En puntos de pesca artesanal ubicados por fuera de la bahía de Buenaventura e importantes para la pesca artesanal, el fondo marino tiene casi cuatro veces más microplásticos en época de lluvias que en época seca. Además, ocho de cada diez partículas son fibras que vendrían de la ropa y de las redes de pesca. Así lo encontró un proyecto de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira.
De esta manera, hallaron que la zona de muestreo más alejada
de la costa de Buenaventura tenía más microplásticos en la superficie del agua
que el ubicado cerca de la ciudad. En el fondo marino, la lluvia casi
cuadruplicó su presencia: en noviembre de 2023, en época de lluvias, cada kilo
de sedimento tenía en promedio 117 partículas. En marzo de 2024, en época seca,
tenía 32.
Este fue el trabajo de Lorena Mayorga y Valeria Carvajal,
estudiantes de Ingeniería Ambiental de la Sede Palmira, presentado durante el X
Seminario de Ciencias del Mar en Santa Marta. La estudiante Mayorga analizó el
fondo marino, y la estudiante Carvajal, la capa superficial del agua, en los
mismos dos puntos por fuera de la bahía.
Los dos puntos de muestreo se conocen como Boya y Yerbal. El
primero está más expuesto a carga contaminante y a centros poblados cerca de la
bahía, y recibe aporte de ríos. Por su parte, Yerbal está más lejos de la
costa, cerca de al Parque Nacional Natural Uramba Bahía Málaga, en una zona de
paso de lanchas y pesca artesanal.
Estudios anteriores ya habían encontrado una gran cantidad
de microplásticos dentro de la bahía de Buenaventura, donde desembocan varios
ríos y opera el puerto. Por eso, esta vez buscaron afuera. “Yerbal es el que
menos influencia humana debería tener, porque está más alejado tanto de la
entrada de la bahía como de la línea costera”, explica la estudiante Carvajal.
Aun así, fue el punto con más microplásticos en la capa superficial del agua.
Una red, una draga y agua con sal
La estudiante Carvajal arrastró, con ayuda de los lancheros
de la zona, durante unos 10 minutos, una red de arrastre horizontal con
abertura de malla de 250 micrómetros. Así recogió el agua de los primeros 50
centímetros de profundidad. En total tomó 12 muestras, que guardó en frascos de
vidrio.
Por su parte, la estudiante Mayorga usó una draga, una
especie de cuchara metálica que se baja con una cuerda, muerde el fondo y sube
cargada de barro. Al mismo tiempo midió con una sonda la temperatura, el
oxígeno, la salinidad y el pH del agua.
A continuación, la investigadora Carvajal también nos relata
de forma resumida en qué consistió su participación en esta investigación:
En el laboratorio, separaron los microplásticos con una
solución salina en la que la arena se hunde y el plástico, más liviano, sube a
la superficie. Luego, con un proceso de oxidación con hipoclorito (el
componente del blanqueador que se usa en las casas), deshicieron los restos de
algas, hojas y otros materiales naturales, y pasaron las muestras por tamices,
unos coladores muy finos. Después contaron cada partícula al microscopio y la
clasificaron por forma, color y tamaño.
Para saber de qué plástico se trataba, usaron la
espectroscopía Raman, en la que se apunta con un láser: cada material devuelve
la luz de una manera distinta, como una huella digital.
Uno de los cuidados determinantes fue evitar que las fibras
de su propia ropa contaminaran las muestras. Por eso trabajaron con vidrio y
acero inoxidable, cubrieron los recipientes con papel aluminio y dejaron cajas
de Petri con agua destilada junto al microscopio, para detectar si caía algo
del aire.
Ropa y redes de pesca
Los microplásticos miden menos de 5 milímetros. Muchos salen
de bolsas, vasos o recipientes que el sol, el agua y las olas van rompiendo.
Por su tamaño, ya no se pueden recoger, los animales se los comen y pueden
cargar otros contaminantes.
A la bahía de Buenaventura llegan los ríos Dagua y
Anchicayá, en la región llueve entre 228 y 298 días al año y hay 695 puntos de
vertimiento de aguas residuales sin tratar.
En el fondo, cerca del 80 % de las partículas eran fibras de
nylon, polipropileno y polietileno, materiales que se usan en textiles y en
redes de pesca. “Nuestra hipótesis es que llegan con los ríos y la escorrentía
de la lluvia, y también con los vertimientos domésticos”, señala la estudiante
Mayorga. A eso se suman la pesca y la actividad portuaria.
Pero ¿por qué terminan en el fondo? “Los más densos que el
agua, como la poliamida, se hunden por sí solos”, explica la estudiante
Mayorga. La poliamida es el nylon, y otros plásticos flotan al principio, pero
la materia orgánica que llega con la lluvia los cubre con una capa de
microorganismos que los hace más pesados.
Esa misma materia orgánica explica otro hallazgo: donde el
agua tenía menos oxígeno, el fondo tenía más plástico. Cuando las bacterias
descomponen esos residuos, consumen oxígeno. “El oxígeno disuelto funciona como
un indicador, pero no es la causa de la cantidad de microplásticos”, aclara la
estudiante Mayorga.
Eso no significa que todo termine abajo. “Que haya poco
arriba no quiere decir que todo lo demás ya esté en el fondo”, precisa la
estudiante Carvajal. Las mareas revuelven el agua y parte del plástico queda
suspendido a lo largo de la columna de agua.
Una problemática en aumento
En cuanto al riesgo, cada estudio lo midió por su cuenta, y
sus cifras no se pueden comparar. Las dos usaron el Índice de Carga
Contaminante (PLI, por sus siglas en inglés), un número sin unidades que
compara la cantidad de microplásticos encontrada con un nivel de referencia, es
decir, entre más alto, mayor es la contaminación.
En la superficie del agua, el índice de carga contaminante que calculó la estudiante Carvajal indicó un riesgo bajo. En el fondo marino, ese mismo índice, calculado por la estudiante Mayorga, casi se triplicó en época de lluvias: pasó de 2,3 a 6,9.
La estudiante Carvajal usó además un segundo indicador, el
Índice de Riesgo de Polímeros, que mide qué tan tóxico es cada tipo de
plástico, y que marcó un peligro moderado por la presencia de polipropileno (el
plástico de las tapas de las botellas, los costales y muchas cuerdas) y
polietileno (el de las bolsas plásticas y muchos envases).
El proyecto es del grupo de investigación Ecología y
Contaminación Acuática (ECONACUA). Lo lideran Andrés Molina, profesor asociado,
y Guillermo Duque, profesor titular de la Facultad de Ingeniería y
Administración de la UNAL Sede Palmira. Esta iniciativa también está analizando
mercurio y microplásticos en peces comerciales del Pacífico y el Caribe, pues
otros estudios ya han encontrado este tipo de residuos en el estómago de
algunos peces.
Aun así, para la estudiante Carvajal el camino no es pedir a
las comunidades que dejen de comer pescado. “Son familias que desde pequeños
les enseñan a sus hijos esa actividad, porque a ellos se la enseñaron de
generación en generación. Siento que la clave está en la sensibilización y la
concientización”, indica.
Por otro lado, insiste en que la pesca no es la mayor fuente
del problema, que empieza en la fabricación del plástico y en el mal manejo de
los residuos.
Con base en estos resultados, el proyecto recomienda
acciones orientadas a evitar que el problema siga creciendo: tratar las aguas
residuales antes de su descarga, mejorar el manejo de la escorrentía y de los
residuos sólidos y, como plantea la estudiante Mayorga, «programas para
recuperar las redes viejas o, desde las casas, filtros para las lavadoras». Las
primeras medidas buscan reducir los 695 vertimientos que hoy llegan sin tratar
a la bahía.




