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martes, 5 de mayo de 2026

Gorgona, laboratorio colombiano que ayuda a descifrar a Marte


 Rocas volcánicas formadas a altísimas temperaturas, ricas en hierro y magnesio —como basaltos y komatiitas—, que en la Tierra solo se conservan en pocos lugares, resultaron tener una composición geoquímica muy similar a las de Syrtis Major, una de las regiones más estudiadas de Marte. Ese es el hallazgo que sitúa a la Isla Gorgona, en el Pacífico colombiano, como un laboratorio natural para entender cómo se formaron las lavas del planeta rojo y cómo evolucionó su interior.

A unos 30 km de la costa del Pacífico colombiano, la Isla Gorgona esconde algo más que biodiversidad. A diferencia de otras regiones donde dichas rocas tienen miles de millones de años, allí se formaron hace cerca de 90 millones de años, siendo las komatitas más jóvenes de la Tierra, lo que permite estudiar procesos volcánicos comparables con los que habrían ocurrido en Marte.

Para el estudio, liderado por investigadores del Grupo de Ciencias Planetarias y Astrobiología (GCPA) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), el equipo integró datos de sensores orbitales, análisis de meteoritos marcianos y estudios geológicos previos, y los sometió a nuevas metodologías estadísticas que permiten comparar con precisión la composición de distintos cuerpos planetarios.

“Nos preguntamos si en Colombia había lugares comparables con escenarios como Hawái o Islandia. Al revisar la información, encontramos que las rocas de Gorgona, especialmente las komatitas, podían ser un buen análogo para Marte”, afirma David Tovar, candidato a doctor en Ciencias - Geociencias de la UNAL y de Investigación Espacial y Astrobiología de la Universidad de Alcalá de Henares (España).

El resultado no solo confirma esa afinidad geoquímica, sino que además abre la puerta a usar este territorio como referencia directa para estudiar Marte desde la Tierra.

“Las aplicaciones son muchísimas, sobre todo porque ya tenemos otro lugar aquí en la Tierra, pero particularmente en nuestro país, que permitirá desarrollar proyectos de investigación enfocados en geología planetaria y astrobiología, y que podremos empezar a liderar desde Colombia”, señala el investigador.

Un parecido que no es coincidencia

Esta comparación no se basa en similitudes superficiales sino en la “firma química” de las rocas, que permite rastrear procesos del interior de los planetas; esto se refiere a la proporción de óxidos como hierro, magnesio, aluminio o titanio que las componen, y revela las condiciones de temperatura, presión y origen del magma que las formó.

“Aplicamos metaanálisis de datos previamente publicados, es decir, una revisión sistemática y comparativa de estudios existentes, junto con “figuras de mérito composicionales”, una metodología que permiten medir qué tan parecido es un material con otro. Con eso encontramos que las rocas de Gorgona, particularmente las komatitas y los basaltos, sí son muy similares a las de Syrtis Major en Marte”, detalla el investigador.

Para llegar a esa comparación, el análisis integró dos fuentes fundamentales de información sobre Marte; por un lado, datos de sensores remotos instalados en satélites que orbitan el planeta —como espectrómetros que analizan la radiación reflejada por la superficie y permiten inferir su composición mineralógica—; y por otro, meteoritos marcianos recuperados en la Tierra, fragmentos de la corteza de Marte que han viajado millones de kilómetros y que se pueden analizar en laboratorio con alta precisión para determinar su composición geoquímica.

Con esa base, el equipo analizó la composición de las rocas en términos de sus óxidos principales y aplicó herramientas estadísticas que permiten establecer distancias y cercanías entre materiales, es decir, cuantificar qué tan similares son desde el punto de vista químico.

El resultado: no todas las rocas coinciden, pero sí aquellas más relevantes para entender procesos volcánicos, como los basaltos y las komatitas, que muestran una afinidad clara con las formaciones de Syrtis Major.

Más allá del hallazgo, el estudio tiene aplicaciones concretas en la exploración planetaria. “Los análogos geoquímicos permiten calibrar instrumentos. Si llevamos instrumentos a Marte primero debemos probarlos con materiales conocidos aquí en la Tierra, y esos materiales son precisamente las komatitas y los basaltos de Gorgona”, explica el experto.

El investigador subraya que este tipo de avances también abren la puerta a una mayor participación del país en proyectos internacionales. “Podremos contribuir con misiones espaciales que lleven instrumentos a Marte y que tengan como referencia el material rocoso de Gorgona. Eso es algo extraordinario”, afirma.

El estudio posiciona a Colombia en un campo estratégico de la ciencia contemporánea. La Isla Gorgona se suma así a un grupo muy reducido de territorios en el mundo que sirven como análogos naturales de Marte.

“Con esta primera aproximación podemos hacer una contribución enorme para entender la evolución geológica de Marte, a partir de un análogo terrestre que está en Colombia”, concluye el geólogo Tovar.

Los resultados del estudio se publicaron en la revista científica Iracus; en él participaron, entre otros investigadores, la bióloga María Angélica Leal, candidata a doctora en Ciencias - Biología de la UNAL y en Investigación Espacial y Astrobiología de la Universidad Alcalá de Henares (España), las profesoras Nadejda Tchegliakova, del Departamento de Geociencias, y Argenis Bonilla y Jimena Sánchez, del Departamento de Biología de la Facultad de Ciencias de la UNAL.













viernes, 17 de abril de 2026

Microplásticos ya están en gusanos marinos y en sedimentos del Caribe y el Pacífico colombiano

 En el Caribe, la presencia de hasta 296 partículas plásticas microscópicas por kilogramo de sedimento del fondo marino evidencian el avance de esta contaminación en ecosistemas del país; muchas de ellas son fibras azules y rojas, asociadas con el desgaste de ropa sintética, las redes de pesca y los residuos domésticos. Estas también se hallaron en organismos como gusanos marinos en el Caribe y el Pacífico, según un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede de La Paz publicado en la revista científica Hydrobiologia.

El trabajo se desarrolló en dos ecosistemas con dinámicas muy distintas: la bahía de Buenaventura, en donde desembocan ríos como el Dagua y el Anchicayá, y el golfo de Salamanca, una zona del Caribe cercana a ciudades, puertos y actividades turísticas.

Los estudiantes Alishon Yuliana Estrada Stabilito, del programa de Biología; Karen Yicelth Morales Duarte, de Ingeniería Biológica, y Carlos David Rodríguez Amaranto, de Gestión Cultural y Comunicativa, autores de trabajo, señalan que compararlas les permitió entender cómo estas diferencias influyen en la presencia de estas partículas en el mar.

En total se recolectaron 24 muestras del fondo marino en diferentes épocas del año. En laboratorio, los jóvenes investigadores separaron los microplásticos del sedimento mediante soluciones salinas, los observaron al microscopio y los clasificaron según su forma, color y tamaño.

Además analizaron 231 organismos recolectados en el fondo del mar —principalmente gusanos, pero también moluscos y crustáceos— para determinar si habían ingerido estas partículas, revisando directamente el contenido de su sistema digestivo.

Los resultados muestran que el Caribe presenta una mayor carga de microplásticos, con promedios cercanos a 296 partículas por kilogramo de sedimento, frente a 165 en el Pacífico colombiano.

“La mayoría de estos residuos eran fibras, principalmente azules y rojas, de menos de 2 mm, asociadas con el desgaste de ropa sintética, las redes de pesca y otros plásticos de uso cotidiano”, destaca el estudiante Rodríguez.

También se encontró que los suelos más finos del fondo marino —como los que parecen barro o lodo— retienen más restos invisibles de plástico que los gruesos, porque sus partículas pequeñas los atrapan con mayor facilidad.

Microplásticos ya están en los organismos

Uno de los hallazgos más relevantes es que el 22 % de los organismos analizados en el Caribe y el 3 % en el Pacífico tenían microplásticos en su interior.

Los más afectados fueron los gusanos marinos conocidos como poliquetos, que viven enterrados y se alimentan del sedimento, por lo que terminan ingiriendo estas partículas junto con su alimento.

“Encontramos que estos organismos, por su forma de alimentarse, son especialmente sensibles a la contaminación por este tipo de materiales, lo que los convierte en indicadores clave del estado del ecosistema”, señala la estudiante Morales.

También se detectaron en menor medida fragmentos diminutos de plástico en moluscos y otros invertebrados, lo que indica que esta contaminación no está aislada, sino que empieza a moverse entre distintas especies del ecosistema marino.

Aunque los niveles encontrados en Colombia son más bajos que en zonas altamente urbanizadas como la bahía de Tokio, donde la ingestión de estas partículas alcanza el 90 %, el estudio de la UNAL Sede de La Paz muestra que el problema ya está presente en los ecosistemas marinos del país.

En el Caribe colombiano se registró una ingestión del 22 % en organismos como gusanos, moluscos y pequeños crustáceos, mientras que en el Pacífico fue del 3 %, lo que evidencia diferencias entre regiones, pero confirma que esta contaminación ya circula en ambas costas.

“Estos microplásticos no solo afectan a los organismos que los ingieren, alterando su alimentación y desarrollo, sino que también pueden transportar sustancias tóxicas y pasar de una especie a otra, con posibles efectos en toda la cadena alimentaria”, anota la estudiante Estrada.

Los resultados también evidencian que factores como la cercanía a ciudades, el turismo y la actividad portuaria influyen en la cantidad de microplásticos que llegan al mar, lo que pone el foco en la gestión de residuos en las zonas costeras.





viernes, 6 de febrero de 2026

Manglares, memoria del mar y una alerta para el Caribe colombiano

 Durante los últimos 5.000 años se han registrado en los manglares los avances y retrocesos del mar, y ellos han protegido la línea costera frente a cambios climáticos extremos. Hoy ese archivo natural y esa barrera viva están desapareciendo a un ritmo acelerado, lo que pone en riesgo tanto los ecosistemas y asentamientos costeros como la estabilidad del litoral colombiano. Su importancia se evidencia tras las afectaciones registradas en días recientes en Bolívar, Atlántico, Magdalena y Sucre, y ante una nueva alerta por frente frío prevista para este fin de semana, con fuertes vientos y oleaje elevado.

Eventos como los advertidos por el Ideam y la Dirección General Marítima (Dimar) recuerdan que los manglares cumplen un papel fundamental al retener sedimentos, reducir la energía de las olas y contribuir a la estabilidad de la línea de costa. Comprender cómo han funcionado estos ecosistemas a lo largo del tiempo es justamente el propósito de las investigaciones desarrolladas por los profesores Orlando Rangel Churio y Alexis Jaramillo Justinico, del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y que alertan sobre la urgencia de tomar decisiones.

“Durante el Holoceno –la época geológica actual– el Caribe colombiano ha vivido eventos repetidos de transgresión y regresión marina, y esa transformación de paisajes, ecosistemas y formas de vida ha quedado registrada bajo tierra”, afirman los académicos del grupo de investigación en Biodiversidad y Conservación.

El profesor Jaramillo explica que “la regresión marina ocurre cuando el mar se retira de la línea de costa actual, mientras que la transgresión marina se produce cuando vuelve a avanzar sobre territorios continentales. Estos movimientos han estado ligados tanto a los ciclos de glaciaciones –cuando grandes volúmenes de agua quedan retenidos en el hielo y el nivel del mar desciende– como a los periodos de deshielo, cuando el nivel del mar vuelve a aumentar, cambios que afectan la vegetación y la biota asociadas, y cuyas evidencias quedan registradas en los sedimentos y en el territorio aledaño a la costa”.

El archivo natural del litoral

A partir de perforaciones realizadas en zonas como la Ciénaga Grande de Santa Marta, la Caimanera (Coveñas), el Parque Nacional Natural Tayrona y otros sectores costeros del Caribe colombiano, los investigadores y sus estudiantes llevan varios años analizando capas de sedimento mediante técnicas geológicas como la estratigrafía, que permiten una resolución excepcional: cada centímetro de sedimento funciona como un registro del tiempo y puede contener entre 20 y 60 años de historia ambiental.

“En las columnas de sedimento extraídas durante las perforaciones se observan variaciones de arena, limo, turbas y materia orgánica, y luego, al microscopio, dominios de diferentes componentes que funcionan como marcadores de cambios ambientales”, explica el geólogo Jaramillo.

El biólogo Rangel agrega que “reconstruir esa historia implica entender el litoral como un sistema vivo en donde interactúan el agua dulce y el mar. En los estuarios (zonas donde los ríos desembocan en el mar) y deltas (regiones en donde los ríos se dividen antes de llegar a la costa) esa interacción define qué organismos se pueden establecer, y el factor que marca esa frontera ecológica es la salinidad”.

Además, el análisis de polen, semillas y restos vegetales permite identificar qué tipo de vegetación –y por extensión qué ecosistema– predominaba en cada periodo y cómo respondía a la salinidad, el agua dulce y las variaciones del nivel del mar.

Así, el análisis parte de cómo se ordena la vegetación costera en franjas desde el mar hacia tierra firme. “En el frente más expuesto al mar suele dominar el mangle rojo Rhizophora mangle, y más hacia zonas con mayor influencia de agua dulce aparecen otras especies como Avicennia germinans”.

“Cuando este avanza o retrocede, esa ‘frontera’ vegetal se mueve, y ese movimiento queda guardado en el polen y los restos. Por eso desde hace cerca de 15 años en el grupo de investigación de Biodiversidad y Conservación del ICN hemos fortalecido el trabajo interdisciplinar con geólogos para leer en paralelo el mensaje del sedimento y el de la vegetación”.

“Interpretar un sedimento es comparable a leer un análisis de sangre: en un sedimento tomado a determinada profundidad, aparece un conjunto de señales —un ‘espectro’— que permite ver qué especies están presentes, cuáles dominan y cómo se relacionan entre sí”, indica el académico.

Ese “diagnóstico” ecológico se construye a partir de la autoecología de las especies y de la forma como se organizan en comunidad, y a partir de esa lectura el indicador biológico es el más sólido para interpretar los cambios ambientales registrados en el litoral.

Gracias a este tipo de análisis, los investigadores han podido reconstruir la historia ambiental del Caribe colombiano a escalas de miles de años. En los últimos 5.000 años las perforaciones han mostrado transiciones marcadas entre una transgresión y una regresión marina en un periodo de 1.900 a 2.100 años, con cambios en las formaciones vegetales asociadas.

Los investigadores advierten que en la Ciénaga Grande de Santa Marta han llegado a información de hasta 8 m de profundidad, en columnas de sedimento que aún no alcanzan el fondo, lo que sugiere que hay más historia enterrada y posibilidades futuras de ampliar la reconstrucción ambiental.

Barrera natural frente al aumento del mar

Los estudios muestran que cuando el manglar se establece y se mantiene, la línea de costa gana estabilidad. Estos ecosistemas retienen sedimentos y materia orgánica, lo que favorece la acumulación progresiva de material que eleva el terreno con el paso del tiempo y contribuye a proteger la costa frente a la erosión, las tormentas y el avance del mar (acreción).

“Cuando el manglar se expande y se mantiene, el suelo aumenta su nivel precisamente por esa capacidad de retener material, un proceso que fortalece la protección natural del litoral. Esta evidencia permite trazar con claridad el papel fundamental del manglar como protección de la costa frente a la erosión y al avance del mar”, explica el profesor Rangel.

Según los análisis realizados por el equipo investigador, en algunas zonas del Caribe los registros muestran aumentos del nivel del suelo asociados con manglares y turbas (acumulaciones de materia vegetal formadas en ambientes húmedos) entre 5,2 y 11,4 mm/año por año, mientras que en áreas con material detrítico arcilloso (sedimentos finos transportados y depositados por ríos y corrientes como en las ciénagas continentales) las tasas de sedimentación pueden alcanzar valores entre 0,5 y 1,2 mm/año. Esta evidencia permite trazar con claridad el papel fundamental del manglar como protección de la costa frente a la erosión y al avance del mar.

El problema es que esa protección natural se está perdiendo a un ritmo alarmante. Según los datos presentados por los expertos, Colombia ha perdido más del 80 % de los manglares del Caribe. De una extensión histórica cercana a los 4.500 km2 hoy quedarían apenas unos pocos cientos, con una tasa de desaparición cercana a los 8,5 km2 por año en las últimas décadas.

Añaden que la discusión sobre el nivel del mar también empieza a mirar escenarios de cambios súbitos, como tsunamis y maremotos, una hipótesis que ha sido motivo de preocupación en investigaciones internacionales.

“La evidencia científica es suficiente y el debate ya no debería centrarse en seguir diagnosticando el problema, sino en tomar decisiones. La solución no es construir muros de concreto, sino recuperar las áreas donde históricamente existieron manglares. Eso protege la costa, genera empleo y restaura ecosistemas, y ya existe tecnología para su recuperación”, señala el profesor Rangel.

Los investigadores advierten además sobre la ocupación y titulación de nuevas tierras formadas por procesos naturales en zonas litorales, que deberían ser protegidas por el Estado debido a su fragilidad y valor ecológico. El profesor Jaramillo alerta que, a partir de imágenes aéreas y satelitales, se han identificado nuevas áreas formadas por la sedimentación de ríos como el Sinú y el Turbo, que ya aparecen tituladas a particulares.

“Son tierras de nueva generación, producto de la dinámica natural de los ríos y del mar, que se deberían conservar y contar con protección estatal, ya que su ocupación puede afectar procesos ecológicos y geomorfológicos fundamentales del litoral”, explica.

También alertan sobre la alta vulnerabilidad del litoral Pacífico, una región donde la información científica aún es escasa pese a los riesgos crecientes. El profesor Rangel advierte que, aunque el Caribe colombiano cuenta con estudios paleoambientales y sedimentológicos relativamente detallados, en el Pacífico todavía existen vacíos importantes de investigación sobre la dinámica costera y los cambios del nivel del mar.

En palabras del investigador, “mientras el Caribe está bien documentado, el Pacífico resulta aún más preocupante y su vulnerabilidad puede ser mucho mayor, en parte porque la falta de registros científicos continuos dificulta dimensionar con precisión los impactos de componentes o tensionantes (factores) involucrados en el cambio climático (deforestación, fluctuaciones del nivel del mar), así como la expresión máxima de estos eventos en esa región”.

Reconstruir la historia ambiental del Caribe colombiano no es un ejercicio académico aislado, sino que permite anticipar escenarios, comprender los límites de los ecosistemas y orientar políticas públicas frente al cambio climático y el aumento del nivel del mar.

“La UNAL ya hizo su parte: producir conocimiento sólido. Ahora necesitamos que ese conocimiento sea escuchado”, concluyen los investigadores, quienes compartieron estos hallazgos en el programa Naturalmente, emitido por Radio UNAL.

 







jueves, 24 de julio de 2025

El potencial eólico del Caribe colombiano se ha debilitado en los últimos 40 años

 Entre 1981 y 2020 la potencia del viento en el Caribe colombiano se ha reducido un 15 %, fenómeno que se relacionaría con un ciclo natural del Chorro de Bajo Nivel del Caribe, una corriente atmosférica determinante para el régimen de vientos en la región. Un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) documenta por primera vez cómo ha cambiado su comportamiento a lo largo del tiempo, con implicaciones directas para el desarrollo de proyectos de energía eólica en departamentos como La Guajira.

El Chorro de Bajo Nivel del Caribe funciona como una autopista aérea que cruza el sur del mar Caribe, a la altura del norte colombiano. Esta gran corriente de viento se forma por las diferencias de presión atmosférica y temperatura superficial entre el océano Atlántico tropical, el mar Caribe y el Pacífico oriental. Al llegar a la Región Caribe, especialmente a La Guajira, el viento se encuentra con las montañas de la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá generando un efecto embudo que lo acelera y lo vuelve más constante.

Ese aire en movimiento, invisible pero potente, es el que hace girar las turbinas de los parques eólicos y que convierte a esta región en una de las más prometedoras del país para generar energía con el viento; sin este Chorro, La Guajira no tendría su reconocido potencial energético. Sin embargo, en los últimos 30 años ha perdido potencia, y una de las posibles razones es la variabilidad climática natural en la región, como la fase cálida de la Oscilación Multidecadal Atlántica, un ciclo climático que hace que las aguas del océano Atlántico se calienten o se enfríen durante periodos de entre 20 y 40 años.

Es como si el océano tuviera su propio ritmo: una “respiración térmica” de largo plazo que sube y baja la temperatura superficial del mar.

Cuando el Atlántico entra en una fase cálida, el agua libera más calor hacia la atmósfera, alterando los patrones de lluvia, de huracanes y de viento en todo el Caribe. Este fenómeno afecta directamente a Colombia porque puede fortalecer o debilitar el Chorro de Bajo Nivel del Caribe, esa corriente de viento clave para generar energía en regiones como La Guajira.

Esto fue lo que encontró el investigador David Garzón Casas, magíster en Meteorología de la UNAL, quien revisó los datos de viento en 25 estaciones meteorológicas del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) y de la Dirección General Marítima (Dimar), ubicadas alrededor de la Región Caribe de Colombia, para analizar cuál ha sido el comportamiento del viento, además de otros datos in situ y de información de reanálisis climáticos históricos.

“En el norte del Magdalena, a unos 10 km del mar Caribe, hay una corriente de viento importante que aún no ha sido estudiada a fondo, pero que se convertiría en un fenómeno relevante para el futuro energético del país”, asegura el experto.

Qué pasará con el viento de Colombia

Además de analizar cómo ha cambiado el viento en las últimas décadas, el investigador Garzón también quiso mirar hacia el futuro. Para ello utilizó los resultados de múltiples simulaciones del sistema climático terrestre incluidas en el proyecto internacional CMIP6, que reúne modelos numéricos para entender los efectos del cambio climático bajo distintos escenarios: unos más optimistas, en los que la humanidad logra reducir las emisiones de gases de efecto invernadero mediante políticas sostenibles, y otros más pesimistas, en los que persiste la dependencia de combustibles fósiles y las emisiones contaminantes aumentan.

Con base en estos escenarios, analizó cómo se comportaría el viento en la Región Caribe durante los próximos 100 años. En el caso más optimista, el viento se mantendría estable, sin grandes variaciones. Pero en el peor escenario, es decir, uno en el que la temperatura media del planeta aumentara hasta 5 °C y los niveles de dióxido de carbono crecieran drásticamente, la potencia del viento aumentaría hasta 128 vatios/m2 más, lo que implicaría mayor energía disponible para mover turbinas eólicas, aunque a costa de un planeta mucho más alterado y vulnerable.

Recordemos que el cambio climático puede aumentar la potencia del viento, ya que, al calentar más la Tierra, también intensifica las diferencias de temperatura y presión entre regiones. Y son justamente esas diferencias las que ponen en movimiento el aire: cuanto mayor contraste, más fuerte soplará el viento. Es como si la atmósfera se sobrecalentará y empujará el aire con más fuerza para intentar equilibrarse, generando así corrientes más rápidas y con mayor energía.

“En el peor escenario posible de cambio climático, en el que las concentraciones de CO2 pasen de 400 partes por millón (ppm) en 2025 a 1.100 ppm en 2100, Colombia mantendría un gran potencial para aprovechar la energía eólica y reducir los riesgos asociados con su alta dependencia de la energía hidráulica, como las represas”, explica el magíster.

Colombia tiene viento, pero no tiene cómo aprovecharlo

Aunque el país cuenta con uno de los mejores recursos eólicos del continente, especialmente en La Guajira, aún no ha logrado aprovecharlo como debería. Hoy menos del 1 % de la electricidad nacional proviene del viento, a pesar de que estudios estiman que solo en La Guajira se generaría más energía de la que consume Bogotá.

Uno de los principales obstáculos es la falta de infraestructura. Para que la energía eólica llegue desde el norte hasta los grandes centros de consumo, se necesitan redes eléctricas robustas, que en muchos casos aún están en construcción o ni siquiera existen. Sin estas conexiones, los parques eólicos no pueden enviar la energía que producen.

También persiste una deuda con las comunidades indígenas, pues muchos proyectos se han planeado sin una participación adecuada del pueblo wayúu. La ausencia de consulta previa y de beneficios claros para la población local ha generado bloqueos, tensiones y retrasos. A esto se suman las trabas burocráticas como conseguir permisos, licencias ambientales y aprobaciones oficiales que puede tomar años, y los procesos no siempre están adaptados a las particularidades de la energía eólica. Todo esto retrasa los proyectos y ahuyenta a los posibles inversionistas.

La investigación del magíster Garzón, dirigida por el profesor José Franklyn Ruiz, de la Facultad de Ciencias de la UNAL, contribuye a entender el comportamiento del viento en Colombia, un tema poco estudiado y que, según afirma el magíster, presentaría menos incertidumbre que fenómenos  como la lluvia, de la cual depende en gran parte la matriz energética del país. Esta última se verá afectada por eventos climáticos extremos, lo que hace necesarias alternativas más estables, como la energía eólica.

 

 







lunes, 31 de marzo de 2025

Mapean zonas de amenaza por movimientos en masa submarinos en el Caribe colombiano

 Bajo las aguas de la cuenca Sinú Offshore, o en ultramar –ubicada entre Cartagena y Arboletes (Antioquia)–, se encuentran cables de fibra óptica que garantizan la conectividad de millones de personas, tuberías que transportan gas y petróleo, y plataformas que sostienen la producción energética del país. Un estudio identificó que en esta importante región para la infraestructura submarina los espacios con susceptibilidad media y alta de movimientos de masa se localizan en el occidente y noroccidente, donde la actividad geológica es más intensa.

La cuenca Sinú Offshore también es una de las áreas más complejas porque se encuentra justo en el cruce de tres placas tectónicas: la del Caribe, la de Nazca y la Sudamericana, que provocan un sistema de fallas que hace que el terreno submarino pierda estabilidad, y por ende que sea más propenso a los deslizamientos.

Los estudios sobre los deslizamientos submarinos son relativamente nuevos en el país, y por eso David Styman Rodríguez Contador, magíster en Ingeniería Civil - Geotecnia de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), le apostó a realizar este estudio pionero en esta cuenca, mapeando las áreas de susceptibilidad alta, media y baja que ayudarían a identificar escenarios para mitigar y prevenir estos eventos.

“Hasta ahora los estudios se han enfocado más en la morfología marina, por eso consideramos importante analizar los posibles estadios de amenaza para tener un primer acercamiento a escala 1:50.000 y así poder plantear escenarios de riesgo mediante un estudio de vulnerabilidad”, aclara el investigador en su estudio determinó las siguientes zonas:


  • Alta amenaza: zonas del oriente y nororiente de la cuenca que tienen pendientes inclinadas cercanas a fallas geológicas y colinas con suelos antiguos (del Pleistoceno), propensas a inestabilidad del terreno. También predominan los flujos de detritos, que son residuos generados por la descomposición de materia orgánica, así como los deslizamientos complejos.
  • Amenaza media: en el corredor central se identificaron las terrazas y los cañones submarinos, volcanes de lodo y laderas poco inclinadas, donde los deslizamientos combinados son los más frecuentes. También se evidenciaron flujos de detritos y algunos movimientos rotacionales. Aunque la inestabilidad es menor que en los escenarios de amenaza alta, con el tiempo estos procesos pueden modificar el relieve submarino.
  • Baja amenaza: se situó hacia el occidente y corresponden a las áreas profundas y alejadas de fallas, con fondos planos y estables. En ellas no hay presencia de deslizamientos significativos, y solo se observan algunos flujos de material suelto en menor medida. En general, estas zonas moldean condiciones más seguras y con poca alteración del lecho marino.

  • “Los datos que obtuvimos muestran que la actividad geológica es más intensa en geoformas más pronunciadas que en otras. Por eso uno de los retos es poder usar estos y otros resultados como herramientas que ayuden a tomar decisiones o que den origen a otros estudios”, precisa el magíster de la UNAL.

    La “radiografía” del fondo marino

    Para llegar a esos resultados, el ingeniero Rodríguez recopiló información batimétrica, es decir la topografía del lecho marino, y datos ya interpretados de reflexiones y tomografías sísmicas, que evidenciaron cuerpos de deslizamientos. También usó registros de campañas de exploración realizadas previamente en la zona.

    Aclara que, “esta información fue la que nos permitió ver cómo estaba moldeado el terreno submarino a través de modelos de elevación digital (DEM) y de patrones geomorfológicos. Lo que se puede deducir es qué tan profundo y qué geoformas tallan el terreno”.

    Con estos insumos y estudios científicos, realizados previamente en este sitio, propuso un mapa geomorfológico y uno geológico a escala 1:50.000 (significa que un centímetro en el mapa representa 50.000 cm, o 500 m en el suelo), para comprender mejor el entorno submarino de la cuenca Sinú Offshore.

  • “Estructuralmente, la cuenca esta esculpida por sierras homoclinales caracterizadas por capas de rocas que se inclinan en una misma dirección, por valles de morfología cóncava (que se curva hacia adentro) y alargadas, moldeadas por deformaciones tectónicas, volcanes de lodo y una extensa llanura plana o abisal hacia el fondo, estos elementos fueron indispensables para determinar la susceptibilidad a deslizamientos”, dice el magíster.

    Luego propuso una forma de clasificar la susceptibilidad por eventos de remoción en masa, combinando las variables mismas del terreno como la geología, la geomorfología, las pendientes, la densidad de fallas, la elevación y hasta la orientación de las pendientes del fondo marino. Según comenta, para hacerlo utilizó dos modelos estadísticos llamados “método peso de evidencia” y “método de valor de la información”, que le ayudaron a identificar las áreas con mayor probabilidad de presentar deslizamientos.

    Aunque estos son los primeros resultados generados hasta el momento, el ingeniero tiene claro que aún queda mucho por hacer. En la revisión de la literatura, que fue el punto de partida de su estudio, identificó que faltaban muchos datos, especialmente sobre las propiedades y características del suelo y las rocas, que son importantes para entender el comportamiento del mismo suelo en estos ambientes.

    “Este estudio es un punto de partida, pero la idea es que otras investigaciones lo complementen y profundicen en los factores que influyen en estos deslizamientos”, concluye el investigador Rodríguez.


lunes, 11 de noviembre de 2024

Reforma agraria y zootecnia, la unión que necesita el campo colombiano

 En Colombia la reforma agraria se ha convertido en un pilar de debate en torno a la sostenibilidad, la justicia social y la soberanía alimentaria del país. En este contexto la Zootecnia, como ciencia dedicada a la producción animal y la gestión eficiente de los recursos agropecuarios, desempeña un papel protagónico en el desarrollo de un sistema alimentario robusto y autónomo.

Los expertos invitados a la charla “Reforma agraria, soberanía y seguridad alimentaria desde la Zootecnia”, realizada en la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) durante la Semana de la Zootecnia 2024, coincidieron en señalar que esta disciplina no solo impulsa la productividad y la calidad de la producción ganadera, sino que además contribuye a la consolidación de la seguridad alimentaria mediante el fortalecimiento de las economías rurales.

Para lograr una reforma agraria efectiva en el país es necesario que los pequeños y medianos productores tengan acceso a tierras y recursos productivos, de manera que puedan implementar prácticas zootécnicas avanzadas que optimicen sus sistemas productivos. Esta disciplina aporta herramientas como el manejo eficiente de pasturas, el control de enfermedades, el bienestar animal y el mejoramiento genético, las cuales permiten mejorar la calidad y cantidad de carne, leche y huevos, productos esenciales para la dieta de los colombianos y que representan una fuente asequible de proteínas y nutrientes.

En un país con altos índices de importación de alimentos básicos, la Zootecnia se presenta como una vía para reducir esta dependencia y fomentar la autosuficiencia alimentaria. La correcta distribución de tierras y el apoyo a los productores locales mediante políticas públicas permiten que los alimentos sean producidos de manera sostenible, beneficiando tanto a las comunidades rurales como a los consumidores.

Reforma agraria, TLC y soberanía alimentaria

Con respecto a la pregunta sobre cómo incentivar el desarrollo agropecuario en el país, la zootecnista de la UNAL Sandra Natalia Barinas Salcedo sostuvo que la forma es “garantizarles a los campesinos bienestar en sus territorios y una mejor calidad de vida, asegurándoles que sus productos sean comercializados a precios que compensen la dura labor que implica el trabajo en el campo”. 

Por su parte, el abogado de la UNAL Luis Higuera Malaver, experto en territorio y conflicto, manifestó que “los campesinos, indígenas y pequeños productores han expresado la necesidad de una reforma agraria que les permita recuperar y acceder a tierras productivas, especialmente en regiones donde el conflicto armado y el desplazamiento han afectado históricamente la propiedad rural”. 

Para el experto, los tratados de libre comercio (TLC) afectaron gravemente el sector agropecuario, en especial al pequeño y mediano productor, pues “al concretar con otro país que se le comprará un producto pero con la condición de que se importe otro, los productores de ese alimento que se está trayendo a Colombia no tienen quién se lo compre porque el país ya trajo de otro lado una  considerable cantidad; eso está generando que la comida que no se puede vender se dañe y se bote, al mismo tiempo que afecta la economía de determinados sectores”. 

Aunque los TLC ofrecen acceso a alimentos más baratos que pueden beneficiar a los consumidores a corto plazo, una dependencia excesiva de importaciones y la falta de apoyo a los productores locales pueden poner en riesgo la seguridad alimentaria del país.

En ese sentido, la implementación de técnicas zootécnicas en un marco de reforma agraria fortalece la seguridad alimentaria en dos sentidos: asegura un suministro constante y asequible de alimentos de origen animal para la población, y mejora la calidad nutricional de estos productos. 

Lo anterior es especialmente importante en un país con zonas rurales donde la disponibilidad de alimentos frescos y nutritivos es limitada. Al mejorar la calidad de la producción ganadera local se reduce la necesidad de importar favoreciendo una economía más autónoma y resiliente frente a las fluctuaciones de los precios internacionales.

“Esta alianza es esencial para avanzar hacia una soberanía alimentaria real en la cual los alimentos no sean solo asequibles sino también el resultado de prácticas respetuosas con el medioambiente y las comunidades locales. Apostar por la Zootecnia en este proceso es apostar por un futuro más justo y autónomo en la producción alimentaria del país”, manifestó.

Cabe decir que la Zootecnia moderna no solo responde a una demanda social por prácticas éticas, sino que también tiene implicaciones en la calidad de los productos y en la sostenibilidad del sistema productivo. Animales en mejores condiciones tienden a ser más productivos y resistentes, lo cual refuerza la sostenibilidad del sistema alimentario.

La Zootecnia puede jugar un papel fundamental al fortalecer la producción local y mejorar la competitividad del sector agropecuario, pero esto requiere políticas que prioricen la sostenibilidad y la resiliencia del sistema alimentario colombiano. Un enfoque que combine la apertura comercial con el fortalecimiento de los productores locales contribuiría a una seguridad alimentaria más robusta, sostenible y equitativa para todos los colombianos.







viernes, 10 de marzo de 2023

Arrecifes de coral del Caribe colombiano, en riesgo por interacción con algas

 Datos obtenidos desde 2015 muestran que las algas céspedes tienen un impacto negativo sobre las comunidades arrecifales, pues limitan el establecimiento exitoso de larvas de coral y otros organismos, y después de la interacción entre ambos organismos generalmente ocasionan la muerte lenta y progresiva del tejido coralino.

Los arrecifes de coral son catalogados como de gran importancia por la cantidad de bienes y servicios económicos, sociales, recreativos y culturales que proveen, y que además sustentan la biodiversidad oceánica. En estos ecosistemas, los organismos bentónicos sésiles (por ejemplo las algas) compiten por recursos como la luz y el alimento, y en especial por el espacio para establecer, mantener y expandir su territorio.

En los sistemas arrecifales de poca profundidad del Parque Nacional Natural Tayrona y de la Reserva de la Biosfera Seaflower se evaluaron las interacciones entre corales masivos y otros organismos bentónicos, como los céspedes algales, para estimar la tasa anual de avance o retroceso del tejido coralino.

La bióloga marina Catalina Gómez Cubillos, magíster en Ciencias – Bilogía, Línea Bilogía Marina, y candidata a Doctora en Biología Marina de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Caribe, explica que “estas interacciones ocurren cuando una perturbación ocasiona pérdida de tejido coralino (heridas y cicatrices), lo cual deja el esqueleto del coral expuesto a ser colonizado por los céspedes, que cuando se establecen y monopolizan ese nuevo sustrato compiten con el tejido de coral remanente. En el estudio demostramos que estas algas matan lentamente el tejido coralino y así expanden su territorio”.

Además precisa que “evaluar la dinámica de estas interacciones es una manera de entender, en parte, cómo ha sido la historia de perturbación en un arrecife en particular, conocer qué tan susceptible es cada especie de coral a ese conjunto de perturbaciones que afecta su hábitat y aprender sobre los mecanismos de defensa de los corales y los céspedes en la lucha por el espacio, que tal vez es uno de los recursos más valiosos en el bentos arrecifal”.

Otros hallazgos

También se evidenció que en los arrecifes estudiados los céspedes son el componente bentónico más abundante: 40 %, “lo cual tiene unas implicaciones ecológicas importantes si consideramos que en general los arrecifes del Caribe están en una transición de arrecifes dominados por corales hacia el dominio de las algas, lo que a futuro influirá fuertemente en la calidad y cantidad de los servicios que estos ecosistemas ofrecen a las sociedades humanas”.

Así mismo, la investigación encontró que estas algas tienen una enorme capacidad de acumular sedimentos de hasta 21 veces su peso, como arena, arcilla, limo y otras partículas sueltas del suelo que se depositan en el fondo de una masa de agua.

“Estos sedimentos sirven de soporte estructural para que las algas avancen lateralmente y recubran el tejido coralino, registrando pulsos de pérdida mayores durante la época de lluvias,  cuando los céspedes pueden acumular mayor cantidad de sedimentos finos ricos en materia orgánica, a consecuencia de la escorrentía continental”, explica.

Los pulsos de pérdida o ganancia de tejido coralino son mediados por los mismos sedimentos, y con el resultado final de su tesis doctoral la bióloga Gómez pretende evaluar cómo estos sedimentos alteran la composición y función de los consorcios bacterianos asociados con estos bordes de interacción, en relación con la materia orgánica acumulada y la producción de carbono orgánico disuelto.

“Quién gane o quién pierda no solo depende de estos sedimentos, sino de la especie de coral (estrategias de defensa o evasión) y de las características estructurales de la comunidad de algas del césped”, concluye la experta.







miércoles, 3 de noviembre de 2021

Caribe colombiano, hábitat de aves endémicas y migratorias

Algunas especies habrían nacido en zonas precisas de esta región, por la unión filogenética –patrones históricos de descendencia– de aves propias del país o migratorias de Latinoamérica, lo que ubica a Colombia como la nación con mayor diversidad de aves en el mundo (1.941 especies registradas).

Este es uno de los hallazgos mencionado por el biólogo Andrés Cuervo Maya, profesor curador de la Colección Ornitológica del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), durante la charla “Imposible no fascinarse haciendo ornitología en Colombia, el país de las aves”, adelantada en la UNAL Sede de La Paz (Cesar).

A través de la ornitología –rama de la zoología centrada en el estudio de las aves y su diversidad biológica– se ha reafirmado que “Colombia es el epicentro de muchas aves únicas, que solo se encuentran en ciertos lugares. Una de ellas es la especie Scytalopus perijanus, oriunda de la Serranía del Perijá (frontera entre Colombia y Venezuela)”, explicó.

En el estudio, adelantado por el ICN, encontraron que algunas aves presentan árboles filogenéticos que conectan los parientes más cercanos de distintos organismos y lugares de origen.

Por ejemplo, el biólogo relata que “este individuo del Perijá estaba emparentado con aves de la misma especie pero de la Sierra Nevada de Santa Marta, las montañas venezolanas y la cordillera Oriental. A partir de ahí no solo estudiamos una especie sino varias que tienen ‘primos’ en Santa Marta, Norte de Santander y Mérida (Venezuela)”.

Aves de Latinoamérica

Cuando se preguntaron de dónde salieron estas aves, e investigaron, los ornitólogos confirmaron que aves del sur de Latinoamérica se han expandido al norte, y que otras especies del norte o centro del continente han llegado al sur y encuentran su nuevo hábitat en el Caribe colombiano.

Incluso entre ellas forman comunidades. Por ejemplo, “50 aves de una montaña se unen y conviven, pero el origen de esa comunidad es muy variable, como si tuvieran vecinos de vieja data y vecinos nuevos en términos evolutivos. Puede haber parejas de aves que se originaron aquí en Colombia, pero se expandieron hacia el norte de Argentina y viceversa”, relató el docente.

Geografía y migración

Agregó que la geografía de los territorios puede influir en el origen o la migración de algunas aves: el clima, la vegetación, las distancias pueden cambiar las condiciones y evolución de las aves.


“En la parte baja del Cesar hay una barrera topográfica con condiciones ecológicas diferentes donde no van a transitar ni existir aves que dependen de un bosque más frío. A su vez en el  Perijá, Santa Marta y la punta de la cordillera Oriental emergen aves de montaña”, explicó el ornitólogo.

También se pueden presentar casos en los que el ave caribeña no necesariamente está en toda la región, sino que solo está en un punto específico y vuelve a aparecer pero al interior del país, por la zona andina.

“El soldadito capirotado o Coryphospingus pileatus –presente en el campus de la UNAL Sede de La Paz– está en La Guajira y en el Cesar, pero desaparece en el sur de este departamento y reaparece en el norte del Tolima. Esto se debe a la historia climática y ecológica de la tierra y a la manera como se relaciona con la taxonomía de las aves. Se debe tener presente la ciencia histórica de las especies y del territorio”, subraya.

Enfoque de formación

En la Colección de Ornitología del ICN de la UNAL cuentan con diversos organismos y herramientas para estudiar las dimensiones de la diversidad, como: parásitos, aspectos aerodinámicos, cantos de las aves, genética, efectos del entorno, morfología, aspectos climáticos y técnicas de metagenómica, entre otros.

Por eso el profesor Cuervo concluye que los estudiantes de biología o de geografía se pueden proponer a estudiar su entorno desde diversos enfoques, como la ornitología.

“Este estudio puede hacerlos fascinarse, entender patrones naturales, procesos, mecanismos y también pueden proponerse analizar aquellas expansiones de los animales desde sus regiones hacia el interior del país”, invitó el biólogo.

La conferencia organizada por la UNAL Sede La Paz contó con un aforo de estudiantes de pregrado de la Institución y del Semillero de Investigación en Ciencias Experimentales, con el fin de articular estas charlas con las actividades misionales de la UNAL.