Un biólogo descubrió que el guáimaro, un árbol que puede alcanzar hasta 45 metros de altura y vivir más de un siglo, presenta en Colombia variedades genéticas únicas que no se encuentran en otras regiones. Estas variantes contrastan con las 154 registradas en países de Mesoamérica, Perú y Brasil, y revelan una diversidad propia del territorio colombiano. Es la primera vez que se realiza un análisis genético detallado de esta especie en el país, un hallazgo clave para orientar su conservación y protección a largo plazo.
El guáimaro (Brosimum alicastrum) produce una semilla
que, al procesarla, adquiere un olor y un sabor similares a los del café o el
cacao. En municipios como Becerril –con cerca de 25.000 habitantes–, campesinos
y comunidades indígenas yukpa la están tostando y moliendo para convertirla en
harina, una iniciativa que busca resaltar su potencial económico y su valor
social en la región. Este aprovechamiento es relevante si se tiene en cuenta
que en las últimas seis décadas el ecosistema donde crece —el bosque seco
tropical— ha perdido la mayor parte de su cobertura.
Durante meses, la búsqueda de más de 300 árboles de guáimaro
llevó a los investigadores a recorrer el municipio de Becerril, junto a
comunidades locales, con el propósito de estudiar el papel de esta especie en
el ecosistema y explorar una genética hasta ahora poco conocida en el país.
Este trabajo de campo fue realizado por el biólogo Andrey Yesid Mateus Ruiz, de
la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), integrante del semillero de
investigación en Genética del Paisaje Neotropical, en compañía de los profesores
Gustavo Silva y Guerly León, del Departamento de Biología.
“El trabajo de campo no fue nada fácil, pues, por ser un árbol tan grande, en ocasiones los yukpa –o yuko– usaban ‘resorteras’ o debían trepar algunos metros para recolectar muestras de sus hojas”, relata el biólogo Mateus.
Luego, en los laboratorios del Departamento de Biología de
la UNAL se analizaron más de 500 muestras de ADN utilizando softwares especializados
que funcionan como verdaderos “detectives genéticos”, ya que permiten
identificar y comparar las variaciones genéticas entre los individuos. El
trabajo se adelantó con la Universidad del Rosario, con la que se lidera este
proyecto en Becerril buscando hacer un primer mapeo detallado de la especie en
el país.
Y es que en el Caribe colombiano el guáimaro no ha tenido
una vida tranquila. Según el Instituto Humboldt, históricamente esta especie ha
estado asociada con el bosque seco tropical, un ecosistema que en Colombia
llegó a cubrir cerca de 9 millones de hectáreas, pero del cual hoy solo se
conservan alrededor de 720.000 hectáreas.
Según el Instituto, esta pérdida se debe principalmente a la
expansión de la ganadería extensiva en la región y al conflicto armado, que ha
dejado heridas en forma de deforestación y desplazamiento de comunidades, las
cuales ya no pueden cuidar sus árboles nativos.
Gracias a la ayuda de la ONG Envolvert, las comunidades de
Becerril han vuelto a usar y proteger al guáimaro creando la Asociación Verde
Campesina de Becerril (Asovecab), que elabora harina de semilla de guáimaro
para hacer mermeladas, dulces y otros alimentos que se comercializan en
ciudades como Bogotá y Barranquilla, y que incluso las han usado reconocidos
chefs del país”.
Gen-erando alternativas
A partir de 500 muestras y de un análisis exhaustivo de
colecciones biológicas y herbarios nacionales —entre ellos el Herbario Nacional
Colombiano, del Instituto de Ciencias Naturales de la UNAL—,y de una muestra
reducida de árboles colombianos, se evidencian tres haplotipos de un mismo gen
en el guáimaro colombiano, de 154 que se ha identificado en los demás países
donde se encuentra la especie, ¿qué quiere decir esto? que en un mismo gen del
guáimaro hay variantes que solo se hallan en el país.
Esto es relevante porque el árbol está presente en México,
Perú, Bolivia, Brasil y otros países americanos, pero la riqueza de la especie
en Colombia se desconocía, imposibilitando estrategias de conservación y
protección basadas en rasgos genéticos, características que evidencian la
necesidad de evitar el riesgo de árboles que son la base del bosque seco
tropical, uno de los ecosistemas con mayor pérdida de hectáreas en el mundo.
“El beneficio radica no solo en el desarrollo económico de
las comunidades de Becerril, sino también en la interacción que este árbol
tiene con especies de animales como el mono araña, que se alimenta de sus
semillas, y en el proyecto de la UNAL y la Universidad del Rosario se está
estudiando si este mamífero es el responsable de dispersar sus semillas por
todo el bosque”, explica el biólogo.
Los parches de guáimaro que se encuentran en la zona son de
apenas unas 2 hectáreas, por lo que el árbol está en riesgo, pero con la ayuda
de las comunidades y de la información genética podría revivir en esta zona del
Cesar y en todo el Caribe colombiano, pues actualmente el estudio se está
ampliando e incluye poblaciones de más de 13 localidades de la especie en
Colombia.
Según el biólogo, “hasta el momento no existen planes
gubernamentales de reforestación, por lo que entender la genética del árbol es
un llamado a entender su importancia para el país y el ecosistema”.





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