El contacto entre empaques plásticos y alimentos no siempre es neutro; en determinados escenarios puede implicar la liberación de compuestos que comprometen calidad y seguridad del producto, un riesgo que hoy se evalúa mediante ensayos especializados para definir límites de uso. En el Laboratorio de Extensión y Asesoría de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) estos procesos se analizan con ensayos especializados que verifican su seguridad y orientan su uso en la industria.
Aunque los empaques plásticos como el icopor (poliestireno
expandido) cumplen un papel fundamental en la conservación, el transporte y la
protección de los alimentos, en ciertas condiciones pueden transferir
compuestos químicos al producto, un fenómeno conocido como migración. Este
proceso no ocurre de manera uniforme: los alimentos grasos, ácidos o sometidos
a altas temperaturas pueden favorecer una mayor liberación de sustancias del
plástico, por lo que cada caso se debe evaluar según su uso real y no solo en
las condiciones ideales de un laboratorio.
En el Laboratorio de Extensión y Asesoría del Departamento
de Química de la UNAL este fenómeno se analiza mediante ensayos de migración
global y específica. La migración global permite determinar la cantidad total
de sustancias que pasan del empaque al alimento, mientras que la específica
identifica compuestos particulares que representarían un riesgo para la salud,
lo que ofrece una lectura más detallada de la interacción entre el material y
el producto.
Para realizar esta pruebas se utilizan simulantes de
alimentos —sustancias que reproducen el comportamiento de líquidos, grasas o
medios ácidos— con el fin de recrear las condiciones reales de consumo. Estos
se someten a distintos escenarios de temperatura y tiempo, como refrigeración,
almacenamiento prolongado o calentamiento, lo que permite observar cómo varía
la migración según el uso que tendrá el empaque.
“Evaluamos cómo influyen factores como la temperatura, el
tiempo de contacto y la naturaleza del alimento en ese proceso de migración,
porque no es lo mismo un producto seco que uno graso o ácido. Estos análisis
permiten anticipar riesgos y verificar si los materiales cumplen con los
límites establecidos por la normativa vigente”, explica la profesora Diana
Sinuco León, directora del Laboratorio.
Evaluación técnica define cuándo un empaque es seguro
Uno de los hallazgos más llamativos se dio en el análisis de
biberones disponibles en el mercado nacional. En el marco de un trabajo de
maestría se evaluó la posible migración de bisfenol A, un compuesto utilizado
en algunos plásticos y reconocido por sus efectos potencialmente nocivos para
la salud.
“Los resultados mostraron que no todos los productos
presentaban migración de esta sustancia, lo que evidencia diferencias en los
procesos de fabricación y en la calidad de los materiales utilizados”, anota la
profesora Sinuco.
El estudio también permitió identificar un avance
importante: varias marcas han mejorado sus tecnologías de producción y han
logrado evitar la transferencia de este tipo de compuestos, especialmente en
productos destinados al cuidado de bebés, un aspecto crítico por la alta
sensibilidad de esta población.
Entre las sustancias que pueden migrar se encuentran
ftalatos, bisfenol A o nitrosaminas, compuestos utilizados en la fabricación de
plásticos que, en determinadas concentraciones y condiciones. “Por ello es
fundamental establecer límites máximos permitidos, ya que su exposición
prolongada se ha relacionado con efectos como alteraciones hormonales e incluso
con procesos asociados con el desarrollo de algunos tipos de cáncer. Se trata
de compuestos no deseados en los empaques, precisamente porque se pueden transferir
a los alimentos”, señala la experta.
El control de estos materiales no recae solo en los
laboratorios. Los fabricantes envían sus productos para evaluación, pero son
ellos quienes deben ajustar las formulaciones. Esto implica modificar los
aditivos —sustancias que se incorporan al plástico para darle propiedades como
flexibilidad, resistencia o transparencia—, ya que su selección y combinación
determinan si estos compuestos pueden migrar o no hacia los alimentos.
Los ensayos no buscan demostrar que todos los empaques son
peligrosos, sino establecer en qué condiciones su uso es seguro y en cuáles
representaría un riesgo, lo que resulta fundamental para que la industria de
alimentos tome decisiones al respecto.
“El Laboratorio cuenta con metodologías estandarizadas y
procesos validados que permiten ofrecer resultados confiables. Empresas del
sector alimentario acuden a estos análisis para verificar que sus materiales
cumplen con los requisitos antes de comercializarlos, lo que convierte estos
estudios en un filtro técnico previo a la circulación de los productos en el
mercado”, afirma Clemencia Daza, coordinadora de calidad del Laboratorio.
Riesgos asociados con el uso inadecuado de los empaques
Además del análisis técnico, las investigadoras advierten
sobre prácticas cotidianas que pueden alterar el comportamiento de los
empaques; por ejemplo calentar alimentos en recipientes no diseñados para altas
temperaturas, como el icopor, puede favorecer la liberación de sustancias no
previstas en condiciones normales de uso.
Así mismo, el uso repetido de empaques diseñados para una
sola aplicación puede modificar sus propiedades físicas y químicas, aumentando
así la probabilidad de migración de compuestos. Por ejemplo, reutilizar envases
plásticos de un solo uso para calentar alimentos en microondas, almacenar
comidas calientes, o someterlos a lavados frecuentes puede degradar el material
y favorecer la liberación de sustancias hacia los alimentos. También ocurre
cuando las botellas desechables se rellenan varias veces o se exponen al sol,
lo que altera su estructura. Esto refuerza la importancia de seguir las
recomendaciones de uso indicadas por los fabricantes.
Más allá del laboratorio, estas investigaciones aportan
información importante para el desarrollo de materiales más seguros y para el
fortalecimiento de la regulación. En un contexto de alto consumo de alimentos
empacados, entender estas interacciones permite no solo proteger la salud de
los consumidores, sino también orientar prácticas industriales más responsables
y basadas en evidencia científica.




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