Investigaciones del grupo Resiliencia y Saneamiento Ambiental (RESA) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) han documentado que el río Bogotá no solo concentra contaminación química y microbiológica, sino que además actúa como reservorio de bacterias resistentes a antibióticos y de parásitos que pueden llegar a los cultivos irrigados en la Sabana occidental, lo que representa un riesgo persistente para la salud pública y ambiental.
Aunque Colombia se cuenta entre los países con mayor
disponibilidad de agua en el mundo, el deterioro de los ecosistemas asociados
con el ciclo hídrico ha afectado la calidad y disponibilidad de este recurso en
diferentes regiones del país. El río Bogotá, eje ambiental y social de la
Sabana y de Cundinamarca, refleja con claridad estas tensiones entre riqueza
hídrica y presión humana.
Con origen en el páramo de Guacheneque, en el municipio de
Villapinzón (Cundinamarca), este afluente recorre cerca de 380 km a través
de 47 municipios del departamento antes de desembocar en el río Magdalena. En
Bogotá atraviesa el occidente de la ciudad por localidades como Suba, Engativá,
Fontibón, Kennedy y Bosa, y resulta fundamental para el abastecimiento, la
agricultura y la industria regional.
A lo largo de su recorrido se distinguen tres tramos principales: la cuenca alta, que comprende municipios como Villapinzón, Chocontá, Tocancipá, Cajicá y Chía; la cuenca media, que incluye la zona urbana de Bogotá y municipios como Cota, Funza, Mosquera y Soacha, en donde se concentra la mayor carga contaminante, y la cuenca baja, que se extiende desde Alicachín, en Sibaté, hasta Girardot, donde el río desemboca en el Magdalena.
En dicho sistema hídrico se concentran actividades
económicas y productivas de gran escala, así como procesos urbanos y agrícolas
que han transformado el territorio durante el último siglo. Estos cambios en el
uso del suelo, junto con la descarga de aguas residuales domésticas e
industriales, han contribuido al deterioro de este cuerpo de agua, uno de más
estudiados del país.
Las investigaciones científicas han seguido de cerca sus
transformaciones, desde los cambios en la microbiología del agua —es decir en
los microorganismos que habitan el río y responden a la contaminación— hasta la
presencia de metales, fármacos y microorganismos resistentes a antibióticos.
Actualmente el río Bogotá es una compleja mezcla de
contaminación tradicional y emergente. Estudios realizados en su cuenca alta
—en municipios como Villapinzón— ya habían documentado los efectos de las
actividades humanas sobre las propiedades fisicoquímicas y microbiológicas del
agua, así como la presencia de contaminantes específicos como el cromo.
Más abajo, en la cuenca media —donde los cambios en el uso del suelo son más intensos—, estudios realizados entre 2007 y 2019 para comparar la evolución de la calidad del agua confirmaron la presencia constante de coliformes totales y Escherichia coli —bacterias que se utilizan como indicadores de contaminación por aguas residuales—, mientras afluentes como el río Tunjuelo reflejan la misma tendencia de baja calidad del agua.
Durante más de dos décadas el grupo RESA de la Facultad de Ingeniería de la UNAL,
dirigido por la profesora Martha Bustos López, ha investigado la relación entre
contaminación hídrica, saneamiento y salud ambiental en la cuenca del río
Bogotá, evidenciando un deterioro sostenido en la calidad del agua y en los
sedimentos asociados con sistemas de riego agrícola.
La Ramada, punto crítico de la contaminación
En ensayos de toxicidad aguda y crónica realizados en 2020
en sedimentos de los canales de riego del distrito de La Ramada, en la cuenca
media, los resultados mostraron la persistencia de la contaminación. Esto
demuestra que los contaminantes no solo están presentes en el agua, sino que
también se acumulan en el lecho del ecosistema, manteniendo activa la fuente de
riesgo incluso cuando las condiciones del flujo hídrico cambian.
En ese mismo sistema de riego agrícola, investigaciones
posteriores comprobaron la presencia de bacterias resistentes a antibióticos
betalactámicos —como la amoxicilina— en aguas utilizadas para riego.
Este resultado indica que el río Bogotá no es solo un
receptor de contaminantes, sino también un espacio en donde los microorganismos
pueden desarrollar y compartir mecanismos de resistencia antimicrobiana,
fenómeno reconocido como una de las principales amenazas globales para la salud
pública.
También se han evaluado los efectos de la actualización del
Plan de Ordenación y Manejo de la Cuenca Hidrográfica (POMCA) sobre la calidad
del agua en municipios como Funza y Mosquera, con el fin de analizar si las
estrategias actuales de gestión ambiental están logrando mitigar la
contaminación en zonas de alta afectación.
Además, en 2022 se confirmó la presencia de parásitos de
interés sanitario, como Giardia y Cryptosporidium,
tanto en aguas de riego como en hortalizas cultivadas en la Sabana occidental
de Cundinamarca.
La presencia de estos organismos en cultivos de consumo
humano evidencia que la contaminación hídrica se puede trasladar desde el río
hasta los alimentos, ampliando así el alcance del riesgo sanitario más allá del
ecosistema acuático.
Estudios recientes basados en análisis metagenómicos —técnicas que permiten estudiar el ADN de comunidades completas de microorganismos presentes en el agua— han mostrado, además, una alta presencia de genes asociados con resistencia antimicrobiana y cambios significativos en las comunidades microbianas del río.
Los investigadores del grupo RESA consideran que el río
funciona como un “reactor biológico” en el que los microorganismos intercambian
información genética que les permite sobrevivir a antibióticos y contaminantes
presentes en el ambiente.
Los estudios desarrollados ofrecen una visión integrada del
problema, que conecta la contaminación del río Bogotá con la agricultura de la
Sabana y con riesgos directos para la salud humana, lo que refuerza la
necesidad de fortalecer la gestión del agua, el saneamiento y el monitoreo
ambiental en la cuenca.




