De 13 acueductos comunitarios que abastecen de agua a zonas rurales de Palmira, Pradera y Candelaria (Valle del Cauca), 10 presentan una alta vulnerabilidad climática frente a eventos como aumento del caudal de ríos y quebradas después de lluvias intensas, deslizamientos, sequías prolongadas y elevados niveles de turbiedad durante temporadas lluviosas, fenómenos que ya han generado interrupciones del servicio y dificultades para el abastecimiento en la cuenca del río Bolo.
En Colombia existen más de 12.000 acueductos comunitarios y
en el Valle del Cauca se estiman alrededor de 550, muchos de ellos ubicados en
territorios a los que no llega el servicio de acueducto convencional. Se
caracterizan porque son gestionados por las mismas comunidades que se
benefician del recurso hídrico a través de juntas de acueductos, a diferencia
de los municipales, que son manejados por empresas de servicios públicos
encargadas del proceso de potabilización y suministro, mientras los usuarios solo
pagan el recibo.
Dichas organizaciones comunitarias suelen operar con
recursos limitados y dependen del trabajo voluntario de sus integrantes, lo que
dificulta el mantenimiento permanente de la infraestructura y la atención
oportuna de emergencias climáticas.
Ante este complejo escenario, Mayra Alejandra Pérez Ortiz,
magíster en Ingeniería Ambiental de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL)
Sede Palmira, creó por primera vez en el país un índice de vulnerabilidad
climática para acueductos comunitarios (IVAC) de cuencas andinas tropicales,
una herramienta que permite identificar qué tan susceptibles son estos sistemas
a daños y qué tan preparados están para mantener el servicio de agua en esas
condiciones.
Para su investigación, Alejandra aplicó el índice en 13
acueductos comunitarios ubicados en la cuenca del río Bolo, un afluente que
nace en la laguna Los Cristales, en la cordillera Central, a unos
3.800 msnm, y recorre zonas rurales de Palmira, Pradera y Candelaria antes
de unirse al río Fraile y posteriormente al río Cauca.
A lo largo de su recorrido, el río enfrenta presiones
ambientales acumuladas, como la intervención del páramo donde nace, la
deforestación en la parte media de la cuenca y la contaminación en la planicie
por sedimentos, residuos sólidos, aguas residuales y escombros. En este
contexto, las lluvias intensas (abril-mayo, octubre-noviembre) incrementan la
turbiedad del agua y generan daños en las estructuras de captación, así como en
periodos de sequía en los que disminuye el caudal de quebradas y nacimientos de
agua, obligando a racionar o suspender temporalmente el servicio en algunas
veredas o corregimientos.
No obstante, desde su nacimiento hasta su desembocadura, el
río Bolo enfrenta múltiples presiones ambientales que agravan la calidad del
agua y aumentan su turbiedad. En la zona de páramo, donde se origina el
afluente, la intervención humana ha reducido la capacidad natural del suelo
para retener y regular el agua.
Más abajo, en la planicie, la contaminación por residuos
sólidos, aguas residuales domésticas y escombros de construcción deteriora aún
más el afluente. En municipios como Pradera se han identificado puntos críticos
de disposición de residuos cerca del cauce, y en barrios como Las Vegas y
Primero de Mayo el río recibe descargas de basuras y aguas servidas, lo que
empeora la calidad del agua que abastece a los acueductos comunitarios.
Infraestructura y clima ponen a prueba el abastecimiento
de agua
El IVAC mostró que 10 de los acueductos evaluados presentan
un nivel alto de vulnerabilidad climática, lo que significa que su
infraestructura, capacidad de gestión y disponibilidad de agua se pueden ver
seriamente afectadas durante eventos como periodos prolongados de sequía o
lluvias intensas, crecientes de las fuentes abastecedoras. Por ejemplo, en el
caso del acueducto Lomitas, el desbordamiento del río Bolo durante temporadas
de lluvia ha generado emergencias que afectan la estructura de captación y la
continuidad del servicio, mientras que 3 acueductos (23,1 %) mostraron un
nivel medio.
Ninguno presentó un nivel bajo de vulnerabilidad climática,
lo que evidencia que todos los sistemas evaluados tienen algún grado de riesgo
frente a la variabilidad climática en la cuenca, un hallazgo importante si se
tiene en cuenta que los acueductos comunitarios abastecen a comunidades rurales
dedicadas principalmente a la agricultura y la ganadería –con cultivos de
frutales, cereales y hortalizas, entre otros–, cuyos habitantes también
utilizan el afluente para actividades recreativas.
Los resultados se atribuyen principalmente a debilidades en
la infraestructura de estos acueductos; muchos no cuentan con plantas de
tratamiento completas ni con procesos permanentes de desinfección. Los sistemas
más sencillos cuentan con una bocatoma, un desarenador —cuya función es separar
la arena y los sedimentos antes de que el agua fluya hacia las viviendas— y una
red de tuberías que conduce el agua hasta las casas.
Otros acueductos incorporan elementos adicionales como
tanques de almacenamiento, que permiten reservar agua, sistemas de cloración
para su desinfección, medidores y redes de distribución más completas. En la
mayoría de los casos, estas estructuras utilizan tuberías de PVC, concreto o
hierro; incluso algunos tienen la red de distribución directa hacia las
viviendas, sin tratamientos avanzados de filtración o desinfección, lo que
aumenta la vulnerabilidad del servicio frente a cambios en la calidad del agua.
De igual manera, con las intensas lluvias, las quebradas o
las fuentes de donde se abastecen estos sistemas tienen fuertes crecidas que
dañan bocatomas y generan problemas de presión que rompen las tuberías y las
redes de distribución.
“Los acueductos que obtuvieron una vulnerabilidad climática
media se caracterizaron principalmente por limitaciones financieras e
institucionales, como la falta de presupuesto para mantenimiento, escaso
acompañamiento técnico y dificultades para planear acciones de adaptación
frente al cambio climático”, señala la investigadora.
IA para la evaluación de acueductos comunitarios
A diferencia de aproximaciones anteriores, que evaluaban la
vulnerabilidad climática mediante indicadores aislados, el aporte realizado por
la investigadora Pérez radica en que ofrece una herramienta integral y
adaptable a diferentes territorios rurales de la región andina tropical, para
evaluar la vulnerabilidad climática de estos acueductos.
El IVAC concibe al acueducto comunitario como un sistema
constituido por diversos componentes que incluyen las condiciones ambientales
de las microcuencas abastecedoras, la infraestructura de captación y
distribución, la organización comunitaria y la capacidad económica y
administrativa de las juntas de acueducto; así, integra 27 indicadores que
reflejan aspectos de infraestructura y operatividad, socioeconómicos,
ambientales y administrativos, como el estado de las bocatomas, la capacidad de
almacenamiento de agua, la existencia de sistemas de desinfección, la
disponibilidad de información sobre lluvias y caudales, el número de usuarios
atendidos, los ingresos del acueducto y la capacidad de las juntas para
responder a emergencias climáticas.
Además, la evaluación, que utiliza la lógica difusa de la
IA, permite analizar los acueductos en los que la información es incompleta o
incierta, algo frecuente en sistemas rurales de abastecimiento de agua, por
ejemplo, cuando no existen registros continuos de caudal, precipitación o
calidad del agua en las fuentes abastecedoras.
“Comprender estas vulnerabilidades permite no solo
dimensionar los desafíos actuales, como los daños recurrentes por lluvias
intensas, la reducción del caudal en temporadas secas o la limitada capacidad
técnica para responder a emergencias, sino también avanzar hacia soluciones que
garanticen la continuidad y calidad del servicio para las comunidades rurales
que dependen de estos sistemas”, concluye la investigadora.
El diseño del IVAC también contó con los aportes del Grupo
de Investigación Monitoreo, Modelación y Gestión de Cuencas Hidrográficas de la
UNA Sede Palmira.




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