lunes, 7 de abril de 2025

Lagartijas estriadas se han adaptado para vivir en el campus de la UNAL Sede Bogotá

 De estas habitantes de la Ciudad Universitaria, conocidas científicamente como Riama striata y cuya característica principal son las estrías en sus escamas, existen dos poblaciones que han sorteado las amenazas de vivir en la ciudad, con adaptaciones diferentes entre sí en sus formas de reproducción que evidencian historias fascinantes de supervivencia.

Sede Bogotá se ubica en los invernaderos de la Facultad de Ciencias Agrarias y se caracteriza por un rápido recambio de individuos jóvenes, por su alta tasa de natalidad; la otra está en los alrededores del edificio de la Facultad de Cine y Televisión, en donde las lagartijas optan por una estrategia más cautelosa, con individuos que viven más tiempo, pero su reproducción es menos frecuente.

La lagartija estriada es autóctona de las tierras frías y altas de la cordillera Oriental de Colombia y se distribuye en Boyacá, Cundinamarca y Santander. Los registros de la especie se reportan especialmente en la Sabana de Bogotá, los cerros Orientales y los páramos.

Esta especie se puede observar debajo de troncos, rocas, hojarasca o entre el pasto. En áreas afectadas por la expansión urbana habita debajo de escombros de cemento, ladrillo, plástico o madera. Las hembras ponen entre 1 y 2 huevos, y se ha sugerido que dos o más de ellas pueden ubicarlos en un mismo sitio, lo que se conoce como “nidos comunales”.

El biólogo Miguel Ángel Méndez Galeano, magíster en Biología, realizó el primer reporte oficial de estas lagartijas en la Universidad en 2016. Ahora, junto con sus colegas Rafael Moreno y Alejandra Pinto –también de la Institución– adelantaron un exhaustivo seguimiento de ambas poblaciones para conocer su estado, parámetros y dinámicas en un área urbana.

Para realizar el estudio, durante un año los investigadores buscaron individuos en las instalaciones de Cine, el Invernadero, y cerca al Estadio Alfonso López Pumarejo y la Hemeroteca Nacional. “Los individuos capturados se marcaron para poder identificarlos y facilitar el monitoreo de su crecimiento y supervivencia”, explica el magíster.

Este estudio arroja luces sobre la compleja dinámica demográfica de estas lagartijas, y además plantea preguntas cruciales sobre cómo las condiciones ambientales y las estrategias de vida pueden influir en la resiliencia de las especies en entornos urbanos.

Misma especie, diferentes comportamientos

Los hallazgos mostraron que las dos poblaciones de lagartijas son distintas. Aunque presentan características de estabilidad poblacional, las de Agronomía mostraron una mayor cantidad de individuos, con 68 encontrados (53 % adultos, 47 % juveniles) y un número estimado de 109 a 201. La población de Cine y Televisión, aunque más pequeña, se comportó de manera diferente en términos de estrategias demográficas. Allí se capturaron 40 lagartijas (62 % adultos, 38 % juveniles), y se estima que hay entre 60 y 126 ejemplares.

Las tasas de mortalidad también variaron entre las poblaciones. “La de Agronomía mostró una mayor mortalidad entre los adultos”, señala el biólogo Méndez. Esta evaluación, así como la de supervivencia, se realizó mediante recapturas, para llevar un control sobre si los individuos previamente marcados volvían a ser vistos, permitiendo así estimar la muerte y el nacimiento en cada población.

La lagartija estriada de la UNAL Sede Bogotá no cambia mucho de lugar y guarda fidelidad a su refugio, ubicado en los lugares que la protegen del pastoreo, los nichos térmicos, los sitios reproductivos o las fuentes de alimento, por lo que su conservación depende de que sus hábitats no se modifiquen con cambios de cobertura vegetal por urbanización, lo que podría en riesgo su existencia.

A pesar de las condiciones de alta intervención humana en el campus, las poblaciones de R. striata se mantienen estables. Esto sugiere que, aunque son vulnerables por su tamaño poblacional, han encontrado estrategias para sobrevivir en un entorno que presenta desafíos a causa de la presencia humana.

Según el investigador, “para proteger estas poblaciones únicas se aconseja preservar y enriquecer los elementos clave del hábitat de la especie, tales como mantener zonas de pastizal con refugios naturales y artificiales y evitar la poda de pasto en estos lugares”.

“Lo que puede parecer desordenado o antiestético para los humanos puede ofrecer refugio y oportunidades de supervivencia para la fauna local”, concluye el investigador.






jueves, 3 de abril de 2025

Sin manejo del fuego, superficie afectada por incendios forestales aumentaría hasta un 33 % en 2050

 Aunque resultaría paradójico pensar en los incendios forestales cuando prácticamente las lluvias no cesan en todo el país, la idea no es descabellada, por el contrario, se necesita de mucha anticipación. Un estudio realizado por un equipo internacional de científicos, en el que participa una investigadora de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), destaca cómo la interacción entre la división de grandes zonas de bosques (bordes) y los incendios está transformando los ecosistemas de sabana y bosque en Sudamérica, y cómo lo seguirá haciendo en los próximos 25 años sino se toman medidas urgentes.

La investigación muestra que entre 1979 y 2013 las temporadas de incendios se prolongaron aproximadamente un 20 %. El estudio fue liderado por la ecóloga de ecosistemas Imma Oliveras Menor, del Instituto de Investigación para el Desarrollo Sostenible (IRD por sus siglas en francés), directora científica del proyecto Fire-Adapt, y por la profesora Dolors Armenteras Pascual, de la Facultad de Ciencias de la UNAL, como co-líder sénior.

Además, los modelos de cambio climático utilizados en el estudio, basados en escenarios de bajas emisiones del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), sugieren que para 2030 la superficie quemada aumentará entre un 9 y un 14 %, y para 2050 entre un 20 y un 33 %, incluso en el escenario de emisiones más bajas, es decir donde los países cumplen sus compromisos climáticos (tipo Acuerdo de París), reduciendo el uso de combustibles fósiles, lo que conlleva menores emisiones de gases de efecto invernadero.

Con respecto a las estimaciones, la profesora Armenteras explica que “los modelos se basan en simulaciones climáticas globales con diferentes escenarios de emisiones del IPCC. En este caso, el artículo usa un escenario conservador (el de bajas emisiones) para ilustrar que incluso con medidas climáticas ambiciosas los incendios seguirán aumentando”. ​

“Los esfuerzos no se deben orientar solo a la respuesta de la emergencia, sino que, más allá de la prohibición del uso del fuego, la prevención de incendios implica entender el rol de este en los ecosistemas naturales y su uso controlado en sistemas productivos, lo cual es abordado en el enfoque de Manejo Integral del Fuego”.

El manejo integral del fuego es un proceso participativo y colaborativo orientado a formular, ejecutar, hacer seguimiento y evaluar políticas, estrategias, planes, programas, regulaciones, instrumentos, medidas y acciones permanentes para conocer el rol ecológico, cultural y socioeconómico del fuego y reducir el riesgo por incendios, además de incorporar estos elementos en la planificación y el manejo sostenible de los territorios, promoviendo la seguridad, el bienestar y la calidad de vida de las personas; en otras palabras, es una herramienta esencial para hacerle frente a los incendios forestales en un contexto de cambio climático.

“Además, sus acciones se basan en tres tipos de conocimiento: el local y tradicional (que surge de las personas que habitan el territorio), el técnico (gestores del territorio, organizaciones locales, etc.), y el científico”, aporta la experta Oliveras.

Teniendo en cuenta tales aspectos, el equipo de investigadores realizó una revisión de las prácticas actuales de gestión de incendios, centrándose en el manejo integrado del fuego, su progreso y los desafíos en su implementación en diferentes regiones del mundo, con un énfasis especial en Suramérica.

Además de las estimaciones mencionadas, entre los aportes del estudio se encuentra la identificación de 5 estrategias para mejorar la gestión del fuego; estas son:

  • Promoción de paisajes resilientes: reducción de la carga de combustible y diversificación del uso del suelo.
  • Revalorización del conocimiento indígena y local: integración de prácticas ancestrales en estrategias de manejo modernas.
  • Restauración ecológica posincendios: protección de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos.
  • Reducción de emisiones de carbono: control estratégico del fuego para minimizar su impacto climático.
  • Fortalecimiento de la gobernanza del fuego: cooperación entre gobiernos, comunidades y científicos para una gestión eficaz.

  • Impacto del fuego en la Orinoquia

    Un ejemplo sobre la manera como los incendios impactan en los bosques es la investigación “Diseño participativo de estrategias para la reducción de incendios forestales, la conservación de la biodiversidad y el desarrollo regional en paisajes multifuncionales”, financiada por el Sistema General de Regalías y realizada en los paisajes de sabana de la Orinoquia por el Laboratorio de Ecología del Paisaje y Modelación de Ecosistemas (Ecolmod) de la UNAL.

    En las zonas de transición sabana-bosque de los paisajes de sabana tropical como el de la Orinoquia, conocidas como bordes, los incendios influyen significativamente en la integridad estructural y las características funcionales de los árboles, con implicaciones para la resiliencia de los ecosistemas, el almacenamiento de carbono y la biodiversidad.

    La profesora Armenteras, directora de Ecolmod, señala que “cerca de los bordes, donde termina el bosque, los árboles tienden a ser más pequeños, con menor biomasa y menor densidad de madera, o al revés, los árboles más altos están hacia el interior del bosque. Esto significa que los bosques con más bordes, normalmente más fragmentados o divididos, podrían almacenar menos carbono y ser más vulnerables a las perturbaciones. Detectamos estos efectos en promedio hasta los 50 m del borde”.

    Los incendios hacen que los efectos de los bordes sean mayores. En áreas de bosque afectadas por incendios que provienen de la sabana se observaron cambios en la composición de especies y en los rasgos funcionales de los árboles.

  • Lo anterior sugiere que el fuego no solo elimina especies sensibles, o sea arboles con baja densidad de madera o hojas grandes, típicos de bosques húmedos, que no están adaptados al fuego​, entre las que se encuentran Richeria grandis, copal (Protium guianense) y epená (Virola carinata), sino que también favorece la expansión de especies más resistentes como el saladillo (Caraipa llanorum) y Eschweilera parviflora, que es resistente al fuego.

    De igual manera, se reduce la diversidad funcional del ecosistema, o sea que las especies que sobreviven tienen características similares, lo que disminuye la variedad de funciones ecológicas (por ejemplo, tipos de raíces, altura, eficiencia en captura de carbono, etc.), haciendo el ecosistema menos resiliente y menos capaz de adaptarse al cambio climático.

    “Los resultados subrayan la urgencia de desarrollar políticas de conservación y manejo del fuego que protejan la biodiversidad y la capacidad de estos ecosistemas para resistir el cambio climático”, concluye la investigadora Armenteras.


martes, 1 de abril de 2025

¿Qué tanto estamos expuestos a campos electromagnéticos y cómo podrían afectarnos?

 Mediante simulaciones computaciones, un modelo evalúa cómo nuestros brazos o piernas interactúan con la radiación no ionizante de baja frecuencia, específicamente de 60 hercios (Hz), presente en espacios como las subestaciones eléctricas, en los aparatos eléctricos y los tomacorrientes del hogar, entre otros. Con esta herramienta se realizarían estudios más detallados sobre la exposición de las personas a estos campos, lo que a su vez permitiría analizar límites de exposición de manera más precisa y disminuir la desinformación sobre los efectos de este tipo de radiaciones que siguen siendo materia de investigación.


La herramienta, desarrollada por el ingeniero electricista Samuel Andrey Gelvez Osorio, estudiante de la Maestría en Ingeniería - Ingeniería Eléctrica de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), usa representaciones geométricas simples, como círculos y cilindros que simulan partes del cuerpo como brazos y piernas, donde se encuentran el húmero y el fémur respectivamente, dos de los huesos más grandes, prominentes e importantes tanto para la movilidad como para el soporte del cuerpo.

Cada una de estas formas contiene capas que representan diferentes tipos de tejidos: piel, grasa, músculo, hueso cortical, hueso esponjoso y la médula ósea amarilla. Cada uno de ellos se modeló con sus respectivas propiedades eléctricas, ya que en su interior tienen moléculas y fluidos que contienen iones como sodio, potasio, fosforo y hierro que interactúan con la radiación no ionizante –de baja frecuencia– de diferentes maneras.

En Colombia el Reglamento Técnico de Instalaciones Eléctricas (Retie) establece los requisitos de seguridad para las instalaciones eléctricas y exige realizar aproximaciones de las emisiones de campo eléctrico y campo magnético para los proyectos de alta tensión –que están entre los 57,5 y 220 kilovoltios (kV)– y de extraalta tensión, que superan los 230 kV. Sin embargo en 2024 se actualizó el reglamento, dejando de  considerar los tiempos de exposición del público general, tiempo que se relaciona con los efectos fisiológicos o incluso efectos a la salud.

“Los métodos actuales para evaluar la exposición a campos eléctricos y campos magnéticos de baja frecuencia en el cuerpo humano no se están estandarizados; por eso el diseño del modelo que propongo permite tener una primera aproximación con simulaciones computacionales a las interacciones de estos campos electromagnéticos con el cuerpo”, señala el ingeniero Gelvez.

El modelo en acción

Para realizar las simulaciones, el estudiante Gelvez se apoyó en datos de estudios científicos previos que indican que el cuerpo humano está compuesto por un 36 % de músculo esquelético, un 29 % de músculo no esquelético y tejidos blandos, un 25 % de tejido adiposo y un 10 % de hueso.

Utilizando estos datos, junto con las propiedades eléctricas de los tejidos, implementó simulaciones basadas en las ecuaciones de Maxwell y algoritmos de elementos finitos que generan mapas detallados que muestran cómo se distribuye la emisión de campo dentro de las extremidades.

Para probarlo, representó el muslo de una mujer colombiana, de entre 20 y 29 años, cuya longitud promedio es de 55 cm. En la simulación se midieron variables como la intensidad del campo eléctrico (V/m), la densidad del flujo magnético (T) y de corriente (A/m²). Estos tres resultados permitieron aproximar la energía absorbida por el “cubo de piel” y predecir el posible incremento de temperatura, un indicador del impacto de la energía.

“Para el rango de valores de emisión que contienen a la normativa colombiana, los incrementos de temperatura variaron entre 10-9 °C y 10-5 °C, que indica que estos incrementos son prácticamente imperceptibles para el ser humano, es decir que una persona no experimentaría ningún efecto térmico significativo debido a la exposición de radiación no ionizante”, manifiesta.

En cuanto al campo eléctrico, el investigador explica que existe un umbral de 4 voltios por metro (V/m) como la intensidad mínima necesaria para estimular el sistema nervioso periférico, que es la red de nervios encargada de conectar el cerebro y la médula espinal con el resto del cuerpo. Sin embargo, “las simulaciones indicaron que la exposición real de las extremidades humanas, como brazos y piernas, está por debajo de este nivel. Esto significa que, al estar expuestas a estos campos eléctricos, no reciben suficiente intensidad para activarlos, lo que evita cualquier alteración en su funcionamiento normal”.

No obstante, aclara que se debería evitar la exposición prolongada, especialmente aquella que excede las 8 horas diarias –el tiempo considerado como jornada laboral–. Hasta 2024 este límite estaba explícito en el Retie.

“El año pasado la norma se actualizó y se eliminó un aspecto importante que especificaba el tiempo máximo de exposición. Por eso, con este estudio, recomendamos reincorporarlo para garantizar que las personas no superen esos límites de exposición prolongada”, concluye el investigador.







 




lunes, 31 de marzo de 2025

Mapean zonas de amenaza por movimientos en masa submarinos en el Caribe colombiano

 Bajo las aguas de la cuenca Sinú Offshore, o en ultramar –ubicada entre Cartagena y Arboletes (Antioquia)–, se encuentran cables de fibra óptica que garantizan la conectividad de millones de personas, tuberías que transportan gas y petróleo, y plataformas que sostienen la producción energética del país. Un estudio identificó que en esta importante región para la infraestructura submarina los espacios con susceptibilidad media y alta de movimientos de masa se localizan en el occidente y noroccidente, donde la actividad geológica es más intensa.

La cuenca Sinú Offshore también es una de las áreas más complejas porque se encuentra justo en el cruce de tres placas tectónicas: la del Caribe, la de Nazca y la Sudamericana, que provocan un sistema de fallas que hace que el terreno submarino pierda estabilidad, y por ende que sea más propenso a los deslizamientos.

Los estudios sobre los deslizamientos submarinos son relativamente nuevos en el país, y por eso David Styman Rodríguez Contador, magíster en Ingeniería Civil - Geotecnia de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), le apostó a realizar este estudio pionero en esta cuenca, mapeando las áreas de susceptibilidad alta, media y baja que ayudarían a identificar escenarios para mitigar y prevenir estos eventos.

“Hasta ahora los estudios se han enfocado más en la morfología marina, por eso consideramos importante analizar los posibles estadios de amenaza para tener un primer acercamiento a escala 1:50.000 y así poder plantear escenarios de riesgo mediante un estudio de vulnerabilidad”, aclara el investigador en su estudio determinó las siguientes zonas:


  • Alta amenaza: zonas del oriente y nororiente de la cuenca que tienen pendientes inclinadas cercanas a fallas geológicas y colinas con suelos antiguos (del Pleistoceno), propensas a inestabilidad del terreno. También predominan los flujos de detritos, que son residuos generados por la descomposición de materia orgánica, así como los deslizamientos complejos.
  • Amenaza media: en el corredor central se identificaron las terrazas y los cañones submarinos, volcanes de lodo y laderas poco inclinadas, donde los deslizamientos combinados son los más frecuentes. También se evidenciaron flujos de detritos y algunos movimientos rotacionales. Aunque la inestabilidad es menor que en los escenarios de amenaza alta, con el tiempo estos procesos pueden modificar el relieve submarino.
  • Baja amenaza: se situó hacia el occidente y corresponden a las áreas profundas y alejadas de fallas, con fondos planos y estables. En ellas no hay presencia de deslizamientos significativos, y solo se observan algunos flujos de material suelto en menor medida. En general, estas zonas moldean condiciones más seguras y con poca alteración del lecho marino.

  • “Los datos que obtuvimos muestran que la actividad geológica es más intensa en geoformas más pronunciadas que en otras. Por eso uno de los retos es poder usar estos y otros resultados como herramientas que ayuden a tomar decisiones o que den origen a otros estudios”, precisa el magíster de la UNAL.

    La “radiografía” del fondo marino

    Para llegar a esos resultados, el ingeniero Rodríguez recopiló información batimétrica, es decir la topografía del lecho marino, y datos ya interpretados de reflexiones y tomografías sísmicas, que evidenciaron cuerpos de deslizamientos. También usó registros de campañas de exploración realizadas previamente en la zona.

    Aclara que, “esta información fue la que nos permitió ver cómo estaba moldeado el terreno submarino a través de modelos de elevación digital (DEM) y de patrones geomorfológicos. Lo que se puede deducir es qué tan profundo y qué geoformas tallan el terreno”.

    Con estos insumos y estudios científicos, realizados previamente en este sitio, propuso un mapa geomorfológico y uno geológico a escala 1:50.000 (significa que un centímetro en el mapa representa 50.000 cm, o 500 m en el suelo), para comprender mejor el entorno submarino de la cuenca Sinú Offshore.

  • “Estructuralmente, la cuenca esta esculpida por sierras homoclinales caracterizadas por capas de rocas que se inclinan en una misma dirección, por valles de morfología cóncava (que se curva hacia adentro) y alargadas, moldeadas por deformaciones tectónicas, volcanes de lodo y una extensa llanura plana o abisal hacia el fondo, estos elementos fueron indispensables para determinar la susceptibilidad a deslizamientos”, dice el magíster.

    Luego propuso una forma de clasificar la susceptibilidad por eventos de remoción en masa, combinando las variables mismas del terreno como la geología, la geomorfología, las pendientes, la densidad de fallas, la elevación y hasta la orientación de las pendientes del fondo marino. Según comenta, para hacerlo utilizó dos modelos estadísticos llamados “método peso de evidencia” y “método de valor de la información”, que le ayudaron a identificar las áreas con mayor probabilidad de presentar deslizamientos.

    Aunque estos son los primeros resultados generados hasta el momento, el ingeniero tiene claro que aún queda mucho por hacer. En la revisión de la literatura, que fue el punto de partida de su estudio, identificó que faltaban muchos datos, especialmente sobre las propiedades y características del suelo y las rocas, que son importantes para entender el comportamiento del mismo suelo en estos ambientes.

    “Este estudio es un punto de partida, pero la idea es que otras investigaciones lo complementen y profundicen en los factores que influyen en estos deslizamientos”, concluye el investigador Rodríguez.


jueves, 27 de marzo de 2025

Casa de bahareque, alternativa sostenible y segura para el Caribe, ¿por qué?

 Este tipo de construcción remite a lo esencial; sus materias primas son la tierra, el agua y la madera, y se construye con una sola herramienta: el cuerpo. Si esta técnica tradicional se rescatara, ofrecería una solución de vivienda no solo sismorresistente sino también fresca, duradera, económica y sostenible en regiones como Sincelejo (Sucre).

Cristian José Lora Banquéz, magíster en Construcción de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín, adelantó un estudio pionero en la región, en el cual describió: las patologías –defectos o lesiones– que afectan las construcciones de bahareque de esta zona del país; los imaginarios erróneos en cuanto a su resistencia; y cómo optimizarlas para rescatarlas como una técnica con menor impacto ambiental.

“Cuando hablamos de bahareque hablamos de arquitectura vernácula, es decir hecha con recursos que se encuentran en el contexto natural, en las montañas y las orillas de los ríos. Por eso cada cultura ha desarrollado su propia técnica, agregando o no boñiga, revocando o cambiando la guadua por caña”, explica.

Para levantar una estructura se extiende el barro sobre el suelo y se pisa con fuerza hasta encontrar, a pie limpio, que la mezcla quede firme alrededor de las huellas; para construir las paredes, la mezcla se deposita con las manos sobre el lodo, en medio de un tejido vertical hecho con palos de guadua u otros materiales.

Sincelejo es una de las ciudades caribeñas que más conserva viviendas con este tipo de arquitectura; se pueden rastrear hasta los poblados o rochelas indígenas precolombinas que desarrollaban su hábitat a partir de la relación armoniosa entre humano y naturaleza.

“Tras la colonización española esta estética se desplazó hacia las periferias y se impusieron nuevos ideales de progreso en favor de las élites”, señala el investigador. Sin embargo, pese a la antigüedad, el deterioro y la disonancia con las construcciones modernas, estas casas darían cuenta de la historia de la ciudad y de su valor patrimonial, e incluso serían una oportunidad de construcción para hacerle frente a la crisis climática.

Reconocida por la norma, pero no en su totalidad

El bahareque encementado es la única tipología reglamentada por la Norma Colombiana de Construcción Sismo Resistente (NSR-10), lo que ha relegado otro tipo de  construcciones como el bahareque tradicional en tierra, tabla o metal, incluso a pesar de ser más frecuentes y eficientes en otras regiones del país.

“Revisamos esta norma y el Manual de evaluación, rehabilitación y refuerzo del bahareque en Colombia, de la Asociación Colombiana de Ingeniería Sísmica, y encontramos además vacíos en torno al contexto de la región Caribe, pues sus directrices se basan en las construcciones de  regiones centrales, con características geográficas, ambientales, culturales y sociales muy distintas a las de la región”, añade el magíster Lora.

Estos vacíos son un impedimento para las intervenciones de conservación o construcción de viviendas en municipios como Sincelejo, pues allí se utiliza, por ejemplo, caña de lata o caña flecha para los entramados, bejucos o cauchos para los amarres, y morteros de revoque de arena y cagajón de ganado, materiales que no están contemplados en los documentos. “Todo esto impide restaurar o conservar adecuadamente la arquitectura vernácula de la zona”, señala.

El peso del estigma

El investigador encuestó a 96 personas para indagar sobre el imaginario social que existe en torno a la técnica, y encontró, entre otras cosas, que el 59 % de ellas cree que el bloque de cemento es el material más resistente, seguido del ladrillo de arcilla (26 %). Así mismo, el 62 % consideró que el bahareque es la técnica más costosa.

“Esto último es parcialmente cierto, porque cada vez hay menos mano de obra cualificada y es difícil conseguir materiales como las cañas porque se siembran menos en la zona. Si estas dos falencias se solventan capacitando a nuevos constructores y consolidando un mercado robusto de maderas, se dinamizaría incluso la economía de la región”, agrega el investigador.

“También es una técnica más rápida de ejecutar, y por la diversidad de materiales con que se ha usado en todo el mundo, es flexible y adaptable según los recursos disponibles, por eso sería muy conveniente en áreas rurales. Lo importante ahora sería solucionar sus debilidades”, continúa el magíster Lora. Según Camacol, en Colombia 1,7 millones de viviendas rurales tienen deficiencias de calidad y el 46,8 % en estructura.

Las “enfermedades” y los “remedios”

Para identificar las afecciones propias del Caribe, el investigador revisó bibliografía y analizó algunas de las zonas más antiguas de Sincelejo que cuentan con estructuras en buen y mal estado como la calle Sucre, Petacas, San Carlos y el sector Cruz de Mayo.

Entre las principales afecciones que encontró está la rotura del material, la aparición de grietas, la humedad por el agua en el suelo debajo de la vivienda (capilaridad) y la presencia de insectos que roen la madera. De igual modo, el desplome de las varas y el desprendimiento del material de relleno, siendo el acabado final la estructura que más presenta lesiones por su exposición directa a agentes ambientales.

“A partir de este análisis definimos algunos lineamientos para optimizar la técnica y convertirla en una alternativa viable de construcción contemporánea, máxime ante el cambio climático, por su cualidad de sostenible”, señala el investigador.

Para evitar la humedad, la podredura y las plagas, el estudio propone impermeabilizar el piso, de manera que se aíslen las varas del suelo. Para el relleno y la garantía de una correcta adherencia sería necesario apelar a la norma vigente y su indicación de usar mallas metálicas o plásticas.

Por último, y como se trata de una construcción artesanal, sería fundamental estandarizarla a partir de estudios estructurales, teniendo en cuenta distintos tipos de madera, incluso reforestadas, que aporten más a la economía local y a la sostenibilidad.

Recuperar el bahareque requeriría pedagogía entre la comunidad, revalorizar los saberes ancestrales y socializar las bondades de la técnica para que no se asocie con pobreza, atraso o insalubridad.




miércoles, 26 de marzo de 2025

Bacteria que come residuos de papaya le da sabor y aroma al cacao de Santander

 En una finca cacaotera de San Vicente de Chucurí (Santander) se registró por primera vez la presencia en esa región de Acetobacter papayae, una bacteria que suele alimentarse de los residuos de la papaya luego de la cosecha, y que en ese proceso de degradación los convierte en nutrientes y abono para los suelos. El hallazgo explicaría el sabor y aroma a frutas y hierbas frescas del chocolate producido en esta zona, que lo hace altamente valorado en el mercado nacional e internacional.

Diana Vanegas Arévalo, magíster en Biología integrante del Grupo Tándem Max Planck en Investigación del Holobionte de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), se dio a la tarea de desentrañar con sus colegas las especies de bacterias y hongos presentes durante la fermentación del cacao, fruto del que Colombia produce más de 70.000 toneladas al año según la Federación Nacional de Cacaoteros.

La fermentación es esencial para desarrollar el sabor y la acidez final de los granos de cacao. Así, mediante la técnica de metagenómica, que permite reconocer todos los genes de los microorganismos, la investigadora identificó las funciones que estos desempeñan en la fermentación, sin necesidad de aislarlos; además estableció su papel en la generación de sabores y aromas especiales en el chocolate de esta zona del país.

Para entender este proceso es necesario saber cómo se realiza la fermentación en las fincas del país: los cultivadores desprenden las mazorcas del cacao que cuelgan de los árboles, les quitan la cáscara y sacan las semillas con pulpa, y luego las depositan en cajones de madera, en un lugar con techo, por alrededor de una semana.

Lo que sucede en este tiempo parece mágico, ya que cuando la planta crece la masa de semillas es colonizada por una serie de microorganismos, que al desarrollarse rompen azúcares y proteínas del fruto generando el olor y sabor característicos del chocolate. Impresionante, ¿verdad?

Entre dichos microorganismos hay levaduras (hongos) y bacterias, conocidos hace muchos años en esta interacción durante la fermentación. Las primeras producen etanol, utilizado dentro de la semilla por las bacterias ácido lácticas y acéticas (llamadas así porque producen estos ácidos) para matar el embrión del cacao y activar enzimas que lo transforman, liberando así las sustancias responsables del sabor característico del cacao.

Entre el grupo de las bacterias acéticas se encuentra A. papayae, registrada por primera vez en este proceso, la cual “tiene el potencial de darle características diferenciales de sabor a estos productos, que a futuro y con más investigación se convertiría en una parte fundamental del proceso de fermentación del cacao”, asegura la magíster.

Este hallazgo es importante pues se ha comprobado que cuando la fermentación del fruto del cacao no se realiza con estos microorganismos, la calidad del producto final no les agrada a los consumidores, por lo que para los productores del país es indispensable saber cuáles son las bacterias que más los favorecen en esta tarea.

También en Valle del Cauca

Otro aporte del trabajo es la comparación del cacao de San Vicente de Chucurí y del corregimiento de Bajo Calima (Valle del Cauca), algo novedoso pues hasta ahora no se habían analizado las diferencias de microbiota presentes durante la fermentación del cacao en distintas regiones del país. Una muestra de ello es el registro de la bacteria que solo se conocía en cultivos de papaya y que se evidenció en Santander, aunque aún es necesario tomar muestras durante todo el proceso para determinar si también está presente en otros lugares.

Para detectar los tipos de bacteria presentes en los granos se tomaron muestras cada 12 horas de fermentación, mientras que para saber qué especies de bacterias había se tomaron 2 muestras, una a las 24 horas y otra a las 48 horas, paso en el que se registró lo novedoso. En este momento ya estaban presentes todas las bacterias encargadas de darle sabor y aroma al cacao en Santander.

Por otro lado, para analizar las muestras se empleó el método de “secuenciación de escopeta”, el cual permite explorar profundamente las capacidades genéticas de estos microorganismos, similar a tener un libro de genes de cada una de las bacterias.

Este es un primer acercamiento sobre cómo funciona la microbiota del cacao cuando está en proceso de fermentación en distintas regiones, algo que no conocía tan profundamente en el país, y que se convierte en un insumo para que otras investigaciones analicen si la presencia de esta bacteria es común en todo el territorio nacional, o si es algo exclusivo de San Vicente de Chucurí.





martes, 25 de marzo de 2025

Filtros elaborados con cáscara de coco limpian contaminantes del agua en Tumaco

 En este municipio del Pacífico nariñense el agua no es potable. A los cauces de los ríos les arrojan residuos sólidos y vertimientos directos de aguas residuales, industriales y domésticas, dejando como consecuencia la disminución de los caudales y la contaminación de los cuerpos de agua. Una solución a este problema estaría en uno de los frutos que más se cultivan en la región: el coco, cuya la cáscara posee propiedades adsorbentes naturales para atrapar contaminantes, entre ellos metales pesados –como mercurio y cromo– y otros compuestos tóxicos.

Solucionar la crisis del acceso al agua en Tumaco requiere de múltiples esfuerzos, entre ellos los de la academia, que ha encontrado en la combinación de cáscara de coco y nanotecnología una posible alternativa para remover los contaminantes que llegan a las fuentes hídricas por acción humana, arrastrados por las lluvias, o a causa de pozos sépticos diseñados sin las técnicas adecuadas.

La ingeniera electricista Elisabeth Restrepo Parra, profesora titular de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Manizales, analizó este problema con un equipo de investigadores, y decidieron tomar cartas en el asunto aportando iniciativas que ayuden a mejorar la situación del agua para los habitantes tanto de Tumaco como de las subregiones: Pacífico Sur (Tumaco y Salahonda), Sanquianga (El Charco, Mosquera, Olaya Herrera) y Telembí (Barbacoas, Magüí Payán y Roberto Payán).

El alcantarillado de Tumaco cubre solo el 12 % de la demanda, por lo que más del 61 % de las viviendas usan pozos sépticos hechos por maestros de obra, y el 29 % disponen las aguas residuales a campo abierto. Aunque el nivel de riesgo de calidad del agua es bajo, esta no es apta para el consumo debido a que la planta de tratamiento de agua potable es deficiente por todos estos factores, y además el 58 % de la población no tiene acceso a estas fuentes.

En ríos, arroyos, quebradas y otros cuerpos hídricos se han encontrado diversos aceites y bacterias, entre otros contaminantes emergentes, además de metales pesados como el mercurio, usado en la minería ilegal (aquí se incluirían sustancias como el petróleo, la gasolina, plásticos, disolventes, detergentes, etc.). Estos compuestos presentan estructuras moleculares complejas que se filtran en el subsuelo y contaminan las aguas subterráneas dificultando su proceso de limpieza.

A esta situación se atribuyen casos de enfermedad diarreica aguda (EDA) y afectaciones en la piel. Según el Análisis Situacional de Salud (ASIS) realizado en 2020, en Tumaco la tasa de mortalidad por EDA en menores de 5 años muestra un comportamiento variable con tendencia a crecer entre 2016 y 2020.

Carbón activado de coco

Tumaco es líder en producción de coco, industria que cada año genera más de 40.000 toneladas de cáscara, de la que se obtienen algunos insumos agrícolas y fibras textiles. Además, los residuos del  fruto poseen propiedades adsorbentes naturales, lo que los convierte en un material ideal para atrapar contaminantes presentes en el agua, como metales pesados y otros compuestos tóxicos.

El estudiante Kevin Jair Castillo Delgado desarrolló esta propuesta que permite elaborar filtros con cáscara de coco, los cuales pueden remover contaminantes en el agua. Él es oriundo de Barbacoas (Nariño), adelanta la carrera de Ingeniera Física a través del Programa Especial de Admisión y Movilidad Académica (Peama) de la UNAL Sede Manizales, y es integrante del equipo de la profesora Restrepo.

El proceso comienza con la carbonización de la cáscara de coco, transformándola en carbón activado, el cual tiene una gran superficie porosa capaz de retener partículas contaminantes, lo que mejora significativamente la calidad del agua.

Para ello utilizaron nanotecnología –que permite manipular materiales a escalas casi atómicas–, a fin de generar nuevas estructuras o dispositivos para mejorar la función del carbón activado con micropartículas de dióxido de titanio, un compuesto conocido por sus propiedades fotocatalíticas, es decir capaz de mineralizar los contaminantes y no generar sustancias nocivas. En el estudio se evidenció que con esta metodología se pueden inhabilitar metales pesados como plomo, cromo y mercurio, principal contaminante de la minería ilegal.

“Con las nanopartículas de dióxido de titanio se redujo el titanio, por medio de ruta verde no contaminante”, anota el estudiante Castillo.

Cuando se exponen a la luz, estas nanopartículas descomponen contaminantes orgánicos y eliminan bacterias (un proceso conocido como fotocatálisis), que al combinarlas con el carbón activado limpian el agua haciéndola segura para el consumo humano.

Las pruebas realizadas tanto en laboratorio como en campo demostraron que este filtro es capaz de eliminar efectivamente una amplia gama de contaminantes presentes en las aguas residuales, entre ellos metales pesados –como mercurio, cromo y plomo–, además contaminantes emergentes como pesticidas y fármacos.

El uso de materiales locales como la cáscara de coco también reduce los costos de producción haciendo esta tecnología asequible para las comunidades rurales de Tumaco, que son las más afectadas por la contaminación del agua.






viernes, 21 de marzo de 2025

Colibríes de Cundinamarca transportan polen, pero prefieren tomar el néctar de las flores

 En los municipios de Fusagasugá y La Vega (Cundinamarca) se observó que algunos colibríes transportan muy poco polen pues se concentran en tomar el néctar de las plantas, y son ellas las que tienen que buscar que ellos se lleven algunos granos del fino polvo. Biólogos registraron por primera vez este raro comportamiento en varias especies de estas escurridizas aves que habitan el altiplano cundiboyacense, cuya causa aún se considera como un misterio.

Tal vez los colibríes o picaflores son las aves más representativas de Colombia, pues es difícil que aquí alguien no haya avistado un ejemplar revoloteando en jardines o en el campo; sus colores verdes, morados y azules tornasolados iluminan el lugar que visitan o donde se posan. En el país hay 164 especies y en el mundo su familia es una de las más numerosas, por lo que científicos y expertos buscan entender su papel en los ecosistemas, en este caso en el transporte de polen.

Investigadores de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), entre ellos el biólogo Yamid Guillermo Benavides Guerrero, se dieron a la tarea de “pajarear” por entornos distintos de Cundinamarca en busca de los colibríes que capturan polen. Así llegaron al Centro de Investigación Colibrí Gorriazul (Fusagasugá), una zona que aunque ha tenido procesos de restauración ecológica también ha sido intervenida con cultivos de café y plátano, y cuenta con bebedores artificiales. Además fueron a la Reserva Natural Paraíso Andino (La Vega), un ecosistema conservado con flores nativas como las bromelias y bosques frondosos donde estas aves vuelan con libertad.

Literatura se conoce poco sobre este tema. Aunque tradicionalmente se ha creído que lo llevan en sus picos, esto está muy lejos de la realidad, pues las partes que utilizan son la corona, la frente, arriba y abajo del pico y la garganta, y de hecho a veces son las mismas plantas con anteras más o menos largas (estructuras en donde se guarda el polen) las que terminan depositándolo en la ave, pues algunas especies tienen más interés en el néctar, o sea en su alimento.

Para el estudio se capturaron 205 colibríes de por lo menos 15 especies, con redes de niebla, uno de los instrumentos más utilizados en estos trabajos de campo, pues permiten “engañar” al animal, para que cuando vuele cerca quede atrapado en unas mayas especiales que no le hacen ningún daño pero sí les sirven a los expertos para que puedan verlos y analizarlos de cerca, ya que son aves esquivas e inteligentes para esconderse.

Luego de esto, y de manera muy cuidadosa, extrajeron el polen que tenían en cada parte del cuerpo, desprendiendo uno a uno los granos que llevaban adheridos y que en pequeñas cantidades son imperceptibles al ojo humano. Las muestras se llevaron al Laboratorio de Palinología de la UNAL para hacer un análisis específico con microscopios electrónicos, que permiten estudiar con detalle el polen y determinar qué tanto tenían estas coloridas aves en cada parte de su cuerpo.

“Contrario a lo que se piensa, los colibríes llevan el polen no solo en el pico, sino especialmente en la corona y la frente, como se constató en el Centro de Investigación Colibrí Gorriazul, mientras que los animales de la Reserva Paraíso Andino lo distribuyen más homogéneamente en todo el cuerpo”, explica el investigador.

Dicha diferencia evidencia que en los ambientes intervenidos como el de Fusagasugá algunas especies de plantas pueden no tener una interacción tan eficiente con la ave, contrario a lo que ocurre en los bosques frondosos y protegidos de La Vega, en donde hay mayor posibilidad de que se lleven granos de las flores.

Sin embargo, un reporte sin precedentes en el país y en la región daría una pista adicional del porqué el proceso se altera, y es el que los colibríes de estas zonas son “ladrones” de néctar, esto quiere decir que no llegan a las plantas solo a llevarse el polen, sino que algunos solo succionan su alimento por orificios previamente realizados por otras aves, y se van.

Sin dudas este comportamiento es muy interesante y “nos plantea preguntas sobre el papel de estas aves en los ecosistemas colombianos, en donde popularmente se cree que son solo polinizadoras, pero en donde a veces no tienen la capacidad de llevar tantos granos, como sí lo hacen insectos como mariposas, escarabajos o moscas de las flores, que a veces no se estudian tan a fondo”, expresa el biólogo.

Además, para analizar los datos de polen y hacer correlaciones entre el número de colibríes capturados y las flores, se usaron programas estadísticos como el lenguaje de programación R, que facilitó ver la diversidad y distribución de las aves en los dos lugares estudiados.

También es importante resaltar que este es un primer paso para seguir entendiendo el comportamiento de los colibríes y su interacción con el polen, pues por ser tantas las especies analizadas hubo algunas que se quedaban con apenas 2 o 3 granos, mientras que otras, sobre todo en el lugar natural, podían transportar más de 3.000 granos.

Por otro lado, falta determinar una relación más clara entre las especies de plantas que se ven más o menos beneficiadas por su acción, por lo que este es un tema que no se agota “a vuelo de pájaro”, sino que necesita más investigaciones a futuro en todo el país que tomen como insumo estos primeros reportes en Cundinamarca.








 

jueves, 20 de marzo de 2025

Pelícanos, entre las especies amenazadas por la construcción en Santa Marta

 Pese al enfoque ecológico de la Constitución Política de Colombia, y al importante número de normas que protegen el medioambiente en el país, no será posible salvar un refugio de pelícanos ubicado en una casa lote de la zona de Bello Horizonte (Santa Marta), en donde se construirá un edificio escalonado de 258 apartamentos. Una de las razones es que las regulaciones de las instituciones públicas involucradas no están integradas, no se complementan, muchas veces se contradicen, y la interpretación delegada a los jueces siempre llega tarde.

Además, 7 eucaliptos sembrados hace más de 30 años junto con árboles frutales bordean parte del lote, que también alberga otras especies de aves, iguanas, serpientes, zarigüeyas y ardillas.

Cuando el terreno se vendió para construir un edificio, algunas personas que ven a diario la llegada de los pelícanos a su hábitat reaccionaron pidiendo la protección preventiva de la fauna y la flora del lugar ante el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible (Minambiente), y ante la autoridad ambiental de la ciudad, confiando en que la intervención de las autoridades mitigaría el riesgo medioambiental que representaba la construcción, que contempla la tala total de la flora del lugar.

Un ejemplo de la desarticulación de las entidades es que Minambiente declaró su incompetencia ante diha solicitud, argumentando que aunque forma parte de la rama ejecutiva del poder público solo se encarga de establecer políticas y lineamientos nacionales para la protección del ambiente, y que a las autoridades locales les corresponde cumplir y velar por el cumplimiento de dichas normas. Se entendió que es un Ministerio más legislador que ejecutor.

De otra parte la autoridad local, que en este caso es el Departamento Administrativo Distrital de Sostenibilidad Ambiental (DADSA), respondió adelantando una serie de visitas técnicas al lote y dio cuenta de la variedad de fauna y flora existente en el lugar, representada en una cantidad importante de especies autóctonas de la región.

Como era de esperarse, el proceso de venta y construcción continuó y la Curaduría 2 de Santa Marta ya les anunció a los vecinos que ya existía una solicitud de permiso de construcción. Así mismo, los constructores o sus representantes le presentaron al DADSA una “solicitud de aprovechamiento forestal”, lo que significa la autorización para talar 29 árboles del lote, aparte de las 24 palmas de coco que son de tala libre, lo que significa una pérdida de 53 árboles en total.

Aunque se desconoce el contenido de la solicitud, lo que sí se tiene claro es que los eucaliptos, como especie foránea, pueden ser los más afectados, y por ende los pelícanos. Las normas lo permiten, por lo que la entidad ambiental no estaría incumpliendo sus funciones si concediera el permiso, y la Curaduría 2 de Santa Marta tampoco estaría incumpliendo si concede la licencia de construcción, pues es un ente privado que ejerce funciones públicas, solo debe analizar requisitos estructurales y técnicos para concederla. El medioambiente no forma parte del espectro de lo que se debe considerar para conceder una licencia de construcción.

Desarticulación institucional

Ahora bien, el procedimiento es tan desarticulado normativa y administrativamente, que deja la puerta abierta para que la construcción no tenga ningún tipo de talanquera y para que todos los problemas se resuelvan posteriormente, ya sea con el pago de sanciones o con la siembra de árboles en diferentes sitios de la ciudad, que nadie controla, cuida, ni mantiene. Así se van perdiendo los ecosistemas y correlativamente se videncia que el supuesto liderazgo del país en temas ambientales, es de papel y como se dice coloquialmente “un saludo a la bandera”.

En este caso, las normas permiten que el DADSA otorgue permiso para la tala de árboles, sin que exista un mecanismo que privilegie el traslado de animales antes de que su hábitat sea destruido. En este momento la referencia ya no es a los pelícanos, que tristemente tendrán que partir hacia el Aeropuerto como único sitio que les queda para refugiarse y donde representarán un riesgo para la entrada y salida de aviones, sino también a las iguanas, serpientes, ardillas, zarigüellas y demás especies que habitan el bosque y que huirán a la carretera cuando los 29 árboles y los 24 cocoteros ya no existan.

Además el DADSA carece no solo de personal permanente y suficiente, sino de presupuesto para ejecutar las funciones que le ordena la ley y las que le delega el Ministerio, y esa histórica discapacidad institucional genera aún más riesgo para el medioambiente y más caminos aprovechados y aprovechables para que los intereses privados primen sobre el derecho fundamental a un ambiente sano, que es un derecho colectivo.

No habrá más remedio que despedirse de los pelícanos, de los árboles del hermoso bosque y del resto de sus habitantes terrestres y aéreos, para darle cabida a una piscina, un jacuzzi y cualquier otra clase de amenidades que requieren los apartamentos en primera línea de playa. Estas lindas aves se chocarán contra los grandes ventanales cuando se equivoquen de rumbo y busquen sus árboles perdidos, y nada, ni los mecanismos de la Constitución ecológica, como la tutela o la acción popular, los van a salvar.  

En esta zona existen dos relictos de manglar, denominados Playa Dormida Norte y Playa Dormida Sur que están en procedimiento de delimitación por parte del DADSA, que fueron ignorados por el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) al catalogar el predio “en tratamiento urbanístico de consolidación” que presupone un sector en el que se puede construir indiscriminadamente por cuanto cuenta con servicios.

Los habitantes del lugar saben que la calificación no es adecuada por la falta de agua potable, por la inexistencia de redes de alcantarillado y por la falta de estudios de carga poblacional que pueden soportar los lugares, y en especial las playas. Pero nada de esto le compete a la entidad que otorga la licencia, ni siquiera teniendo a la vista el desastre socioecológico de El Rodadero.

Para finalizar, el hecho de no poder tratar un tema como este de una forma integral interinstitucional, se hace extensivo a todo el país y amerita por lo menos una denuncia colectiva, por cuanto los intereses públicos están siendo amenazados con la “tabla de la ley en la mano” y en ese estado del juego la partida la va ganando el círculo vicioso de la voracidad privada y del ingreso de los municipios por impuestos prediales por impuestos prediales, sin más consideraciones.







miércoles, 19 de marzo de 2025

Contaminación en Bogotá está provocando cambios genéticos en las personas

 Hasta ahora se sabía poco sobre cómo la exposición al material particulado (PM) impacta directamente en la genética humana, especialmente el 2,5, que son partículas imperceptibles al ojo humano provenientes de automóviles, camiones y fábricas, o de la quema de madera. Un estudio pionero en Colombia identificó tres procesos en los genes que se alteran en personas expuestas por más de 10 horas diarias a altos niveles de PM 2,5 en los sectores de Carvajal-Sevillana y el Tunal, de las localidades de Kennedy y Tunjuelito, en Bogotá

Es probable que cuando usted pasa por algunas zonas de Bogotá –considerada como una de las ciudades más contaminadas de América Latina– sienta picazón en los ojos y la nariz, e incluso irritación en la garganta. No es solo percepción. En los últimos años la ciudad ha tenido múltiples alertas ambientales por la mala calidad del aire, producto del tráfico vehicular, las emisiones de fábricas, los incendios en los Cerros, y hasta por su altitud, que dificulta la dispersión de contaminantes.

Las partículas microscópicas como las PM 2,5 tienen contaminantes como sulfato, nitratos y hollín, y se consideran  de gran riesgo para la salud, pues al ser hasta 30 veces más delgadas que un cabello humano fácilmente pueden inhalarse y penetrar profundamente en los pulmones, llegando incluso al torrente sanguíneo. Por eso la frecuencia de enfermedades como el asma, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) y el cáncer de pulmón han aumentado en todo el mundo.

Para los investigadores Liliana López, de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), Adriana Rojas, de la Pontificia Universidad Javeriana, y Carlos Zafra, de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, era claro que la contaminación generaba estos daños, pero como había tan poca evidencia de cómo sucedían, ellos exploraron si existía una alteración en los mecanismos que regulan la expresión de los genes.

Localidades con mayor contaminación

Los investigadores de la Universidad Distrital comenzaron analizando la calidad del aire en Bogotá durante los últimos 6 años, utilizando los datos de la Red de Monitoreo de Calidad del Aire de Bogotá. A partir de esta información clasificaron las diferentes zonas de la ciudad según los niveles de exposición al material particulado, así: bajo, medio, alto, y muy alto.

“Entre las áreas con peor calidad del aire se encuentran barrios como Carvajal-Sevillana y El Tunal, en las localidades de Kennedy y Tunjuelito, al suroccidente de la ciudad. Analizando los mapas se ve que esto ocurre por condiciones como el intenso tráfico en estas zonas, además del tránsito de camiones diésel, que son los que más contaminan”, explica el biólogo Byron Alexis Infante Hurtado, magíster en Bioinformática de la UNAL.

Por el contrario, las estaciones de Usaquén y del Centro de Alto Rendimiento se clasificaron como de baja concentración de PM2,5, lo que se relacionaría con una mayor presencia de zonas verdes, que actúan como filtros naturales atrapando esas partículas contaminantes del aire.

Con esta información los investigadores se enfrentaron al proceso de recolección de muestras, que no fue una tarea nada fácil. A diferencia de un hospital, en donde los pacientes ya están predispuestos a participar en estudios médicos, aquí tuvieron que convencer a los habitantes de estas zonas para que se sumaran al proyecto.

“Fue todo un reto”, comenta el bacteriólogo Daniel González Cubides, magíster y candidato a doctor en Ciencias Biológicas de la Universidad Javeriana, recordando cómo tuvieron que acercarse a las personas en sus lugares de trabajo o en la calle de las zonas que reportaron mayor contaminación. La buena noticia fue que obtuvieron muestras de sangre de 120 personas que pasaban al menos 10 horas diarias en las localidades estudiadas, ya que viven o trabajan allí.

De estas muestras, 30 se procesaron en laboratorio para estudiar el ARN y las marcas de histonas de células mononucleares de la sangre, por medio de secuenciación genética, una herramienta que permite entender cómo la exposición al material particulado altera la expresión de los genes. Los investigadores explican que la secuenciación de ARN se realizó en Colombia, mientras que la ChIP-seq, una técnica más especializada para identificar alteraciones “epigenéticas”, se realizó en un laboratorio de Bélgica.

Genes afectados por la contaminación

Los datos no tardaron en llegar, y después del análisis bioinformático los investigadores encontraron algo no reportado antes: en las personas expuestas a altos niveles de contaminación identificaron tres grupos de genes, con más de 50 cada uno, relacionados con tres procesos biológicos críticos que mostraban alteraciones.

El primero de ellos es la transición epitelio-mesénquima, un mecanismo que les permite a las células repararse después de un daño, pero que cuando se altera puede generar fibrosis pulmonar, una enfermedad respiratoria que cicatriza los pulmones y dificulta la respiración.

El segundo proceso afectado es la respuesta a la hipoxia, que se activa cuando el organismo detecta una falta de oxígeno. Según los expertos, en algunas circunstancias esta adaptación facilitaría el desarrollo de células cancerígenas.

Por último está el plegamiento de proteínas, que es otro mecanismo afectado. Cuando las proteínas no se pliegan correctamente debido al estrés celular, se pueden formar proteínas mal estructuradas que contribuyen a enfermedades respiratorias y otras condiciones de salud.

Además, en el estudio se utilizaron técnicas avanzadas de bioinformática para identificar regiones específicas del genoma donde ocurren estas alteraciones. “Es como reconstruir un libro a partir de fragmentos desordenados”, explica el investigador Infante.

A través de esta técnica pudieron observar qué genes estaban activos en las personas expuestas a la contaminación y compararlos con los de un grupo control, formado por personas del mismo sexo y edad pero que viven en áreas con mejor calidad del aire, como Usaquén.

El investigador González considera que estos resultados son un claro indicio de que la contaminación del aire va más allá de los efectos inmediatos y visibles, como el asma o la tos crónica, y puede estar causando profundas alteraciones genéticas.

“Queremos demostrar los efectos que el material particulado deja en los bogotanos y que está alterando nuestros genes. Es necesario tomar medidas ambientales que permitan disminuir la exposición, especialmente en zonas álgidas como Carvajal-Sevillana, Kennedy y Tunal, lo que ayudará a disminuir este problema de salud pública”, concluye.