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jueves, 26 de marzo de 2026

Calendario indígena revela desajuste en los ciclos del río Amazonas

 Las señales que marcan el año en la Amazonia —como la subida y bajada del río, la migración de los peces o la caída de frutos— dejaron de ocurrir de forma sincronizada con el río, lo cual afecta la pesca, la alimentación y la vida cotidiana en estos humedales amazónicos cercanos a Leticia. Este hallazgo se evidenció mediante un calendario construido por la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Amazonia, la Universidad Internacional de Florida y pescadores indígenas.

Para entender la magnitud de este hallazgo primero debemos viajar a los lagos de Yahuarcaca. Este lugar es un complejo y vital sistema de humedales de 500 hectáreas, ubicado muy cerca del casco urbano de Leticia, en el que conviven siete comunidades indígenas, entre ellas La Milagrosa, Castañal, San Antonio y San Pedro. Para estos pobladores, la vida diaria, la alimentación y la cultura están dictadas por los ritmos del agua.

Sin embargo, para registrar cómo está cambiando esa dinámica, los investigadores no usaron herramientas de medición convencionales, sino que acudieron a un calendario estacional construido con el conocimiento de 25 sabedores locales, quienes han observado durante décadas el comportamiento del río, los peces y el bosque. Más que un almanaque, esta herramienta organiza el año según los ciclos del agua y su relación con la vida en el territorio.

Se trata de un mapa detallado que dibuja los cuatro ciclos hídricos del año —aguas altas, descenso, aguas bajas (no verano) y aguas en ascenso— y los cruza con eventos biológicos clave. Por ejemplo allí se registra cuándo caen los frutos que alimentan a los peces, en qué momento ocurren las migraciones o “subiendas” y cuándo llegan los friajes que bajan la temperatura.

Al reunir estos elementos, el calendario permite comparar cómo funcionaba el ecosistema según la memoria de las comunidades y cómo está respondiendo hoy frente a las variaciones del clima.

UNAL, puente entre saberes y monitoreo del territorio

El papel de la UNAL Sede Amazonia fue determinante para lograr que la articulación de saberes se diera sin imponer una visión externa. A través del Laboratorio Manejo y Gestión de Humedales, del Instituto Amazónico de Investigaciones (Imani), liderado por el profesor Santiago Duque, experto en ecosistemas acuáticos, la Universidad aportó su conocimiento en el estudio del agua y los peces, fundamentales para entender el funcionamiento del sistema de lagos.

Sin embargo, su mayor contribución fue actuar como un puente de confianza. Gracias a años de trabajo previo en procesos de educación ambiental y manejo del territorio con la Asociación de Pescadores de los los Lagos de Yahuarcaca (TIKA) se generaron las condiciones para que el conocimiento de los abuelos fuera el eje del proceso.

A través de entrevistas, talleres y recorridos por el territorio, los sabedores reconstruyeron colectivamente los ciclos del agua, las rutas de los peces y los cambios observados en las últimas décadas, convirtiendo su experiencia en una herramienta de monitoreo ambiental. En todos los encuentros surgió una misma alerta: “ya no es como antes”.

La antropóloga Lulu Victoria-Lacy, investigadora de la Universidad Internacional de Florida y autora principal del estudio, explica que el calendario se convirtió en una línea base que muestra cómo se comportaba el ecosistema hace más de 20 años, cuando las subidas y bajadas del río predecían los tiempos de reproducción de los peces, la caída de frutos y los periodos de pesca.

Al contrastar esa memoria con la situación actual, el estudio identificó un desajuste entre las señales de la naturaleza y los ciclos del río. Fenómenos que antes ocurrían de forma sincronizada —como ciertos eventos reproductivos de los peces— ahora se presentan de manera irregular, lo que altera la disponibilidad de alimento y dificulta la pesca.

Además, la investigación evidencia que estos cambios tienen efectos directos en la seguridad alimentaria y en las prácticas culturales, pues en la Amazonia los peces no solo son base de la dieta sino también el eje de la planificación de las actividades comunitarias, ya que en la Amazonia los ciclos del agua determinan cuándo sembrar, cuándo pescar y cómo organizar la vida cotidiana.

La investigadora Victoria-Lacy destaca que, más que traducir estos saberes a términos científicos, el propósito del estudio fue fortalecer su propia forma de entender y leer el entorno, demostrando así que el conocimiento de las comunidades es un sistema riguroso para observar los cambios ambientales.

Visualmente el calendario es un gran lienzo donde el río, pintado de verde en el centro, representa a la “Boa Madre”, la figura guardiana del agua que simboliza la interconectividad del ecosistema. A su alrededor, la obra documenta los indicadores que las comunidades reconocen para identificar los ciclos del agua, como las aguas altas (Narü bai) o aguas bajas (Eané Tipa).

Este esfuerzo trasciende la academia, ya que el calendario funcionará como una herramienta para fortalecer la educación ambiental en las comunidades y transmitir este conocimiento a las nuevas generaciones. También abre la puerta para que los sistemas de monitoreo ambiental incorporen estas lecturas del territorio, en lugar de reemplazarlas.






martes, 11 de noviembre de 2025

Astrónoma de la UNAL revela cómo deciden las estrellas jóvenes si un planeta puede ser habitable

 El nacimiento de una estrella también marca el inicio de la vida de los planetas que la acompañan. Si en sus primeras etapas ese joven astro emite explosiones demasiado fuertes, puede destruir sus atmósferas y reducir las posibilidades de mantener vida como la nuestra. María Gracia Batista Rojas, la primera doctora en Astronomía de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), desarrolló dos herramientas para analizar ese comportamiento en estrellas jóvenes que hasta ahora están creciendo, lo que constituye una llave para identificar los sistemas planetarios que a futuro serían habitables para los humanos.

A diferencia del Sol actual, que brilla con relativa calma, las estrellas jóvenes son inquietas: constantemente en su interior ascienden y descienden gases extremadamente calientes, como corrientes que hierven. Esos movimientos generan campos magnéticos poderosos que en ocasiones se rompen súbitamente liberando grandes cantidades de energía. Dichas explosiones, conocidas como “llamaradas estelares”, iluminan su entorno con radiación ultravioleta y rayos X. Si cerca de ellas se está formando un planeta, su atmósfera se puede calentar, erosionar, o incluso arrancarse por completo.

Esta es la historia contada por María Gracia Batista Rojas, la primera doctora en Astronomía formada en la UNAL, quien se propuso estudiar ese “temperamento” estelar para entender cuándo una estrella permite que un planeta mantenga su atmósfera y cuándo la destruye. Para hacerlo, ella analizó miles de estrellas jóvenes en las constelaciones de Tauro y Orión, regiones del cielo en donde nacen nuevos sistemas solares. En estas zonas, esas estrellas jóvenes no son visibles a simple vista como puntos individuales, pues están inmersas en nubes de gas y polvo, y por eso no se observan “como se mira una estrella en la noche”, sino leyendo la luz que llega desde ellas y cómo cambia con el tiempo.

Leer esa luz es una tarea delicada, por eso la doctora Batista utilizó datos de telescopios espaciales que registran cómo varía la luminosidad de una estrella a lo largo de días y semanas. Cuando esa intensidad aumenta repentinamente, es señal de que ha ocurrido una llamarada.

También usó otros instrumentos que captan la radiación ultravioleta y los rayos X que se escapan de las capas externas de la estrella, lo cual permite saber qué tan activa es magnéticamente, y mediciones precisas de posición y movimiento en el cielo que le ayudaron a confirmar que pertenecían a las regiones de Tauro y Orión y que están en etapas tempranas de su vida.

La cantidad de información es abrumadora: miles de estrellas, millones de mediciones, y variaciones en la luz que podían ser tan sutiles como una respiración. Analizar esos datos a mano hubiera tomado décadas enteras. Por eso la investigadora desarrolló dos herramientas digitales propias: CATTS, capaz de medir la actividad magnética registrada en la luz de las estrellas, y FLAN, diseñada para identificar y medir automáticamente cada llamarada estelar.

Gracias a ellas construyó uno de los registros más completos y precisos de la actividad en estrellas jóvenes de estas regiones a millones de años luz de la Tierra, y encontró que las estrellas recién formadas pueden ser miles de veces más activas que el Sol en nuestro Sistema Solar, ya que sus superficies están en constante agitación y giro, y sus campos magnéticos se retuercen hasta liberarse en forma de explosiones violentas.

Sin embargo no todas estas estrellas se comportan igual, pues eso depende de un disco que algunas tienen desde su nacimiento: en las que lo mantienen, el disco frena el giro y la liberación de energía, mientras que en las demás no hay un obstáculo para la fuerza que se desprende de su interior generando llamaradas más potentes.

¡Al infinito, y más allá!

Así, la investigación muestra que el comportamiento de una estrella joven puede decidir si un planeta conservará o no su atmósfera. Si la estrella gira muy rápido y produce llamaradas muy fuertes, esas explosiones pueden calentar y arrancar el aire del planeta antes de que la vida siquiera tenga oportunidad de surgir; en cambio, si la estrella es menos violenta en sus primeros millones de años, el planeta puede mantener su atmósfera y desarrollar condiciones estables.

Este hallazgo cambia la manera en que buscamos mundos habitables, pues durante años los estudios se enfocaron principalmente en encontrar planetas del tamaño de la Tierra, ubicados a una distancia adecuada de su estrella, en donde la temperatura permita la presencia de agua líquida. Pero esta investigación plantea que esto puede no ser suficiente. Antes de preguntarnos si un planeta sostiene vida debemos preguntarnos: ¿su estrella lo deja respirar?

En nuestro Sistema Solar tenemos un ejemplo cercano que nos ayuda a visualizar mejor el fenómeno: se trata de Marte, que hoy tiene una atmósfera muy delgada, cerca del 1 % de la de la Tierra. Aunque su historia es compleja y tiene varias causas, se sabe que la interacción con la radiación del Sol contribuyó a que el planeta perdiera gran parte de su aire, pues era más pequeño e indefenso. Esto muestra lo frágil que puede ser la atmósfera de un planeta y por qué es tan importante que la estrella que lo acompaña no sea demasiado violenta en su etapa joven.

Todo esto nos recuerda que la vida no es algo que se pueda dar en cualquier parte del universo y de la misma forma. Necesita condiciones delicadas, tiempo suficiente y una estrella que no destruya aquello que intenta nacer.

Entender cómo funcionan las estrellas jóvenes no solo nos ayuda a buscar otros mundos, sino que además nos invita a valorar el nuestro, porque si estamos aquí es en parte porque hace miles de millones de años nuestro Sol decidió no ser tan violento, y eso, en términos cósmicos, es un gesto de suerte extraordinaria.









martes, 21 de mayo de 2024

Estudio de la UNAL revela cómo ingresó el mar a Colombia hace 400 millones de años

 En los municipios boyacenses de Santa María y La Floresta se identificaron las relaciones existentes entre dos secciones de rocas del periodo Devónico inferior, poco descrito en Colombia. El estudio muestra que el tamaño del grano de cada roca, los minerales presentes allí (cuarzo o mica) y los invertebrados marinos son similares en ambos lugares, y además en algunas partes superiores de la formación rocosa se evidencia cómo habría ingresado el mar a Colombia, hace 400 millones de años.

El Devónico tiene tres divisiones: inferior, medio y superior, y es conocido como la “Edad de los peces”, ya que durante este tiempo una porción muy importante del planeta estaba inundada, lo cual ayudó a que evolucionaran; además hubo una alta proliferación de plantas, de ahí que sea una época clave para ver los cambios en la composición de la Tierra.

Con esto en mente, la investigadora Luisa Fernanda Rengifo Cajias, magíster en Geología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), estudió rocas de este periodo en los macizos de Quetame y Floresta, particularmente en los municipios de Santa María y Floresta, en Boyacá. 

Allí encontró secciones estratigráficas de alrededor de 80 m de largo, que describió cada 10 cm con el objetivo de tener un mayor detalle de las capas de cada roca, algo que no se había hecho antes para estas secciones a tal nivel de detalle.

La investigadora afirma que “el presente es la clave del pasado: los ríos se comportan hoy como los de hace millones de años y tienen interacciones similares con las rocas que están a su alrededor, por ello se buscaba determinar si estas secciones compartían rasgos relacionados con sus ambientes, su composición, sus estructuras internas, y con la fauna de invertebrados marinos que vivían en esa época, el Devónico inferior, mostrando cómo la Tierra se inundó en la región”.

Es importante recordar que durante dicho periodo Sudamérica formaba parte de un supercontinente conocido como Gondwana, junto con África, la Antártida, Australia, India y la Península Ibérica, y muchas áreas de su superficie estaban cubiertas por los mares facilitando que las rocas y los sedimentos preservaran los fósiles y los icnofósiles, que son registros fósiles de la actividad biológica, pero sin conservar los restos del animal o la planta que los originó, como por ejemplo las madrigueras.

A finales del Devónico inferior y durante el Devónico medio esta región fue habitada por trilobites y braquiópodos, muy frecuentes en Colombia durante ese tiempo, además de corales rugosos y graptolitos, que son pequeños animales con ramificaciones en su cuerpo muy útiles para clasificar las rocas.


“Al comparar las dos secciones se determinó que los procesos sedimentológicos asociados con las inundaciones de hace millones de años se comportaron de manera similar en las dos zonas, concambios en el tamaño de los granos, pasando de un mayor tamaño y con una forma gruesa, a una estructura más fina cuando se van acercando a las desembocaduras de los ríos”, indica la experta.

“En el trabajo se clasificaron 6 litofacies en las rocas, estas son unidades que permiten diferenciar los cambios físicos, químicos y biológicos de cada una, y que reflejan el ambiente que había durante el Devónico inferior. Para el estudio, estos sedimentos se van transformando de una forma conglomerada y arenosa con acumulaciones de granos gruesos, a una estructura más fina y lodosa, que guarda el rastro fósil de invertebrados marinos como los lirios de mar (crinoideos), corales y braquiópodos.

¿Qué “dicen” las rocas?

El trabajo en campo consistió en ir a las secciones y hacer una revisión general de las rocas para ver si cumplían con los criterios necesarios para la investigación; allí se realizó un dibujo y una descripción de las secciones que se pueden observar, llamadas columnas estratigráficas, y a medida que se fue realizando la descripción se tomaron muestras de cada parte de interés.

“Para el análisis en laboratorio se evaluaron secciones muy delgadas de las rocas, alrededor de 0,5 micras, y se observaron en un microscopio para determinar los minerales presentes allí; entre los más frecuentes estuvieron el cuarzo y la mica. También se realizó la técnica de difracción de rayos X, en la que se pulveriza la roca y se pasa por un aparato especializado que entrega una caracterización con un mayor grado de precisión de los cambios en su composición y, nuevamente, de los minerales”, afirma.

La investigadora expresa que una de las partes más importantes fue dar a conocer estos hallazgos a la comunidad de Santa María y Floresta, por lo que se realizaron talleres presenciales y virtuales en colegios y con la comunidad de cada municipio en los que las personas interesadas podían conocer sobre lo fundamental que es esta región de Boyacá para la geología y el entendimiento del Devónico inferior, un periodo que es la ventana a los mares de hace millones de años.