martes, 19 de agosto de 2025

El sargazo que invade las playas de San Andrés salvaría sus manglares

 En los últimos años la cobertura de manglar en San Andrés se ha reducido por eventos como el huracán Iota de 2020, que afectó el 70 % de estos bosques al norte de la Isla. En el manglar Old Point las plantas jóvenes no logran establecerse con éxito, y sin estos guardianes naturales la Isla queda más expuesta a la impredecible fuerza del mar. Pero las toneladas de sargazo, un alga flotante que inunda las costas y se limpia como basura, serían la solución para recuperar esta vegetación.

Desde 2009, y con más fuerza desde 2011, enormes masas de sargazo comenzaron a formarse en el Atlántico tropical y llegaron al Caribe, lo que hoy constituye un problema para estas playas. El fenómeno obedece a factores como la combinación de aguas más cálidas, los cambios en las corrientes marinas y un exceso de nutrientes que actúan como fertilizante permitiendo que el sargazo crezca y viaje miles de kilómetros hasta playas como las de San Andrés.

El sargazo masivo es un dolor de cabeza tanto para los isleños como para el ecosistema, pues cuando se acumula en las playas desprende un olor fuerte, casi a huevo podrido, que ahuyenta a los turistas, y al descomponerse consume oxígeno en el agua afectando a los peces, corales y otros organismos marinos. Entre sus enredos arrastra basura, microplásticos, e incluso restos de animales muertos. Y por si fuera poco, se puede convertir en vehículo de metales pesados como el arsénico, que si no se manejan adecuadamente terminan contaminando más de lo que ayudan.

Pero lo que para muchos habitantes de las playas es solo un estorbo maloliente, para un grupo de investigadores se ha convertido en una oportunidad, pues lo están transformando en un abono natural capaz de ayudar a restaurar los manglares que protegen la Isla tanto de huracanes como de la erosión y del cambio climático, y que, comparado con el propio suelo del manglar, le ayuda a sobrevivir, crecer y tener más hojas.

Hoy la gestión más común en San Andrés es enterrarlo. Se recoge con palas y maquinaria y se cubre bajo la arena, un método rápido pero que no resuelve el problema de fondo porque los desechos no se gestionan sino que se ocultan desaprovechando los beneficios que traería usarlos.

El biólogo Juan Andrés Palacios Rocha, investigador de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), decidió que no se limitaría a ver cómo el sargazo se convierte en basura, e, inspirado por la urgencia de recuperar los manglares que protegen a San Andrés de la erosión de sus costas y de las tormentas, se propuso utilizar esta microalga marina como abono para conservar los bosques costeros.

Esta vegetación de árboles de raíces entrelazadas que crece donde se mezclan el agua dulce y la salada, almacena carbono y sirve de hogar a peces, cangrejos, aves y muchas otras especies marinas y terrestres, pero enfrenta graves amenazas.

El trabajo del investigador Palacios comenzó mar adentro. Con el apoyo de su directora, la profesora Briggite Gavio, del Departamento de Biología de la UNAL, y su equipo, recolectaron unos 70 kilos de sargazo fresco, cuidando que no estuviera demasiado deteriorado. Una vez en tierra, lo lavaron con agua dulce para retirarle la sal acumulada durante su travesía.

Luego lo mesclaron con residuos de cocina (de origen no animal), también cerca de 70 kilos recolectados en la Isla, más 30 kilos de trozos de madera triturada. “Esa mezcla se dejó compostar durante 61 días, alcanzando temperaturas de hasta 60 °C en su fase más activa, lo que ayuda a eliminar bacterias y acelerar la descomposición. Después se tamizó y se dejó secar al sol hasta obtener un abono uniforme y rico en nutrientes como nitrógeno, fósforo y potasio, esenciales para el crecimiento de las plantas”, explica el biólogo.

Con el compost listo llegó el momento de la prueba. En un vivero se sembraron plántulas del mangle rojo (Rhizophora mangle) característico del Caribe, en 4 tipos de sustratos: (i) tierra local de San Andrés que se vende para plantar, (ii) mezcla de 50 % tierra local y 50 % compost con sargazo, (iii)  mezcla de 50 % tierra local y 50 % compost sin sargazo, y (iv)  tierra de un manglar natural de Old Point.

Lo que reveló la naturaleza

En el invernadero todas las plántulas sobrevivieron. No hubo diferencias notorias en el crecimiento, y la herbivoría (ataque de animales que comen hojas) fue mínima. Pero la verdadera prueba llegó cuando las plantas se enfrentaron al mundo real, en las condiciones cambiantes del manglar.

Allí las diferencias saltaron a la vista: las plántulas que crecieron en el sustrato con 50 % de compost de sargazo fueron las más vigorosas. Tenían más hojas y más sanas. La supervivencia en este grupo superó ampliamente a las que crecieron en suelo del manglar, que mostraron menor altura, menos vigor y más afectación foliar.

El temor de que el compost de sargazo acumulara metales pesados en las plantas se disipó con análisis de laboratorio: la transferencia de estos elementos a los tejidos fue mínima. Incluso con la legislación colombiana –más laxa que la europea– los niveles se mantuvieron dentro de los límites aceptados.

Los resultados son prometedores. Usar compost de sargazo no solo mejoraría el éxito de restauración de los manglares, sino que además ofrecería una forma ecológica de manejar las toneladas de biomasa que hoy son tratadas como basura. Esto significa menos impacto en las playas turísticas, menos gasto en disposición y más oportunidades para fortalecer la protección natural de la Isla.

La investigación contó con el respaldo de un proyecto de fortalecimiento de la gestión del riesgo de desastres en San Andrés y Providencia que busca combinar conocimiento científico con innovación social para ofrecerle soluciones a la comunidad. Ya se han realizado talleres con niños y adultos  para concientizar sobre el problema y mostrar el potencial que tiene esta alga tanto para la vida de sus pobladores como para la protección de los manglares.






viernes, 15 de agosto de 2025

Caza y deforestación amenazan dos especies de aves, pero un santuario ancestral del Putumayo es su refugio

En los cielos verdes del piedemonte andino-amazónico aún sobrevuelan dos joyas aladas: el tucán pechiblanco o de pico rojo (Ramphastos tucanus) y la guacamaya verde (Ara militaris). Ambas especies están perdiendo su lugar en el mundo a causa de problemas como la deforestación, y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) las clasificó como “vulnerables”. Estas aves dependen de un territorio tan frágil como vital: el Santuario de Flora Plantas Medicinales Orito Ingi-Ande, en el sur del Putumayo, y forman parte de la cosmogonía del pueblo indígena Cofán y de su lengua única.

Este rincón biodiverso del Putumayo conecta las montañas andinas con la selva amazónica convirtiéndose en un corredor ecológico esencial y un santuario cultural para el pueblo indígena Cofán. Aquí la ciencia y la tradición se encontraron gracias a un trabajo conjunto entre biólogos e indígenas cofanes, quienes durante siglos han aprendido a leer el bosque a través del canto y el vuelo de las aves.

Fue en ese proceso que el biólogo Juan Burbano Buchelly, de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), pasó meses recorriendo senderos junto al taita Cirilo Mendua, autoridad espiritual cofán, para registrar la riqueza de aves de la región y los saberes que las acompañan. El resultado es un inventario de 194 especies –con 78 nombres en lengua cofán– que revela cómo cada ave cumple no solo una función ecológica sino también un papel en la comunidad, ya sea como mensajeras de los espíritus, guardianas de los ciclos de lluvia, proveedoras de alimento o medicina, e incluso protagonistas de relatos orales que enseñan a cuidar el territorio.

La investigación se basó en una metodología que combinó monitoreo ecológico y entrevistas etnográficas. Durante tres expediciones principales, los investigadores identificaron aves en zonas de bosque húmedo tropical en regeneración, terrenos que alguna vez fueron potreros o cultivos de coca, y que hoy, gracias a los esfuerzos de conservación, vuelven a ser refugios de vida. Además, las entrevistas semiestructuradas con miembros de los pueblos Cofán, Siona y Awa permitieron documentar no solo los nombres y usos de las aves, sino también los cambios percibidos por las comunidades en la presencia de ciertas especies.

La guacamaya verde (Ara militaris) y el tucán pechiblanco (Ramphastos tucanus) son dos de las especies que generan más preocupación. Ambas requieren grandes extensiones de bosque continuo para sobrevivir y reproducirse, pero la deforestación, la cacería y el comercio ilegal las han reducido a poblaciones fragmentadas.

“En el caso de las guacamayas, ocurre que algunas personas les arrebatan sus crías, por su belleza, para comerciarlas ilegalmente, lo cual pone en apuros a la población de esta ave. Aunque en el Santuario se hacen monitoreos constantes para revisar que no se estén cazando estas aves, aún  hay vacíos en el conocimiento sobre cuántos individuos hay en la Amazonia, por lo que hace falta más investigación al respecto”, indica el biólogo Burbano.

Aunque en 2022 la deforestación en Guaviare, Meta, Caquetá y Putumayo se redujo en cerca del 25 % –departamentos que tradicionalmente representan el 65 % de la deforestación total del país, según el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible–, la tala histórica de los árboles de la región ha dejado vulnerables a especies de aves que dependen de su sombra.

Biodiversidad ilustrada para salvar la lengua

De este trabajo nació la guía Sethapaemba Ingi-Ande (Canto de nuestro territorio), un compendio ilustrado que reúne el nombre científico y el nombre en lengua originaria, la descripción física, los usos y el significado cultural de cada especie registrada. La guía es una herramienta viva que busca convertirse en insumo para las escuelas indígenas, apoyando así la educación ambiental y dejando un registro para las generaciones futuras.

Durante muchos años las plumas de estas aves se han usado en ceremonias especiales de la comunidad, así como en la elaboración de coronas o de yagé –muy usado en la parte amazónica–, o en remedios y medicinas ancestrales.

El valor de este estudio trasciende lo biológico, pues se enmarca en la “conservación biocultural”, una disciplina que entiende que proteger la biodiversidad también implica proteger las culturas que conviven con ella. La pérdida de una especie no solo empobrece el ecosistema, sino que además apaga historias, cantos y saberes transmitidos de generación en generación, pues, como asegura el biólogo, “hay pocos hablantes de la lengua cofán, la mayoría de ellos ancianos sabedores de la comunidad”.

El investigador de la UNAL también enfatiza en la importancia para el ecosistema amazónico de estas dos aves vulnerables, pues son dispersadoras de las semillas de grandes árboles como guamo, cedro, copal y achapo, entre otros, que son el hogar y la sombra de miles de especies de animales en los bosques y selvas de esta región.

La urgencia es clara: si el bosque se fragmenta y las aves más vulnerables desaparecen, el impacto será doble: ecológico y cultural. Por eso, el biólogo Burbano recomienda continuar con el monitoreo participativo, involucrar a más jóvenes en la recolección de datos y fortalecer la articulación entre comunidades y científicos para enfrentar las amenazas.

En un país con más de 1.900 especies de aves, la historia del Santuario Orito Ingi-Ande es una muestra de que la conservación no se trata solo de contar aves, sino de escucharlas, de entender su papel en la trama de la vida, y de actuar antes de que su silencio sea definitivo.

Además de las especies vulnerables, el trabajo permitió registrar varias aves que no se habían documentado antes en el Santuario, ampliando así el inventario oficial. Entre ellas se encuentran pequeños tiránidos y atrapamoscas de hábitos discretos, que pasan desapercibidos entre la maraña del bosque, así como ciertos colibríes del género A´tse (nombre genérico en lengua cofán para todos los picaflores) que revelan la riqueza de microhábitats en las zonas de regeneración. La inclusión de estas especies demuestra que, incluso en áreas estudiadas, la avifauna amazónica le sigue ofreciendo sorpresas a la ciencia.

El inventario también resaltó la presencia de aves con un fuerte vínculo cultural pero escasa visibilidad en estudios previos, como el paujil colorado (Nothocrax urumutum) y el paujil negro (Mitu salvini), ambas de valor alimenticio y protagonistas de relatos orales. Estos relatos, transmitidos por los mayores cofán, no solo narran el origen de sus cantos, sino que también enseñan lecciones de respeto y equilibrio con la naturaleza. Documentar estas historias junto con los datos ecológicos permite entender que la pérdida de una especie implicaría la desaparición de un fragmento de memoria colectiva.

Otro hallazgo significativo fue la identificación de especies que, más allá de su rareza, cumplen un papel como “indicadoras bioculturales”, como por ejemplo el milano silbador (Ibycter americanus), conocido como kakakau, cuyo canto es interpretado por los cofán como señal de la presencia cercana de tigres. Conocimientos como este no se encuentran en guías de campo ni en bases de datos científicas, pero sí orientan la forma en que las comunidades habitan y se mueven en el territorio.

Los datos recogidos se complementaron con grabaciones de vocalizaciones, fotografías y observaciones de comportamiento, lo que a futuro permitirá comparar cambios en la presencia y abundancia de las especies. Este monitoreo no solo será útil para la ciencia, sino que además servirá de insumo para programas educativos en las escuelas indígenas, reforzando así el vínculo entre los jóvenes y las aves que forman parte de su herencia cultural.







jueves, 14 de agosto de 2025

ACCIÓN COLECTIVA EN EL PACÍFICO PUNTA SOLDADO SE UNE POR LA VIDA DEL MANGLAR

Mujeres sembradoras, jóvenes ambientalistas, docentes, entidades como la CVC y la empresa Compas vivieron una jornada significativa de educación, revisión de viveros y siembra de mangle, reafirmando su compromiso con el ecosistema costero de Buenaventura.

En Punta Soldado, Buenaventura, se llevó a cabo una jornada que combinó conocimiento ambiental, trabajo comunitario y amor por el territorio. Mujeres sembradoras, estudiantes, líderes juveniles y representantes institucionales participaron en una actividad enfocada en el cuidado y restauración del ecosistema manglar, una riqueza natural vital para esta región del Pacífico colombiano.

 El evento, liderado por la CVC y apoyado por la empresa Compas, incluyó un recorrido por viveros comunitarios, conversatorios sobre la importancia del manglar y una siembra de diversas especies como mangle rosado, rojo, nato y piñuelo.

Jorge Viveros, funcionario de la CVC, explicó: “Hoy estamos haciendo una jornada de educación ambiental relacionada con el manejo del ecosistema manglar. Realizamos varias dinámicas: un conversatorio con agricultores, la visita a viveros establecidos por la comunidad y finalizamos con la siembra de diferentes especies de mangle en el territorio. Estas actividades permiten que la comunidad se relacione más profundamente con su entorno y reconozca su valor”.

El proceso de restauración ha sido liderado, en gran parte, por mujeres sembradoras que han convertido su conocimiento y dedicación en una verdadera escuela de vida.

Nancy Caicedo Arroyo, una de las sembradoras participantes, compartió su experiencia: “El proceso ha sido largo y hermoso. Primero hacemos nuestro vivero, luego recogemos las semillas, algunas las traemos desde la playa donde no se producen, y acá sí se reproducen. Cada especie tiene sus particularidades y eso nos motiva a seguir aprendiendo”.

 La jornada también destacó la conexión profunda entre los jóvenes y su entorno, fomentando el liderazgo ambiental desde el territorio.

Breyner Obregón Caicedo, representante de la agencia Playa Viva, señaló: “Es un tema muy importante porque esto fortalece nuestra comunidad. Los manglares son nuestra vitalidad. Somos una pequeña isla rodeada en un 90% por este ecosistema y trabajar con la CVC nos ayuda a formar a los jóvenes, para que conozcan y valoren lo que tienen”.

 Este tipo de encuentros fortalecen no solo el conocimiento técnico, sino también los lazos comunitarios y el sentido de pertenencia. La CVC continuará impulsando estos procesos participativos como parte de su misión de proteger la zona marino-costera del Valle del Cauca, en articulación con comunidades, organizaciones sociales y el sector privado.








Al final del siglo el Caribe perdería uno de sus peces más importantes por el cambio climático

 La cojinúa negra (Caranx crysos), pez de entre 20 y 50 cm de largo, es uno de los protagonistas de la pesca artesanal de las costas Caribe y Atlántica colombianas; sin embargo, el aumento de las emisiones de dióxido de carbono (CO2), gas de efecto invernadero, estaría acidificando el agua en la que vive, dificultando la supervivencia de otros animales de los que se alimenta (peces más pequeños, algas, moluscos o crustáceos), poniendo en riesgo su presencia en el país hacia 2090 o 2100. Así lo determinó una bióloga que simuló computacionalmente distintas condiciones ambientales en los próximos años.

Daniela García Montes, investigadora y bióloga de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), se interesó por descifrar cuál es el estado actual de la cojinúa negra y cuál será su distribución en las décadas de 2050 a 2060, y de 2090 a 2100, trabajo acompañado por el profesor Camilo García, del Departamento de Biología. El estudio es pionero en la búsqueda de respuestas sobre el impacto que tendrá el cambio climático, más específicamente el CO2, en la vida marina futura.

Recordemos que en pequeñas cantidades el CO2 es muy importante para las plantas, pues les permite hacer la fotosíntesis, pero en grandes proporciones ocasiona el calentamiento el planeta, ya que la luz que llega del Sol se concentra en un “manto” que retiene el calor, y cada vez que se queman combustibles fósiles (como en el motor de los carros que usan gasolina o las fábricas), este se hace más grueso y la temperatura aumenta en toda la Tierra.

Este fenómeno provoca cambios en los mares y océanos, debido a que el calor y el CO2 también se concentran allí, alterando la dinámica marina y poniendo en riesgo el balance de la vida de peces como la cojinúa negra.

Por eso el objetivo de la investigadora García fue simular estos cambios usando registros geográficos del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras José Benito Vives de Andréis, especialmente de 2010 y 2012, pues de esos años es la información más reciente que se tiene sobre esta especie. También empleó información de la base de datos Bio-ORACLE, sobre la temperatura, el pH, la salinidad y la productividad (cantidad de alimento disponible) de los lugares que habita el pez.

Con estos datos usó el software especializado MaxEnt, que le permitió determinar cómo está hoy la cojinúa negra y cuáles son las condiciones ambientales que prefiere, creando un modelo con el que comparó cómo fluctuarán aquellas preferencias a causa del calentamiento global.

“Las simulaciones se pueden realizar gracias a los modelos climáticos (CMIP6) de libre acceso, creados por el Programa Mundial de Investigaciones Climáticas, con mapas estimados de distintos escenarios en el planeta según el aumento de la temperatura”, explica la investigadora.

Así, el programa MaxEnt comparó lo conocido hoy sobre la cojinúa negra con tres escenarios: optimista (aumento inferior a 1,5 °C), intermedio (entre 2 y 3 °C) y peor (más de 4 °C).

Encontró que en los próximos años el pez seguirá resistiendo y adaptándose al aumento de la temperatura, porque tiende a moverse por aguas cálidas; no obstante, al llegar a 2090 y 2100 la situación cambiará, pues en el peor escenario el pH del Caribe sería mucho más ácido, y por ende no sería ideal para los animales de los cuales se alimenta en la actualidad.

De esta manera, la cojinúa negra parece preferir un rango de pH muy estrecho, entre 8,03 y 8,05, lo que la hace sensible a cambios en la acidez del mar. La temperatura también es indispensable: el pez se siente más cómodo en aguas que superan los 30,5 °C, y la probabilidad de su presencia se estabiliza en torno a los 31,2 °C. En comparación, variables como la salinidad y la productividad parecen influir menos.

Entre 2013 y 2021 la cojinúa negra representó el 11,9 % de los desembarques pesqueros en el Caribe y el Atlántico colombianos, lo que evidencian su importancia para la pesca artesanal. Según la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (Aunap), en el país existen unos 120.000 pescadores artesanales, 100.000 de ellos con esta actividad como permanente, y de ella dependen familias de 5 personas en promedio.

“Por la presión pesquera cada vez es más difícil ver este tipo de peces en general, o es muy común encontrar ejemplares cada vez más pequeños. Aunque aún no está en peligro, eso cambiaría en las siguientes décadas si no se toman medidas pronto”, explica la bióloga García.

“Por la presión pesquera cada vez es más difícil ver este tipo de peces en general, o es muy común encontrar ejemplares cada vez más pequeños. Aunque aún no está en peligro, eso cambiaría en las siguientes décadas si no se toman medidas pronto”, explica la bióloga García.

La investigación demuestra que si las emisiones y el calentamiento global siguen el camino más negativo, para finales de siglo el Caribe colombiano no tendría ninguna zona con las condiciones ideales que este pez necesita para vivir. La razón principal sería la combinación de temperaturas extremas y cambios en el pH por la acidificación del océano. En cambio, si se logra reducir el impacto climático, algunas áreas se volverían incluso más favorables que ahora, aunque los peces podrían desplazarse mar adentro, lejos de la costa.

La investigadora también advierte que el modelo tiene limitaciones, como la resolución espacial de los datos (cada celda equivale a unos 5,5 km), que impide ver detalles muy pequeños, como bahías o arrecifes locales que serían refugios importantes. Tampoco se incluyeron factores como los depredadores, la competencia con otras especies o la capacidad de las larvas de llegar a nuevas zonas.

Por eso, aunque el mapa proyecta el potencial ambiental, no garantiza que el pez realmente pueda ocupar esas áreas en el futuro. “Es necesario seguir estudiando el fenómeno y encontrando qué pasa en su totalidad, este fue un primer paso para tomar acciones reales y concientizar sobre un problema concreto para la cojinúa negra, pero el reto continúa”, concluye la bióloga.








jueves, 31 de julio de 2025

Terremoto en Rusia le recuerda a Colombia su riesgo sísmico y de tsunamis

Tras el sismo de magnitud 8,8 en Kamchatka (Rusia), la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) emitió una advertencia para la costa Pacífica colombiana por posible formación de olas. Cauca, Nariño, Chocó y Valle del Cauca estuvieron en estado de riesgo, aunque la alerta se redujo a una recomendación. Según experto de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), este tipo de terremotos —propios de zonas de subducción como la del Pacífico colombiano— puede generar tsunamis cuando el fondo marino se eleva abruptamente, como ocurrió en Tumaco en 1979.


 El profesor Germán Prieto, del Departamento de Geociencias de la UNAL, recuerda que Colombia está expuesta a eventos similares. “Hace 46 años ocurrió un terremoto de magnitud 8,2 en Tumaco, que generó un tsunami con olas de hasta 6 m”. Aunque ni los terremotos ni los tsunamis se pueden predecir, sí es posible monitorearlos en tiempo real y activar alertas tempranas que permitan evacuar a la población de zonas costeras antes de la llegada de la ola.

El monitoreo depende de dos sistemas centrales: las estaciones sismológicas, que detectan inmediatamente la magnitud y ubicación del sismo, y los sensores oceánicos, como los buoys o flotadores ubicados en distintas zonas del Pacífico, que registran con gran precisión el nivel del mar y alertan sobre cambios bruscos. Esta información es transmitida por satélite, lo que permite ganar minutos o incluso horas antes de que la ola impacté las costas.

En el caso colombiano, un tsunami tardaría en llegar desde decenas de minutos hasta poco más de una hora, mientras que en lugares como Hawái o Japón el tiempo de arribo puede ser de 6, 10, o incluso 12 horas. Este margen hace que las alertas tempranas sean vitales para proteger vidas.

El caso de Rusia: qué ocurrió y por qué genera tsunamis

“El sismo se produjo a lo largo de una falla de unos 500 km de longitud por 100 km de ancho, y un bloque de roca se desplazó hasta 10 m respecto al otro”, explica el profesor Prieto, cuyo trabajo se centra en comprender la diversidad de terremotos y los movimientos del suelo asociados que se esperan en la superficie terrestre.

“Este movimiento vertical del fondo marino, ocurrido a unos 30 km de profundidad, provocó una alteración en la superficie del océano que generó una ola de tsunami capaz de viajar a gran velocidad a través del Pacífico. Para que esto ocurra, el fondo del mar se debe levantar o hundir abruptamente desplazando grandes volúmenes de agua. En este caso se trató de un terremoto inverso, característico de las zonas de subducción, en el que un lado de la falla se eleva sobre el otro creando las condiciones ‘perfectas’ para formar una ola de gran energía”, explica el experto.

“Aunque no se presentan con frecuencia, estos eventos sísmicos son de esperarse en este tipo de ambientes tectónicos. Son los escenarios donde se han registrado los terremotos más grandes, como el de Tohoku en Japón (2011), Chile (1960) o Alaska (1964)”, agrega. De ahí que existan sistemas internacionales de alerta en el Pacífico.

En Kamchatka, la placa del Pacífico se desliza bajo una placa más pequeña llamada de Ojotsk, en una dinámica muy similar a la del litoral Pacífico colombiano, donde la placa de Nazca subduce bajo la Sudamericana, lo mismo que ocurre en Perú, Ecuador y Chile.

Investigaciones de la UNAL ayudan a entender riesgos sísmicos y de tsunami en Colombia

El reciente tsunami en Rusia revive preguntas sobre la vulnerabilidad de otras regiones del mundo. En Colombia, por su ubicación en el cinturón de fuego del Pacífico, las costas del Chocó y Nariño enfrentan un riesgo sísmico alto, con posibilidad de tsunamis generados por sismos de subducción.

Desde la UNAL, equipos científicos han desarrollado herramientas para estudiar y anticipar estos escenarios. Por ejemplo, en alianza con la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA), Investigadores de la Universidad elaboraron mapas de curvas de fragilidad que permiten estimar los daños que causaría un tsunami en infraestructuras de Tumaco y Buenaventura. También crearon escenarios precomputados de tsunamis simulados –útiles para evaluar impactos en tiempo real– y curvas de vulnerabilidad que analizan la respuesta estructural de las edificaciones.

En 2021, Miguel Ángel Rivas Tabares, magíster en Ingeniería - Estructuras de la UNAL, diseñó una  herramientas. para calcular    la vulnerabilidad, de viviendas tipo palafito     –típicas de zonas costeras del Pacífico– ante la combinación de sismos y tsunamis. Este desarrollo considera factores como la fuerza de las olas, el material de las viviendas y su exposición geográfica. Este insumo le ha servido a la Dirección General Marítima (Dimar) para diseñar estrategias de mitigación.

Por último, investigaciones en Geofísica realizadas en 2020 han mostrado que incluso el núcleo interno una esfera sólida de hierro y níquel  a más de 5.000 km de profundidad,estaría girando.  Según el geólogo de la UNAL Albert Aguilar, este fenómeno se ha identificado al analizar ondas sísmicas (PKIKP) en los terremotos repetitivos, llamados “dobletes”.

Estos aportes científicos no solo buscan avanzar en la predicción del riesgo, sino además fortalecer la educación pública, el monitoreo y la capacidad de respuesta ante posibles eventos naturales extremos.

 




martes, 29 de julio de 2025

Herramienta digital transformaría el tratamiento de aguas en zonas rurales de Colombia

 Solo el 2 % de la población rural del país accede a algún tipo de tratamiento de aguas residuales, mientras que cerca del 60 % de estas se vierten directamente a ríos y quebradas, entre otras fuentes hídricas. Para enfrentar este problema, una herramienta digital permite identificar qué tecnologías de tratamiento son más adecuadas para cada territorio según sus condiciones técnicas, sociales y ambientales. La innovación fue validada en Santander de Quilichao (Cauca), uno de los municipios PDET (priorizado por los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial) más afectados por el conflicto armado, y ofrece una solución ajustada a las necesidades reales de la ruralidad colombiana.

La ingeniera ambiental Daniela Fajardo Martínez, magíster en Ingeniería - Recursos Hidráulicos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), desarrolló este método innovador que funciona gracias a softwares especializados y herramientas geográficas que analizan bases de datos gubernamentales e informes técnicos sobre la ruralidad y las aguas residuales en Colombia. Lo novedoso es que se transforma el paradigma tradicional, es decir que las aguas residuales domésticas ya no se ven solo como desecho, sino que se convierten en un recurso valioso a partir del cual se puede generar fertilizantes, energía y agua tratada.

“La adopción de la economía circular en el manejo de aguas residuales no solo permite reducir la contaminación y el estrés hídrico, sino que además contribuye a la restauración del ciclo natural del agua y a la generación de subproductos de valor”, explica la investigadora Fajardo, quien basó su trabajo en los principios establecidos por el Banco Mundial y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Para validar la efectividad de la herramienta seleccionó el municipio de Santander de Quilichao (Cauca), uno de los territorios PDET más afectados históricamente por el conflicto armado. Con una cobertura de acueducto rural del 42 % y de alcantarillado del 15 %, además de enfrentar sequías prolongadas por efectos del cambio climático, este municipio presentaba condiciones ideales para evaluar tecnologías bajo el esquema de unidades sanitarias secas.

Tres tipos de agua, tres soluciones tecnológicas

La investigación partió identificando 20 tecnologías bajo el enfoque de economía circular, clasificadas según el tipo de agua residual: amarillas (orina), grises (duchas, lavamanos, cocina) y marrones (materia fecal). Así, mediante algoritmos la herramienta es capaz de encontrar qué modelo u opción es mejor en cada caso para implementarla.

“Encontramos que en este municipio las mejores opciones serían: para aguas residuales amarillas, un reactor de bajo costo para la producción de estruvita sería la mejor alternativa en la mayoría de las veredas. Esta tecnología, con un costo aproximado de $2,1 millones, no requiere energía eléctrica y puede recuperar más del 80 % de los nutrientes presentes en la orina, generando un  fertilizante mineral de alta calidad especialmente valioso para la economía agrícola local”, asegura la investigadora.

Por otro lado, para aguas residuales grises, los filtros sostenibles se posicionaron como la solución más viable, utilizando materiales naturales como arena, aserrín y carbón activado para producir agua tratada utilizable en riego y limpieza; y para las aguas residuales marrones, los biodigestores destacaron como la tecnología más apropiada y se empleado antes en algunas veredas del municipio, transformando los desechos en biogás para cocina y abono líquido, reduciendo además la dependencia de leña o gas comercial.

El estudio analizó 106 veredas donde conviven campesinos, comunidades indígenas (53,9 %) y afrodescendientes (46,1 %), evaluando 9 tecnologías diferentes, 3 para cada tipo de agua residual doméstica, y lo más interesante es que, como enfatiza la experta: “la herramienta no se limita a Santander de Quilichao, pues la metodología se diseñó para adaptarse a los 170 municipios PDET o cualquier zona rural del país”.

Esta capacidad de adaptación territorial representa un avance significativo hacia el cumplimiento del ODS 6: Agua limpia y saneamiento, y las metas de la Estrategia Nacional de Economía Circular (ENEC), que busca incrementar en un 50 % los proyectos de reúso de aguas residuales tratadas.

Para ello implementó la evaluación de múltiples criterios ambientales, técnicos (diseño, construcción, operación y mantenimiento), económicos (viabilidad y sostenibilidad tecnológica), socioculturales (dinámicas sociales, costumbres y saberes), y de riesgos (posibles afectaciones), mediante el método de evaluación TOPSIS, en el lenguaje de programación R, el cual permite procesar información especializada y generar mapas mediante sistemas de información geográfica (SIG), teniendo en cuenta el tipo de tecnología que más se ajusta al territorio.

“Los criterios se seleccionaron fundamentándose en los lineamientos conceptuales y estructurales previamente identificados para Colombia, mientras que la ponderación de las dimensiones se estableció a partir de la consulta a 15 expertos del sector”, detalla la investigadora.

La herramienta desarrollada considera variables específicas como topografía, acceso vial, disponibilidad de materiales, aceptación cultural y condiciones climáticas, lo que permite su replicación en cualquier contexto rural colombiano.

Un modelo replicable para todo el país

A pesar de los avances normativos, en Colombia persisten desafíos en la implementación, como falta de claridad regulatoria, altos costos de algunas tecnologías, ausencia de incentivos económicos y debilidades en la articulación institucional. Sin embargo, la investigación demuestra que las soluciones existen y son económicamente viables.

“Colombia cuenta con las capacidades técnicas para implementar soluciones circulares en el manejo de aguas residuales. Lo que se requiere es voluntad política, inversión coordinada y marcos normativos actualizados que incentiven estos proyectos”, concluye la investigadora.

Los resultados, presentados en el XVII Congreso Iberoamericano de Sistemas de Abastecimiento, Saneamiento y Riego (2023) celebrado en España, representan un modelo replicable que  transformaría la gestión de aguas residuales en toda la ruralidad colombiana, convirtiendo un problema histórico en una oportunidad de desarrollo sostenible.






lunes, 28 de julio de 2025

Con vigilancia digital controlan plaga que arriesga exportaciones florales

 Además de ser reconocida por afectar cultivos de tomate y espárrago, la negrita o caracha (Prodiplosis longifila) también causa pérdidas de hasta el 100 % en follajes ornamentales empleados en fincas de Cundinamarca para arreglos florales y jardinería, convirtiéndose en un riesgo para la floricultura de exportación. Ante la situación, el uso de herramientas digitales ha permitido acercar a los agricultores a los datos y fortalecer la vigilancia fitosanitaria en el centro del país.

Colombia, el segundo país exportador mundial de flores cortadas, afronta una nueva amenaza: la negrita, una mosca de apenas 3 mm de longitud, que aunque se registró en el país en década de 1980, ahora enciende las alarmas del sector floricultor en el centro del país, debido a su reciente surgimiento y grave afectación en plantas de follaje como el rusco (Ruscus aculeatus) y otras del género Cocculus, que apenas comienza a documentarse.

Uno de los hospederos reportados para esta especie es el clavel (Tagetes sp.), lo que indica un potencial riesgo de expansión hacia otras especies de flores de corte, amenazando aún más su producción. Al ser considerada como plaga cuarentenaria en varios países, podría generar restricciones comerciales si se comprueba su presencia en flores destinadas a la exportación.

En municipios como Cachipay, Anolaima, Zipacón y La Mesa, reconocidos por su producción de follajes ornamentales, los productores han reportado pérdidas totales en sus cosechas. La plaga, difícil de detectar por su actividad nocturna y el camuflaje de sus larvas, obliga a muchos agricultores sin asesoría técnica a aplicar pesticidas hasta 3 veces por semana, lo que eleva los costos y puede generar resistencia a los productos, complicando aún más su control.

Así lo evidencia un estudio pionero liderado por el profesor Joaquín Guillermo Ramírez Gil en el Laboratorio de Agrocomputación y Análisis Epidemiológico de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNAL Sede Bogotá. La investigación combinó epidemiología digital, ciencia ciudadana, inteligencia artificial, análisis de datos y saberes campesinos para detectar, monitorear y mitigar el avance de esta mosquita, como complemento a la vigilancia fitosanitaria tradicional.

Epidemiología digital en plantas

Los resultados del estudio son preocupantes: más del 50 % de los agricultores reportaron pérdidas entre el 20 y 40 % de su producción debido a la plaga, y en algunos casos extremos la afectación llegó al 100 %. En cuanto a la vigilancia digital, el análisis estadístico mostró una correlación positiva entre los picos de búsqueda en Google y los casos confirmados por el ICA. Esta plataforma resultó ser la más confiable, seguida de YouTube y X.


La metodología empleada por la ingeniera agrónoma Laura Alejandra Valbuena Gaona, magíster en Ciencias Agrarias de la UNAL, se basó en el análisis de tendencias mediante un estudio bibliométrico de artículos científicos extraídos de las bases de datos Scopus, PubMed y Google Scholar. El objetivo fue establecer el estado del arte sobre Prodiplosis, con un total de 957 documentos analizados.

El primer registro encontrado se remonta a 1812. A partir de 1987 se evidenció un crecimiento sostenido en las publicaciones, con un pico en 2019, año en el que se reportaron 82 artículos centrados en temas como identificación, distribución, daños, calidad, rendimiento, manejo y genética.

También analizó las dinámicas en redes sociales como X (antes Twitter) y YouTube, además de los datos disponibles en la web mediante la plataforma Google Trends, observando picos de interés desde 2016 que sugieren que en ese periodo la plaga empezó a convertirse en un problema en países andinos como Perú, Ecuador y Colombia. “En el caso colombiano, los mayores niveles de búsqueda se ubicaron en Cauca, Nariño, Cundinamarca y el Eje Cafetero”, informa la investigadora Valbuena.

Para recopilar las percepciones y levantar información sobre las prácticas de manejo relacionadas con Prodiplosis en los sistemas de cultivo de más de 20 productores de follajes en Cachipay, la magister utilizó encuestas en chats grupales de WhatsApp, con 53 preguntas estructuradas, que arrojaron vacíos en el conocimiento de la biología, la ecología y las estrategias de manejo de la plaga, especialmente en follajes. “A pesar de las limitaciones de conectividad, los agricultores tienen acceso a celulares y se comunican por redes sociales”, comentó.

Para facilitar la recolección de datos, la investigadora trabajó con la finca Economía Agrícola-Agropecuaria Villapard, con el acompañamiento de los agricultores Héctor Julio Villamil y Luz Mary Pardo, así como con otras fincas de Cachipay. Como parte del proceso, desarrolló dos herramientas interactivas: una aplicación móvil llamada Pro-Diplosis, para el registro en campo, y una plataforma web conocida como Portal Agrointeractivo, que permite visualizar mapas, modelos predictivos y recomendaciones de manejo.

Los resultados sobre el uso e impacto de los productos aplicados contra Prodiplosis indican que, según los agricultores, el control químico resultaba más efectivo cuando se aplicaba después de las 6 p. m., entre 2 y 3 veces por semana. Esto coincide con el horario de mayor actividad sexual de las moscas adultas.






sábado, 26 de julio de 2025

Céspedes que crecen en el fondo del mar colonizan arrecifes del Caribe, una beca busca entender por qué

 En los arrecifes del Caribe colombiano, una comunidad similar a un césped terrestre está compitiendo contra los corales masivos, debilitando su recuperación y transformando el paisaje submarino. Se trata de los céspedes algales, comunidades de algas filamentosas que colonizan los espacios antes ocupados por corales vivos. Comprender esta dinámica es el propósito de la investigación de María Helena Benavides Marchena, estudiante de la Maestría en Ciencias – Biología Marina de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Caribe, ganadora de una de las 5 becas Colombia Biodiversa 2025.

En la convocatoria I-2025 participaron 101 propuestas de estudiantes de pregrado y maestría provenientes de 41 universidades colombianas. El jurado seleccionó solo 5 trabajos, que por su pertinencia, claridad, impacto y rigurosidad recibirán apoyo económico para culminar sus investigaciones. Entre ellos fue escogido el proyecto de la estudiante Benavides, quien se convirtió en la segunda persona de la UNAL Sede Caribe en obtener esta distinción, sumando así 25 galardonados de la Universidad a lo largo de los años.

El estudio se desarrolla en los arrecifes oceánicos del Archipiélago de San Andrés y Providencia, dentro de la Reserva de la Biósfera Seaflower. Allí, los corales masivos, estructuras que por siglos han sostenido la vida marina, enfrentan un enemigo silencioso: los céspedes algales, una “alfombra vegetal” que crece en el fondo del mar.

“Estos céspedes no solo impiden el crecimiento del coral, sino que además lo desplazan lentamente y afectan su recuperación después de que perturbaciones exacerbadas por el calentamiento global o la contaminación generan pérdida de tejido vivo del coral”, explica la investigadora.

Cómo se estudia esta competencia submarina

Durante expediciones científicas Seaflower Albuquerque (2018), Bajo Nuevo (2021), y Cayo Bolívar (2022) se recolectaron más de 230 muestras en núcleos de coral para analizar las interacciones entre céspedes algales y corales masivos.

En laboratorio, la estudiante Benavides ha empezado a analizar la composición de estas comunidades, sus variables estructurales y signos de competencia, mediante microscopía óptica y con el apoyo de expertos. El objetivo es entender cómo influyen en esta competencia ecológica factores como la profundidad, el tipo de coral o la ubicación.

La investigación se desarrolló en tres atolones de la Reserva, en donde se tomaron fotos y se extrajeron núcleos de ~4,5 cm de diámetro de la interacción coral-césped. Para ello se tomaron muestras en las distintas unidades geomorfológicas del atolón y en diferentes especies de coral, lo que le permitirá identificar patrones de competencia entre algas y corales.

Además se registraron datos tanto cualitativos –sobre la exposición al oleaje– como cuantitativos, entre ellos la profundidad y la sedimentación. Estos datos ayudarán a entender cómo influyen los factores del entorno en el avance de este fenómeno.

Relevancia para la conservación de los arrecifes

La investigación no solo aporta al conocimiento científico sobre biodiversidad marina, sino que también ofrece pistas para entender las dinámicas de perturbación en los arrecifes. En palabras de la becaria: “los céspedes algales están colonizando espacios antes ocupados por corales constructores de arrecifes. Entender cómo se estructuran y en qué condiciones ganan la competencia contra los corales (espacio) es fundamental para saber que está ocurriendo en los arrecifes”.

Los resultados apoyarían decisiones en planificación ambiental y en futuras estrategias de restauración coralina, al identificar condiciones ecológicas que favorecen o dificultan la recuperación coralina. Además funcionan como bioindicadores de cambios ecosistémicos y de estrés ambiental, esenciales para entender la resiliencia de los arrecifes en el contexto del cambio climático.

Desde la UNAL Sede Caribe, esta investigación refleja el compromiso con el conocimiento situado, la protección de ecosistemas únicos y la formación de jóvenes investigadoras que aportan a los desafíos ambientales del país. A través del Fondo Colombia Biodiversa, la Fundación Alejandro Ángel Escobar ha apoyado por 20 años a estudiantes de todo el país para impulsar tesis sobre biodiversidad y sostenibilidad. Hoy María Helena Benavides forma parte de ese legado.









jueves, 24 de julio de 2025

El potencial eólico del Caribe colombiano se ha debilitado en los últimos 40 años

 Entre 1981 y 2020 la potencia del viento en el Caribe colombiano se ha reducido un 15 %, fenómeno que se relacionaría con un ciclo natural del Chorro de Bajo Nivel del Caribe, una corriente atmosférica determinante para el régimen de vientos en la región. Un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) documenta por primera vez cómo ha cambiado su comportamiento a lo largo del tiempo, con implicaciones directas para el desarrollo de proyectos de energía eólica en departamentos como La Guajira.

El Chorro de Bajo Nivel del Caribe funciona como una autopista aérea que cruza el sur del mar Caribe, a la altura del norte colombiano. Esta gran corriente de viento se forma por las diferencias de presión atmosférica y temperatura superficial entre el océano Atlántico tropical, el mar Caribe y el Pacífico oriental. Al llegar a la Región Caribe, especialmente a La Guajira, el viento se encuentra con las montañas de la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá generando un efecto embudo que lo acelera y lo vuelve más constante.

Ese aire en movimiento, invisible pero potente, es el que hace girar las turbinas de los parques eólicos y que convierte a esta región en una de las más prometedoras del país para generar energía con el viento; sin este Chorro, La Guajira no tendría su reconocido potencial energético. Sin embargo, en los últimos 30 años ha perdido potencia, y una de las posibles razones es la variabilidad climática natural en la región, como la fase cálida de la Oscilación Multidecadal Atlántica, un ciclo climático que hace que las aguas del océano Atlántico se calienten o se enfríen durante periodos de entre 20 y 40 años.

Es como si el océano tuviera su propio ritmo: una “respiración térmica” de largo plazo que sube y baja la temperatura superficial del mar.

Cuando el Atlántico entra en una fase cálida, el agua libera más calor hacia la atmósfera, alterando los patrones de lluvia, de huracanes y de viento en todo el Caribe. Este fenómeno afecta directamente a Colombia porque puede fortalecer o debilitar el Chorro de Bajo Nivel del Caribe, esa corriente de viento clave para generar energía en regiones como La Guajira.

Esto fue lo que encontró el investigador David Garzón Casas, magíster en Meteorología de la UNAL, quien revisó los datos de viento en 25 estaciones meteorológicas del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) y de la Dirección General Marítima (Dimar), ubicadas alrededor de la Región Caribe de Colombia, para analizar cuál ha sido el comportamiento del viento, además de otros datos in situ y de información de reanálisis climáticos históricos.

“En el norte del Magdalena, a unos 10 km del mar Caribe, hay una corriente de viento importante que aún no ha sido estudiada a fondo, pero que se convertiría en un fenómeno relevante para el futuro energético del país”, asegura el experto.

Qué pasará con el viento de Colombia

Además de analizar cómo ha cambiado el viento en las últimas décadas, el investigador Garzón también quiso mirar hacia el futuro. Para ello utilizó los resultados de múltiples simulaciones del sistema climático terrestre incluidas en el proyecto internacional CMIP6, que reúne modelos numéricos para entender los efectos del cambio climático bajo distintos escenarios: unos más optimistas, en los que la humanidad logra reducir las emisiones de gases de efecto invernadero mediante políticas sostenibles, y otros más pesimistas, en los que persiste la dependencia de combustibles fósiles y las emisiones contaminantes aumentan.

Con base en estos escenarios, analizó cómo se comportaría el viento en la Región Caribe durante los próximos 100 años. En el caso más optimista, el viento se mantendría estable, sin grandes variaciones. Pero en el peor escenario, es decir, uno en el que la temperatura media del planeta aumentara hasta 5 °C y los niveles de dióxido de carbono crecieran drásticamente, la potencia del viento aumentaría hasta 128 vatios/m2 más, lo que implicaría mayor energía disponible para mover turbinas eólicas, aunque a costa de un planeta mucho más alterado y vulnerable.

Recordemos que el cambio climático puede aumentar la potencia del viento, ya que, al calentar más la Tierra, también intensifica las diferencias de temperatura y presión entre regiones. Y son justamente esas diferencias las que ponen en movimiento el aire: cuanto mayor contraste, más fuerte soplará el viento. Es como si la atmósfera se sobrecalentará y empujará el aire con más fuerza para intentar equilibrarse, generando así corrientes más rápidas y con mayor energía.

“En el peor escenario posible de cambio climático, en el que las concentraciones de CO2 pasen de 400 partes por millón (ppm) en 2025 a 1.100 ppm en 2100, Colombia mantendría un gran potencial para aprovechar la energía eólica y reducir los riesgos asociados con su alta dependencia de la energía hidráulica, como las represas”, explica el magíster.

Colombia tiene viento, pero no tiene cómo aprovecharlo

Aunque el país cuenta con uno de los mejores recursos eólicos del continente, especialmente en La Guajira, aún no ha logrado aprovecharlo como debería. Hoy menos del 1 % de la electricidad nacional proviene del viento, a pesar de que estudios estiman que solo en La Guajira se generaría más energía de la que consume Bogotá.

Uno de los principales obstáculos es la falta de infraestructura. Para que la energía eólica llegue desde el norte hasta los grandes centros de consumo, se necesitan redes eléctricas robustas, que en muchos casos aún están en construcción o ni siquiera existen. Sin estas conexiones, los parques eólicos no pueden enviar la energía que producen.

También persiste una deuda con las comunidades indígenas, pues muchos proyectos se han planeado sin una participación adecuada del pueblo wayúu. La ausencia de consulta previa y de beneficios claros para la población local ha generado bloqueos, tensiones y retrasos. A esto se suman las trabas burocráticas como conseguir permisos, licencias ambientales y aprobaciones oficiales que puede tomar años, y los procesos no siempre están adaptados a las particularidades de la energía eólica. Todo esto retrasa los proyectos y ahuyenta a los posibles inversionistas.

La investigación del magíster Garzón, dirigida por el profesor José Franklyn Ruiz, de la Facultad de Ciencias de la UNAL, contribuye a entender el comportamiento del viento en Colombia, un tema poco estudiado y que, según afirma el magíster, presentaría menos incertidumbre que fenómenos  como la lluvia, de la cual depende en gran parte la matriz energética del país. Esta última se verá afectada por eventos climáticos extremos, lo que hace necesarias alternativas más estables, como la energía eólica.