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miércoles, 22 de abril de 2026

Modelo permite anticipar fallas eléctricas ante eventos climáticos extremos

 Tormentas intensas, inundaciones o sequías prolongadas —como las que se anuncian con la llegada del fenómeno de El Niño— están poniendo a prueba la capacidad de los sistemas eléctricos para responder a condiciones cada vez más exigentes. Frente a este escenario, una investigación de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) propone nuevas herramientas que permiten anticipar con mayor precisión cuándo, cómo, y qué tan graves pueden ser las fallas en el suministro de energía.

El trabajo fue desarrollado por el profesor Camilo Younes Velosa, de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura de la UNAL Sede Manizales, durante su año sabático en la Universidad Estatal de Pensilvania (Estados Unidos), en donde diseñó métodos de análisis de confiabilidad que incorporan variables poco consideradas hasta ahora, como la duración y la severidad de los eventos, así como su posible ocurrencia simultánea.

En Colombia estos análisis resultan especialmente relevantes, ya que gran parte de la generación eléctrica depende del recurso hídrico. “El agua y la energía siempre han estado atadas, por lo que fenómenos como sequías o lluvias intensas pueden afectar directamente la disponibilidad de electricidad”, explica el experto.

Por ejemplo, eventos climáticos como el fenómeno de El Niño pueden reducir los niveles de los embalses y poner en tensión el sistema. “Tendremos altas probabilidades de que el sistema entre en mucho estrés, lo que evidencia la necesidad de contar con herramientas que permitan anticipar estos escenarios”, advierte el docente.

Más allá de cuántas veces falla el sistema

Las consecuencias una interrupción eléctrica —lo que técnicamente se conoce como una salida del sistema— pueden ir desde molestias temporales hasta afectaciones críticas como la suspensión de servicios hospitalarios o la paralización de procesos industriales. Sin embargo, los modelos tradicionales no siempre reflejan la magnitud real de estos eventos.

El profesor Younes señala que “muchas métricas actuales se concentran en medir la frecuencia de las fallas, pero dejan de lado aspectos clave como su duración o su intensidad; no basta con saber cuántas veces ocurre una salida del sistema, también es necesario entender qué tan severa es”.

Uno de los indicadores más utilizados es el Loss of Load Expectation (LOLE), que estima la frecuencia con la que el sistema podría no atender la demanda. Sin embargo, este tipo de mediciones no permite ver el impacto completo de una interrupción prolongada o de varios eventos que ocurren al mismo tiempo.

Por ejemplo, un apagón de pocos minutos suele resolverse sin mayores efectos, pero una interrupción de varias horas puede afectar el transporte, el almacenamiento de alimentos o el suministro de agua, que en muchas ciudades depende de la energía eléctrica.

Eventos simultáneos, el reto que no se estaba midiendo

Otro de los aportes del estudio fue evidenciar que las fallas no ocurren de manera aislada. En la práctica, un sistema eléctrico puede enfrentar varios eventos al mismo tiempo que se potencian entre sí.

Por ejemplo durante una tormenta se pueden caer árboles sobre las redes, inundarse subestaciones y presentarse descargas eléctricas que dañan los equipos. Analizar estos eventos por separado puede llevar a subestimar el impacto real sobre el sistema.

En un contexto de cambio climático, este fenómeno se vuelve más crítico. “Antes teníamos un clima más predecible, pero ahora los eventos pueden ser más intensos y durar más tiempo”, explica el docente.

Durante su trabajo en la Universidad de Pensilvania, el investigador desarrolló un enfoque que permite analizar de manera conjunta múltiples fuentes de riesgo, incorporando variables como la duración, la intensidad y la coincidencia de eventos extremos.

Este modelo se articula con el concepto de “suficiencia de recursos”, el cual evalúa si el sistema realmente cuenta con la capacidad necesaria para atender la demanda en condiciones críticas.

“La pregunta es si tenemos suficientes recursos en generación, transmisión y distribución para responder en un momento dado”, explica. Esto implica no solo disponer de energía, sino garantizar que esta se pueda transportar hasta los usuarios, incluso en escenarios de alta presión sobre la infraestructura.

Aporte para la planificación energética

Los resultados de esta investigación proponen una forma más realista de evaluar la confiabilidad de los sistemas eléctricos, al incorporar múltiples indicadores que permiten entender mejor su comportamiento bajo condiciones de estrés prolongado.

En vez de centrarse solo en la frecuencia de las fallas, el enfoque plantea analizar también su duración, su severidad y la interacción entre distintos eventos, lo que ofrece una base más sólida para tomar decisiones en la planificación energética.

Por último, el profesor Younes subraya que “entender estas dinámicas es clave para anticipar escenarios críticos. Debemos medir no solo la frecuencia de los eventos sino también su intensidad, su severidad, y los efectos que tienen sobre el sistema eléctrico”, concluye.









miércoles, 17 de diciembre de 2025

FINCA EL MILAGRO, EN ROLDANILLO: UN MODELO DE EDUCACIÓN AMBIENTAL Y PRODUCCIÓN SOSTENIBLE DE PUERTAS ABIERTAS

 FORTALECIMIENTO DE NEGOCIOS VERDES EN EL VALLE DEL CAUCA

En la zona alta del municipio de Roldanillo, la Finca Agroecológica El Milagro se ha posicionado como un referente destacado dentro del programa de Negocios Verdes de la CVC. Clasificada en la categoría de bioproductos y servicios sostenibles, esta iniciativa familiar trasciende el concepto tradicional de agricultura para convertirse en un ecosistema pedagógico de "puertas abiertas", en donde la conservación ambiental y el turismo regenerativo convergen.

El proyecto se fundamenta en la protección de la biodiversidad local, mediante prácticas agroecológicas rigurosas. La finca ofrece a visitantes y voluntarios una inmersión total en la vida del campo, funcionando como una gran escuela rural en donde se enseñan los ciclos de la tierra. Este enfoque permite que turistas nacionales y extranjeros no solo disfruten del paisaje, sino que comprendan el valor del trabajo campesino y la importancia de la sostenibilidad alimentaria.

Martha Cecilia Salcedo, propietaria y líder de El Milagro, destaca el propósito educativo detrás de su labor diaria: "Nuestro objetivo es que la gente reconecte con sus raíces. Aquí no solo producimos alimentos, cultivamos conciencia. Queremos que quien nos visite entienda que la ruralidad es vida y que cada proceso, desde la semilla hasta la mesa, debe hacerse con respeto por la naturaleza".

Dentro de los recorridos pedagógicos, se evidencia la diversidad productiva del predio. Los visitantes pueden transitar entre árboles de cítricos y una huerta orgánica diversificada que abastece la gastronomía tradicional que allí se ofrece. El producto insignia es el café de origen, el cual es sometido a un cuidadoso proceso artesanal de tostión y molienda en la misma finca, garantizando una taza de alta calidad y bajo impacto ambiental.


Un componente vital de su modelo sostenible es el manejo integral de residuos. La finca cuenta con una compostera que transforma los desechos orgánicos en abono, cerrando el ciclo de nutrientes y devolviendo la fertilidad al suelo, sin el uso de agroquímicos. Estas prácticas validan su estatus como negocio verde y demuestran que la productividad económica es compatible con la preservación de los recursos naturales











lunes, 10 de noviembre de 2025

UNAL impulsa modelo integral de humanización en la atención y formación en salud

 Desde permitir el ingreso de animales de compañía a las UCI hasta crear pactos académicos por el aprendizaje humanizado, la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y su Hospital Universitario Nacional (HUN) han convertido la humanización en un modelo institucional que acompaña la atención en salud y la formación médica. Programas pioneros como “Huellas que sanan” o el pódcast “Tú no eres 1+” hoy son referentes de cómo la empatía, la escucha y el bienestar se traducen en políticas medibles, sostenibles y profundamente humanas.

En los sistemas de salud la humanización ha emergido como una obligación que trasciende la atención clínica para convertirse en un elemento transformador del bienestar. En este escenario, la Facultad de Medicina de la UNAL y el HUN son instituciones pioneras en el desarrollo de modelos complementarios para integrar este valor tanto en la formación de nuevos profesionales como en la prestación de servicios.

Durante el cierre del V Simposio de Humanización en Salud —un espacio creado para reflexionar sobre el valor de la educación, la comunicación y la innovación en la atención centrada en las personas— se destacó el trabajo del HUN, entidad que durante 10 años ha demostrado que transformar implica superar la normalización de las malas prácticas mediante procesos que “van más allá de la lógica y del deber ser”, según el doctor Jairo Pérez Cely, director de Cuidado Crítico del Hospital.

El modelo del HUN está estructurado en 6 líneas estratégicas y operativas que impactan tanto a los pacientes y sus familias como al personal; estas son: (i) la calidez humana, expresada en el bienestar del profesional y en la calidad del encuentro con el paciente, (ii) el confort, que se materializa en las condiciones físicas y ambientales de la Institución, pensadas para favorecer el bienestar de todos, (iii) la dignidad y el respeto, que se mantienen como políticas no negociables de buen trato, (iv) la comunicación, abordada integralmente, diferenciando entre informar con claridad y escuchar con empatía, (v) la compasión, que se refleja en el acompañamiento activo durante el sufrimiento —por ejemplo a través del “Libro de humanización”, una práctica en la que pacientes y familias comparten sus voces y experiencias, y (vi) la solidaridad, que se manifiesta en el apoyo a personas en condiciones difíciles, tanto colaboradores como pacientes, mediante tecnologías amigables que explican anticipadamente el funcionamiento de los equipos médicos y ayudan a reducir la ansiedad.

Un ejemplo tangible de esta visión es el programa “Huellas que sanan”, que desde 2022 ha permitido el ingreso y acompañamiento emocional de más de 50 animales de compañía de pacientes hospitalizados, incluso en unidades de cuidado intensivo.

Otro es el pódcast “Tú no eres 1+”, en donde se explican las seis líneas de humanización a través de experiencias reales. “Esta estrategia, enmarcada en la solidaridad y la compasión, no nació de un comité directivo sino de la escucha activa de una necesidad familiar”, subraya el doctor Pérez.

El modelo se sostiene gracias a sistemas de medición rigurosos, como el Manual de buenas prácticas de humanización para UCI, que incluye 160 estándares evaluables, desde la iluminación y el ruido hasta el trato cordial. El cumplimiento de estos parámetros motivó a los pacientes a otorgarle un reconocimiento simbólico al HUN en mayo de 2025.

Formando para humanizar

En paralelo, desde 2016 la Facultad de Medicina de la UNAL ha construido un modelo educativo transformador bajo el principio rector “humanizar para formar y formar para humanizar”. Este enfoque responde a factores que afectan el desempeño y la permanencia estudiantil, tanto en la adaptación inicial como en etapas de exigencia clínica y profesional.

Además, la Institución ha desarrollado 5 programas interconectados que conforman el núcleo operativo de su estrategia. Estos son:

  • Programa de Apoyo a las Transiciones: mediante apoyo académico, psicosocial y de bienestar, acompaña cuatro momentos fundamentales: ingreso, paso a las clínicas, internado y egreso profesional.
  • Plan Actívate con la Facultad: incorpora la dimensión lúdica y deportiva como elemento esencial para el equilibrio vital.
  • Programa Praxis: se centra en el aprendizaje a través de la simulación a lo largo del plan de estudios.
  • Programa Nexus: fortalece la integración clínica con metodologías de aprendizaje basado en casos.
  • Pacto Académico por el Aprendizaje Significativo y Humanizado: establece un acuerdo entre estudiantes, docentes y directivos, el cual redefine la relación pedagógica y promueve entornos de confianza y respeto mutuo. “Este pacto se fundamenta en principios de neuroeducación, es decir en el conocimiento científico sobre cómo aprende el cerebro y cómo influyen las emociones en la memoria, la atención y la motivación”, señala la profesora María Luisa Cárdenas Muñoz.

Con base en estos principios, el programa busca fortalecer ambientes de aprendizaje respetuosos y empáticos, en los cuales los estudiantes puedan expresar sus dudas y asumir los errores como parte del proceso formativo, entendiendo que equivocarse también enseña. Además, promueve calendarios unificados de evaluación, ajustes en la carga académica y una evaluación formativa orientada al crecimiento y no solo a la calificación.

Sinergia institucional hacia un modelo integral

La convergencia de estos esfuerzos representa una apuesta innovadora en la que la excelencia académica y la humanización son dimensiones complementarias.



jueves, 30 de octubre de 2025

Comunidad en el Apaporis crea modelo intercultural para cuidar la Amazonia

 En pleno corazón del territorio indígena Yaigojé Apaporis, líderes de la comunidad de Bocas del Pirá y un investigador en estudios amazónicos unieron esfuerzos para fortalecer el cuidado del territorio a través de un diálogo entre saberes. Durante 6 meses, la iniciativa promovió acuerdos sobre el manejo de residuos y el cuidado del agua, en respuesta al aumento de plásticos, la contaminación de los ríos y la pérdida de prácticas tradicionales de limpieza y reciprocidad con la selva. La experiencia comprobó que la selva se cuida mejor cuando la ciencia aprende a escuchar al conocimiento ancestral.

A más de 800 km de Bogotá, en la confluencia de los ríos Caquetá, Apaporis y Popeyaká, se extiende una franja amazónica de más de 1 millón de hectáreas que abarca los departamentos de Vaupés y Amazonas. En esta región, que recibe entre 2.900 y 3.400 mm de lluvia al año, cada sonido, planta y corriente de agua cumple una función vital. El área, una de las más biodiversas del país, alberga más de 300 especies de aves, 200 de peces y decenas de plantas medicinales empleadas en rituales tradicionales, muchas de ellas aún desconocidas por la ciencia.

En ese territorio, pueblos como los macuna, tanimuca y letuama han tejido su existencia a partir de principios culturales de manejo. En su cosmovisión, los ríos tienen dueños espirituales, los árboles son ancestros y cada acto humano —sembrar, pescar, cazar o curar— es un gesto de reciprocidad con la selva. Pero en las dos últimas décadas ese equilibrio ha comenzado a transformarse.

A las malocas, que durante siglos solo recibían frutos, fibras y utensilios biodegradables, llegaron botellas plásticas, empaques metalizados, latas y bolsas traídas por comerciantes fluviales desde Mitú, La Pedrera, Leticia o Brasil. Con ellas llegaron las gaseosas, las galletas de paquete, el arroz y la harina industrial, el aceite embotellado, el alcohol, los jabones y los detergentes, productos ajenos a la economía de autoconsumo que ahora se han vuelto cotidianos.

Los residuos de yuca, pescado o frutas que antes se biodegradaban fácilmente con las lluvias fueron reemplazados por envolturas que no tienen un retorno posible. El plástico comenzó a acumularse alrededor de las malocas y en los caños, o a quemarse a cielo abierto, dejando un humo agrio que los mayores describen como “aire enfermo”.

Por si fuera poco, a esta invasión silenciosa se suma la presión de la minería aurífera y la tala ilegal, que contaminan las aguas con mercurio y abren trochas en el bosque, alterando además el pensamiento cultural y el control espiritual del territorio, y debilitando las formas tradicionales de gobierno.

Frente a este panorama, Carlos Andrés Cáceres Chaves, magíster en Estudios Amazónicos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Amazonia, se internó durante 6 meses en la comunidad de Bocas del Pirá para entender cómo los saberes tradicionales pueden dialogar con la ciencia ambiental convencional.

El diálogo como forma de gestión

El estudio se desarrolló en el marco del proceso político y organizativo del Consejo Indígena del Yaigojé Apaporis (CITYA), articulado con el Régimen Especial de Manejo (REM) establecido en 2018 para coordinar la administración conjunta entre Parques Nacionales Naturales y las autoridades indígenas del territorio. En ese sentido, el magíster propuso un ejercicio colaborativo orientado a fortalecer la gestión ambiental a partir del diálogo intercultural.

“Lo más difícil fue aprender a soltar el conocimiento propio para aceptar el del otro. Venimos de una formación occidental muy estructurada, pero en el territorio hay otra forma de pensar, de sentir y de conocer. Solo cuando dejamos de vernos como ‘blancos’ o ‘indígenas’ y nos reconocimos como pares empezó el verdadero trabajo”, relata el investigador.

El proceso incluyó recorridos por el territorio, talleres con mayoras y sabedores, y la elaboración de cartografías participativas en las que los habitantes dibujaron su territorio identificando zonas de pesca, chagras, sitios sagrados y lugares afectados por residuos o tala.

Uno de los momentos más significativos ocurrió cuando el investigador fue invitado al baile del chontaduro, ceremonia que dura tres días y dos noches sin dormir, en la que se transmiten conocimientos sobre el equilibrio del territorio. “Ahí entendí que la educación ambiental no se enseña en un aula sino en el cuerpo, en la danza, en la energía compartida con la selva”, recuerda.

De estas experiencias surgieron dos resultados concretos: el documento “Estructura de gobierno comunitario – Comunidad de Bocas del Pirá” y la propuesta “Educación ambiental intercultural en el territorio indígena Yaigojé Apaporis”, ambos construidos en talleres colectivos.

El primero se concibe como una guía metodológica para fortalecer el gobierno comunitario en torno al manejo ambiental del territorio. En él, la comunidad estableció de forma autónoma roles, funciones y protocolos internos para proteger sus recursos naturales. También creó un Comité de Manejo Ambiental, fundamentado en los principios de manejo cultural e interculturalidad, encargado de promover acuerdos locales, coordinar acciones de monitoreo y resolver conflictos menores relacionados con el uso del territorio.

El segundo producto articula la enseñanza formal con el calendario ecológico indígena, que organiza el año según los ciclos del río, la floración de los árboles y las ceremonias tradicionales. Allí la educación ambiental se convierte en una práctica viva: los niños observan plantas medicinales, reconocen los sitios sagrados, identifican especies de aves y peces, y escuchan a los abuelos narrar historias que vinculan el comportamiento del bosque con el bienestar colectivo.

“El territorio no es solo el contexto de la educación, es su contenido, su método y su sentido”, enfatiza el magíster.

Las iniciativas, validadas en la maloca de Bocas del Pirá y ratificadas por el CITYA, representan un modelo de gestión ambiental intercultural que traduce principios espirituales en acciones cotidianas y consolida el liderazgo de sabedores y mayoras como autoridades ambientales del territorio.

Como parte del proceso, el investigador se apoyó en la idea de “multinaturalismo”, una noción que, en palabras sencillas, reconoce que no existe una única naturaleza, sino muchas formas de  vida que conviven en el mismo mundo. En la visión macuna, los ríos, los animales o las montañas no son recursos sino seres con memoria y voluntad, con quienes se mantienen relaciones de reciprocidad.

“En su idioma no existen palabras como ‘pobreza’ o ‘mañana’ porque no hay acumulación ni ansiedad por el futuro. Su riqueza está en coexistir sin romper los vínculos que sostienen la vida”, anota el magíster Cáceres.

Por eso, el trabajo concluye que cuidar el territorio no se trata solo de conservar árboles o recoger basura, sino de mantener vivas las relaciones entre quienes lo habitan y lo que les da sustento. La educación y la gestión ambiental, más que metas, son procesos que se renuevan cada vez que la comunidad se reúne, conversa y actúa en conjunto. En esos encuentros —ya sea limpiando un caño, sembrando una chagra o escuchando a los abuelos— se reconstruyen confianzas, se transmiten saberes y se fortalecen los lazos que permiten seguir viviendo en equilibrio con la selva.







 



martes, 10 de diciembre de 2024

Parques con campesinos, modelo de democracia y paz rural en el Meta

 En La Macarena (Meta), escenario de una resistencia campesina que desde los años 80 defiende sus derechos y su territorio tras la declaratoria de Parques Nacionales Naturales en terrenos previamente habitados, lo que dejó a sus comunidades en la ilegalidad, el movimiento “Parques con campesinos” ha sido una exitosa iniciativa para proteger el medioambiente y consolidar la paz, convirtiéndose en un modelo de democracia y resiliencia.

En el suroccidente del Meta, una zona donde confluyen las regiones Andina, Amazónica y Orinoquense, se levanta la Sierra de La Macarena, una formación geológica que pertenece al antiguo escudo guayanés. Este espacio, considerado como uno de los más biodiversos de Colombia, es un punto estratégico donde la naturaleza y la historia se entrelazan. Desde mediados del siglo XX esta región dejó de ser un territorio aislado para convertirse en un escenario de colonización, conflicto y negociación, transformado por la llegada de campesinos y colonos desplazados.

Desde entonces ha sido un escenario del conflicto histórico, marcado por la violencia y las luchas por la tierra. Tras el Acuerdo de Paz de 2016 entre el Estado colombiano y las FARC-EP, las comunidades buscan una convivencia pacífica y sostenible.

La investigación del sociólogo Erick Salomón, magíster en Estudios Políticos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), documenta mediante entrevistas y trabajo de campo los hechos históricos y las tensiones entre desarrollo rural, democracia y derechos ambientales, mostrando a La Macarena como un reflejo de los retos de Colombia hacia la paz.

“El conflicto se agudizó cuando a finales de los años 80 y principios de los 90 el Estado trazó las fronteras de parques naturales como la Serranía de La Macarena, Tinigua y Serranía de los Picachos sin considerar a las comunidades que ya habitaban esos territorios, sin un censo o consulta, dejando a los campesinos en el limbo legal, obligándolos a desplazarse, esto sin perder de vista que las mismas autoridades promovieron el poblamiento de la zona en periodos anteriores”, explica el sociólogo.

El proceso de colonización del Meta fue promovido por el mismo Estado en los años 50, en un intento por desarrollar zonas inexploradas del país. “Familias campesinas de Santander, Tolima y Boyacá fueron trasladadas al Meta para ‘colonizar el monte’, bajo el amparo estatal, primero los invitaron a deforestar y ocupar la tierra, luego los declararon ilegales”, destaca el investigador, subrayando la contradicción en las políticas públicas de la época.

Campesinos como guardianes del territorio

Dichas tensiones entre colonización, desalojo y conservación persisten hasta hoy. La respuesta del campesinado fue la organización y resistencia pacífica. A través de los núcleos veredales –espacios de participación comunitaria– creados por los habitantes se construyeron los “Parques con  Campesinos”, una propuesta que busca armonizar la presencia de las comunidades con la protección del medioambiente.

Esta agenda plantea que los campesinos se comprometan a cuidar los bosques y la biodiversidad mientras continúan habitando y trabajando la tierra, evitando la deforestación y la llegada de nuevos colonos, para proteger los límites establecidos. Según el magíster “este es un ejercicio de democracia directa, donde la comunidad se autogestiona, dialoga y media con el Estado para defender sus derechos”.

Uno de los episodios más críticos para la comunidad campesina fue la Operación Artemisa adelantada en 2020, “una estrategia militar que buscaba frenar la deforestación, pero que, según denuncias, llevó a violaciones de derechos humanos. El problema se trató como un asunto criminal y no civil. Se militarizó el territorio, destruyeron viviendas y separaron familias”, relata el sociólogo Chávez.

El desarraigo y la violencia estatal han marcado profundamente a estas comunidades. Sin embargo, lejos de desistir, los campesinos han fortalecido su organización construyendo vías, escuelas y otros servicios básicos mediante la autogestión. “La ausencia estatal obliga a las comunidades a suplir sus necesidades y a dialogar tanto con el Gobierno como con actores armados, siempre priorizando su subsistencia”, señala el investigador.

Históricamente La Macarena ha sido un territorio estratégico, no solo para el campesinado sino también para movimientos guerrilleros. Desde los años 60 la zona fue cuna de guerrillas liberales y posteriormente de las FARC, lo que añadió otra capa de complejidad al conflicto. Pese a ello, la organización campesina ha buscado mantenerse al margen de estos grupos y enfocarse en sus propios reclamos sociales.

Hoy el movimiento Parques con Campesinos representa una propuesta innovadora en el contexto del posconflicto colombiano. “No se trata solo de un reclamo territorial sino de una apuesta por la paz y la convivencia en armonía con la naturaleza; es una lección para el país sobre cómo lo democrático puede surgir desde las bases sociales, más allá de las instituciones formales”, reflexiona el investigador.






jueves, 12 de septiembre de 2024

Colombia, un jardín deforestado: impacto del modelo de desarrollo en la biodiversidad

 En Colombia al menos el 48 % de los sistemas biológicos se encuentran bajo amenaza. Actividades orientadas a la explotación de recursos naturales y la maximización de la producción agrícola y ganadera, además del consumismo, apartan al ser humano de un pensamiento ambiental que trabaje de manera integral en la construcción de proyectos de desarrollo sostenible en la nación; así lo consideran diferentes expertos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

En el especial La UNAL en la COP16, programa de Radio UNAL, expertos de la Sede Manizales plantearon que el actual modelo de desarrollo, pensado en satisfacer los intereses humanos, configura uno de los principales riesgos para los ecosistemas en el contexto del cambio climático, porque carece de una conciencia ambiental que reconozca el patrimonio de la biodiversidad.

Patricia Noguera, docente de la Facultad de Ciencias de la UNAL e investigadora del Instituto de Estudios Ambientales (IDEA), señala que “el modelo de desarrollo es el principal riesgo para los ecosistemas. La ciencia del capitalismo es la devaluación y la explotación, no es el cuidado, […] por eso debemos trabajar en la construcción de proyectos orientados en el pensamiento ambiental con transformaciones profundas en el sentido de la cultura del cuidado”.

La fragmentación de los ecosistemas por cuenta del desarrollo se evidencia por ejemplo en los guadales, que de las más de 12 millones de hectáreas solo queda el 4 %; también en los bosques de niebla, que de 9,7 millones de hectáreas se han reducido a 1,18 millones de hectáreas, según el Instituto Humboldt; y de los 9 millones de hectáreas de bosque seco, solo queda el 8 %.

“Todo eso se expresa en 150.000 toneladas de sedimentos que cada año llegan al mar por el río Magdalena, blanqueando el 80 % de los corales entre Cartagena y Barranquilla. Por eso los pescadores ya no pueden vivir del río, porque la pesca ha bajado de 80.000 toneladas anuales a solo 7.000, y en el canal del Dique de 30.000 a solo 3.000”.

En Colombia solo pensamos en territorios pero no en acuatorios, y como no existen regulaciones hídricas y pluviométricas, también tenemos afectaciones en el paisaje cultural cafetero y las ecorregiones del país”, señala el profesor Gonzalo Duque, director del Museo Samoga.

Señala además que “el Eje Cafetero es un jardín deforestado: los suelos aptos para bosques son el 54 % y no tenemos sino la quinta parte, y los suelos aptos para potreros son el 5 %, pero tenemos el 49 % en potreros. Es decir, no hay una cobertura compatible con los desafíos del cambio climático”.

Esta situación conlleva un complejo panorama futuro. Según el académico, para el 2050 se habrá perdido la aptitud en el 50 % de los suelos cafeteros colombianos. Quindío será el departamento más afectado en un escenario de cambio climático con incremento de lluvias y temperatura, que genera mayor humedad relativa y enfermedades fitosanitarias.

La histórica cifra de reducción del 36 % de la deforestación en Colombia en 2023 permitió que la Unión Europea le entregara 47.000 millones de pesos al país para apoyar la lucha contras las múltiples amenazas a los ecosistemas terrestres. Sin embargo, la académica Noguera señala que el país no puede seguir pensando que hay ecosistemas más importantes que otros.

Pacto de País por el Río Grande de la Magdalena

Como parte de las diversas actividades planteadas por los investigadores de la UNAL frente a la protección de los cuerpos de agua, el académico Fabio Rincón, docente de la Cátedra Unesco, aseguró que durante los últimos 3 años ha estado trabajando con diversas instituciones y entidades en dicho pacto.

Como primera acción de este acuerdo, los expertos han construido un repositorio bibliográfico de los textos en los que el río Magdalena es protagonista, lo mismo que un recuento de las investigaciones y acciones realizadas en este afluente de más de 1.528 km de extensión. Con estas herramientas, los expertos crearon la estrategia “Haz tu tesis en el río Magdalena” para que los estudiantes se interesen en este cuerpo de agua.

El Pacto de País por el Río Grande de la Magdalena contempla realizar seminarios para acompañar a los interesados a conocer más sobre la importancia del río, y porqué es necesario conseguir que sea declarado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco como itinerario cultural.

El próximo encuentro con los académicos se realizará en noviembre en Honda (Tolima), y toda la comunidad está llamada a participar y entender la importancia de este cuerpo de agua y de los ecosistemas en el país.






martes, 6 de agosto de 2024

Nuevo modelo prevería emergencias en proyectos como Hidroituango

 Un modelo multicriterio, probado por investigadores de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín, logró hacer previsiones a modo de ranking –de mayor a menor– de los impactos ocurridos en torno a este proyecto, por lo que sería una herramienta útil para tomar decisiones acertadas, prevenir riesgos y evitar mayores gastos. Su uso se podría extender a futuros planes hidroeléctricos, o similares, de gran envergadura.

Hidroituango, una de las centrales de generación de energía más grandes de Sudamérica, tuvo una de sus mayores contingencias operacionales en 2018 por la obstrucción de uno de los túneles auxiliares de desviación. Así mismo, y pese a su importancia para la economía del país, tuvo una fuerte oposición por parte de la comunidad, lo que implicó retos económicos, sociales y ambientales.

“Durante la planeación de proyectos como este se busca prever, evitar y mitigar riesgos. Sin embargo, los estudios suelen ser muy limitados y unidireccionales, centrados a favor de los resultados que el proyecto pretende alcanzar”, explica Juan Felipe Laverde Salazar, magíster en Ingeniería de Sistemas de la UNAL Sede Medellín.

Hidroituango como caso de estudio

El nuevo modelo se considera integral porque determina la influencia que puede haber entre variables y revela conexiones que pasan desapercibidas con otros métodos. “En la bibliografía encontramos 21 metodologías existentes, luego seleccionamos aquellos impactos relacionados con las hidroeléctricas (148 en total), y por último con el modelo DEMATEL-WINGS (empleado para analizar factores entrelazados) determinamos cómo influía cada impacto en el sistema o en ‘el todo’”.

Para este estudio se analizó el Listado de impactos ambientales específicos2021, publicado en por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible. “Obtuvimos 1.104 combinaciones que siguen la estructura: Decisor – Espacio geográfico – Temporalidad del proyecto – Impacto, lo que nos permitió determinar quiénes eran los más afectados por el proyecto, en qué etapa y en cuál área de influencia”.

Y además realizar un análisis complementario para los planes de manejo ambiental, de manera que sean más precisos y efectivos. “Para validar el modelo propuesto según los impactos ‘listados’, tomamos como caso de estudio el proyecto Hidroituango y los datos públicos de su Evaluación de Impacto Ambiental”.

Esta información se ingresó al modelo para analizar los 30 impactos que finalmente se muestran “ranqueados”, y encontramos que la mayoría se concentran en el proyecto mismo, tal como ocurrió en la vida real con la emergencia operacional.

Según estos resultados, el proyecto es el principal agente de impacto dentro del sistema, y además sugieren que la comunidad es la más afectada por su implementación. En cuanto a la dimensión temporal, se destaca que la mayoría de los impactos ocurre durante la fase de construcción.

Con respecto a la dimensión espacial, se obtuvo que la zona del embalse experimenta la mayor incidencia de impactos, principalmente atribuibles al proyecto. “Aunque la validación se correspondió con la realidad, el modelo se puede mejorar aún más, incluyendo actores como los estatales y variables de causalidad”, agrega el investigador.

Potenciar un modelo como este sería establecer un precedente para construcciones más equilibradas y sostenibles, de manera que se prevean y mitiguen conflictos socioambientales y de operatividad. Por último, también es importante señalar que es extrapolable a proyectos similares y de gran magnitud.







viernes, 12 de abril de 2024

Cambio climático afecta calidad de la ciruela, con un modelo matemático se mitigan riesgos

 Las altas y cambiantes condiciones climáticas afectan el crecimiento y la calidad de la ciruela Horvin. Investigadores desarrollaron un modelo matemático para los productores de ciruela que ya están optimizando sus cosechas gracias a los conocimientos adquiridos. Este modelo sirve como punto de partida para aplicarlo en otros cultivos; por ejemplo en México se replicó con la guanábana y ahora las cosechas son más consistentes y rentables.

Por la inmensa variedad de cultivos que se producen en la región, Boyacá es considerada como una de las mayores despensas de alimentos de Colombia. Según Asohofrucol, la ciruela Horvin es uno de los frutos más importantes de este departamento, ya que representa el 74 % de la producción nacional de esta fruta, lo que la hace relevante para la economía del país. 

Precisamente en la provincia boyacense de Márquez se adelantó el estudio sobre este fruto, enfocado en entender los factores que afectan la calidad de la ciruela de la región, especialmente en Nuevo Colón, donde se concentra gran parte de la producción de esta fruta destinada al consumo nacional. El trabajo fue liderado por la investigadora Mayerlin Orjuela Angulo, ingeniera agrícola de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

En 2018 los agricultores de la zona empezaron a notar variaciones en el color y el tamaño de las ciruelas, además de algunas quemaduras en la epidermis, lo que disminuía su calidad, por lo que la ingeniera Orjuela y su equipo decidieron investigar las causas detrás de este fenómeno, trabajo que adelantó en el marco de su tesis doctoral en Fisiología de Cultivos de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNAL Sede Bogotá. 

“Para el estudio recolectamos muestras de ciruela en diferentes etapas de crecimiento y desarrollo, como el botón floral, la antesis, el cuaje de fruto y la cosecha; además registramos datos climáticos como temperatura, humedad relativa, precipitación y radiación en dos fincas del municipio Nuevo Colón”, explicó la doctora Orjuela.

“A través de mediciones de temperatura en elevaciones distintas de las fincas y en los suelos, además de muestreos quincenales de frutos de 10 árboles por líneas de siembra o ‘surco’, y 2 surcos por finca, para un total de 80 árboles estudiados, se pudo establecer que los cambios bruscos de temperatura son el factor predominante en la disminución de calidad de la ciruela y sus alteraciones de cosecha”, añadió la investigadora. 

¿Cómo afecta el cambio climático la producción? 

El estudio sugiere que los cambios de temperatura, precipitación y altitud afectarían el crecimiento y la calidad de la ciruela. Por ejemplo, un aumento de la temperatura puede provocar un crecimiento más rápido de la fruta, por lo que ya no es en 99 días –como hace 5 años– sino en 90 días. Además la exposición a los fuertes rayos solares cambia el color del fruto al punto de  quemar partes de su cáscara, por lo que pueden ser rechazadas en el mercado y bajar considerablemente su precio. 

Además puede afectar la firmeza y el contenido de azúcar de la fruta, e incluso en la fertilidad de la planta: “por ejemplo, evidenciamos que cuando se presentaban temperaturas bajas y teníamos antesis (etapa en la que los pétalos de la flor comienzan a abrirse) el aborto de la flor era notorio en el suelo, y esta es una etapa clave en el desarrollo del fruto. Al ser menor el fruto cosechado en dichas temporadas el agricultor puede tener más costo de producción”, agregó la investigadora. 

Predicción matemática para afrontar la crisis climática

Con base a la investigación se desarrolló un modelo estadístico que permite predecir el crecimiento, la calidad y el tiempo de cosecha de las ciruelas según las condiciones climáticas locales; con este modelo el agricultor también puede determinar los cuidados idóneos para su cultivo según la temporada de calor o invierno, lo que le permite tomar decisiones sobre abonar o aumentar el riego, por ejemplo, herramientas valiosas para optimizar sus cosechas y que su economía no se vea afectada. 

El modelo se emplea con estadísticas que relacionan el efecto de las condiciones climáticas del cultivo (altitud, tiempo térmico, humedad relativa, precipitación y radiación) con el crecimiento de los frutos de ciruela y su calidad en poscosecha, pues determinando la temperatura base y el tiempo térmico necesarios para el crecimiento y la maduración de los frutos se puede predecir qué tipo de ciruela se obtendrá, y con base en los datos el agricultor sabrá cuáles son los cuidados necesarios para mitigar los impactos negativos del cambio climático en la calidad y la cantidad del fruto. 

En el modelo también se considera el comportamiento fisiológico poscosecha de los frutos en diferentes condiciones ambientales, y se puede determinar bajo qué temperaturas específica se debe almacenar la cosecha de cada temporada. 

El impacto de la investigación no se limita a los agricultores de Boyacá, donde además de la ciruela se cultiva un amplia variedad de frutas y hortalizas –como durazno, manzana, pera, uva, fresa, mora, arándanos, tomate, pepino, lechuga y zanahoria, entre otras–, sino que se extiende a toda la comunidad agrícola de la región.

La implementación de buenas prácticas agrícolas basadas en el modelo matemático desarrollado por la UNAL no solo mejora la calidad de las cosechas, sino que además fortalece la economía local al garantizar que los productos mantengan su calidad y sus precios sean más estables en el mercado.

Alcances internacionales 

La transferencia de conocimientos a otras regiones y países, como México, demuestra el alcance global de esta investigación. Gracias a una alianza con la Universidad Autónoma de Nayarit se pudo llevar el modelo matemático a agricultores mexicanos que enfrentan desafíos similares debido al cambio climático. La adaptación de este modelo a cultivos como la guanábana muestra que la colaboración internacional es clave para encontrar soluciones innovadoras a problemas comunes.

La aplicación del modelo matemático en México les permitió a los agricultores anticipar y mitigar los efectos del cambio climático en sus cultivos de guanábana, lo que se tradujo en cosechas más consistentes y rentables. Esta transferencia de conocimientos no solo benefició a los agricultores mexicanos, sino que también fortaleció los lazos entre ambas universidades y fomentó la cooperación científica internacional en la lucha contra el cambio climático y sus impactos en la agricultura.

La investigación destaca la importancia de la colaboración entre la academia, los agricultores y las instituciones gubernamentales para enfrentar los desafíos del cambio climático. La transferencia de conocimientos y la implementación de buenas prácticas agrícolas son fundamentales para garantizar la seguridad alimentaria y el desarrollo sostenible en regiones productoras tan importantes como Boyacá, y en todo el país.





miércoles, 24 de mayo de 2023

Modelo de producción y consumo insostenible: se acelera la crisis civilizatoria del planeta

 “En un mundo amenazado por el cambio climático, por la pérdida de la biodiversidad, por la acidez creciente del océano, por el mal manejo de la tierra y otros factores asociados con la influencia muy negativa de nuestra especie sobre el planeta, el giro hacia una economía que sea más respetuosa con el medioambiente no puede verse como una opción sino como una imperiosa obligación para sobrevivir”. Este es uno de los apartados del libro ¿Cambio climático o crisis civilizatoria?, publicado por la Asociación de Profesores de la Universidad Nacional de Colombia (APUN).

El libro compila los aportes realizados por profesores e investigadores de diferentes grupos interdisciplinarios de la Universidad que buscaron compartir el conocimiento adquirido durante varios años acerca del cambio climático, tema que atañe a la humanidad entera.

Durante la presentación, el profesor José Jairo Giraldo Gallo, de la Facultad de Ciencias y editor del libro, señaló que “los autores llegan a la conclusión de que el mundo no está afrontando las consecuencias del cambio climático sino una crisis civilizatoria provocada por el modelo de producción y consumo insostenible que amenaza la biodiversidad del planeta y a todos sus moradores, tanto así, que se habla de la sexta extinción masiva”.

 “No hemos respetado los límites que el planeta nos impone para seguir sosteniendo las distintas formas de vida de las cuales dependemos. En últimas, es el trato que le hemos dado al planeta lo que nos tiene al borde del colapso”, agregó.

Crisis civilizatoria

El profesor Giraldo explica que “podemos evidenciar que la humanidad está viviendo en una crisis civilizatoria desde hace siglos. Tal es el caso del surgimiento de la economía, la cual se creó para proteger el bien común en beneficio de la comunidad, pero a partir de la Primera Revolución Industrial no ha estado orientada en esa dirección”.

“A mediados del siglo XIX se acuña el término ecología, el cual busca el cuidado de la casa común, orientado a la preservación del medioambiente con su enorme biodiversidad y este propósito choca con los de una nueva economía basada en el expansionismo, el consumismo y la acumulación desmedida de capital en unas pocas manos”.

Los autores del libro consideran que ante el calentamiento climático no existen soluciones rápidas pues el daño ya está hecho, y se debe reparar. Se debe perseverar en la implementación de energías sostenibles y de otras formas que surjan de la investigación en ciencia y tecnología.

Así mismo es necesario recuperar las selvas, los bosques, los océanos, los ríos, la fauna de todo tipo y cambiar los hábitos alimentarios. Simultáneamente hay que reducir las brechas de desigualdad y la pobreza extrema y se debe pensar en una nueva civilización en armonía con el medioambiente.


Ante esta crisis, el libro plantea tres conclusiones principales: (i) los países desarrollados no pueden seguir creciendo indefinidamente como lo pretenden, y por lo tanto se requiere con urgencia de un nuevo modelo económico, (ii) el modelo educativo se debe replantear con base en las problemáticas actuales, y (iii) países como Colombia pueden contribuir a la conservación del medioambiente si cuentan con el respaldo internacional para restaurar las selvas y los bosques, se reorienta la extracción de recursos y se pone fin a la minería ilegal.

¿Cambio climático o crisis civilizatoria? nació en tiempo de pandemia, a partir del espacio virtual desarrollado por la APUN por medio de los foros APÚNtese a la tertulia.

Durante el evento se les rindió un homenaje a los profesores Mary Falk de Losada, del Departamento de Matemáticas, y Carlos Niño Murcia, de la Facultad de Artes, quienes fueron reconocidos por su amplia trayectoria durante más de 30 años, por los aportes académicos y la huella imborrable que dejaron en cada uno de sus colegas y estudiantes.

“La Universidad, como patrimonio científico y cultural de la nación, tiene que preguntarse por el futuro de las nuevas generaciones. Más que proponer soluciones se dejan inquietudes y un llamado a tomar conciencia colectiva. Los temas ambientales son prioritarios para la supervivencia de la especie”, dijo el académico Giraldo.

Además de la APUN, en la publicación participaron la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y la Corporación Buinaima. Durante su presentación, el profesor Julio Carrizosa Umaña, impulsor del ambientalismo en el país, fue uno de los invitados especiales. El lanzamiento de realizó en el Auditorio Enrique Pérez Arbeláez del ICN.

La celebración contó con la intervención musical de la soprano Laura Garzón Galindo y el guitarrista Anderson Vargas, quienes deleitaron al público con sus sentidas interpretaciones.






miércoles, 9 de junio de 2021

Agroecología, un modelo productivo y de intercambio de saberes

 Mientras los originarios del campo encuentran un espacio donde desarrollar sus proyectos productivos vinculados a su tierra y sus ancestros, a los citadinos se les abre una puerta de conocimiento hacia el campo, un lugar cercano pero a la vez muy lejano de su proyecto de vida.

Jóvenes campesinos y estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira compartieron sus experiencias en el conversatorio “Juventudes en diálogo para la preservación de la agroecología”, organizado por los grupos de investigación Eficiencia Energética y Energías Alternativas (GEAL) y en Agroecología (GIA).

La minga de acción y pensamiento ha puesto frente a frente los diferentes conocimientos y saberes que los jóvenes han adquirido en diferentes espacios a lo largo de su vida, y a la vez confrontarse.

“Me pareció interesante descartar algunos mitos que hay de un lado y del otro, ver la perspectiva que tienen unos jóvenes sobre los otros. Habrá gente que está muy enfocada en la ciudad, pero si uno expande sus fronteras ve las posibilidades del campo, con otras ventajas y desventajas” señala Álvaro Londoño Moscoso, estudiante de Administración de Empresas de la UNAL Sede Palmira.

Una minga de acción y pensamiento es un espacio comunitario con dos momentos: “la minga de pensamiento es para reconocemos, pensarnos, hablar de nuestro sentir, necesidades, proyecciones, para pasar a la minga de acción que tiene que ver con la realización de trabajos específicos en el campo”, comenta Disney Rodríguez Parra, campesino productor agropecuario ecológico.

Dentro de las actividades que se realizan están: mantenimiento de cultivos, cuidado de los animales, construcción de eras y construcción de viviendas, entre otros.


De las aulas al campo

La estudiante Sofía Martínez, de Ingeniería Ambiental, señala que “para los alumnos de la UNAL Sede Palmira estos espacios son ideales para llevar todo el conocimiento aprendido en las aulas y enfrentarlo a la realidad, a las situaciones que se dan en el campo”.

El ingeniero agroindustrial Cristian Parra, estudiante de la Maestría en Ingeniería Agroindustrial, relaciona lo que sucede en el terreno con algunos conceptos teóricos aprendidos durante su formación,  “la minga de pensamiento la relaciono con la dialéctica porque en esas reuniones, al lado de una fogata, siempre existen planteamientos y se va moldeando la idea original hasta hacerla más concisa y cercana a la realidad”.

La minga de acción, en cambio, representa la inteligencia colectiva, porque cada uno va asumiendo un rol dentro de la dinámica que se está realizando, no hay un director que diga “haz esto”, cada uno asume un rol y al final todos en complemento realizan el objetivo común, sostiene.

 

Para los jóvenes campesinos también es un escenario de oportunidades, pues “nos permite llevar el joven citadino al campo y el campo a la ciudad; que el joven rural comparta los saberes que ha adquirido desde sus ancestros, desde sus abuelos, con la gente de la ciudad, y enseñe a sembrar en esos espacios donde solo se ve pavimento”, afirma Diana León Cardona indígena y campesina del pueblo Nasa.

Los invitados al conversatorio coincidieron en que una de las responsabilidades que deben asumir es visibilizar los proyectos y espacios que han tejido estos jóvenes.

Para Disney Rodríguez, este tipo de experiencias no solo les permiten asumir la responsabilidad que tienen, sino compartir sus saberes para conservar su legado.

“Nuestro papel es aprender todo ese compendio de conocimientos, de saberes tradicionales, de recetas, de formas de hacer y poder visibilizarlo, poder mostrarlo para que otros aprendan esta forma de hacer producción diferente, que es la agroecología”, comenta.

Pero para él no es solo un intercambio de saberes y conocimientos, es demostrar lo que significa ese legado. “Necesitamos empuñar el arado, seguir trabajando el campo y en la otra mano tener la bandera de la agroecología como opción de vida, conservando los recursos, preservarlos,  promoverlos, pero también preservar la vida y esos lazos de hermandad” añade.

Por último, los jóvenes consideran que estos procesos se pueden resumir en una frase: “aprender haciendo y enseñar demostrando”, y en esa filosofía sintetizan la responsabilidad que asumen de mantener viva la agroecología como forma de vida, porque para ellos es una de las maneras de impulsar el cambio de sistema que su región necesita.

Estas experiencias se dan en el marco de las Escuelas de Pensamiento Agroecológico (EPA) y proyectos como “Juventudes en diálogo para dinamizar la agroecología como estrategia de inclusión y fortalecimiento del tejido social en la ruralidad vallecaucana”, impulsados por los grupos de investigación GEAL y GIA de la UNAL Sede Palmira.