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lunes, 22 de abril de 2024

Más cemento y menos áreas verdes: así se configuran las áreas urbanas del Valle de Aburrá

 Mientras que entre 2016 y 2023 las áreas construidas dentro de las zonas urbanas se incrementaron –al pasar del 77,1 al 80,5 %–, los espacios destinados a pastos y árboles se redujeron: del 6,4 al 5,8 % y del 16,6 al 13,8 % respectivamente. Estos datos advierten sobre el riesgo de degradación de los ecosistemas urbanos y de la pérdida de beneficios sociales y ambientales que estos brindan.

La investigación, adelantada por expertos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y de la Universidad de Antioquia, proporciona evidencia de que mientras las áreas construidas están aumentando su cohesión, las áreas verdes su fragmentación. Analizar este fenómeno y tenerlo en cuenta es importante, ya que su ocurrencia ocasiona la pérdida de conectividad entre ecosistemas afectando negativamente la biodiversidad.

El profesor Javier Mancera Rodríguez, del Departamento de Ciencias Forestales de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNAL Sede Medellín, explica que “por esta razón se vuelve más difícil que una especie pueda desplazarse en el territorio. Lo ideal sería tener áreas más compactas y de mayor tamaño y no unas más pequeñas y dispersas, que es lo que se observa entre 2016 y 2023”.

La fragmentación de áreas verdes abre la puerta a otras implicaciones como el cambio climático asociado con las islas de calor, que en el contexto local se presentan en el centro de la ciudad ante la cantidad de construcciones, cuyos materiales absorben y mantienen más el calor. Con la reducción de áreas verdes se pierden otros beneficios como la regulación climática y de escorrentía del agua.

También se encontraron diferencias en estos indicadores a lo largo de la zona urbana, las cuales pueden obedecer a factores socioeconómicos.

Los investigadores indican que “los sectores de mayores ingresos per cápita presentan más altos porcentajes de áreas verdes y menor densidad de construcción; al parecer, allí es donde tienen mayor efectividad las políticas públicas asociadas con la protección de las áreas verdes y hay mayor atención gubernamental y ciudadana”.

Para desarrollar el estudio se clasificaron pastos, árboles y áreas construidas, y el procesamiento de datos y análisis se realizó con softwares especializados y plataformas de sistemas de información geográfica y de procesamiento de imágenes en línea, usando inteligencia artificial, como Google Earth Engine.

Pastos, los grandes olvidados

Aunque en las políticas públicas y en el seguimiento a los ecosistemas los pastos son los grandes olvidados, ellos son indispensables en las fases iniciales del proceso de sucesión ecológica. La ingeniera ambiental Carolina Paniagua Villada, estudiante de la Maestría en Biología de la  Universidad de Antioquia, señala que “los vemos como rastrojo y maleza, pero en realidad ahí crece vegetación nativa que es muy útil para la fauna nativa”.

Al respecto, el profesor Jaime Andrés Garizábal Carmona, estudiante del Doctorado en Ecología de la UNAL Sede Medellín, agrega que “de hecho los rastrojos son la transición entre pastos y vegetación leñosa, y como no se regulan ni se les da valor, suelen ser aprovechados para la expansión urbana sin tener en cuenta que en ellos se alberga mayor diversidad en número de especies, sobre todo en fauna”.

El profesor Mancera agrega: “por estar más libres, esas zonas son las que se sacrifican más fácilmente la construir unidades residenciales, ya que es más fácil despejar el terrero sin importar el valor biológico que tienen. En las áreas con árboles las constructoras requieren de permisos”.

Para el investigador Garizábal, “la premisa de que Medellín es una ciudad verde se ha convertido en una ‘bandera política’ para decir que se están haciendo bien las cosas, que se están sembrando árboles, pero el estudio demuestra que son necesarios monitoreos más juiciosos y que debe haber un acercamiento más integral para detectar los cambios a tiempo y en toda la ciudad, no solo en algunas zonas verdes”.

“Por eso hay que generar información e indicadores sencillos como el número de parches verdes, y además hacer una planeación vinculando procesos sociales y ambientales”.

Recomendaciones

Una de las sugerencias de los investigadores es mejorar los monitoreos de áreas verdes para disminuir los efectos de la urbanización tanto en la biodiversidad como en el bienestar humano teniendo en cuenta que así es posible comprender las dinámicas del paisaje y mejorar la planificación urbana.

Además, replantear las prioridades, “ya que en el ordenamiento territorial se le ha dado mucha importancia a la parte estética, entonces, por sembrar árboles bonitos, normalmente se introducen especies exóticas y no se fijan en que sean propias de estos niveles altitudinales o de un rango de distribución”, llama la atención la investigadora Rodríguez.

En la investigación también participó Víctor Martínez Arias, magíster en Bosques y Conservación Ambiental de la UNAL Medellín y estudiante del Doctorado en Biología de la Universidad de Antioquia.

Un artículo con los resultados de la investigación se publicaron en Urban Ecosystems, la revista de mayor impacto internacional en ecología urbana, de la editorial Springer Link.






miércoles, 6 de marzo de 2024

Camiones y volquetas diésel, los que más están afectando calidad del aire en el Valle de Aburrá

 En un año estos vehículos emiten alrededor de 2.000 toneladas de material particulado (PM2,5) que van a la atmósfera; se trata de partículas tóxicas 100 veces más finas que un cabello humano, implicadas en la agudización de enfermedades como bronquitis y deficiencia cardiopulmonar. Por eso, aunque la medida de “pico y placa ambiental” reduciría el deterioro de la calidad del aire que afrontan Medellín y el Valle de Aburrá, controlando la emergencia, expertos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) afirman que urge instaurar políticas públicas estructurales y de largo plazo.

Según el inventario de emisiones atmosféricas de 2022, elaborado por el Área Metropolitana del Valle de Aburrá, aunque los automóviles de uso común son la principal fuente de dióxido de carbono (CO2), solo emiten cerca de 100 toneladas de PM2,5 al año (t/año), mientras que los camiones emiten 1.281 t/año y las volquetas 894 t/año.

“Los vehículos más antiguos y que funcionan con diésel son la principal fuente de estas partículas, tan riesgosas cuando entran a nuestros pulmones que se han convertido en el principal indicador establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para monitorear la calidad del aire que respiramos”, explica la profesora Carmen Elena Zapata Sánchez, directora del Laboratorio de Calidad del Aire (Calaire) de la UNAL Sede Medellín.

Se estima que en 2022 circularon por el Valle de Aburrá más de 44.500 vehículos de carga y volquetas intermunicipales que llevan escombros, arena, tierra, piedras y otras materias primas para la construcción, y que suelen a recorrer hasta 72.000 kilómetros al año en promedio.

“Sin embargo hay un detalle adicional: estos son los vehículos registrados en esta área, pero por aquí también pasan camiones y volquetas de otras regiones. Para esos casos sería útil, como lo hemos propuesto, hacer control de emisiones y evaluar si dejarlos pasar o no”, afirma la académica.

Así mismo, más del 30 % de estos carros tienen más de 20 años, e incluso algunos más de 45. “Aunque ha habido renovación (la mayoría tiene menos de 16 años), sigue siendo el grupo más contaminante entre las fuentes móviles. De ahí la relevancia de implementar medidas como el “pico y placa ambiental”, aunque lleguen de forma tardía: desde hace semanas se sabía que los incendios forestales podrían tener influencia en la calidad del aire, porque también emiten PM2,5, y el año pasado tuvimos algunas estaciones en rojo (aire dañino para la salud)”, señala.

Más crítico hacia el sur

Según el histórico de mediciones de los últimos siete días, las estaciones de Itagüí, Envigado y La Estrella han registrado índices más altos de PM2,5. “Esto se podría entender a partir de las simulaciones que hicimos hace algunos años para seguir las trayectorias de masas de aire dentro del Valle de Aburrá, las cuales mostraron que en los límites entre Envigado y Medellín se  crea un efecto vórtice, y que como el sur es más frío que el centro, el aire suele estancarse allí”, añade María Camila Eguis Cuentas, magíster en Ingeniería - Recursos Hidráulicos de la UNAL Sede Medellín.

Esto se relaciona con las características topográficas del Valle de Aburrá: una depresión ubicada en la cordillera Central de los Andes cuyo eje principal es el río Medellín, o río Aburrá –de casi 60 km–, cercado por laderas que se elevan hasta 1 km, con una distancia que varía entre los 10 y los 20 km.

Hacia el sur hay más edificaciones, el Valle se estrecha y se produce un efecto tapón al que se le añaden vientos que ingresan en dirección contraria desde San Antonio de Prado.

Así mismo, la calidad del aire depende de la radiación solar que ha aumentado en todo el mundo propiciando la formación de niebla tóxica o esmog y otros contaminantes como el ozono y el dióxido de nitrógeno. “Aquí las estaciones de monitoreo casi nunca están en verde, por eso es importante seguir investigando y explorando medidas realmente efectivas, sin descuidar la incidencia de fuentes fijas como las industrias, que aportan hasta 161 t/año de PM2,5”, menciona la profesora Zapata.

Entre las principales recomendaciones para cuidar de su salud está usar tapabocas N95 si va a hacer deporte (caminar, trotar o montar en bicicleta), pues aunque este no filtra los gases, sí detiene algo de material particulado. “También sería ideal que los niños, adultos mayores, mujeres embarazadas o personas con comorbilidades no salgan antes de las 9:00 a. m., máxime si las estaciones de medición cercanas registran 35 microgramos por metro cúbico de PM2,5 o más, información que se puede consultar en la página web del Sistema de Alerta Temprana de Medellín”, finaliza la experta.