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miércoles, 9 de septiembre de 2026

Uso compulsivo de redes sociales interfiere con el sueño, el estudio y las relaciones sociales

 Revisar una publicación, pasar a la siguiente y después a otra puede parecer una rutina inofensiva, hasta que han transcurrido horas frente a la pantalla. Cuando ese consumo empieza a quitarle tiempo al sueño, al estudio, al trabajo o a las relaciones con otras personas, y desconectarse produce malestar, el uso de las redes sociales puede haberse convertido en una conducta problemática que requiere atención.

El médico psiquiatra Julián Andrés Sucerquia Quintero, docente del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), advierte que la señal de alarma no está únicamente en cuánto tiempo pasa una persona frente al celular, sino en lo que deja de hacer por permanecer conectada.

“Si esto empieza a interferir en su funcionalidad como individuo, como persona que estudia, como parte de una familia o como persona que trabaja, ahí ya tenemos una de las condiciones para hablar de dependencia”, señala el especialista.

El scrolling –término derivado de la expresión inglesa scroll down, que significa desplazarse hacia abajo– describe ese movimiento continuo con el que se recorren contenidos en redes sociales y otras plataformas digitales. El problema aparece cuando resulta difícil detenerlo y la búsqueda de nuevos videos, fotografías, mensajes, reacciones o publicaciones empieza a ocupar espacios destinados a otras actividades.

El profesor Sucerquia explica que existen dos elementos particularmente importantes. El primero ocurre cuando el tiempo dedicado a la conducta interfiere con el funcionamiento cotidiano; el segundo, cuando no poder realizarla genera una respuesta emocional desagradable.

“Cuando uno está tan pendiente de la conducta que no funciona donde debe funcionar y cuando no puede realizarla se genera un malestar emocional que incrementa la interferencia”, precisa.

Un cerebro que siempre espera algo más

Parte de la explicación está en el sistema de recompensa del cerebro, un conjunto de estructuras involucradas en reforzar comportamientos asociados con experiencias placenteras o beneficiosas.

Las redes sociales pueden activar esos mecanismos mediante estímulos rápidos y repetidos. Una fotografía recibe un “me gusta”, un comentario genera una reacción o una publicación consigue aprobación casi inmediatamente. Esa gratificación puede reforzar la conducta y favorecer que la persona vuelva una y otra vez a la plataforma.

“Ponemos una foto, un reel o alguna publicación y empiezan a llegar likes, corazones o comentarios positivos. Esto hace que el cerebro diga ‘qué rico, volvámoslo a hacer’”, señala el psiquiatra.


En ese proceso interviene la dopamina, neurotransmisor relacionado, entre otras funciones, con los circuitos cerebrales de motivación y recompensa. La experiencia agradable refuerza la búsqueda de nuevas interacciones y puede aumentar progresivamente el tiempo de exposición.

Pero el enganche no depende solo de las reacciones de otras personas. Los algoritmos también aprenden qué contenidos llaman la atención del usuario y le ofrecen cada vez más publicaciones similares, prolongando su permanencia en la plataforma.

Por ejemplo, si alguien busca repetidamente videos de mascotas, viajes, deportes o cualquier otro asunto, la plataforma identifica ese interés y empieza a ofrecerle más contenido relacionado. “A mayor consumo del contenido, el algoritmo de la red social va brindando más información relacionada y termina enganchando precisamente a lo mismo”, indica el docente, adscrito al área de Psiquiatría del Hospital Universitario Nacional de Colombia (HUN).

Del celular a la cama

Una de las situaciones que el especialista encuentra en consulta aparece al preguntarles a los pacientes por sus hábitos de sueño. “Hay pacientes que dicen ‘me quedo viendo la pantalla del celular hasta que me coge el sueño’, y pueden pasar horas y horas. Son personas que en otros componentes son supremamente funcionales, pero sacrifican el sueño”, relata.

También existen señales mucho más cotidianas como por ejemplo, personas que no entran al baño sin el teléfono, familias reunidas alrededor de una mesa mientras cada integrante mira su propia pantalla o niños que solo permanecen tranquilos en un restaurante cuando tienen un dispositivo enfrente.

Para el experto, allí se observa la paradoja sobre cómo, una herramienta creada para mantener conectadas a las personas ha terminado restándole espacio al contacto presencial.

Otro aspecto que anota el académico es que la sucesión de estímulos breves puede dificultar que una persona permanezca concentrada durante periodos prolongados en una sola actividad, como estudiar, trabajar, ver una película o leer un libro.

“Si yo estoy todo el tiempo pegado al celular, mi capacidad de conectarme, fijar mi atención en el entorno, en las tareas que tengo que hacer o en lo que me están diciendo en casa va a estar alterada”, afirma.

A esto se suma la autoestima, “si lo que pongo en redes sociales es para percibir validación de desconocidos o de personas que me rodean, tiende a ser bastante superficial ese amor propio. En el momento en que no estoy generando impacto con mis publicaciones, voy empezando a limitar la percepción de mi propio valor”, advierte.

Aunque niños y adolescentes requieren especial atención, el uso problemático de las plataformas digitales puede aparecer a cualquier edad. En la infancia son claves las pautas de crianza y los límites en el tiempo de pantalla, mientras en la adolescencia la soledad, la necesidad de pertenecer a un grupo y la búsqueda de aceptación pueden favorecer el uso de las redes como refugio.

En los adultos y adultos mayores, la percepción de soledad y el menor contacto con familiares y amigos también pueden aumentar su uso. Por eso, señala el profesor Sucerquia, no se trata de eliminar el celular o abandonar las redes sociales, sino de evitar que desplacen actividades esenciales para el bienestar.

¿Puede dejar el celular a un lado?

Una primera medida consiste en observar cuánto tiempo se permanece realmente frente a la pantalla. Muchos teléfonos permiten consultar ese registro, una herramienta que ayuda a contrastar la percepción personal con el uso efectivo.

El especialista recomienda establecer franjas específicas para consultar redes, apagar o restringir las notificaciones durante la noche y mantener el teléfono apartado mientras se estudia o trabaja.

También plantea una regla sencilla: las redes no deberían quitarle tiempo al sueño, la alimentación, el estudio, el trabajo ni al encuentro presencial con otras personas.

“Podemos consumir una hora, hora y media y cerrar, es decir, desconectarnos posteriormente. Lo vital es regular el tiempo, no sacrificar el sueño, la comida, el compartir en persona, el trabajar o el estudiar por estar pendiente de las redes”, sostiene.

Otra señal merece atención es la sensación de que es imposible ignorar una vibración o una notificación. Esa respuesta automática puede trabajarse mediante intervenciones psicológicas cuando la persona ya no consigue regularla por sí misma.

Según el profesor Sucerquia, en las conductas adictivas asociadas con redes sociales la intervención es principalmente no farmacológica y la terapia cognitivo-conductual ha mostrado utilidad para modificar patrones de comportamiento y aprender nuevas formas de responder ante los estímulos que generan la necesidad de conectarse.

El acompañamiento debe considerar además las circunstancias particulares de cada persona y su entorno familiar. “Lo importante no es solamente tratar la adicción, sino tratar a la persona y educar a la familia”, enfatiza.

 




martes, 21 de mayo de 2024

Estudio de la UNAL revela cómo ingresó el mar a Colombia hace 400 millones de años

 En los municipios boyacenses de Santa María y La Floresta se identificaron las relaciones existentes entre dos secciones de rocas del periodo Devónico inferior, poco descrito en Colombia. El estudio muestra que el tamaño del grano de cada roca, los minerales presentes allí (cuarzo o mica) y los invertebrados marinos son similares en ambos lugares, y además en algunas partes superiores de la formación rocosa se evidencia cómo habría ingresado el mar a Colombia, hace 400 millones de años.

El Devónico tiene tres divisiones: inferior, medio y superior, y es conocido como la “Edad de los peces”, ya que durante este tiempo una porción muy importante del planeta estaba inundada, lo cual ayudó a que evolucionaran; además hubo una alta proliferación de plantas, de ahí que sea una época clave para ver los cambios en la composición de la Tierra.

Con esto en mente, la investigadora Luisa Fernanda Rengifo Cajias, magíster en Geología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), estudió rocas de este periodo en los macizos de Quetame y Floresta, particularmente en los municipios de Santa María y Floresta, en Boyacá. 

Allí encontró secciones estratigráficas de alrededor de 80 m de largo, que describió cada 10 cm con el objetivo de tener un mayor detalle de las capas de cada roca, algo que no se había hecho antes para estas secciones a tal nivel de detalle.

La investigadora afirma que “el presente es la clave del pasado: los ríos se comportan hoy como los de hace millones de años y tienen interacciones similares con las rocas que están a su alrededor, por ello se buscaba determinar si estas secciones compartían rasgos relacionados con sus ambientes, su composición, sus estructuras internas, y con la fauna de invertebrados marinos que vivían en esa época, el Devónico inferior, mostrando cómo la Tierra se inundó en la región”.

Es importante recordar que durante dicho periodo Sudamérica formaba parte de un supercontinente conocido como Gondwana, junto con África, la Antártida, Australia, India y la Península Ibérica, y muchas áreas de su superficie estaban cubiertas por los mares facilitando que las rocas y los sedimentos preservaran los fósiles y los icnofósiles, que son registros fósiles de la actividad biológica, pero sin conservar los restos del animal o la planta que los originó, como por ejemplo las madrigueras.

A finales del Devónico inferior y durante el Devónico medio esta región fue habitada por trilobites y braquiópodos, muy frecuentes en Colombia durante ese tiempo, además de corales rugosos y graptolitos, que son pequeños animales con ramificaciones en su cuerpo muy útiles para clasificar las rocas.


“Al comparar las dos secciones se determinó que los procesos sedimentológicos asociados con las inundaciones de hace millones de años se comportaron de manera similar en las dos zonas, concambios en el tamaño de los granos, pasando de un mayor tamaño y con una forma gruesa, a una estructura más fina cuando se van acercando a las desembocaduras de los ríos”, indica la experta.

“En el trabajo se clasificaron 6 litofacies en las rocas, estas son unidades que permiten diferenciar los cambios físicos, químicos y biológicos de cada una, y que reflejan el ambiente que había durante el Devónico inferior. Para el estudio, estos sedimentos se van transformando de una forma conglomerada y arenosa con acumulaciones de granos gruesos, a una estructura más fina y lodosa, que guarda el rastro fósil de invertebrados marinos como los lirios de mar (crinoideos), corales y braquiópodos.

¿Qué “dicen” las rocas?

El trabajo en campo consistió en ir a las secciones y hacer una revisión general de las rocas para ver si cumplían con los criterios necesarios para la investigación; allí se realizó un dibujo y una descripción de las secciones que se pueden observar, llamadas columnas estratigráficas, y a medida que se fue realizando la descripción se tomaron muestras de cada parte de interés.

“Para el análisis en laboratorio se evaluaron secciones muy delgadas de las rocas, alrededor de 0,5 micras, y se observaron en un microscopio para determinar los minerales presentes allí; entre los más frecuentes estuvieron el cuarzo y la mica. También se realizó la técnica de difracción de rayos X, en la que se pulveriza la roca y se pasa por un aparato especializado que entrega una caracterización con un mayor grado de precisión de los cambios en su composición y, nuevamente, de los minerales”, afirma.

La investigadora expresa que una de las partes más importantes fue dar a conocer estos hallazgos a la comunidad de Santa María y Floresta, por lo que se realizaron talleres presenciales y virtuales en colegios y con la comunidad de cada municipio en los que las personas interesadas podían conocer sobre lo fundamental que es esta región de Boyacá para la geología y el entendimiento del Devónico inferior, un periodo que es la ventana a los mares de hace millones de años.


 




martes, 26 de diciembre de 2023

Abejas silvestres de Totoró (Cauca), materia de estudio por su aporte a la sostenibilidad ambiental

 El grupo de investigación Parasitología, Inmunología y Enfermedades Infecciosas, de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira, evalúa la presencia en Colombia de ácaros en colmenas de las tribus Apini y Meliponini –que anidan en árboles y cavidades lejos de la presencia humana–, con el fin de aportar a su conservación y estimular el desarrollo sostenible de la apicultura en esta región del país.

Las abejas silvestres Apini y Meliponini, fundamentales para la sostenibilidad de los ecosistemas y la producción de alimentos, son muy importantes para la polinización y la elaboración de productos como la miel, la cera y el propóleo, y también por la apitoxina, una sustancia que se encuentra en su veneno, utilizada en algunas terapias alternativas debido a sus propiedades antiinflamatorias. Sus nidos se encuentran en árboles y cavidades abandonadas, lejos de la intervención humana.

El profesor Javier Antonio Benavides Montaño, del Departamento de Ciencia Animal y líder del grupo de investigaciónParasitología, Inmunología y Enfermedades Infecciosas, explica que “las abejas de la tribu Meliponini, conocidas porque no tienen aguijón y sus alas son más largas que su cuerpo, se encuentran en regiones tropicales y subtropicales de todo el mundo, y producen una sustancia similar a la miel, a menudo denominada en Australia como ‘bolsa de azúcar’ o ‘miel de meliponina’ en otras regiones”.

“Sin embargo, existen algunas diferencias de sabor, composición y consistencia entre la miel producida por las abejas sin aguijón y aquella de las melíferas. En ocasiones, las comunidades indígenas y los apicultores recolectan su miel, valorada por su sabor y uso en la medicina tradicional y en prácticas culturales en algunas zonas”.

Ante su importancia, los estudiantes Brayan Alexander Sánchez Quilindo y Harby Leandro Pizo Barona, de Zootecnia de la UNAL Sede Palmira, integrantes del semillero del grupo de investigación, acompañados por los investigadores Javier Benavides y Carlos Agudelo, analizaron la prevalencia de posibles parásitos en las abejas silvestres en el municipio de Totoró (Cauca), a una altitud de 2.750 msnm.

La metodología utilizada por los investigadores implicó una primera recolección de abejas de las tribus Apini y Meliponini en las veredas Miraflores y La Palma. Las muestras se llevaron al Laboratorio de Parasitología, Inmunología y Enfermedades Infecciosas de la UNAL Sede Palmira –ubicado en la Granja Mario González Aranda– para observarlas minuciosamente con los equipos de última tecnología con los que cuenta.

“Como resultado, realizamos una clasificación según el tipo de abeja; para este caso utilizamos la taxonomía reportada por otros investigadores, en la cual hicimos una distinción de las alas, cuya longitud es más grande que el cuerpo. También realizamos una clasificación taxonómica

empleando la caja entomológica, en donde elaboramos un etiquetado que consta de información del lugar de procedencia, altitud del reconocimiento y datos de los colectores presentes”, informó el estudiante Sánchez.

Hoy la identificación de los ácaros se realiza mediante el análisis de las tráqueas de las abejas, con claves taxonómicas previamente reportadas que se utilizan para ayudar a identificar y clasificar organismos en categorías específicas –como géneros, especies o incluso subespecies– según sus características de forma, tamaño y disposición, y con las estructuras internas de partes del cuerpo.

El proyecto de investigación, que también involucra a las Sedes Bogotá y Tumaco, evalúa la posible presencia de parásitos, virus y bacterias que puedan estar presentes en colmenas silvestres y comerciales. Como resultado preliminar se identificó un ácaro del género Uropoda, aunque este solo utiliza a las abejas como medio de transporte sin afectar su salud.

Según los investigadores, el estudio aboga por estrategias de conservación, especialmente en comunidades indígenas y campesinas del Cauca, para garantizar la protección de las abejas y entender su rol en la biodiversidad y la protección de los ecosistemas.

El trabajo de investigación continúa y espera ampliar los aportes científicos de estas especies de abejas, además de los factores sanitarios y ambientales que puedan afectar su rendimiento en la producción y sus aportes como polinizadores a los servicios ecosistémicos del país.




 




Estudio de dos plantas de Arauca muestra presencia de nuevos polinizadores

 En las plantas Echinodorus scaber Rataj y Senna aculeata (Pohl ex Benth) se identificaron varios visitantes florales, siendo la avispa tropical (Polybia sericea) y la abeja conocida como “guanota” (Melipona) los polinizadores que más frecuentan estas plantas respectivamente. La investigación, realizada por primera vez para estas dos especies de plantas, permitió colectar y determinar 254 especímenes nuevos para la Colección Entomológica de la Orinoquia, de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Orinoquia, y registrar por primera vez nuevas especies polinizadoras para el departamento de Arauca. 

El estudiante de biología Josef Emmanuel Sánchez monitoreó las especies visitantes florales en las plantas S. aculeata y E. scaber en el campus de la UNAL Sede Orinoquia, con la intención de identificar la frecuencia con la que visitan los polinizadores estas dos especies, como piloto de un protocolo de monitoreo para la comunidad de insectos.

Su investigación, pionera en el tema, determinó que el orden de especies más rico y abundante fue Hymenoptera,que comprende a las abejas y avispas con 11 familias y 36 géneros, seguido de Diptera,que incluye moscas con 1 familia, 1 género y 6 especies.

El visitante más frecuente de S. aculeta fue Melipona (Melikerria)sp1, una abeja conocida en la región como “guanota” y que visita esta planta en promedio cada 0,2 veces por minuto, es decir un promedio de una visita cada 5 minutos. Por otro lado, para E. scaber, la especie Polybia sericea (avispa social) la visitó en promedió una vez cada 10 minutos, convirtiéndose así en el polinizador que más frecuenta esta planta.

“En total recolecté 254 insectos asociados con las plantas de estudio: 90 para S. aculeta, pertenecientes a 36 especies, y 26 para E. scaber,de 18 especies”.

“Una de las características de S. aculeta es que presenta una abertura en la parte superior, por lo cual resulta difícil para los insectos extraer el polen. Está asociado con un tipo de polinización por zumbido, y como no todas las abejas zumban, vemos la importancia de géneros nativos como Melipona, Xylocopa y Centris,ya que estos no tienen la capacidad de vibrar a la frecuencia necesaria para extraer el polen, como la popular pero introducida Apis melifera (abeja africana)”, explica el estudiante Sánchez.

Plantas poco estudiadas

Aunque ambas plantas crecen con facilidad en la sabana de Arauca han sido poco analizadas, por lo que el trabajo del estudiante Sánchez resulta relevante para entender su importancia.

“De E. scarber se desconocen su biología y procesos de polinizaciones. Además, se caracteriza porque tiene flores heteroclamídeas bisexuales, lo que significa que tiene diferenciado los pétalos de los sépalos, es decir las piezas verdes de una flor y que protegen los órganos reproductivos. Ambas partes son importantes para la reproducción porque atraen a los polinizadores”, añade.

A diferencia de S. aculeta, no presenta néctar en la flor ni nectarios extraflorales y se encuentra en arbustos de distribución restringida en Sudamérica.

Metodología de muestreo

En su trabajo, el estudiante Sánchez aplicó una serie de técnicas complementarias de muestreo; la primera consiste en observaciones focales con dos colectas directas y dos complementarias.

“Estas no consideran el muestreo pasivo y una de las trampas que se utilizan son las bandejas o platos de colores donde los insectos se chocan con la red y en la parte superior se encuentra un frasco colector con alcohol”, explica.


Para los muestreos directos se hicieron observaciones focales cada 10 minutos seleccionando flores aleatoriamente para determinar cuáles son las especies visitantes. Posteriormente, en la fase de laboratorio, los insectos se guardaban frascos de alcohol al 70 %.

“Es necesario impulsar estudios como este, ya que los polinizadores son importantes para el ecosistema, y ahora están en riesgo”, concluye.