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viernes, 17 de julio de 2026

Pro-Ambi en la Isla San Andrés Colombia

MAR DE LOS SIETE COLORES 

San Andrés es la isla más grande del archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, famosa por su espectacular Mar de los Siete Colores. Ubicada a unos 775 km del territorio continental colombiano, es un destino ideal para disfrutar de playas caribeñas, realizar compras libres de impuestos y explorar su rica cultura raizal.


 El principal atractivo de la isla es su entorno natural protegido, declarado Reserva Mundial de la Biosfera Seaflower por la UNESCO.


Rocky Cay: Un cayo pequeño ubicado frente a la playa de San Luis, al cual se puede llegar caminando por aguas poco profundas y donde podrás observar un barco encallado. 


La isla de San Andrés (conocida también como SAI, las iniciales de San Andrés Isla) es una isla  colombiana del mar Caribe . Es la más grande de las islas que forman parte del  archipiélago de San Andrés,  Providencia y Santa Catalina. 


El clima de la isla es cálido, oscilando entre los 26 °C y 31 °C. 


En general, durante el año las lluvias son definidas por una estación seca y otra lluviosa. La primera tiene una duración variable que puede llegar a cinco meses consecutivos, mientras que los siguientes meses son lluviosos, con fuertes vientos, principalmente durante la segunda semana del mes de junio.


El Hoyo Soplador: Un fenómeno natural donde el oleaje subterráneo empuja el agua y el aire a través de un agujero en la roca, creando un géiser natural.



La isla tiene una identidad única influenciada por raíces afrocaribeñas, británicas y españolas. La población nativa habla creole, además de español e inglés. 





La recomendación para todos los que disfrutan de esas maravillas de la naturaleza el cuidado con La Isla no arrojar basuras, y es un hogar de hábitat para muchas especies dentro del agua y fuera de ella. 


Que tu puedas disfrutar de la creación divina !

Buen tiempo 


 



viernes, 6 de febrero de 2026

Manglares, memoria del mar y una alerta para el Caribe colombiano

 Durante los últimos 5.000 años se han registrado en los manglares los avances y retrocesos del mar, y ellos han protegido la línea costera frente a cambios climáticos extremos. Hoy ese archivo natural y esa barrera viva están desapareciendo a un ritmo acelerado, lo que pone en riesgo tanto los ecosistemas y asentamientos costeros como la estabilidad del litoral colombiano. Su importancia se evidencia tras las afectaciones registradas en días recientes en Bolívar, Atlántico, Magdalena y Sucre, y ante una nueva alerta por frente frío prevista para este fin de semana, con fuertes vientos y oleaje elevado.

Eventos como los advertidos por el Ideam y la Dirección General Marítima (Dimar) recuerdan que los manglares cumplen un papel fundamental al retener sedimentos, reducir la energía de las olas y contribuir a la estabilidad de la línea de costa. Comprender cómo han funcionado estos ecosistemas a lo largo del tiempo es justamente el propósito de las investigaciones desarrolladas por los profesores Orlando Rangel Churio y Alexis Jaramillo Justinico, del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y que alertan sobre la urgencia de tomar decisiones.

“Durante el Holoceno –la época geológica actual– el Caribe colombiano ha vivido eventos repetidos de transgresión y regresión marina, y esa transformación de paisajes, ecosistemas y formas de vida ha quedado registrada bajo tierra”, afirman los académicos del grupo de investigación en Biodiversidad y Conservación.

El profesor Jaramillo explica que “la regresión marina ocurre cuando el mar se retira de la línea de costa actual, mientras que la transgresión marina se produce cuando vuelve a avanzar sobre territorios continentales. Estos movimientos han estado ligados tanto a los ciclos de glaciaciones –cuando grandes volúmenes de agua quedan retenidos en el hielo y el nivel del mar desciende– como a los periodos de deshielo, cuando el nivel del mar vuelve a aumentar, cambios que afectan la vegetación y la biota asociadas, y cuyas evidencias quedan registradas en los sedimentos y en el territorio aledaño a la costa”.

El archivo natural del litoral

A partir de perforaciones realizadas en zonas como la Ciénaga Grande de Santa Marta, la Caimanera (Coveñas), el Parque Nacional Natural Tayrona y otros sectores costeros del Caribe colombiano, los investigadores y sus estudiantes llevan varios años analizando capas de sedimento mediante técnicas geológicas como la estratigrafía, que permiten una resolución excepcional: cada centímetro de sedimento funciona como un registro del tiempo y puede contener entre 20 y 60 años de historia ambiental.

“En las columnas de sedimento extraídas durante las perforaciones se observan variaciones de arena, limo, turbas y materia orgánica, y luego, al microscopio, dominios de diferentes componentes que funcionan como marcadores de cambios ambientales”, explica el geólogo Jaramillo.

El biólogo Rangel agrega que “reconstruir esa historia implica entender el litoral como un sistema vivo en donde interactúan el agua dulce y el mar. En los estuarios (zonas donde los ríos desembocan en el mar) y deltas (regiones en donde los ríos se dividen antes de llegar a la costa) esa interacción define qué organismos se pueden establecer, y el factor que marca esa frontera ecológica es la salinidad”.

Además, el análisis de polen, semillas y restos vegetales permite identificar qué tipo de vegetación –y por extensión qué ecosistema– predominaba en cada periodo y cómo respondía a la salinidad, el agua dulce y las variaciones del nivel del mar.

Así, el análisis parte de cómo se ordena la vegetación costera en franjas desde el mar hacia tierra firme. “En el frente más expuesto al mar suele dominar el mangle rojo Rhizophora mangle, y más hacia zonas con mayor influencia de agua dulce aparecen otras especies como Avicennia germinans”.

“Cuando este avanza o retrocede, esa ‘frontera’ vegetal se mueve, y ese movimiento queda guardado en el polen y los restos. Por eso desde hace cerca de 15 años en el grupo de investigación de Biodiversidad y Conservación del ICN hemos fortalecido el trabajo interdisciplinar con geólogos para leer en paralelo el mensaje del sedimento y el de la vegetación”.

“Interpretar un sedimento es comparable a leer un análisis de sangre: en un sedimento tomado a determinada profundidad, aparece un conjunto de señales —un ‘espectro’— que permite ver qué especies están presentes, cuáles dominan y cómo se relacionan entre sí”, indica el académico.

Ese “diagnóstico” ecológico se construye a partir de la autoecología de las especies y de la forma como se organizan en comunidad, y a partir de esa lectura el indicador biológico es el más sólido para interpretar los cambios ambientales registrados en el litoral.

Gracias a este tipo de análisis, los investigadores han podido reconstruir la historia ambiental del Caribe colombiano a escalas de miles de años. En los últimos 5.000 años las perforaciones han mostrado transiciones marcadas entre una transgresión y una regresión marina en un periodo de 1.900 a 2.100 años, con cambios en las formaciones vegetales asociadas.

Los investigadores advierten que en la Ciénaga Grande de Santa Marta han llegado a información de hasta 8 m de profundidad, en columnas de sedimento que aún no alcanzan el fondo, lo que sugiere que hay más historia enterrada y posibilidades futuras de ampliar la reconstrucción ambiental.

Barrera natural frente al aumento del mar

Los estudios muestran que cuando el manglar se establece y se mantiene, la línea de costa gana estabilidad. Estos ecosistemas retienen sedimentos y materia orgánica, lo que favorece la acumulación progresiva de material que eleva el terreno con el paso del tiempo y contribuye a proteger la costa frente a la erosión, las tormentas y el avance del mar (acreción).

“Cuando el manglar se expande y se mantiene, el suelo aumenta su nivel precisamente por esa capacidad de retener material, un proceso que fortalece la protección natural del litoral. Esta evidencia permite trazar con claridad el papel fundamental del manglar como protección de la costa frente a la erosión y al avance del mar”, explica el profesor Rangel.

Según los análisis realizados por el equipo investigador, en algunas zonas del Caribe los registros muestran aumentos del nivel del suelo asociados con manglares y turbas (acumulaciones de materia vegetal formadas en ambientes húmedos) entre 5,2 y 11,4 mm/año por año, mientras que en áreas con material detrítico arcilloso (sedimentos finos transportados y depositados por ríos y corrientes como en las ciénagas continentales) las tasas de sedimentación pueden alcanzar valores entre 0,5 y 1,2 mm/año. Esta evidencia permite trazar con claridad el papel fundamental del manglar como protección de la costa frente a la erosión y al avance del mar.

El problema es que esa protección natural se está perdiendo a un ritmo alarmante. Según los datos presentados por los expertos, Colombia ha perdido más del 80 % de los manglares del Caribe. De una extensión histórica cercana a los 4.500 km2 hoy quedarían apenas unos pocos cientos, con una tasa de desaparición cercana a los 8,5 km2 por año en las últimas décadas.

Añaden que la discusión sobre el nivel del mar también empieza a mirar escenarios de cambios súbitos, como tsunamis y maremotos, una hipótesis que ha sido motivo de preocupación en investigaciones internacionales.

“La evidencia científica es suficiente y el debate ya no debería centrarse en seguir diagnosticando el problema, sino en tomar decisiones. La solución no es construir muros de concreto, sino recuperar las áreas donde históricamente existieron manglares. Eso protege la costa, genera empleo y restaura ecosistemas, y ya existe tecnología para su recuperación”, señala el profesor Rangel.

Los investigadores advierten además sobre la ocupación y titulación de nuevas tierras formadas por procesos naturales en zonas litorales, que deberían ser protegidas por el Estado debido a su fragilidad y valor ecológico. El profesor Jaramillo alerta que, a partir de imágenes aéreas y satelitales, se han identificado nuevas áreas formadas por la sedimentación de ríos como el Sinú y el Turbo, que ya aparecen tituladas a particulares.

“Son tierras de nueva generación, producto de la dinámica natural de los ríos y del mar, que se deberían conservar y contar con protección estatal, ya que su ocupación puede afectar procesos ecológicos y geomorfológicos fundamentales del litoral”, explica.

También alertan sobre la alta vulnerabilidad del litoral Pacífico, una región donde la información científica aún es escasa pese a los riesgos crecientes. El profesor Rangel advierte que, aunque el Caribe colombiano cuenta con estudios paleoambientales y sedimentológicos relativamente detallados, en el Pacífico todavía existen vacíos importantes de investigación sobre la dinámica costera y los cambios del nivel del mar.

En palabras del investigador, “mientras el Caribe está bien documentado, el Pacífico resulta aún más preocupante y su vulnerabilidad puede ser mucho mayor, en parte porque la falta de registros científicos continuos dificulta dimensionar con precisión los impactos de componentes o tensionantes (factores) involucrados en el cambio climático (deforestación, fluctuaciones del nivel del mar), así como la expresión máxima de estos eventos en esa región”.

Reconstruir la historia ambiental del Caribe colombiano no es un ejercicio académico aislado, sino que permite anticipar escenarios, comprender los límites de los ecosistemas y orientar políticas públicas frente al cambio climático y el aumento del nivel del mar.

“La UNAL ya hizo su parte: producir conocimiento sólido. Ahora necesitamos que ese conocimiento sea escuchado”, concluyen los investigadores, quienes compartieron estos hallazgos en el programa Naturalmente, emitido por Radio UNAL.

 







sábado, 26 de julio de 2025

Céspedes que crecen en el fondo del mar colonizan arrecifes del Caribe, una beca busca entender por qué

 En los arrecifes del Caribe colombiano, una comunidad similar a un césped terrestre está compitiendo contra los corales masivos, debilitando su recuperación y transformando el paisaje submarino. Se trata de los céspedes algales, comunidades de algas filamentosas que colonizan los espacios antes ocupados por corales vivos. Comprender esta dinámica es el propósito de la investigación de María Helena Benavides Marchena, estudiante de la Maestría en Ciencias – Biología Marina de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Caribe, ganadora de una de las 5 becas Colombia Biodiversa 2025.

En la convocatoria I-2025 participaron 101 propuestas de estudiantes de pregrado y maestría provenientes de 41 universidades colombianas. El jurado seleccionó solo 5 trabajos, que por su pertinencia, claridad, impacto y rigurosidad recibirán apoyo económico para culminar sus investigaciones. Entre ellos fue escogido el proyecto de la estudiante Benavides, quien se convirtió en la segunda persona de la UNAL Sede Caribe en obtener esta distinción, sumando así 25 galardonados de la Universidad a lo largo de los años.

El estudio se desarrolla en los arrecifes oceánicos del Archipiélago de San Andrés y Providencia, dentro de la Reserva de la Biósfera Seaflower. Allí, los corales masivos, estructuras que por siglos han sostenido la vida marina, enfrentan un enemigo silencioso: los céspedes algales, una “alfombra vegetal” que crece en el fondo del mar.

“Estos céspedes no solo impiden el crecimiento del coral, sino que además lo desplazan lentamente y afectan su recuperación después de que perturbaciones exacerbadas por el calentamiento global o la contaminación generan pérdida de tejido vivo del coral”, explica la investigadora.

Cómo se estudia esta competencia submarina

Durante expediciones científicas Seaflower Albuquerque (2018), Bajo Nuevo (2021), y Cayo Bolívar (2022) se recolectaron más de 230 muestras en núcleos de coral para analizar las interacciones entre céspedes algales y corales masivos.

En laboratorio, la estudiante Benavides ha empezado a analizar la composición de estas comunidades, sus variables estructurales y signos de competencia, mediante microscopía óptica y con el apoyo de expertos. El objetivo es entender cómo influyen en esta competencia ecológica factores como la profundidad, el tipo de coral o la ubicación.

La investigación se desarrolló en tres atolones de la Reserva, en donde se tomaron fotos y se extrajeron núcleos de ~4,5 cm de diámetro de la interacción coral-césped. Para ello se tomaron muestras en las distintas unidades geomorfológicas del atolón y en diferentes especies de coral, lo que le permitirá identificar patrones de competencia entre algas y corales.

Además se registraron datos tanto cualitativos –sobre la exposición al oleaje– como cuantitativos, entre ellos la profundidad y la sedimentación. Estos datos ayudarán a entender cómo influyen los factores del entorno en el avance de este fenómeno.

Relevancia para la conservación de los arrecifes

La investigación no solo aporta al conocimiento científico sobre biodiversidad marina, sino que también ofrece pistas para entender las dinámicas de perturbación en los arrecifes. En palabras de la becaria: “los céspedes algales están colonizando espacios antes ocupados por corales constructores de arrecifes. Entender cómo se estructuran y en qué condiciones ganan la competencia contra los corales (espacio) es fundamental para saber que está ocurriendo en los arrecifes”.

Los resultados apoyarían decisiones en planificación ambiental y en futuras estrategias de restauración coralina, al identificar condiciones ecológicas que favorecen o dificultan la recuperación coralina. Además funcionan como bioindicadores de cambios ecosistémicos y de estrés ambiental, esenciales para entender la resiliencia de los arrecifes en el contexto del cambio climático.

Desde la UNAL Sede Caribe, esta investigación refleja el compromiso con el conocimiento situado, la protección de ecosistemas únicos y la formación de jóvenes investigadoras que aportan a los desafíos ambientales del país. A través del Fondo Colombia Biodiversa, la Fundación Alejandro Ángel Escobar ha apoyado por 20 años a estudiantes de todo el país para impulsar tesis sobre biodiversidad y sostenibilidad. Hoy María Helena Benavides forma parte de ese legado.









lunes, 28 de abril de 2025

En Punta Soldado los manglares resisten, pero el mar no da tregua

 En el Pacífico colombiano, los manglares de la isla Punta Soldado son fuente de alimento, forman parte de la cultura, y además protegen a las comunidades costeras de inundaciones y erosión. Sin embargo, un estudio revela que su capacidad de defensa natural se ve afectada tanto por el aumento del nivel del mar y los eventos extremos como El Niño, como por la deforestación y la sedimentación provocadas por actividades naturales y humanas. En 25 años se han perdido alrededor de 37 hectáreas de manglar, situación que pone en riesgo a la comunidad.

Ubicada al sur de la bahía de Buenaventura, hace más de 100 años la isla Punta Soldado es habitada por una comunidad afrodescendiente organizada en el Consejo Comunitario, que ha desarrollado sus actividades de pesca, agricultura y recolección al ritmo de la marea. Este ecosistema ha sido su fuente de alimento, espacio cultural y escudo natural frente a los embates del mar, pero hoy su cobertura se reduce año tras año, afectada por la variabilidad climática y la acción humana.

Un reciente estudio realizado por Natalia Zapata Delgado, magíster en Ingeniería - Recursos Hidráulicos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín, evidenció que la capacidad de protección de los manglares está en riesgo. Según los modelos desarrollados por la investigadora, se requieren al menos 30 hectáreas para mitigar eficazmente el impacto de las olas, pero entre 1996 y 2020 la zona ha perdido alrededor de 37 hectáreas.

La magíster explica que “las raíces de los manglares funcionan como escudos vivos que disipan la energía de las olas del mar, pero su eficacia depende de condiciones específicas como la altura de las olas, su dirección y el nivel del mar”.

Al respecto, el profesor Andrés Osorio, director del Grupo de Investigación en Oceanografía e Ingeniería Costera (Oceánicos), destaca que “Punta Soldado enfrenta una doble amenaza: por un lado, la variabilidad climática –como los eventos de El Niño que elevan el nivel del mar hasta en 60 cm, lo que equivale a décadas de cambio climático acumulado–, y por otro las presiones humanas como la tala de manglares.

“Cuando el nivel del mar sube, las olas ganan fuerza y la erosión se intensifica poniendo en riesgo a la comunidad y sus medios de vida, ya que estos ecosistemas no solo ofrecen protección sino también alimento, madera, aire limpio y oportunidades económicas”.

“Invertir en conservación no es solo una cuestión ambiental, es prevenir pérdidas mucho más costosas a futuro”, explica el investigador Osorio, director del estudio.

Sistemas que respiran y se transforman

En su investigación, la magíster Zapata analizó la función protectora de estos ecosistemas frente a fenómenos como la subida del nivel del mar y las olas extremas. El trabajo parte del enfoque de sistemas socio-ecológicos y del concepto de “contribuciones de la naturaleza a las personas”,

propuesto por el Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES). Ella lo resume así: “los manglares no son solo árboles que detienen olas, son sistemas vivos donde la naturaleza y las personas están profundamente conectadas, por lo que los cambios en uno afectan al otro”.

Así, su tesis buscó entender cómo esa relación se ve afectada por eventos extremos como El Niño y la pérdida de manglar: “una pequeña decisión en el sistema puede tener consecuencias grandes en su capacidad para proteger a la comunidad”, dice.

El estudio combinó herramientas cuantitativas –como modelación numérica y valoración económica– con enfoques cualitativos como entrevistas y observación participante. “No se trataba solo llegar con datos, sino de escuchar lo que la comunidad tiene para decir sobre el manglar”, explica la investigadora. Así se construyó un diálogo que permitió validar los resultados técnicos con el conocimiento local.

Las mujeres piangueras manifestaron que “cuando el mar está muy bravo no hay palo que aguante”, una frase que refleja lo que confirmaron los modelos: en condiciones extremas la capacidad de protección del manglar puede reducirse hasta en un 80 %.

Además se identificaron los “drivers de cambio”, es decir los factores que provocan transformaciones en el ecosistema, como la deforestación, la contaminación y las dificultades para hacer cumplir las regulaciones de protección, tarea esencial para construir un modelo de dinámica de sistemas que permita entender las interacciones entre las dimensiones física, social y económica.

El valor de lo tangible y lo intangible

Uno de los aportes más innovadores del estudio fue traducir en cifras económicas los servicios ecosistémicos que brinda el manglar. Para esta parte la magíster estuvo co-dirigida por la profesora Clara Inés Villegas, experta en valoración económica de ecosistemas. Se estimó cuánto costaría reemplazar los servicios de protección que ofrecen los manglares si se perdieran por completo, y la cifra fue contundente: alrededor de 8.000 millones de pesos.

Pero el valor va más allá del dinero: “si se pierde el manglar también se pierde la piangua, la tranquilidad, y la identidad cultural”, señala la tesis. Las mujeres piangueras, por ejemplo, no solo recolectan este molusco, sino que además lideran acciones de restauración.

El profesor Osorio subraya que estos estudios buscan proveer argumentos sólidos para que las autoridades ambientales y los decisores inviertan en conservación como una estrategia costo-efectiva. “No se trata solo de ser ambientalistas, sino de prevenir riesgos futuros mucho más costosos”, puntualiza.

Precisamente por eso la tesis no se queda en lo académico: parte de sus resultados se están incorporando en la formulación del Plan de Manejo Ambiental de Punta Soldado, liderado por el Consejo Comunitario – asesorado por un equipo técnico-cultural– y la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca. 

“Para mí, más allá de los resultados técnicos, la mayor contribución es que este estudio sirva para que la comunidad tenga más herramientas y pueda tomar mejores decisiones sobre su territorio”, concluye la magíster Zapata.


 



miércoles, 12 de marzo de 2025

Ecosistemas del Pacífico colombiano, amenazados por baja calidad del agua que llega al mar

 Los cambios en la calidad del agua, causados principalmente por la inadecuada gestión de vertimientos humanos en Tumaco (Nariño) y Buenaventura (Valle del Cauca), están alterando el equilibrio natural de estos ecosistemas poniendo en riesgo tanto la pesca de especies comerciales –como barbinche, pelada y ñato– como la diversidad de especies marinas, ya que dichos municipios abastecen alrededor del 80 % del mercado local y regional y garantizan la seguridad alimentaria de miles de familias.

El Pacífico colombiano es una región caracterizada por albergar algunos de los ecosistemas más ricos y diversos del mundo, pero también por ser una de las más vulnerables en términos de manejo ambiental y social. Las bahías de Buenaventura y Tumaco, las dos principales puertas al mar, se han visto afectadas por años de conflicto, desarrollo urbano desorganizado, turismo, minería legal e ilegal, agricultura intensiva y expansión de monocultivos como la palma de aceite.

Diego Esteban Gamboa García, doctor en Ciencias Agrarias e integrante del Grupo de Investigación en Ecología y Contaminación Acuática (Econacua) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira, menciona que “en Buenaventura, cada vez que se abren las compuertas de la represa del río Anchicayá se libera una gran cantidad de sedimentos que alteran la dinámica del estuario, donde el agua dulce de los ríos —rica en nutrientes y sedimentaciones— desemboca y se mezcla con la salada del océano, lo que produce cambios en la salinidad, condición que determina qué especies pueden habitar en esa zona”.

A esto se suma el hecho de que los dos municipios carecen de plantas de tratamiento de aguas residuales (PTAR) lo suficientemente grandes como para manejar las cantidades de vertimientos urbanos. La mayoría de las descargas de las ciudades terminan en el mar sin ser tratadas, lo que aumenta la contaminación.

Para su trabajo doctoral, el investigador Gamboa desarrolló un análisis sobre la relación entre la calidad del agua y su impacto en la biodiversidad y la pesca artesanal en ambos municipios costeros del Pacífico, y encontró que los cambios en la salinidad y los nutrientes del agua, aunque son naturales, se ven alterados por vertimientos de asentamientos humanos y producen cambios en la variedad de especies que habitan los estuarios.

Estas zonas son fundamentales para la cría de especies acuáticas aprovechadas por los pescadores locales. La producción pesquera de esta región es de unas 30.000 toneladas anuales, casi un 65 % de la nacional, una actividad económica esencial en municipios como Tumaco y Buenaventura, que abastecen alrededor del 80 % del mercado local y regional y garantizan la seguridad alimentaria de miles de familias.

Durante 2 años, gracias a un esfuerzo conjunto con pescadores locales, el investigador colectó y analizó 114 especies de peces y cerca de 6.465 individuos en los estuarios de Buenaventura y Tumaco, en muestreos desarrollados con la dirección del profesor Guillermo Duque Nivia,

coordinador del grupo Econacua, y la codirección de la profesora Pilar Cogua, de la Universidad Santiago de Cali.

Además tomó muestras de agua a dos profundidades para evaluar las variables fisicoquímicas –como salinidad, oxígeno disuelto, nitritos, nitratos, fosfatos y calidad general– asociadas con los sitios de pesca y captura.

El estudio se enfocó en la captura de peces y macroinvertebrados, para lo cual se emplearon métodos tradicionales de pesca artesanal como la red de arrastre, conocida como “changa”, un oficio practicado ancestralmente en las costas del Pacífico. También analizó dos áreas específicas en cada bahía (interna y externa) y abarcó épocas tanto de menor como de mayor precipitación o lluvias.

Diferencias en la biodiversidad por contaminación

Uno de los hallazgos del estudio es que Buenaventura, a pesar de ser una bahía altamente impactada por la actividad humana y la contaminación, tiene una mayor diversidad de peces en su zona externa (más alejada de la costa) en comparación con Tumaco, lo cual obedecería a las características ecológicas del estuario, que cuenta con áreas de baja salinidad en su interior, lo que permite la presencia de especies adaptadas a aguas dulces, mientras que en la zona externa, con mayor salinidad, se encuentran especies marinas.

Los peces capturados en Buenaventura incluyeron especies como el barbinche, la pelada y el ñato, todas de importancia tanto para la pesca comercial como para la subsistencia de las comunidades locales. En Tumaco, aunque la diversidad de peces fue menor, se observó una mayor estabilidad en las condiciones del estuario, lo que, por el contrario, favorece la presencia de especies de macroinvertebrados como el camarón tití y las jaibas, que requieren hábitats más estables, sin alteraciones fuertes en salinidad y nutrientes.

En relación con la calidad del agua de los estuarios se observó que mientras Tumaco registró concentraciones más bajas de nitratos –un indicador de contaminación por actividades humanas–, Buenaventura mostró niveles altos, resultado de las descargas de los ríos que desembocan en la bahía, agravadas por la minería ilegal y la deficiente gestión de residuos en la cuenca.

“La diversidad fue significativamente menor en Buenaventura, donde hay menor salinidad por las descargas de los asentamientos humanos, y mayor concentración de fosfatos y clorofila. Esas zonas se asocian con los sitios donde descargan los ríos, que cambian muy fuertemente la salinidad, donde pueden prevalecer las especies tolerantes”, explica el investigador Gamboa.

Por su parte, el profesor Duque advierte sobre los riesgos de la eutrofización, “un proceso de acumulación excesiva de nutrientes que puede llevar a condiciones de hipoxia, afectando gravemente a la fauna acuática”.

El docente se refiere a que este fenómeno ambiental, que ocurre cuando los cuerpos de agua reciben una cantidad excesiva de nutrientes, especialmente nitratos y fosfatos –provenientes de actividades como la agricultura, el vertimiento de aguas residuales y la industria–, se genera un crecimiento descontrolado de algas en la superficie del agua, y cuando estas mueren y se descomponen consumen grandes cantidades de oxígeno creando en el agua condiciones de bajos  niveles de oxígeno (hipoxia) que dañan la salud y la reproducción, e incluso provocan la muerte de muchas especies, especialmente peces y otros animales que dependen de este para sobrevivir.

El investigador Gamboa advierte que “si no se toman medidas urgentes, con el tiempo veremos una reducción significativa en los rendimientos de la pesca artesanal, lo que afectará directamente la seguridad alimentaria y la economía de estas regiones”.



 



jueves, 5 de septiembre de 2024

El mar tiene “fiebre”: impacto del cambio climático en San Andrés y Providencia

 Transformar el modelo de turismo masivo en alternativas con menor impacto medioambiental, y además implementar políticas públicas que fortalezcan la gestión del riesgo de desastres en las zonas insulares del país, forman parte de las estrategias planteadas por expertos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Caribe e instituciones internacionales para mitigar los efectos que ha dejado el cambio climático en el territorio.

En el archipiélago de San Andrés y Providencia los impactos de esta crisis se han reconocido en el incremento de fenómenos naturales como las marejadas ciclónicas –cambio en el nivel de agua debido a la presencia de una tormenta–, capaces de generar inundaciones permanentes en zonas costeras; en las marejadas las olas pueden alcanzar entre 7 y 8 m de altura.

En los últimos días los impactos producidos por el aumento en la temperatura de la atmósfera han dejado alrededor de 3.000 damnificados en zonas del Pacífico colombiano a causa de marejadas, situación que requiere nuevas estrategias de atención para que la vulnerabilidad social que padecen los habitantes de la zona por estos comportamientos atípicos del mar se pueda reducir.

Carolina Velásquez, Ph. D. en Gestión y Manejo Científico de Desastres y magíster en Estudios del Caribe de la UNAL, señaló que “la vulnerabilidad descrita en aspectos tanto sociales como ecosistémicos ha traspasado a situaciones de injusticias hídricas que deben ser atendidas en la gestión de riesgos.En San Andrés se han tomado decisiones legitimadas a través de políticas públicas que han llevado a que los habitantes de la Isla sufran por el acceso al agua”.

Según el Observatorio de la Reserva de la Biosfera Seaflower, el 82 % del agua que se utiliza San Andrés es subterránea, y aunque existen dos acuíferos, solo uno de ellos se considera apropiado para la captación de agua para consumo.

El acuerdo integral (naturaleza-cultura) y nuevo diálogo entre las poblaciones y el elemento agua para minimizar los impactos del cambio climático en las zonas costeras también pone sobre la mesa las consecuencias del desequilibrio existente entre la sobrepesca y la reducción de las poblaciones que componen la biodiversidad marina en los territorios.

Según Adriana Santos, doctora en Ciencias, magíster en Biología Marina y directora de la UNAL Sede Caribe, “sobrepasar los límites de explotación de las especies que conviven en el mar perjudica el ambiente en las zonas que dependen de ese recurso. La sobrepesca en múltiples ecosistemas se ha unido a la pérdida de hábitat, la contaminación y las bioinvasiones que han deteriorado la salud de estas áreas y han llevado a reconocer que el mar y el planeta tienen fiebre por el inminente incremento en la temperatura global”.

Para los expertos, la amplia biodiversidad que existe en el país tiene que convertirse en un motor de desarrollo, en el que los genes y los ecosistemas converjan como uno solo. José Ernesto Mancera, profesor de la Facultad de Ciencias y Biología de la UNAL, en el Especial La UNAL en la  COP16 de Radio UNAL, indica que las posibilidades de desarrollarnos como especie también depende del patrimonio natural.

“Al quemar toda la materia orgánica para mover nuestra maquinaria estamos calentando la atmósfera y esto lleva al derretimiento de los casquetes polares, que albergan el 3 % del agua dulce del planeta”, subrayó el profesor Mancera.

A raíz de los efectos del calentamiento global, la UNAL trabaja en más de 30 acciones de fortalecimiento de la gestión de riesgos de desastres que buscan incrementar el conocimiento, la capacidad y preparación con base en la seguridad humana y la preservación de la base natural en el Archipiélago de San Andrés, en las que también participan otras 10 entidades aliadas que desde hace más de un año y medio pretenden jalonar la respuesta a estas necesidades en el territorio.





viernes, 1 de marzo de 2024

Pluggets del Mar, unión de saberes tradicionales y ciencia

 La cocina de Hilaria Valencia es el lugar de encuentro de un grupo de mujeres tumaqueñas que juntan sus manos, su sazón y su conocimiento tradicional para elaborar un novedoso y sabroso nugget de plumuda (plugged), pez de alto valor nutricional y de bajo costo que les sirve como materia prima.

Tanto la amistad como la Asociación de Mujeres Concheras de Raíces del Manglar (Asoraizmanglar) –con cerca de 40 integrantes– surgieron en el mangle, donde ellas solían encontrarse para conchar o extraer piangua, un molusco tradicional del Pacífico colombiano que era su único sustento económico; pero ahora, gracias a la capacitación y el trabajo conjunto con el Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos (ICTA) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), se volvieron expertas en transformar los alimentos.

Profesores y estudiantes de distintas disciplinas de la UNAL se aliaron para participar en la “Convocatoria nacional para el fomento de alianzas interdisciplinarias que articulen investigación, creación, extensión y formación en la Universidad Nacional de Colombia 2019-2021 (Sede Tumaco)”.

Así iniciaron el trabajo de la mano de los profesores Adriana Patricia Muñoz Ramírez –líder del grupo de investigación UN-ACUICTIO, de la Facultad de Medicina Veterinaria y de Zootecnia– y Jairo Humberto López Vargas, del ICTA, director del grupo Aseguramiento de la Calidad de Alimentos y Desarrollo de Nuevos Productos.

Los investigadores identificaron que la actividad económica de las mujeres era débil porque se centraba en conchar y a veces la piangua escasea o se debe dar tiempo de veda por lo que debían parar por algunos meses y esto repercutían en sus ingresos económicos, afectando su calidad de vida.

Con el ánimo de seguir apoyando a las integrantes de la Asociación, el profesor López replicó una exitosa experiencia relacionada con la elaboración de embutidos a base de pescado que ya se había probado en otra región del país.

Aunque inicialmente se pensó utilizar dos tipos de pescado: plumuda y carduma, poco a poco se dieron cuenta de que la carduma ya tenía un alto valor comercial pues se empezó a exportar para elaborar harinas, por eso se quedaron con la plumuda. Después, en un taller de marca que recibieron, surgió el nombre del producto: Pluggets del Mar.

El valor agregado de los pluggets está en la plumuda, que aunque tiene alto valor nutritivo no se aprovecha debidamente; de hecho en época de abundancia se podían encontrar estos peces tirados en las calles. Ahora las mujeres les dan valor comercial.


Para lograr la transferencia adecuada de saberes, primero el profesor López hizo una serie de experimentos y análisis fisicoquímicos en los laboratorios del ICTA en la Sede Bogotá buscando el proceso más adecuado para preparar la receta con plumuda, y luego la zootecnista María Daniela Portela, estudiante de la Maestría en Ciencia y Tecnología de Alimentos, lideró los temas de apropiación social del conocimiento.





Del proyecto surgieron dos recetas: la del ICTA, con condimentación comercial, y la de Asoraizmanglar, con sazón autóctona y sabor tradicional. Así se promovió un diálogo de saberes.

El propósito inicial del proyecto era alimentar a los niños de las escuelas de Tumaco y ahora se quiere extender a otros sectores, pero para hacerlo realidad se necesita nueva sede para elaborar el producto, pues la cocina de Hilaria se quedó pequeña, lo cual es un buen indicio del éxito de la idea. En este momento buscan nuevas alianzas con entidades como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible.

Una nueva sede sería un logro del proyecto, ya que evidenciaría que esta alianza no se quedó en lo académico, sino que fue capaz de avanzar hasta el emprendimiento.












viernes, 29 de julio de 2022

Un mar más caliente incrementa riesgo de muerte de los corales del Caribe

 Desde 1998, el calentamiento global ha aumentado la temperatura superficial del mar, factor fundamental para que regiones como el Caribe colombiano sean más vulnerables al blanqueamiento o muerte de los corales. El análisis de factores como temperatura, precipitación o salinidad en la Gran Barrera de Coral, frente a las costas de Queensland, en Australia, ofrece luces al respecto.

Los blanqueamientos masivos de los arrecifes de coral que se presentaron en 1998, 2002 y 2016 en la Gran Barrera de Coral australiana han sido producto del calentamiento global. En mayo del presente año, investigadores del Instituto Australiano de Ciencias Marinas evidenciaron que más del 90 % de los arrecifes que lo conforman han perdido su color.

La Gran Barrera de Coral, con una extensión de 2.300 km, está compuesta por más de 2.900 arrecifes conformados por colonias de corales, con más de 400 variedades, entre ellas aguja, hongo, coral cerebro, asta de ciervo o acropora y plano o agarcia.

Allí, tanto la temperatura superficial del mar como la del aire presentan una tendencia de crecimiento en el verano austral, pero es en el invierno cuando se observa un incremento abrupto de dichas variables.

La estudiante de Geología Yeimmy Alejandra Gutiérrez, de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), afirma que desde 2016 la temperatura superficial del mar en Queensland se ha incrementado en 1,79 °C, la precipitación ha disminuido en un 25,7 % y la salinidad superficial del mar ha aumentado en 0,388 %”.

El blanqueamiento sucede cuando el coral se desequilibra, se debilita o su estructura se vuelve porosa y enferma perdiendo su color por no poder aportar a su relación mutua con las algas zooxantelas, las cuales les proporcionan carbohidratos para crecer y construir su esqueleto de carbonato de calcio.

Al respecto, la profesora Nancy Liliana Villegas Bolaños, directora del Grupo de Investigación en Oceanología (CENIT) de la UNAL, señala que “Colombia cuenta con 2.860 km² de arrecifes, la mayoría en el mar Caribe y en menor cantidad en el Pacífico colombiano, los cuales se han visto afectados en su ambiente físico por el calentamiento global, haciendo que se enfermen, lo cual se manifiesta en su cambio de color, llegando a ser blanquecino”.

Por eso destaca que “los datos que conforman el trabajo de grado de la estudiante Gutiérrez permitirían que el conocimiento adquirido se aplique en el monitoreo eficaz de las islas, en las condiciones atmosféricas y oceanográficas del Caribe y Pacífico colombiano, con el fin de protegerlas de erosión costera, contaminación, sobrepesca o predadores naturales, como algunos tipos de estrellas de mar”.

Principales blanqueamientos masivos

Los blanqueamientos de 1998, 2002 y 2016 dañaron dos tercios del coral en el famoso arrecife de la costa este australiana, debido a que aumentaron los periodos de sequía y disminuyeron los húmedos y fríos.

El primer blanqueamiento se presentó en 1998, cuando la temperatura superficial del mar alcanzó los 27,04 °C, es decir una temperatura elevada debido a los inicios del calentamiento global en el mundo.

Así mismo, la salinidad superficial del mar fue de 35,2 gramos por litro y la precipitación total de 35,04 mm anuales.

“Esto significó un cambio en el hábitat de los arrecifes trayendo consecuencias como el estrés por aumento de temperatura y la muerte de varias algas que aportan a la protección del coral”, menciona.

El segundo blanqueamiento se dio en 2002; en ese momento la temperatura superficial del mar fue de 26 °C, la salinidad superficial del mar de 35,3 gramos por litro y la precipitación total de 12,8 mm anuales; “los datos reflejan que las lluvias de redujeron, y por lo tanto la salinidad del agua aumentó”.

El tercer fenómeno de muerte de coral sucedió en 2016, considerado el más agresivo del mundo, pues estuvo acompañado por el fenómeno de El Niño.

En ese momento se presentó un incremento del 0,3 en la salinidad del mar (35,6) y un aumento en la temperatura superficial del mar (26,4 °C), pero las lluvias bajaron a 18,25 mm anuales.

“La combinación de estas variables produjo la muerte del 14 % de los arrecifes de coral, lo cual significó la mayor catástrofe medioambiental y biológica de la década”.

A partir de los datos obtenidos, la estudiante elaboró cálculos y gráficas de las climatologías, mostrando que de octubre a febrero –los meses más cálidos– la mayoría de las variables físicas aumentan y están influenciadas por los procesos intraanuales, ya que los mayores valores se obtienen en regiones más cercanas al ecuador.