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viernes, 6 de febrero de 2026

Manglares, memoria del mar y una alerta para el Caribe colombiano

 Durante los últimos 5.000 años se han registrado en los manglares los avances y retrocesos del mar, y ellos han protegido la línea costera frente a cambios climáticos extremos. Hoy ese archivo natural y esa barrera viva están desapareciendo a un ritmo acelerado, lo que pone en riesgo tanto los ecosistemas y asentamientos costeros como la estabilidad del litoral colombiano. Su importancia se evidencia tras las afectaciones registradas en días recientes en Bolívar, Atlántico, Magdalena y Sucre, y ante una nueva alerta por frente frío prevista para este fin de semana, con fuertes vientos y oleaje elevado.

Eventos como los advertidos por el Ideam y la Dirección General Marítima (Dimar) recuerdan que los manglares cumplen un papel fundamental al retener sedimentos, reducir la energía de las olas y contribuir a la estabilidad de la línea de costa. Comprender cómo han funcionado estos ecosistemas a lo largo del tiempo es justamente el propósito de las investigaciones desarrolladas por los profesores Orlando Rangel Churio y Alexis Jaramillo Justinico, del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y que alertan sobre la urgencia de tomar decisiones.

“Durante el Holoceno –la época geológica actual– el Caribe colombiano ha vivido eventos repetidos de transgresión y regresión marina, y esa transformación de paisajes, ecosistemas y formas de vida ha quedado registrada bajo tierra”, afirman los académicos del grupo de investigación en Biodiversidad y Conservación.

El profesor Jaramillo explica que “la regresión marina ocurre cuando el mar se retira de la línea de costa actual, mientras que la transgresión marina se produce cuando vuelve a avanzar sobre territorios continentales. Estos movimientos han estado ligados tanto a los ciclos de glaciaciones –cuando grandes volúmenes de agua quedan retenidos en el hielo y el nivel del mar desciende– como a los periodos de deshielo, cuando el nivel del mar vuelve a aumentar, cambios que afectan la vegetación y la biota asociadas, y cuyas evidencias quedan registradas en los sedimentos y en el territorio aledaño a la costa”.

El archivo natural del litoral

A partir de perforaciones realizadas en zonas como la Ciénaga Grande de Santa Marta, la Caimanera (Coveñas), el Parque Nacional Natural Tayrona y otros sectores costeros del Caribe colombiano, los investigadores y sus estudiantes llevan varios años analizando capas de sedimento mediante técnicas geológicas como la estratigrafía, que permiten una resolución excepcional: cada centímetro de sedimento funciona como un registro del tiempo y puede contener entre 20 y 60 años de historia ambiental.

“En las columnas de sedimento extraídas durante las perforaciones se observan variaciones de arena, limo, turbas y materia orgánica, y luego, al microscopio, dominios de diferentes componentes que funcionan como marcadores de cambios ambientales”, explica el geólogo Jaramillo.

El biólogo Rangel agrega que “reconstruir esa historia implica entender el litoral como un sistema vivo en donde interactúan el agua dulce y el mar. En los estuarios (zonas donde los ríos desembocan en el mar) y deltas (regiones en donde los ríos se dividen antes de llegar a la costa) esa interacción define qué organismos se pueden establecer, y el factor que marca esa frontera ecológica es la salinidad”.

Además, el análisis de polen, semillas y restos vegetales permite identificar qué tipo de vegetación –y por extensión qué ecosistema– predominaba en cada periodo y cómo respondía a la salinidad, el agua dulce y las variaciones del nivel del mar.

Así, el análisis parte de cómo se ordena la vegetación costera en franjas desde el mar hacia tierra firme. “En el frente más expuesto al mar suele dominar el mangle rojo Rhizophora mangle, y más hacia zonas con mayor influencia de agua dulce aparecen otras especies como Avicennia germinans”.

“Cuando este avanza o retrocede, esa ‘frontera’ vegetal se mueve, y ese movimiento queda guardado en el polen y los restos. Por eso desde hace cerca de 15 años en el grupo de investigación de Biodiversidad y Conservación del ICN hemos fortalecido el trabajo interdisciplinar con geólogos para leer en paralelo el mensaje del sedimento y el de la vegetación”.

“Interpretar un sedimento es comparable a leer un análisis de sangre: en un sedimento tomado a determinada profundidad, aparece un conjunto de señales —un ‘espectro’— que permite ver qué especies están presentes, cuáles dominan y cómo se relacionan entre sí”, indica el académico.

Ese “diagnóstico” ecológico se construye a partir de la autoecología de las especies y de la forma como se organizan en comunidad, y a partir de esa lectura el indicador biológico es el más sólido para interpretar los cambios ambientales registrados en el litoral.

Gracias a este tipo de análisis, los investigadores han podido reconstruir la historia ambiental del Caribe colombiano a escalas de miles de años. En los últimos 5.000 años las perforaciones han mostrado transiciones marcadas entre una transgresión y una regresión marina en un periodo de 1.900 a 2.100 años, con cambios en las formaciones vegetales asociadas.

Los investigadores advierten que en la Ciénaga Grande de Santa Marta han llegado a información de hasta 8 m de profundidad, en columnas de sedimento que aún no alcanzan el fondo, lo que sugiere que hay más historia enterrada y posibilidades futuras de ampliar la reconstrucción ambiental.

Barrera natural frente al aumento del mar

Los estudios muestran que cuando el manglar se establece y se mantiene, la línea de costa gana estabilidad. Estos ecosistemas retienen sedimentos y materia orgánica, lo que favorece la acumulación progresiva de material que eleva el terreno con el paso del tiempo y contribuye a proteger la costa frente a la erosión, las tormentas y el avance del mar (acreción).

“Cuando el manglar se expande y se mantiene, el suelo aumenta su nivel precisamente por esa capacidad de retener material, un proceso que fortalece la protección natural del litoral. Esta evidencia permite trazar con claridad el papel fundamental del manglar como protección de la costa frente a la erosión y al avance del mar”, explica el profesor Rangel.

Según los análisis realizados por el equipo investigador, en algunas zonas del Caribe los registros muestran aumentos del nivel del suelo asociados con manglares y turbas (acumulaciones de materia vegetal formadas en ambientes húmedos) entre 5,2 y 11,4 mm/año por año, mientras que en áreas con material detrítico arcilloso (sedimentos finos transportados y depositados por ríos y corrientes como en las ciénagas continentales) las tasas de sedimentación pueden alcanzar valores entre 0,5 y 1,2 mm/año. Esta evidencia permite trazar con claridad el papel fundamental del manglar como protección de la costa frente a la erosión y al avance del mar.

El problema es que esa protección natural se está perdiendo a un ritmo alarmante. Según los datos presentados por los expertos, Colombia ha perdido más del 80 % de los manglares del Caribe. De una extensión histórica cercana a los 4.500 km2 hoy quedarían apenas unos pocos cientos, con una tasa de desaparición cercana a los 8,5 km2 por año en las últimas décadas.

Añaden que la discusión sobre el nivel del mar también empieza a mirar escenarios de cambios súbitos, como tsunamis y maremotos, una hipótesis que ha sido motivo de preocupación en investigaciones internacionales.

“La evidencia científica es suficiente y el debate ya no debería centrarse en seguir diagnosticando el problema, sino en tomar decisiones. La solución no es construir muros de concreto, sino recuperar las áreas donde históricamente existieron manglares. Eso protege la costa, genera empleo y restaura ecosistemas, y ya existe tecnología para su recuperación”, señala el profesor Rangel.

Los investigadores advierten además sobre la ocupación y titulación de nuevas tierras formadas por procesos naturales en zonas litorales, que deberían ser protegidas por el Estado debido a su fragilidad y valor ecológico. El profesor Jaramillo alerta que, a partir de imágenes aéreas y satelitales, se han identificado nuevas áreas formadas por la sedimentación de ríos como el Sinú y el Turbo, que ya aparecen tituladas a particulares.

“Son tierras de nueva generación, producto de la dinámica natural de los ríos y del mar, que se deberían conservar y contar con protección estatal, ya que su ocupación puede afectar procesos ecológicos y geomorfológicos fundamentales del litoral”, explica.

También alertan sobre la alta vulnerabilidad del litoral Pacífico, una región donde la información científica aún es escasa pese a los riesgos crecientes. El profesor Rangel advierte que, aunque el Caribe colombiano cuenta con estudios paleoambientales y sedimentológicos relativamente detallados, en el Pacífico todavía existen vacíos importantes de investigación sobre la dinámica costera y los cambios del nivel del mar.

En palabras del investigador, “mientras el Caribe está bien documentado, el Pacífico resulta aún más preocupante y su vulnerabilidad puede ser mucho mayor, en parte porque la falta de registros científicos continuos dificulta dimensionar con precisión los impactos de componentes o tensionantes (factores) involucrados en el cambio climático (deforestación, fluctuaciones del nivel del mar), así como la expresión máxima de estos eventos en esa región”.

Reconstruir la historia ambiental del Caribe colombiano no es un ejercicio académico aislado, sino que permite anticipar escenarios, comprender los límites de los ecosistemas y orientar políticas públicas frente al cambio climático y el aumento del nivel del mar.

“La UNAL ya hizo su parte: producir conocimiento sólido. Ahora necesitamos que ese conocimiento sea escuchado”, concluyen los investigadores, quienes compartieron estos hallazgos en el programa Naturalmente, emitido por Radio UNAL.

 







miércoles, 21 de mayo de 2025

Manizales: amenazas naturales se agravan por la acción humana

 Las lluvias no dan tregua en la capital de Caldas, en donde rige la alerta amarilla por riesgo de deslizamientos e inundaciones. Aunque no se ha llegado a una situación crítica, expertos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) advierten que la amenaza no proviene solo del clima: factores como la saturación del suelo, la urbanización inadecuada y la falta de articulación entre normas y prácticas culturales están agravando el riesgo.

Según reportes recientes de la Unidad de Gestión del Riesgo (UGR) del municipio, en los últimos 25 días se han registrado acumulados de lluvia superiores a los 200 mm en zonas como Bosques del Norte (230,3 mm), Chipre (226,8 mm) y Alcázares (215,4 mm). Estos niveles, por encima de lo habitual, han intensificado la vigilancia en sectores vulnerables y mantienen en alerta a las autoridades y comunidades.

Ubicada en el corazón del trópico andino, Manizales comparte con gran parte del país una condición geográfica tan privilegiada como frágil. Su topografía montañosa, la presencia de fallas geológicas activas y la cercanía a zonas volcánicas hacen que el territorio esté constantemente expuesto a amenazas naturales como deslizamientos e inundaciones.

A estas condiciones naturales se suma una urbanización acelerada y en muchos casos desordenada, lo que convierte a Manizales en un territorio especialmente vulnerable. En los primeros meses de 2025 las lluvias han sido tan intensas que los suelos de Caldas están sobresaturados. Aunque el agua es parte fundamental del ciclo de vida en la región, también se puede convertir en detonante de emergencias cuando coincide con ocupaciones inadecuadas del terreno.

La profesora Jeannette Zambrano Nájera, del Departamento de Ingeniería Civil de la UNAL Sede Manizales, considera que atribuir los desastres solo a las lluvias es un diagnóstico incompleto. Aunque las precipitaciones funcionan como detonantes, la verdadera raíz del problema está en múltiples factores humanos que agravan las amenazas naturales y transforman el entorno en un escenario de riesgo.

“La eliminación de la cobertura vegetal, la urbanización en zonas de alto riesgo, la impermeabilización del suelo y la construcción en laderas o cerca de ríos son acciones humanas que transforman una amenaza natural en un riesgo social”, afirma la profesora Zambrano.

En Manizales la cobertura vegetal ha disminuido significativamente en las últimas décadas. Según un estudio de la Universidad de Manizales, entre 1986 y 2023 los espacios verdes en el área urbana pasaron del 59,6 al 53,7 % evidenciando una pérdida de 5,9 puntos porcentuales. Esta reducción afecta la capacidad del suelo para absorber agua y aumenta la vulnerabilidad a deslizamientos e inundaciones.

La impermeabilización del suelo, producto de la expansión urbana y el uso excesivo de materiales como el cemento, impide la infiltración natural del agua incrementando la escorrentía superficial y la presión sobre los sistemas de drenaje. Esto agrava el riesgo de inundaciones, especialmente en zonas con pendientes pronunciadas.

En relación con la topografía es importante recordar que la capital de Caldas se caracteriza por su topografía montañosa, con pendientes que en algunos sectores superan los 30°, lo que, combinado con suelos húmedos y poco consolidados, incrementa la susceptibilidad a deslizamientos. La construcción en laderas y cerca de ríos, a menudo sin una adecuada planificación y sin considerar las normas urbanísticas, expone a las comunidades a mayores riesgos durante las temporadas de lluvias intensas.

“La manera en que ocupamos el territorio está transformando profundamente la dinámica de las amenazas: hoy los eventos son más intensos y frecuentes, no solo por el cambio climático, sino por nuestra intervención sobre el entorno”, advirtió la profesora Zambrano.

Frente a este panorama, ella insiste en que la ciudadanía no se debe ver solo como víctima sino también como protagonista del riesgo. La forma en que cada persona interactúa con el entorno puede aumentar o disminuir el riesgo. Por eso subraya que “la prevención debe comenzar en lo cotidiano: sembrar árboles adaptados al territorio, no obstruir los drenajes, conservar las zonas verdes, y sobre todo respetar las advertencias técnicas y las normas urbanísticas”.

Las áreas arboladas cumplen un papel clave en la prevención de desastres: ayudan a regular las lluvias, protegen el suelo y disminuyen la escorrentía. Sin embargo esta lógica ambiental ha sido desplazada por una visión de desarrollo urbano centrada en el cemento, que sella el suelo, impide su respiración natural y dificulta la regulación del agua. Según la experta, “recuperar la vegetación nativa y garantizar espacios permeables no solo es deseable sino también una medida urgente de adaptación y resiliencia frente a las amenazas crecientes”.

Tecnología y ciencia ciudadana: el aporte de la UNAL para reducir el riesgo

La UNAL Sede Manizales ha desempeñado un papel fundamental en el fortalecimiento del Sistema de Alertas Tempranas (SAT) de la ciudad. A través de un convenio interadministrativo con la UGR de la Alcaldía se han instalado estaciones pluviométricas y miras limnimétricas en zonas críticas como Lusitania, Providencia y las cuencas de los ríos Chinchiná y Manizales. Estas herramientas permiten monitorear en tiempo real variables como la saturación del suelo, los caudales y las condiciones atmosféricas facilitando una respuesta oportuna ante eventos de riesgo.

“Uno de los avances más notables del sistema de alerta temprana ha sido la integración de tecnología asequible con el conocimiento local”, afirmó la profesora Zambrano. Así, esta articulación ha permitido que estaciones automáticas trabajen en sintonía con la observación atenta de las comunidades rurales.


Además la UNAL ha liderado iniciativas de ciencia ciudadana para fortalecer la gestión comunitaria del riesgo. Un ejemplo destacado es el proyecto desarrollado en la quebrada Manizales, en donde se capacitó a los residentes de barrios como Maltería y Juanchito en el uso de sensores de bajo costo y pluviómetros manuales para monitorear participativamente las variables  hidrometeorológicas. Esta estrategia ha permitido una mayor apropiación del conocimiento y una respuesta más efectiva ante posibles emergencias.

Estos esfuerzos se enmarcan en una visión integral de la gestión del riesgo, la cual reconoce la importancia de la articulación entre la academia, las autoridades locales y la comunidad. La experiencia de Manizales ha sido reconocida nacional e internacionalmente como un modelo de gestión del riesgo de desastres, destacando la necesidad de superar enfoques asistencialistas y tecnocráticos para avanzar hacia una planificación del desarrollo que integre la reducción del riesgo como un componente esencial.

Según la profesora Zambrano, la academia cumple un rol fundamental en la prevención de desastres. Su aporte va más allá de la investigación técnica: incluye la formación de ciudadanía, la planificación territorial con enfoque de riesgo, y la construcción de puentes entre la comunidad, las autoridades y las instituciones. Por eso insiste en que esta articulación es esencial para avanzar hacia territorios más seguros y resilientes.

 






jueves, 14 de noviembre de 2024

UNAL desarrolló sistema que alerta sobre inundaciones y deslizamientos en Manizales

 El Centro de Monitoreo para la Gestión del Riesgo de Manizales se basa no solo en tecnología avanzada como el uso de sensores y miras limnimétricas (determinan el nivel de agua de ríos, embalses o lagos), sino también en una red de colaboración con la comunidad, en especial de las áreas rurales. La Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Manizales instaló estaciones pluviométricas (que miden la cantidad de lluvia que cae en un lugar) y radios, lo que les permite a los residentes reportar cambios significativos en el entorno.

Para cubrir zonas propensas a inundaciones y deslizamientos se seleccionaron ubicaciones estratégicas en zonas urbanas de Manizales como Lusitania y Providencia, además de varios puntos de las cuencas del río Chinchiná y las quebradas El Guamo y Manizales, y también en zonas rurales importantes como el Km 41.

En estos lugares críticos, tanto los dispositivos como las miras limnimétricas permiten observar el nivel del agua y reconocer a simple vista el grado de riesgo. Las miras son reglas graduadas que miden en metros el nivel de un río o quebrada, y en este caso también están graduadas con códigos amarillo y rojo que indican nivel de alerta para la comunidad.

“Uno de los avances más notables del sistema de alerta temprana ha sido la integración de tecnología asequible con el conocimiento local”, afirma la ingeniera civil Jeannette del Carmen Zambrano Nájera, profesora del Departamento de Ingeniería Civil de la UNAL, quien destaca que este esfuerzo es el resultado del convenio interadministrativo realizado con la Unidad de Gestión del Riesgo (UGR) de la Alcaldía de Manizales para fortalecer los sistemas de alerta temprana.

Tecnología que puede salvar vidas

El modelo implementado fue el SH-485, equipado con sensores de velocidad y dirección del viento, termohigrómetro (instrumento de medición que mide la temperatura y la humedad), pluviómetro y sensores de radiación solar y presión atmosférica. Además cuenta con un panel solar y una batería, y un panel diseñado específicamente para mostrar la precipitación diezminutal y la precipitación acumulada en el día.

Así mismo, la estación tiene conexión inalámbrica o wifi y envía la información directamente a la plataforma web Wunderground, que les permite a los usuarios publicar actualizaciones y reportes acerca de las condiciones meteorológicas actuales, integrando los datos en tiempo real para mejorar la respuesta ante emergencias en Manizales.

“La idea es que la comunidad esté en alerta temprana y actúe antes de que ocurra una inundación, no cuando ya ha sucedido. Es un cambio fundamental hacia la prevención”, enfatiza la profesora Zambrano.


Para fortalecer la capacidad de respuesta, la UNAL coordinó simulacros de evacuación en conjunto con la Alcaldía de Manizales, la ONG Aldea Global y el SENA. “El mensaje principal es que, en situaciones de riesgo, lo primero es proteger la vida, dejando en segundo plano los bienes materiales”, subraya.

“La participación de la comunidad es fundamental en este tipo de sistemas. Cada vez deben estar mejor informados y capacitados para autogestionar los riesgos, tomando decisiones de manera corresponsable”, agrega.

Esta experiencia en Manizales sirve como un modelo para otros municipios, ya que demuestra que los sistemas de alerta temprana se pueden implementar incluso en zonas con recursos limitados. La meta es que para 2027 todos los municipios del país cuenten con sistemas de alerta para enfrentar desastres naturales.








martes, 16 de abril de 2024

Nueva alerta por baja calidad del aire en Bogotá: ¿cuáles son las partículas que más contaminan?

 Generalmente son el ozono, los óxidos de nitrógeno y el monóxido de carbono, que se encuentran suspendidos en el aire. A la época seca –propia de los primeros meses del año–, agravada por el fenómeno de El Niño, hay que sumarle el impacto de los incendios forestales y la llegada de polvo proveniente del desierto del Sahara. Expertos en calidad del aire explican, entre otros aspectos, de dónde provienen los contaminantes y el impacto en la salud de las personas.

El profesor Néstor Rojas Roa, director del grupo de investigación Calidad del Aire de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), explica que los contaminantes pueden ser gaseosos –como el monóxido de carbono, los óxidos de nitrógeno, el ozono o los óxidos de azufre– o estar en fase sólida y líquida, “que son las que llamamos partículas, y por la característica de su tamaño pueden permanecer suspendidas en la atmósfera durante mucho tiempo”.

PM significa material particulado o contaminación por partículas; algunas como el polvo, la suciedad, el hollín o el humo son lo suficientemente grandes y oscuras como para verlas a simple vista (PM10), y otras son tan pequeñas que solo se pueden detectar a través de un microscopio electrónico (PM2.5).

“Estas provienen de diferentes fuentes, algunas relacionadas con el desgaste de materiales (frenos, llantas), por ejemplo, y otras vienen de procesos de combustión, y por ser tan sumamente finas se pueden aglomerar entre sí generando partículas más grandes, que por su tamaño menor a las 10 micras se pueden inhalar”, indica el académico.

Especialmente las partículas finas PM2.5 pueden penetrar profundamente en los pulmones y llegar a diferentes tejidos y órganos del cuerpo como el cerebro, los riñones o el corazón, causando problemas respiratorios y exacerbando condiciones preexistentes como asma, hipertensión, o enfermedades cardiacas, entre otras.

“Una característica primordial es su tamaño; algunas, por ser tan finas, tienen una masa muy pequeña, por lo que quedan fácilmente suspendidas en el aire y no se depositan o sedimentan; por ejemplo una partícula de polvo de una playa sedimenta rápido porque es un poco más pesada”, señala el experto.

¿Por qué las alertas?

El profesor Rojas recuerda que esta suele ser una época en la que se generan alertas como la lanzada por la Secretaría de Ambiente de Bogotá: “los primeros meses del año se caracterizan por tener tiempo más seco, menos precipitaciones o lluvias y más radiación solar por cielos despejados, y esto hace que la atmósfera tenga mayor contaminación por varias razones, entre ellas que al haber menos lluvias el efecto de lavado de la atmósfera se reduce”.

“Así mismo, al haber tiempo seco hay más polvo que se puede resuspender de las vías o de diferentes superficies sobre el suelo, y esto hace que en el primer trimestre de cada año aumente la cantidad de partículas en el aire”.

“Además es una época en la que se presentan con mayor facilidad las quemas de sabanas o de pastizales, o incendios en diferentes lugares del país. Así mismo, la atmósfera suele estar más estancada sobre la ciudad debido a algunos cambios en los regímenes de vientos”, explica el experto.

Precisamente, después del impacto de las conflagraciones en varias regiones del país a comienzos del año, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible emitió una nueva alerta por la activación de estas, y estima, con datos del Ideam, que el domingo 14 de abril había 746 municipios con algún tipo de alerta por incendios: 293 están en alerta roja, 261 en naranja y 192 en amarilla.

Con respecto a Bogotá, es importante mencionar que “esta es la cuarta alerta declarada por el Distrito este año por condiciones adversas de calidad del aire, y está influenciada en un 75 % por factores exógenos (incendios en las regiones y arenas del Sahara) y un 25 % por las emisiones que se generan en la ciudad (industria, transporte, material resuspendido, entre otros)”, como se lee en el comunicado.

El impacto de los incendios forestales

El profesor Luis Carlos Belalcázar, de la Facultad de Ingeniería de la UNAL, señala que los incendios forestales tienen un impacto significativo en la calidad del aire y la salud de las personas, especialmente en entornos urbanos como Bogotá.

“Estos liberan grandes cantidades de contaminantes atmosféricos, incluyendo partículas finas (PM2.5), óxidos de nitrógeno, monóxido de carbono y compuestos orgánicos volátiles, que afectan negativamente la calidad del aire”, afirma.

Por su parte el profesor Rojas anota que “aunque se pensaría que es más tóxico quemar gasolina que material vegetal, realmente están a la par, e incluso en la quema de biomasa puede haber sustancias más dañinas porque la combustión es menos completa que en los combustibles de un motor o una caldera”.

“Por esta época del año las quemas que suceden en la Orinoquia son arrastradas por los vientos alisios (aquellos que soplan entre los trópicos) hasta la cordillera Oriental y de ahí hacia el interior del país produciendo un aumento muy significativo de la contaminación en Bogotá”.

Al respecto, investigaciones de la UNAL, la Universidad de los Andes y la Universidad Estatal de Colorado (Estados Unidos) han evidenciado que entre febrero y abril los incendios forestales aportan en Bogotá hasta un 15 % de los contaminantes totales.

Entre las recomendaciones está implementar medidas de gestión de incendios forestales para prevenir y controlar los brotes; particularmente se debe reforzar la vigilancia y la respuesta rápida a los incendios.

También es muy importante reducir las emisiones de otras fuentes, en particular las emisiones de camiones, motos y carros particulares, de modo que durante la época de incendios el impacto de esas otras fuentes sea menor.