seguridad Alimentaria (CCAFS).
Según modelos computarizados simulados en 2014 por expertos del CIAT en clima, los fríjoles tolerantes al calor pueden resistir la mayoría de los impactos negativos de las temperaturas en aumento. Con base en análisis utilizando 19 modelos climáticos mundiales, los expertos concluyeron que, con las variedades actuales, el área adecuada para la producción de fríjol disminuirá hasta en un 50% hacia 2050. Con los fríjoles tolerantes al calor, la reducción será solo del 5%, incluso siendo conservadores al pensar que los fríjoles tolerantes pueden soportar un incremento en la temperatura de tan solo 3 grados.
“En algunas partes de África y América Latina, los agricultores que adopten las variedades que vencen el calor podrán en verdad expandir la producción en tierras normalmente consideradas demasiado cálidas para la siembra de fríjol”, afirmó Andy Jarvis, experto de CGIAR en cambio climático y director del Área de Investigación en Análisis de Políticas del CIAT. “Estas líneas representan un importante descubrimiento en defensa de una fuente vital de proteína para la población de escasos recursos contra el peor escenario de cambio climático con un aumento de temperatura de 4 grados”.
Los científicos identificaron los fríjoles tolerantes al calor entre 1.000 líneas avanzadas evaluadas en dos lugares de Colombia. Durante años, habían mejorado las líneas para lograr tolerancia a la sequía y a la baja fertilidad del suelo. Sin embargo, en 2012, expertos de CGIAR en clima publicaron resultados que sugerían que en las próximas décadas la mayor amenaza para la producción de fríjol en el planeta sería el estrés calórico.
Investigaciones más recientes han demostrado que en América Latina las temperaturas en aumento tendrán impactos especialmente severos en el fríjol en Nicaragua, Haití, Brasil y Honduras. En África, los cultivos de fríjol en Malawi y la República Democrática del Congo son los más vulnerables, seguidos por Tanzania, Uganda y Kenia. Estos hallazgos llevaron a los investigadores de fríjol a evaluar líneas élite bajo condiciones extremas.
El fríjol es sumamente sensible al calor y las variedades que los agricultores siembran en la actualidad no tienen buen rendimiento bajo temperaturas nocturnas mayores de 18 o 19 grados centígrados. Las temperaturas superiores reducen drásticamente la fertilidad de la semilla, afectando los rendimientos de grano y su calidad. En las líneas tolerantes al calor identificadas recientemente, el polen de las flores del fríjol permanece viable incluso con un aumento de temperatura de hasta 4 grados.
“Solamente hasta cuando aumentamos la temperatura, nos dimos cuenta que tantas líneas seleccionadas para otros estreses también son altamente tolerantes al calor”, comentó Steve Beebe, líder del Programa de Fríjol del CIAT. Muchas de las líneas tolerantes provienen de cruces entre el fríjol común sembrado ampliamente y un primo menos conocido llamado fríjol tepario, que fue domesticado en el clima árido del suroccidente de Estados Unidos y el norte de México, y es más tolerante a estas condiciones que cualquier otra leguminosa de grano.
“El descubrimiento de los fríjoles tolerantes al calor ilustra muy bien el porqué es tan importante salvaguardar y usar la diversidad genética de las plantas”, dijo Ruben Echeverría, director general del CIAT. “Las semillas en nuestro banco de germoplasma son una fuente vital para contribuir a que los agricultores en los países en desarrollo puedan sobrellevar los impactos del cambio climático”.
Algunas líneas tolerantes al calor identificadas por Beebe y su equipo también han sido sometidas a mejoramiento genético para mejorar su contenido de hierro. Las deficiencias de este micronutriente esencial afligen a uno de cada dos niños en edad preescolar y mujeres embarazadas en los países en desarrollo, lo que los hace sumamente susceptibles a la anemia y pone en riesgo el crecimiento y desarrollo cognitivo de los niños.
Para aportar una nueva medida para combatir la desnutrición por falta de micronutrientes, investigadores de CGIAR emprendieron hace más de una década un programa pionero de mejoramiento de cultivos. El contenido de hierro de las líneas de fríjol obtenido como resultado de este trabajo es el doble del hallado en las variedades actualmente cultivadas.
Los fríjoles contribuyen a la dieta alimentaria diaria de más de 400 millones de personas en todo el mundo en desarrollo. Son un alimento altamente nutritivo, que proporciona una fuente económica de proteína, fibra, carbohidratos complejos, vitaminas y micronutrientes. Como tales, los fríjoles refuerzan la seguridad alimentaria y nutricional entre los consumidores de bajos ingresos, reduciendo a su vez el riesgo de enfermedades cardiovasculares y diabetes.
FUENTE :
CIAT- COLOBIA